29/4/09

Antonio Gramsci y el Sistema Jurídico


Sam Francis [Estados Unidos] " s/t
Duncan Kennedy [*]


Antonio Gramsci está asociado a la palabra “hegemonía”. Eso es lo que lo hace una figura crucial en la teoría marxista del siglo XX. El término “hegemonía” está muy cerca de nuestro concepto de “ideología”. Es la idea del ejercicio de la dominación a través de la legitimación política, antes que por la fuerza. “Hegemonía” es la idea de la obtención del consentimiento de los gobernados. Es el concepto de que, para entender el Estado industrial moderno, uno tiene que en-tender su poder ideológico para generar el consentimiento de las masas a través de la creación de instituciones, organizaciones y patrones sociales que parecen legítimos para el pueblo. Prácticamente no se le prestaba atención en la teoría marxista de la política, el Estado, o la economía después de la muerte de Marx, al rol que la ideología, el consentimiento, la generación de legitimidad, o en una sola palabra, la hegemonía, juega en el ejercicio del poder por la burguesía. Entonces, Gramsci sostiene el resurgimiento de la idea de que los marxistas pueden pensar seriamente, trabajar duro, estar profundamente interesados y tratar de descubrir los mecanismos por los cuales la gente es persuadida, más que brutalmente coercionada a aceptar un régimen capitalista. Su nombre es un grito de guerra para la gente que es rechazada o antagonizada por las variantes del marxismo que no le dan ninguna importancia a lo que la gente piense. Si no te gustan las variantes del marxismo donde todo el énfasis está puesto en la estructura económica, o en el uso instrumental de la violencia para alcanzar las metas de grupos particulares, entonces tendés a enarbolar a Gramsci como una bandera.

Una de las cosas que lo hacen bueno para este propósito, es que fue una de las figuras más importantes y centrales del marxismo europeo occidental, del marxismo afuera de la Unión Soviética después de la Revolución Rusa, que puedas encontrar. Nadie puede acusarte de ser un simple anti-marxista, utopista, desviacionista, si estás centrando tu interés en la ideología en el nombre de Antonio Gramsci. Hay otra gente en la teoría marxista del siglo XX que cumple la misma función, que permite a un marxismo moderno, un marxismo de los `70 u `80 sentirse respetado hablando de ideología. Hay gente como George Lukács y Karl Korsch. Pero su status dentro del movimiento comunista fue mucho más problemático, por lo que no son tan bue nos para defenderse del cargo de renegados como Gramsci. Ese es un aspecto implícito en todas las discusiones sobre Gramsci. Gramsci es también un escritor maravilloso. Tiene un estilo hermoso, para nada en la línea de la tradición pomposa del marxismo europeo y la teoría social no-marxista. Su trabajo es conmovedor y atrapante; y apela a nuestro costado estético, lo que no encuentra mucha expresión dentro de la ortodoxia marxista contemporánea, o neo-ortodoxa, o lo que sea. Como casi todo eso es tan feo, es una delicia particular encontrar algo tan hermoso dentro de esa tradición.

Gramsci también sugiere distintos tipos de análisis. Esto es, su énfasis en la hegemonía sugiere una manera de proceder si quieres entender el sistema, si quieres entender por qué la burguesía capitalista, el Estado burocrático de bienestar subsiste año tras año, por qué no ha sido destronado. Gramsci argumenta que hay algo más que la guardia nacional. Incluso sugiere qué es eso más que hay, con esta noción de ideología, y las de consentimiento y hegemonía. Sus escritos están llenos de ideas fragmentarias sobre cómo funciona esto. Y es cómo todo funciona lo que es el gran misterio. Está muy bien decir “no es solo la guardia nacional lo que previene una revolución. No son solo el FBI, o la CIA, hay algo más que eso”. Todos están de acuerdo en que hay algo más que eso. Pero si quieres descubrir qué es eso más que hay, entre los marxistas contemporáneos y el pensamiento no marxista, la izquierda, la derecha y el centro, y el pensamiento radical y no radical, hay increíblemente poca discusión seria y sostenida sobre lo que podría significar una idea como la de hegemonía ideológica. Todos lo sentimos. Es un aspecto recurrente de nuestras vidas que nos sintamos atrapados entre sistemas de ideas que nos parecen falsos, pero de los cuales no podemos escapar. Constantemente lidiamos, todos nosotros, con otros que parecen haberse vuelto en contra de sí mismos por las cosas que creen, cosas que nosotros pensamos que en algún sentido han sido distorsionadas con malos reduccionismos. Una razón por la que es duro, y por la que la gente no quiere hablar de eso, es que suena increíblemente elitista involucrarse en una discusión en la que la premisa es que la persona a la que quieres ayudar está equivocada, errada, o ha sido confundida por un complicado sistema ideológico.

Dentro del liberalismo, la norma es esa: que nunca tienes que hablar de falsa conciencia, que no hay absolutos, que nadie sabe la verdad, y en consecuencia no puedes usar como complicada hipótesis explicativa, y no deberías ni pensar en la idea de que una de las cosas que podría estar sucediendo es un gigantesco lavado de cerebro. Dentro del marxismo, el sustituto para la premisa liberal es el concepto de análisis científico de clases. No necesitas referirte a la cuestión sobre lo que está pensando la gente, o las complejidades de sus ideologías, porque tienes un cuerpo sistemático de conocimiento quasi o, yo diría, pseudo-científico de la economía para el análisis de clases, el que se supone que te va a decir qué es lo que va a pasar, y cómo hacer que pase.

Eso nos releva el problema de tratar con la dimensión subjetiva de la conciencia en un estado dominado por una clase capitalista. Entonces Gramsci es una invitación. Es una invitación a pensar sobre esa dimensión de tu propia experiencia. Para mí, eso lleva directamente a lo que uno podría llamar experimentos gramscianos. Lo que estoy por sugerir no se encuentra en Gramsci. Pero creo que el trabajo de Gramsci es muy sugestivo sobre nuestra situación como radicales envueltos en la profesión jurídica, y sugestivo en maneras sobre las que nunca escucharás decir nada en absoluto a la parte del marxismo que insiste con las distinciones del tipo estructura/superestructura que son mecánicas o absolutas. Hay una variante en la teoría de la estructura/superestructura en la que uno dice, “Por supuesto que la superestructura no es lo mismo que la estructura. Es sólo en el último análisis cuando se reduce a la estructura”.

Bueno, Gramsci rechaza este concepto explícitamente. Él es un totalizador de la estructura / superestructura. Usa un concepto que llama “bloque histórico”, que sugiere que el significado de una formación económica particular y de una particular serie de relaciones entre fuerzas económicas está incrustada en una serie de ideas ideológicas, económicas, sociales, políticas, culturales, y viceversa. No es posible entender o incluso imaginar la constelación concreta de fuerzas económicas sin un contexto ideológico. Forman un único todo indivisible, y el intento de separar los en una parte estructural y otra superestructural, según Gramsci, es algo que está destinado a fracasar e incluso a pervertir el pensamiento estratégico. Él pensó que esto iba a pervertir el pensamiento estratégico porque la gente no puede abarcar las implicaciones de la idea de hegemonía, si cree que la hegemonía es sólo una función de la tecnología, de la estructura económica, o de lo que sea.

¿Qué es lo que éste tipo de análisis sugiere para el sistema jurídico? En términos gramscianos, el sistema jurídico es un bloque complicado, esto es, que involucra por un lado, un elemento del uso de la fuerza, de la violencia, de la coerción directa y opresión inmediata de las personas contra otras personas. Una de las funciones del sistema jurídico es organizar y hacer eficiente y viable el ejercicio directo de la fuerza y la violencia de algunas personas sobre otras personas. Por ejemplo, la protección de la propiedad. Un significado absolutamente elemental y profundo, o la función de aquello en lo que todos nos vemos involucrados, es que el sistema legal ayuda a organizar el despliegue de armas para evitar que la gente socialice los medios de producción. Pero esto es solo una parte. También tiene una función hegemónica. El acercamiento gramsciano sugiere que no lo vas a entender hasta que no hayas iniciado alguna clase de investigación de su función hegemónica.

Gramsci no nos es de mucha ayuda directa, ya que él no habla demasiado sobre el derecho. Hay sólo dos párrafos en la traducción al inglés de “Cartas desde la Cárcel” [1] sobre el derecho, y se leen como la lucha de un estudiante de derecho de primer año con el problema de la separación de poderes. Pero Gramsci sí habla sobre otros aspectos de la hegemonía; por ejemplo, sobre teoría política, y sobre cosas como la relación entre la ciudad y el campo en el desarrollo de la conciencia de clase. También tuvo ideas sobre la Iglesia Católica. Estaba enorme mente interesado en la función hegemónica del catolicismo romano, en la iglesia como cuerpo de ideas, y también como una organización social y política concreta de curas y del clérigo laico apoyando el status quo. Él tomó la idea del opio del proletariado muy en serio, y trató de des cubrir cómo funcionaba. Es una clásica idea marxista, en la que, si eres un verdadero materialista, no te vas a interesar demasiado.

El sistema jurídico como sistema hegemónico opera a diferentes niveles y para diferentes grupos. Una manera de entenderlo es como un único cuerpo de creencias, prácticas, técnicas y conocimientos que juegan distintos papeles en las vidas de las diferentes clases socia les. Es parte de las vidas de las personas que tienen un poder político enorme, principalmente como un instrumento. Ellos lo pueden usar y lo ven como un instrumento del ejercicio directo de la dominación. Pero también es una parte importante de las vidas de una vasta masa de operadores jurídicos, a los que Gramsci hubiera descrito como intelectuales del derecho: tanto el bar [2] y toda la otra gente que está directa o periférica mente involucrada en la administración del sistema, incluyendo a jueces, funcionarios y empleados judiciales. Y también es parte de la vida de las masas. No cumple las mismas funciones para todos estos grupos. La totalidad de la gente que está involucrada con el sistema jurídico como intelectuales del derecho, de alguna u otra forma (y esto realmente incluye las familias de los abogados pudientes, quienes crecieron bastante mezclados en todo esto) constituye una importante clase social de apoyo al orden existente. Es tanto que la clase de los abogados como clase es mecánicamente importante para la perpetuación del capitalismo, como que su apoyo político al capitalismo es un elemento importante para la supervivencia de éste último.

El comportamiento jurídico y el pensamiento jurídico, con su prestigio y proclama de universalidad y racionalidad, tienen un efecto importante, el tipo de argumento gramsciano entraría en mantener la hegemonía de la clase dominante sobre este influyente sector profesional, técnico, intelectual que ad ministra el sistema jurídico. El sistema jurídico mantiene la estructura social del estado capitalista. Requiere operadores jurídicos y tiene que tener alguna manera de mantener su lealtad. Entonces, mirando a su función ideológica para las masas, el argumento sería simplemente que, como otros elementos en la estructura de la hegemonía, la función del pensamiento jurídico es ésta: todo tipo de personas de las clases sociales más altas están constante mente taladrando y apremiando en la cabeza de la gente de las clases más bajas, que todas las cosas que la gente de abajo quiere no las puede tener porque son ilegales. Muy simple. Si eres un trabajador, es una foto del universo, de la vida, en la que gente que es temible pero también autoritaria te dice que no puedes tenerlo porque es ilegal. Es realmente eso. La idea de lo que es legal y lo que es ilegal es un elemento de poder en la conciencia de masas y si puedes manipular esta idea con habilidad, puedes usarlo para ejercer gran poder sobre la gente que cree en esto.

El análisis gramsciano terminaría diciendo que lo que uno puede saber como radical es que esto no tiene ningún sentido. El pensamiento jurídico no tiene las cualidades que serían necesarias para convertirlo en una teoría real que legitime el sistema para los trabajadores profesionales que lo usan, y su uso es una mentira y una mistificación para las masas de gente a las que constantemente se les dice que lo que quieren hacer es ilegal. Y eso, en cambio, sugiere que aparte de ayudar a los pobres que están siendo explotados, dándoles un poco de espacio, además de tratar de generar organización fuera de esas luchas alrededor de los objetivos de los pobres, hay una función para los abogados radicales que va más allá de solamente ayudar a las víctimas inmediatas del sistema. Hay una forma vital de interacción entre los intelectuales del derecho que son aboga dos, jueces, y otros tipos de operadores jurídicos y gente de la clase trabajadora, que simplemente se trata de desmitificar sistemáticamente el razonamiento jurídico como algo que de alguna manera puede ser usado como un argumento en favor o en contra de hacer cualquier cosa.

Esto es terriblemente sugestivo, porque, por supuesto, todos usamos constantemente la ideología jurídica del tipo más claramente inválido para organizar la actividad. Esto es, los radicales apelan audaz y constantemente a ideas de derechos sobre los que la gente como Marx pensó que eran la quintaescencia de la falsa conciencia de la burguesía. Entonces hay un sentido en el cual nuestra actividad cotidiana arroja una línea ideológica que es profundamente anti radical. Esto sugiere que el radicalismo no es más que darle sus derechos a la gente. Uno tiene que aceptar que la con ciencia de los derechos es un aspecto fundamental de la conciencia de masas en los Estados Unidos. Es un aspecto fundamental de la actividad política de cualquiera. Lo que el análisis gramsciano sugiere es que uno de los caminos para salir del problema reformismo/revolución en todas esas actividades jurídicas es tratar de desarrollar, al nivel de de la comunicación consciente con otras personas, la extensión en la que van a dejar que sus objetivos sean pervertidos por la falsa conciencia hegemónica generada por el derecho. Esa es una manera en la que Gramsci juega directamente en las discusiones tácticas o estratégicas. Pero, debo admitir, es Gramsci desde la mira da de un partisano. Su función principal, yo creo, es iniciar a la gente en debates tácticos y estratégicos de un tipo que no es probable que se dé sin la clase de diversidad que él representa dentro de la teoría marxista.

Notas
1. “Prision Notebooks”, en inglés.
2. N. del T.: “bar” es el modo llamar a la organización profesional de los abogados en E.E.U.U., similar a las asociaciones de abogados o colegios de abogados que existen en varios países
[*]
Duncan Kennedy (1942): Profesor en la Universidad de Harvard desde 1976. Junto con Karl Klare y Roberto Unger entre otros, fundó el Critical Legal Studies (CLS o Crit, estudios críticos del derecho), movimiento dentro del pensamiento jurídico que si bien utiliza métodos similares a los de la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt, se reivindica continuador del Realismo Jurídico norteamericano. Este movimiento se caracteriza por ser un conjunto de trabajos sobre temas jurídicos diversos, con enfoque interdisciplinario y la propuesta de criticar la dogmática jurídica dominante partiendo de la premisa de que tanto la teoría como la práctica del derecho son políticas.

Antonio Gramsci: Amor y Revolución

Giorgio de Chirico
✆ Héctor & Andrómaca
Francisco Fernández Buey

"En Viena enterraré mi alma en un álbum  /  con las fotografías y el musgo  /  y rendiré al flujo de tu belleza  /  mi cruz y mi violín barato.  /  Ay, amor, mi amor,  / Toma este vals, toma este vals:  / ahora es tuyo, es  /  todo lo que queda." Leonard Cohen canta el "Pequeño vals vienés", de Federico García Lorca

Epistolarios

La mejor manera de llegar a conocer al Gramsci íntimo es, desde luego, sumergirse en su epistolario. Quien quiera hacerlo con sensibilidad y respeto por la tragedia del hombre tendrá que solventar preliminarmente dos reservas del propio Gramsci.

La primera es que muchas de las cartas que escribió desde la cárcel tenían que pasar por la censura: él lo sabía; sabía que en cierto modo esto las hacía "públicas" y en consecuencia reduplicó durante esos años (1927-1933) su ya notable contención sentimental adoptando a veces el lenguaje de Esopo. Para descifrar ese lenguaje el estudioso y el lector atento tienen que acudir a veces a otras fuentes (testimonios de los familiares y amigos dentro y fuera de la cárcel).


La segunda reserva tiene que ver con la declaración del preso, explícita en alguna de las cartas desde la cárcel pero avanzada ya en otros momentos anteriores, según la cual él mismo sentía una invencible aversión a la epistolografía.


De estas dos cosas juntas el lector no alertado podría deducir apresuradamente que el material disponible será escaso y que en las cartas conservadas va a encontrar muy pocas referencias a la vida privada de un hombre cuya principal dedicación desde los veintitantos años fue la política. Pero en realidad no es así. Se han conservado alrededor de setecientas cartas de Antonio Gramsci. De ellas casi doscientas están escritas entre sus años de estudiante (en Cagliari y en Turín) y el otoño de 1926, momento en que fue detenido por la policía fascista. Otras quinientas fueron redactadas desde las distintas cárceles y sanatorios por los que pasó como preso político hasta su muerte en 1937.


La gran mayoría de las cartas escritas por Gramsci desde Cagliari y Turín, entre 1908 y 1914, están dirigidas a familiares: a los padres y hermanas. Entre 1914 y 1919 esa correspondencia decae y sus cartas a la familia se hacen muy esporádicas. Del bienio revolucionario de 1919-1921 se han conservado poquísimas cartas. Probablemente en esos años de gran actividad política Gramsci tuvo a su lado a la mayoría de las personas con las que quería comunicarse: consejistas y compañeros de L´Ordine Nuovo. Pero es seguro que escribió más cartas que las que se han conservado, sobre todo de contenido político y sindical. En cualquier caso, el epistolario se hace mucho más denso y mucho más interesante a partir de su estancia en Moscú, en 1922, donde conoció a Julia Schucht, durante los cinco meses que vivió en Viena trabajando para la partido comunista de Italia en la Internacional Comunista y luego, ya de regreso a Italia, en Roma (desde mayo de 1923 hasta noviembre de 1926). La correspondencia desde Moscú (noviembre de 1922 a noviembre de 1923) y sobre todo desde Viena (hasta mayo de 1924) y Roma (1924-1926) suma aproximadamente dos tercios de todas las cartas que Gramsci escribió antes de ser detenido y encarcelado.
Se han conservado casi quinientas cartas escritas por Gramsci desde noviembre de 1926 hasta 1937, pocos meses antes de su muerte. Aunque estas cartas se conocen habitualmente con el nombre de “cartas de la cárcel” no todas ellas fueron escritas propiamente desde las distintas prisiones por las que Gramsci pasó desde su detención. Unas cuantas fueron redactadas desde el destierro en la isla de Ustica, lugar al que fue trasladado junto con otros militantes antifascistas a la espera del juicio y donde Gramsci vivió, vigilado, en una casa particular (diciembre de 1926 - enero de 1927). Otras muchas fueron escritas desde las clínicas a las que fue enviado, ya muy enfermo, desde finales del año 1933: la clínica del doctor Cusumano, en Formia (de diciembre de 1933 a agosto de 1935) y la clínica Quisisana, de Roma, en la que permaneció en libertad condicional desde esa última fecha hasta muy poco antes de morir, en abril de 1937. De estas casi quinientas cartas, la mayoría de las escritas desde la cárcel de Turi de Bari están dirigidas a la cuñada, Tatiana Schucht (una parte de ellas también para Julia o con la intención de que fueran conocidas por Piero Sraffa, el amigo economista que hacía de enlace con la dirección del partido comunista); muchas de ellas están dirigidas a la mujer, Julia Schucht, y a los hijos, Delio y Giuliano (los dos, con la madre, en Moscú). Un número mucho más reducido del epistolario de ese periodo está formado por cartas dirigidas a la madre (que murió en Ghilarza en diciembre de 1932, aunque Gramsci no lo supo hasta bastante tiempo después), al hermano Carlo y a otros parientes.


Por razones obvias (teniendo en cuenta la acusación por la que Gramsci había sido juzgado y encarcelado, y la ilegalización del partido comunista por el fascismo mussoliniano) Gramsci apenas podía escribir directamente desde la cárcel a los amigos políticos. Casi todas las cartas que escribió a éstos entre 1927 y 1935 se han perdido. A partir de 1934 el epistolario con su principal corresponsal, Tatiana Schucht, decae debido al hecho de que ésta y Piero Sraffa podían visitar periódicamente a Gramsci en la clínica, de manera que casi todas las cartas desde esa fecha hasta 1937 están dirigidas a los familiares que vivían en la URSS, a la mujer y a los hijos.


En estas cartas (y en numerosos testimonios) se han basado las dos biografías más completas de Antonio Gramsci publicadas hasta la fecha, la de Giuseppe Fiori y la de Aurelio Lepre. El hermoso retrato que Fiori hizo en los años sesenta de la personalidad de Gramsci es tan preciso como sensible. Muy probablemente en su biografía está en lo esencial para captar el carácter de Gramsci y las circunstancias que modelaron este carácter. Debe tenerse en cuenta, no obstante, que las ediciones que pueden considerarse ya prácticamente definitivas de la correspondencia de Gramsci se han publicado más tarde, en la década de los noventa, y que estas ediciones incorporan varias piezas relevantes para la mejor comprensión de algunos aspectos discutidos de la personalidad de Gramsci y sobre su relación con las personas a las que más quiso y con el grupo dirigente del partido comunista desde 1926 a 1937. La biografía de Lepre tiene en cuenta estas novedades e incorpora los resultados del trabajo de investigación llevado a cabo por otros autores (Paolo Spriano, Valentino Gerratana, Antonio A. Santucci y Aldo Natoli, principalmente) sobre los últimos años de la vida de Gramsci. El propio Fiori, en ensayos publicados en las últimas décadas, ha matizado y actualizado algunas conjeturas de su biografía tanto en lo relativo a las opiniones de Gramsci sobre la política comunista posterior a 1926 como en lo que hace a la complicada y a veces agria relación que desde la cárcel mantuvo con sus íntimos.


De 1908 a 1926

La recopilación más completa de las cartas escritas por Antonio Gramsci hasta 1926 apareció a principios de los años noventa. El editor de este epistolario, Antonio A. Santucci, hacía observar en esa fecha el número relativamente reducido de las mismas para un periodo que comprende casi veinte años, sobre todo si este número se compara con el de las escritas en los diez años que siguieron a la detención. Naturalmente, esta diferencia se explica, en gran parte por el cambio de circunstancias en la vida de Gramsci: no se escriben tantas cartas cuando uno está estudiando, o metido en la vorágine de los acontecimientos políticos, como las que se escriben cuando uno está solo y aislado en la cárcel. Por otra parte, parece que hay que hacerse a la idea de que algunas de las cartas escritas por Gramsci sobre todo en el periodo de L´Ordine Nuovo semanal, entre 1919 y 1920, se han perdido definitivamente, pues de ese periodo sólo se conoce una, escrita a Serrati en febrero de 1920. Algo parecido puede decirse de algunas de las cartas redactadas entre 1922 y 1923, mientras Gramsci vivió en Moscú y en Viena.

Hay lagunas de importancia en este epistolario, sobre todo para los años que van de 1914 a 1926. Santucci pensaba, hace diez años, que algunas de esas lagunas, las correspondientes al periodo de 1922 a 1926, tal vez podían colmarse investigando en las archivos de la antigua Unión Soviética, pero no parece que hasta el momento hayan sido descubiertas piezas muy sustanciales a este respecto. Y, por otra parte, las cartas del Gramsci estudiante (en Cagliari y, sobre todo, en Turín) no dicen mucho sobre la formación de su carácter y de su personalidad. Hasta 1913 esas cartas son, mayormente, un memorial de quejas al padre (y a la familia en general); quejas de un estudiante pobre, que depende de una beca y de la ayuda de los suyos para su subsistencia, que pasa frío y hambre en la ciudad industrial, que se ve obligado a cambiar de pensión por falta de medios, que sufre constantes dolores de cabeza, al que le cuesta mucho adaptarse al ambiente, que necesita ayuda y no la encuentra. La impresión que se saca al leer este epistolario es que el joven Gramsci tenía un importante vínculo afectivo con la madre y que, quejas aparte, sólo encuentra un hilo que le una con los que han quedado en la isla: la lengua, el interés por las palabras y su historia, reforzado por las sugerencias que está recibiendo en Turín del profesor Matteo Bartoli sobre el dialecto sardo. De manera que cuando en Turín Gramsci encuentra otros vínculos, político-culturales, en las proximidades de la universidad, la correspondencia con los familiares, ya tensa antes, se interrumpe.


Sólo hay una carta de esos años, fechada en 1916 y dirigida a la hermana Grazietta, en la que Gramsci se desnuda. Esta carta, escrita después de un larguísimo silencio, permite hacerse una idea de la dimensión de la crisis por la que el universitario ha pasado entre 1913 y 1915: “Durante un par de años he vivido fuera del mundo, casi como en un sueño. He dejado que se fueran rompiendo uno a uno todos los hilos que me unían al mundo y a los hombres. He vivido exclusivamente para el cerebro sin dejar nada para el corazón. Y seguramente eso ha ocurrido porque mi cerebro sufría mucho, siempre me estaba doliendo la cabeza, y he acabado por no pensar más que en ella”. Aparecen ahí giros y expresiones sobre el propio carácter que Gramsci reiteraría luego muchas veces, en su correspondencia con Julia y Tatiana Schucht, el sentirse, por dentro y por fuera, como un oso en la caverna, como un lobo en su cueva, que reacciona ante el dolor físico y la soledad sumergiéndose en el trabajo intelectual y político.


Resulta evidente, por lo que escribió en las varias publicaciones socialistas en que colaboró entre 1914 (después de renunciar a los estudios universitarios) y 1920, así como por algunas reflexiones autobiográficas posteriores, que, en esos años, Gramsci encontró su ambiente, salió parcialmente del aislamiento en que al principio vivió en Turín e hizo amigos (algunos de los cuales, como Piero Sraffa, para lo que le quedaba de vida). Pero de eso apenas hay rastro en las pocas cartas que han quedado. La actividad periodística y política no le dejan tiempo, ya entonces, para la comunicación epistolar de los sentimientos. De manera que para saber cómo creció el hombre Gramsci durante los años de la primera guerra mundial el epistolario es muy insuficiente. Hay que acudir a los testimonios de aquellos que estuvieron cerca de él en Turín y/o establecer conjeturas a partir de algunos pasos de sus colaboraciones en en Il Grido del Popolo, en Avanti, en La città futura y en L’Ordine Nuovo.


La cosa cambia a partir del viaje de Gramsci a Moscú en diciembre de 1922. Comparativamente, las cartas que escribe desde entonces hasta 1926 son muchas más. Y esto por dos factores muy determinantes. El primero fue la relación sentimental con Julia Schucht, el nacimiento del amor. El segundo que, estando en Viena como liberado político, en una ciudad que le era ajena y con un trabajo de organización pensado para Italia, Gramsci dispuso de mucho tiempo para escribir cartas: unas, amorosas, para consolidar la relación naciente con Julia; otras para cumplir con el mandato político que le había llevado allí. Así pues, a la hora de estudiar la relación entre lo público y lo privado en Gramsci durante ese periodo, aunque haya algunas lagunas en la correspondencia, aunque se hayan perdido algunas cartas por la clandestinidad de unos y la vida de saltafronteras de otros, el epistolario de Moscú y Viena, y las cartas enviadas desde Roma entre 1924 y 1926 son suficientes. Precisamente en ese periodo Gramsci inicia una reflexión sobre amor y revolución, sobre política y sentimientos, que constituye una clave para la mejor comprensión de lo que fue el hombre. Lo esencial de esa reflexión está en las Lettere a Julka, recopiladas por Mimma Paulesu Quercoli en 1987 e incluidas también en el epistolario editado por Santucci. No parece que el descubrimiento de nuevos documentos para ese periodo vaya a cambiar ya la idea de Gramsci que el lector atento puede hacerse a partir del epistolario ahora disponible.


De 1926 a 1937

Una parte importante de la correspondencia de Gramsci entre 1926 y 1937 fue dada a conocer por primera vez poco después de acabar la segunda guerra mundial, en 1947, con el título de Lettere dal carcere. Aquella edición, cuyo valor literario fue reconocido con la concesión del Premio Viareggio, incluía 218 textos, algunos de ellos expurgados de los pasos que el entonces grupo dirigente del PCI, encabezado por Palmiro Togliatti, consideró inconveniente hacer públicos, bien porque en ellos se aludía a cuestiones familiares delicadas, bien a controversias políticas sobre las que no se quería volver en aquel momento. Muchas de las cartas no publicadas en 1947 fueron recuperadas en una nueva edición preparada para Einaudi por Sergio Caplioglio y Elsa Fubini en 1965. Este volumen, que en los años siguientes fue traducido a numerosas lenguas, contenía ya 428 cartas de Gramsci, 119 de las cuales inéditas por entonces. Además, se restauraron en él los pasos que el primer editor había considerado inconvenientes. Esta edición de Fubini y Caprioglio ha sido la habitualmente manejada en la época de mayor auge de los estudios gramscianos en Europa, desde la segunda mitad de la década de los sesenta hasta finales de la década de los setenta, época que coincidió también con la conversión del partido comunista en la organización política más importante de Italia.

Pero ya en los años setenta el diario L´Unità, el semanario Rinascita y otras publicaciones periódicas italianas fueron dando a conocer algunas piezas más del epistolario gramsciano de los años de la cárcel. Después de la muerte de Julia Schucht, la mujer de Gramsci, en 1980, su hijo Giuliano hizo donación al Partido Comunista Italiano de las últimas cartas inéditas que había conservado la familia en Moscú y éstas, a su vez, incluidas en diversas recopilaciones prologadas o comentadas por Valentino Gerratana, Nicola Badaloni, Paolo Spriano, Mimma Paulesu Quercioli, Aldo Natoli, Giuseppe Fiori y Antonio A. Santucci.
Una nueva edición de las cartas de la cárcel, sin duda la más completa hoy disponible, apareció en 1996, al cuidado también de Antonio A. Santucci. La edición de Santucci incluye un total de 478 cartas, cincuenta más que la edición Fubini-Caprioglio. Teniendo en cuenta las particulares circunstancias en que fueron escritas las cartas gramscianas de la cárcel y los complicados vericuetos por las que algunas de ellas llegaron a sus destinatarios tampoco se puede descartar del todo que aún queden algunas por conocer; pero, aun así, en lo que hace a este periodo, la opinión más extendida entre los estudiosos es que la investigación posible está prácticamente concluida y que el trabajo llevado a cabo por Santucci puede considerarse prácticamente definitivo.


Sigue habiendo, eso sí, controversia sobre la interpretación de algunos pasos oscuros de estas cartas, sobre la fecha precisa de alguna de las escritas en Formia y en la clínica de Roma, sobre la relación existente entre algunos de esos pasos oscuros y ciertas notas de los Quaderni del carcere y, por supuesto, sobre cómo valorar, partiendo de lo que se dice en esas cartas y de otros documentos, la relación entre Gramsci y Togliatti después de 1926. En los últimos diez años se han escrito también varios ensayos polémicos acerca de este último extremo y la relación sentimental de Antonio Gramsci con Julia Schucht y con las hermanas de ésta, Tatiana y Eugenia. Alguno de estos ensayos ha tenido bastante eco periodístico en Italia, donde, paradójicamente, no era ya nada fácil encontrar en librerías la edición crítica de los Quaderni preparada por Valentino Gerratana.


Ya esto último sugiere que la orientación actual de los medios de comunicación dominantes (y no sólo en Italia), inclinados a suscitar el morbo facilón o la politiquería inmediatista en la sociedad del espectáculo, cuadra poco, o nada, con el rigor filológico e historiográfico de las personas que, a lo largo de cuarenta años, más han hecho por poner a disposición del público culto toda la documentación disponible de y sobre Gramsci. Especulaciones y actitudes morbosas aparte, prácticamente todo lo que hay que saber para valorar lo que fue el hombre Gramsci entre 1926 y 1937 está ya en las ediciones de Gerratana y Santucci, que han sido la base para una reciente y excelente edición anotada, en inglés, preparada por Joseph Buttigieg. Casi todo lo demás son detalles. Y no creo exagerar si digo que, desde el punto de vista de la filología y de la historiografía —dos cosas que Gramsci apreciaba—, sólo la búsqueda inmoderada de la originalidad puede sustituir la visión de conjunto, nada hagiográfica por lo demás, fundada en años de estudio, por el detalle funcional a los intereses politicistas del hoy.


En lo que sigue me voy a referir esencialmente a la reflexión de Gramsci sobre la relación entre lo público y lo privado a partir de su encuentro con Julia Schucht en Moscú. Este es un tema inicialmente suscitado en Italia en los márgenes de los estudios gramscianos, a mediados de los años setenta, por Adele Cambria con una representación teatral titulada Nonostante Gramsci (1975) y con un libro, basado en ciertas piezas del epistolario, de intención polémica pero sugerente en muchos de sus pasos: Amore como rivoluzione . Este libro prestaba una atención preferente, por primera vez, a la otra parte del epistolario: las cartas que nos han llegado de Julia y Tatiana Schucht.


No es casual el que la atención preferente a la reflexión de Gramsci sobre la relación entre público y privado surgiera en el ámbito de la literatura feminista de la época y se haya mantenido en ella durante algún tiempo, pues, además de que, en general, romper con esa dualidad, o debilitarla, ha sido un tema central de la filosofía moral y política del feminismo contemporáneo, debe reconocerse que los estudios gramscianos de las décadas anteriores apenas se habían ocupado del análisis de la personalidad de las mujeres a las que Gramsci amó o con las que tuvo una relación intensa (Julia y Tatiana Schucht, principalmente), lo cual tiene que ser visto como un déficit notable por toda persona sensible que se proponga entender simpatéticamente las oscilaciones del pensamiento del propio Gramsci en Viena, en Roma, en las cárceles y en las clínicas, cuando la introspección, la expresión de los sentimientos o de los estados de ánimo y las conjeturas sobre el carácter, la personalidad y el sentir de los seres queridos se mezclan e interrelacionan constantemente con el discurso político, con los planes de trabajo intelectual y con la forma en que realmente progresan, planes aparte, los Cuadernos de la cárcel.


He dicho ya que la mejor manera de leer a Gramsci hoy es hacerlo desde el trasfondo de los célebres versos de Bertolt Brecht a los hombres del futuro. Esta afirmación tiene aún más sentido cuando se trata de los epistolarios, pues en ellos Gramsci reflexiona de manera abierta sobre la relación existente (y por establecer) entre lo público y lo privado. Hay tres intuiciones contenidas en aquellos versos de Brecht que la correspondencia de Antonio Gramsci con Julia y Tatiana Schucht ejemplifican tal vez como ningún otro epistolario contemporáneo. La primera es la conciencia —aguda en los revolucionarios de la época del fascismo y del nazismo— de estar viviendo “en tiempos sombríos” (en un mundo grande y terrible, repetirá Gramsci). La segunda es el reconocimiento de hasta qué punto, en tiempos de desorden pero también de rebeldía, el hombre rebelde se ve constreñido, aun sin quererlo, al desorden amoroso y a contemplar la naturaleza con impaciencia. La tercera es la observación trágica de que aquellos hombres que querían preparar el camino para la amistad no pudieron ser amables porque, como dejó dicho el poeta, “también la ira contra la injusticia pone ronca la voz”.


Tratar este tema con ecuanimidad no es nada fácil. Y el asunto se complica muchísimo cuando hay que atender al detalle del epistolario gramsciano de los años 1928 a 1936. Se complica por los cambios en los estados de ánimo del preso (motivados por su enfermedad y la de Julia Schucht), por los efectos psicológicos de la “carcelitis”, por sus sospechas políticas (fundadas o infundadas), por las interrupciones en la correspondencia, por la inhibición que produce en Gramsci el tener que escribir sobre un sentimiento amoroso a través de persona interpuesta (de la que depende en muchas cosas esenciales, a la que quiere pero a la que no quiere herir), por los equívocos reales y por la interpretación subjetiva, a posteriori, de esos mismos equívocos. Al abordar este nudo vital de Gramsci con la distancia que da el tiempo transcurrido, quien pretenda intentarlo con sensibilidad se sentirá sin duda molesto ante las reducciones meramente politicistas de aquel drama personal. Pero tampoco basta a este respecto con la afirmación genérica (frente a la manera institucional de entender la política) de que “también lo personal, lo privado, es político”. Se necesita algo más. Se necesita respeto, comprensión en el sentido amplio de la palabra y, desde luego, cierta compasión para con los personajes que entran en el nudo.


Captatio benevolentiae...

Sólo en unos pocos casos, como es precisamente el de Antonio Gramsci —o el de Rosa Luxemburg, cuyo asesinato en 1919 recordaban todavía hace poco los jóvenes en Alemania, después de lustros de olvido— se atreve todavía uno a juntar en un título dos palabras tan hermosas y tan gastadas como “amor” y “revolución”. Y hacerlo sin por ello empezar a sentir la garra del malestar que se te instala en el cerebro para acabar bajando y saliendo afuera, hasta la cara, en forma de rubor, sobre todo en tiempos como éstos, en los que la deriva imparable hacia la mercantilización integral de los sentimientos corre pareja con la afirmación (casi excluyente de todo lo demás) del derecho a la privacidad, y cuando la conversión interesada de todos los derivados de la palabra “revolución” en mero eslogan para promocionar cualquier novedad técnica invita a los insumisos a dar de lado tan nobles vocablos en la vida cotidiana, o, no habiendo otro remedio, a utilizarlos con doble cautela, con ironía o con sarcasmo.

Tal vez lo que en este caso hace que al escribir juntas las dos grandes palabras no sienta uno la vergüenza del inminente ridículo, o la sospecha de estar entrando en el bosque sombrío de los anacronismos, sea la solidez de una convicción que el que escribe supone compartida: la convicción, esto es, de que todo aquel lector que se haya decidido a seguir hasta el final la biografía de Antonio Gramsci habrá acabado con un nudo en garganta. 


Pues tal es, en efecto, el estado de ánimo con el que las personas sensibles (lo que es tanto como decir, hoy en día, “revolucionarias”, en la medida en que la revolución de los sentimientos es siempre y al mismo tiempo conservación cultural) suelen asimilar aquella permanente pasión suya por la veracidad, aquel admirable esfuerzo por seguir pensando —con independencia, con criterio, con punto de vista autónomo— a pesar del fascismo y del embrutecimiento psicológico y moral que acaba representando la cárcel, su lucha tenaz contra la propia enfermedad mediante el análisis introspectivo tan intenso como puntilloso, o, finalmente, sus intermitentes iniciativas para volver a anudar un vínculo amoroso obstaculizado y deteriorado por la distancia, por la ausencia de noticias de la persona amada, por el aislamiento en la prisión, por la depresión de los propios interlocutores, por la piedad de los familiares que él considera falsa y, sobre todo, por la incomparable huella del tiempo, por el transcurrir de ese tiempo psicológico que, en la soledad y en la ausencia, acabaría convirtiéndose para nuestro hombre en mero pseudónimo de la vida misma y para Julia Schucht en motivo definitivo de cansancio psicosomático constante.


Por fuerte que sea la convicción aludida, y por compartida que estuviera, ésta no cierra del todo, sin embargo, el argumento nuestro, el cual, al juntar “amor” y “revolución” en Gramsci, pone las amorosas y claras razones del corazón al lado de la pasión política razonada con la intención de explicar desde ellas, entrelazadas y como categorías centrales, lo que fue la tragedia de aquellas vidas.


Para cerrar ese argumento con coherencia y terminar de paso la justificación iniciada en los párrafos anteriores habría que añadir todavía una opinión que no se refiere sólo a Gramsci sino que pretende tener un sentido más general, aunque tal añadido lo sea únicamente a título de simple sugerencia, de esas sugerencias que hay que creerse o aceptar bajo palabra: que ya sólo los nudos en la garganta —cuando hay suerte de que se formen en ella— nos libran hoy del rubor y de la vergüenza que produce la manipulación postmoderna de las palabras grandes y hermosas de nuestra infancia y de nuestra adolescencia (de la infancia y de la adolescencia de la humanidad, por supuesto). De modo que es probable —sigo escribiendo hipotética y dubitativamente— que sea esa disponibilidad restante para la emoción, esa visceral permeabilidad, culturalmente reformada, que aún nos queda para la formación del nudo en la garganta, ante tanta desgracia vivida con tanta voluntad de resistencia, lo que hace de Antonio Gramsci en este momento de crisis de la cultura comunista —cuando los lobos de la publicidad venden pieles de cordero fabricadas con la tradición obrera— el pensador marxista más internacionalmente apreciado, el más traducido, el más leído por las jóvenes generaciones y releído también por aquellas otras generaciones que, al decir del poeta, no pudieron ser amables.


Pero quien no comparta la afición por el modo de decir del poeta comunista ni los tonos satírico-asermonados de horaciana memoria, quien esté convencido, por el contrario, de que nosotros somos, precisamente, aquellos “por nacer” en quienes pensaba Brecht, y de que, por tanto, ha llegado ya la hora de ser amables y de cambiar la retórica y las metáforas —“quién quiera tener razón y tenga una lengua la tendrá”, decía Mefistófeles a Fausto— por el análisis desapasionado, tiene todavía otra vía para llegar, en el caso de Gramsci, a una conclusión semejante: la filológica. Pues ningún otro pensador revolucionario ha tratado de vincular tan estrechamente lo privado y lo público, lo personal y lo político, el amor y la actividad revolucionaria, en suma, como lo hizo Gramsci en una carta dirigida a Julia Schucht y fechada en Viena el 6 de marzo de 1924:

Cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando no se había querido a nadie, ni siquiera a la propia familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas humanas individuales. ¿No iba a tener eso un reflejo en mi vida de militante?, ¿no iba a esterilizar y reducir a mero hecho intelectual, a puro cálculo matemático, mi cualidad revolucionaria?
Amor que a nada ha amado amar perdona

Es posible que Antonio Gramsci haya tenido relación sentimental íntima con alguna otra mujer antes de conocer a Julia Schucht en Moscú. Alguna de las personas que estuvieron cerca de él en Turín, en la época de L´Ordine Nuovo, así lo ha testimoniado, e incluso ha dado el nombre de la amiga. Pero, si así fue, de aquella relación sentimental no ha quedado eco alguno en el epistolario. No es extraño que no lo haya en el epistolario de esos años puesto que, como he dicho, las cartas de entonces que han quedado son poquísimas. En las cruzadas con Julia en Moscú, poco después de conocerse, y desde Viena y Roma, cuando el amor se ha declarado, no hay recuerdo de un amor anterior. Ni mención en ninguna de las cartas escritas desde la cárcel. Naturalmente, cuando se sabe de la contención sentimental de Gramsci este dato no quita verdad al otro testimonio, aunque es raro que en el momento inicial de las declaraciones y de las confesiones recíprocas, cuando en el caso de Julia sí aparece alguna alusión a otra relación sentimental, el varón Gramsci no diga nada al respecto, sobre todo si, como parece, no había pasado demasiado tiempo de su otra relación. La única alusión, por lo demás genérica, a relaciones eróticas anteriores está, que yo sepa, en una carta que escribió a Julia al poco de conocerla en Moscú. Dice así: “He tratado incluso de convencerme a mí mismo de que le había recitado a usted una comedia, como he hecho otras veces (porque de verdad lo he hecho otras veces) cuando, convencido de que no podía ser amado (¿se acuerda usted de una discusión sobre cierto verso de Dante?), me proponía conseguir granjearme las manifestaciones externas del amor...”. 

Respetemos, por tanto, el pudor de los dos. Y de sus familiares.


Antonio Gramsci conoció a Julia Schucht durante el verano de 1922. En junio de ese año Gramsci estaba en Moscú para participar en la segunda Conferencia del Ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista. De ella salió como dirigente de la III Internacional. Gramsci había llegado a Moscú con una fuerte depresión, tenía temblores, tics y a veces convulsiones, por lo que inmediatamente después de la Conferencia tuvo que ser internado en el sanatorio de Serebriani bor [El bosque de plata], en el que por entonces estaba alojada también Eugenia Schucht recuperándose de un agotamiento psicofísico. Antonio estableció allí relación con Julia a través de Eugenia. Las hermanas Schucht habían vivido durante algún tiempo en Italia y hablaban italiano. Seguramente esto fue determinante para un hombre como Gramsci de quien Pier Paolo Pasolini dejó dicho que era un tímido al que la timidez empujaba a vivir siempre impersonalmente.


La relación que estableció con Julia fue inicialmente, durante algunos meses, esporádica y de camaradería. Los dos primeros billetes de Antonio a Julia que se han conservado van encabezados con un “querida compañera”. El tratamiento es de usted y respetuoso. Gramsci propone en ellos citas en Moscú y en el sanatorio (en las proximidades de Moscú) para visitar a Eugenia; juega con la (aparente) complicidad de la hermana y se despide de Julia con las fórmulas “afectuosamente” y “con afecto”. Una viñeta familiar, humorística, que se ha conservado, fechada el 16 de octubre de 1922, sugiere la existencia de una relación sentimental en ciernes: la hermana Eugenia es el objeto activo de la broma que al mismo tiempo facilita la comunicación entre los otros dos.


Los primeros encuentros con Julia en Serebriani bor han dejado en Gramsci una huella imborrable. Una carta que la escribe desde Roma un par de años después, cuando ya la relación se ha hecho estable, desvela, para nosotros, el contexto y el sentido de la discusión en Serebriani bor sobre “un cierto verso de Dante”. Este dice: Amor que a nada ha amado amar perdona. La escena, en una habitación del sanatorio con una sola cama, habla de las dificultades de ambos para decidir allí la relación. Antonio dirá luego: “Me acuerdo de todos los detalles porque creo que aquella noche fue muy importante para nosotros y que luego, durante mucho tiempo, estuvimos jugando a la gallina ciega. ¡Qué horror!”.


El peso desequilibrante del cerebro

Los acontecimientos en curso en Italia (las consecuencias de la marcha fascista sobre Roma que se produjo en octubre) retrasaron el regreso de Gramsci. Pudo entonces asistir al IV Congreso de la III Internacional (noviembre-diciembre) en el que tuvo la oportunidad de escuchar a un Lenin muy pesimista sobre el futuro de la revolución. Aquel discurso se le quedó grabado y está en el origen de su reflexión sociopolítica posterior, en los Quaderni, sobre la revolución en occidente. Muy probablemente Gramsci fue el dirigente comunista occidental que mejor entendió el mensaje del viejo Lenin. Pero por entonces, a finales de 1922, su corazón estaba en otra parte. Mientras espera en Moscú el desarrollo de los acontecimientos en Italia y se entera de la agresión que se ha sufrido su hermano Gennaro, herido por los fascistas en Turín, la relación sentimental con Julia progresa hacia el amor entre enero y febrero de 1923. En enero todavía mantiene el tratamiento de respeto y aún sigue jugando con la excusa de visitar a Eugenia para propiciar un nuevo encuentro con Julia y consolidar los lazos, pero Antonio ha pasado ya al “queridísima” y la siguiente carta, que escribe el 13 de febrero, es una declaración de amor.

La primera declaración de amor de Gramsci, al menos por escrito, es complicada y preludia otras muchas complicaciones que habían de venir. Dice a Julia varias veces en esa carta que la quiere y que tiene la certeza de que ella le quiere a él, pero en seguida se enreda en una discusión sobre lo “sencillos” que son ambos, y en particular él mismo, contra las apariencias. Con el amor, Antonio empieza una batalla por dejar de ser el que sentimentalmente fue: “Es verdad que desde hace muchos, muchos años me he acostumbrado a pensar que existe una imposibilidad absoluta, casi fatal, para que yo pueda ser amado”. Gramsci alude aquí a su deformidad física (que, según todos los testimonios, acomplejaba ya en Turín su vida sentimental) y recuerda seguramente las huellas de una infancia y de una adolescencia de sufrimientos, sacrificios y debilidad física; pero se extraña, o dice que se extraña, a su vez, de que Julia note en él “contracciones nerviosas”, tics y “pequeños arrebatos marginales”. E inmediatamente después, en la misma carta, aparece el Gramsci volitivo y persuasivo. Nada de “demasiado pronto” para consolidar la relación, como dice ella, nada de enredos, ni de intrigas psicológicas almibaradas: “Yo no soy un místico ni usted es una virgen bizantina”.


Gramsci no era, desde luego, un místico. Julia Schucht tenía entonces veintiséis años, cinco menos que él. Había nacido en Ginebra, donde sus padres estaban exiliados, en 1896. Su padre, de origen finlandés, antizarista, había conocido la deportación en Siberia; tuvo que salir de Rusia en 1890 y vivió con la familia en Francia, Suiza e Italia. En Roma, Julia se había diplomado como violinista en 1915 y en el otoño de ese año salió hacia Rusia para encontrarse con los suyos que ya vivían en Moscú. Empezó a trabajar como profesora en un liceo musical a cien kilómetros de la capital. Su familia tenía cierta relación con Lenin y ella misma estaba afiliada al partido bolchevique desde 1917. Cuando Gramsci la conoció trabajaba en la sección local del partido en Ivanovo Vosnessiensk, un centro textil al que llamaban “el Manchester de Rusia”. Por su formación y por su trabajo Julia era, en 1922, una mujer de carácter, independiente pero a la vez muy sensible y ligada a la familia, a los padres y a las hermanas.


Se conserva un paso de una carta de Julia Schucht, escrita cuando tenía veinte años, que hace pensar en lo que pudo acercarla sentimentalmente a Gramsci, en sus afinidades y diferencias. Dice así: “Hay algo extraño en mi vida que me impide vivir como yo querría. No me gusta hablar de esta vida que no es como yo quiero. Me pregunto cuál de las dos personas que hay en mí será la auténtica, si la que quiero ser o la que soy. Y ese pensamiento me impide ser yo misma. Hay algo que me molesta, algo que es parte de mi, y ese algo es mi cerebro. No sé ‘ser’; se ver, pensar, alguna veces sentir...”.


Así, pues, la casualidad quiso que se hayan encontrado en Moscú dos adultos, ideológicamente afines, comunistas y revolucionarios, que en su juventud han sentido el peso desequilibrante de lo que llamaban “el cerebro” y la angustia de no llegar a saber ser: él, en Turín, profundamente afectado por persistentes dolores de cabeza, o por lo que dice ser “anemia cerebral”, se refugia primero en el estudio y salta luego a la vorágine de la actividad política huyendo de la soledad; ella, primero en Roma y luego en Moscú, se siente dividida, tiene una profesión, podría ser independiente, pero sabe que hay algo en su “cerebro” que se la impone también como un dolor, aunque no sólo físico, y se siente como perdida al observar introspectivamente que lo que sabe (ver, sentir, pensar) es una constricción que la impide llegar a lo que querría ser. Ambos, él y ella, querrían ser “simples”, pero hay algo en su interior que les dice que no lo son. Están tratando de superar “complicaciones psicológicas” que seguramente, desde el punto de vista clínico, son algo más que las triviales complicaciones ordinarias del normópata cotidiano. Buscan ahora en el amor lo que no acaban de encontrar en la actividad profesional ni en la vida política. No todo es azar, pues, en este primer encuentro: Serebriani bor, el bosque de plata, sería para ellos, con el tiempo, algo más que un nombre, muchas veces recordado y otras muchas aludido precisamente en relación con las depresiones, el malestar y las complicaciones psicológicas.


Mientras tanto, la situación en Italia se ha ido agravado por la detención de varios de los principales dirigentes comunistas y socialistas del momento. Eso es tema del intercambio epistolar de Gramsci con Julia en los meses siguientes: por lo que representaba desde el punto de vista político (Gramsci era entonces uno de los tres miembros comunistas en la comisión formada para una eventual fusión con los socialistas revolucionarios) y porque, evidentemente, el aplazamiento que aquella situación suponía para su regreso significaba, por otra parte, la ocasión para multiplicar los encuentros en Moscú y anudar la relación sentimental. En una de las cartas de Moscú, sin fecha pero muy probablemente de finales de febrero de 1923, aquella misma en que se alude genéricamente a algún otro contacto erótico, Antonio Gramsci insiste autobiográficamente en el tema del “antes” y el “después” del amor. Quiere salir del “erial”, del “frío páramo”, que ha sido su vida hasta entonces y declara estar convencido, sin comedia, de que precisamente eso es lo que le está ocurriendo después de haber conocido a Julia. Que el propósito no era fácil lo prueba el tono con el que, después de otro encuentro, escapándose a escondidas del hotel Lux, en el que residía, reconoce haber sido “un bruto”, haber hecho daño a Julia “demasiado brutalmente”, y que aún necesita quemar muchas cosas de sí mismo.


No se han conservado (o no se han publicado) las cartas de Julia Schucht en Moscú, a las que alude el epistolario de Gramsci, ni tampoco las escritas por éste, si es que las hubo, desde marzo a finales de noviembre de 1923, fecha esta última en que Gramsci partió para Viena. Lo más probable, a juzgar por el contenido y el tono de las escritas ya desde Viena (en las que destaca el dolor por la ausencia de la amada y el reiterado deseo de volver a estar juntos) es que entre marzo y noviembre de 1923 no haya habido cartas justamente porque la relación amorosa se había consolidado y no hacía falta escribir lo que se podía decir con la presencia. Queda el testimonio de Vincenzo Bianco, encargado por Gramsci de ayudar a Julia en Moscú después de su partida, que, con algún lapso de memoria, confirma esta suposición.


Viena: el mundo grande y terrible

Antonio Gramsci vivió en Viena desde principios de diciembre de 1923 hasta mediados de mayo de 1924, apenas un invierno y media primavera. Los recuerdos que nos ha dejado, en las cartas a Julia, de aquel “mundo grande y terrible, y encima en manos de los burgueses”, son, por lo general, melancólicos, muy mediatizados por el sentimiento de la ausencia. Durante aquellos meses su actividad político-organizativa fue muy intensa, pero no llegó a congeniar ni con los propietarios de las casas en que allí vivió ni con sus colaboradores más próximos, como el argentino Mario Codevilla. En Viena le visitaron, con encargos políticos varios, camaradas italianos; y desde Viena escribió Gramsci muchas cartas, algunas de ellas interesantísimas para entender el ambiente político de los revolucionarios sin revolución: a Urberto Terracini, PalmiroTogliatti, Ruggero Grieco, Alfonso Leonetti y otros destacados comunistas italianos.

En Viena tuvo Gramsci la oportunidad de conocer de cerca no sólo las dificultades del trabajo organizativo y periodístico realizado lejos de los lugares en que uno tiene puestos el corazón y la cabeza, sino también de reconocer las debilidades y miserias del sectarismo de algunos de los próximos. Refiriéndose a la mujer de Joseph Frey, secretario general entonces del partido comunista austríaco, en cuya casa vivía, escribe poco después de llegar a Viena: “Maldice continuamente al partido que la obliga a tener en casa a personas tan molestas y antipáticas como yo... pero conserva el carnet del partido porque, si no, la fracción dirigida por su marido en este desgraciadísimo partido perdería el uno por ciento de sus afiliados. También este ‘fenómeno’ me ha puesto bruscamente ante viejas cosas conocidas que se me habían olvidado un poco al cabo de año y medio de alejamiento”.


Desde esta primera carta, escrita el 16 de diciembre de 1923, Gramsci se queja, una vez más, de su soledad y del aislamiento: soledad sentimental y aislamiento político. En seguida pide a Julia que vaya a Viena a trabajar con él, pensando, sin duda, que esta sería la forma de ahondar una relación estable entre revolucionarios. Y, mientras Julia sigue en Moscú, el motivo principal de la correspondencia será precisamente la posible colaboración en el trabajo ideológico y político. Así, invita a Julia a emprender juntos la traducción al italiano de la edición del Manifiesto comunista preparada por Riazanov; le requiere continuamente información sobre el desarrollo de los acontecimientos en Rusia; y trata de contrastar con su opinión las informaciones que le llegan acerca de las primeras discusiones, serias ya, que se estaban produciendo en el núcleo dirigente del PCUS. Sobre ese fondo una constante: la melancolía por la ausencia de la amada que sólo muy parcialmente puede paliar la actividad política y organizativa.


La sensación de rutina, la pésima impresión que le produce la desorganización, el desconcierto y el pesimismo que observa entre los compañeros italianos que ve en Viena, las noticias que le llegan de Italia y de Alemania deprimen nuevamente a Gramsci. Trata de salir del hoyo, como lo había hecho ya en otras circunstancias parecidas, a base de voluntad y recurriendo al humor. De este humor, que le lleva a distanciarse moderadamente de algunas de las cosas serias que se trae entre manos, hay muestras recurrentes en el epistolario de Viena. Así, en la carta a Julia del primero de enero de 1924 se pregunta Gramsci qué les deparará, a él y a su amor, el nuevo año, y luego escribe: “¿Podremos estar juntos un poco de tiempo disfrutando mutuamente con la presencia del otro y riéndonos de todos y de todo, con excepción, por supuesto, de las cosas serias que, de todas formas, son muy pocas en este mundo grande y terrible?”.


Durante semanas el trabajo central de Gramsci en Viena ha sido precisamente redactar cartas para recuperar las relaciones en el partido italiano y preparar la publicación de L´Ordine Nuovo quincenal. Pero también estas cartas —le dice a Julia— “se están convirtiendo en mi pesadilla”. Casi no sale de casa: lee y escribe. No se aclimata a las costumbres del lugar: pasa frío y traduce. Describe su vida en Viena como “simple y transparente” y recuerda una frase Rimbaud. Eso es todo. Quiere, en cambio, que Julia vaya a Viena y que le informe del debate que se está produciendo en el PCUS. No hay duda de que este debate le inquieta. Al principio, por las noticias que le llegan, sus simpatías parecer estar con Trotsky para el que, en Moscú, había escrito algo sobre la evolución de los futuristas italianos. Pide uno de los libros de éste y cuenta a Julia que no sabe cómo explicarse el ataque de Stalin contra Trotski, que eso le parece muy irresponsable y peligroso, pero que no ha podido ver todavía los papeles y que quizás el desconocimiento del material puede hacerle juzgar mal. Eso está escrito el 13 de enero de 1924. En la misma carta busca la complicidad personal de Julia: “Para evitar cualquier peligro relacionado con la dispersión tendrías que escribirme en forma cifrada”.


“Dispersión” es aquí un eufemismo para nombrar un ambiente, el del reflujo revolucionario, que estaba incubando sospechas y maniobras inesperadas en la nueva Internacional. Escribir en forma cifrada no es una idea personal de Gramsci. Era relativamente habitual en aquel ambiente y ha seguido siéndolo en situaciones de clandestinidad o semiclandestinidad. Umberto Terracini se lo ha sugerido a Gramsci y Gramsci refuerza el vínculo político-sentimental sugiriéndoselo a Julia. Al mismo tiempo, a medida que comprueba la “dispersión” que le rodea, su requerimiento a Julia se va haciendo más apremiante y más amoroso: “No puedo estar sin ti. Eres una parte de mi mismo y siento que no puedo estar lejos de mi mismo. Estoy como suspendido en el aire, como alejado de la realidad. Pienso siempre, con infinita emoción, en el tiempo que hemos pasado juntos, en aquella intimidad, en aquella tan grande expansión de nosotros mismos”.


Amor y filología

Una de las cosas que probablemente han dificultado más la relación sentimental de Antonio Gramsci con Julia Schucht fue la forma que él tenía de leer las cartas de ella. Éstas eran, por lo general, cortas y estaban escritas en un italiano claro y sencillo, de manera que el obstáculo principal en la comunicación no parece haber sido la diferencia lingüística, aunque es verdad que la diversidad cultural también cuenta por debajo de las identidades ideológicas y políticas. Pero más que eso cuenta, en este caso, la atención, a veces exasperante, con que Gramsci escrutaba cada párrafo de las cartas íntimas para captar en ellas la más mínima variación en los estados de ánimos de la mujer a la que amaba.

Este constante cribar, que también practicó introspectivamente, desde luego, llegaría a convertírsele con el tiempo en una auténtica obsesión. Al final de su vida confiesa a Julia que lee sus cartas varias veces: la primera vez —dice— como se leen las cartas de las personas a las que queremos, “desinteresamente, por así decirlo”; luego —añade— vuelve a leerlas “críticamente”, para tratar de adivinar cómo estaba Julia el día en que le escribió, para observar atentamente cómo es su escritura, la mayor o menor seguridad de la mano ese día, y sacar así de las cartas “todas las indicaciones y significados posibles”. Esto último está dicho cuando la enfermedad y las penalidades sufridas en las cárceles por las que ha pasado habían deteriorado mucho el humor y el carácter de Gramsci. Pero ya en el epistolario de Viena aquel hombre que acaba de enamorarse y que quiere cambiar su vida deja algunas señales inequívocas de su ansiedad. Casi a renglón seguido de la propuesta de pasar al lenguaje cifrado para hablar de las cosas de la política, escribe a Julia:

Tu última carta me ha hecho una impresión extraña, me ha dejado un poco inquieto. No consigo entender del todo tu estado de ánimo. Me parece que estás un poco inquieta y desorientada. ¿Depende eso solamente del no tener todavía una casa, del estar obligada a una vida de zíngara, del cansancio que supone un trabajo sin descanso? Espero que sea así, pero me da la impresión de que no puede, o no debe, ser únicamente eso. Me parece que hay en ti una ansiedad que te debilita más que la fatiga. Tienes que escribírmelo todo, tienes que decirme todo lo que sientes para que yo tenga al menos la ilusión de tenerte cerca de mí.

Incluso después de saber que Julia espera un hijo suyo y que esto va a anudar aún más las relaciones, ante una frase de ella que dice “crece una sombra: ¿te encontraré todavía?”, Gramsci responde abruptamente, a finales de marzo, que no ha entendido nada, “absolutamente nada”, de esa carta y después de encadenar una serie de suposiciones a cual más inconveniente sobre el significado de estas palabras (si ella ha vuelto a ver “al otro”, si no habrá sido ella más que un agente de la Cheka para probar su corruptibilidad o si se trata tal vez de una manifestación más de la célebre “alma eslava”), repite, ya en serio, que sigue sin entender nada, y advierte de forma solemne que no quiere alusiones entre ellos para acabar exigiendo por dos veces “claridad total, absoluta, aunque haya que sangrar”.

Y todavía en un momento en que la relación sentimental se ha consolidado definitivamente, cuando Julia anuncia que va a viajar a Italia con su primer hijo para encontrarse allí con Antonio, éste, en un tono ya muy cordial, ironiza con oficio de filólogo. “Empleas —dice a Julia— la palabra ‘quiero’ junto a estas otras palabras: ‘estar cerca de ti’. Esta voluntad tuya me ha producido una gran impresión.” Pero para el filólogo que pudo ser Gramsci doblado de político volitivo también el querer, o más que nada el querer, tiene que precisarse. Así que después de narrar sus propias andanzas y de recordar con melancolía que el hijo, Delio, e incluso su propio amor, ha sido “como una estrella fugaz en la noche de san Lorenzo”, Gramsci acaba la carta con esta broma: “Tendrás que explicarme el significado exacto de la palabra quiero: Tatiana está segura de que vendrás en septiembre [como realmente ocurrió] y ya está preparando las habitaciones en que viviremos”.


Es, sin embargo, casi siempre entre dos momentos malos, a los pocos días de haber expresado una sospecha o de haberse ejercitado en un puntillismo más propio del filólogo que del varón que quiere hacer algo positivo por su relación sentimental, cuando Gramsci escribe las cartas íntimas más hermosas, justamente al reflexionar sobre lo que le está costando adquirir el equilibrio emocional necesario. Así, por ejemplo, cuando después de casi tres semanas sin noticias de Moscú empieza a pensar que, en efecto, las condiciones de salud de Julia eran graves y recibe la noticia de que ella está embarazada: “Me ha dado un vuelco el corazón al leer tu carta. Ya sabes por qué. Pero tu alusión es vaga y yo me consumo, porque querría abrazarte y sentir también yo una nueva vida que une las nuestras más de lo que ya lo están, amor mío tan querido”.
Esta es la carta en la que escribe el párrafo —ya mencionado— que vincula la lucha revolucionaria y el amor a una colectividad con la necesidad de amar profundamente a criaturas humanas individuales. En ella Gramsci narra a Julia la vida solitaria que ha llevado desde la infancia, la enorme complicación de sus relaciones con los otros, su necesidad de estar siempre ocultando los sentimientos más íntimos, incluso en el marco de las relaciones familiares. Esta declaración viene motivada, naturalmente, por uno de los acontecimientos que más conmueven en la vida y por el deseo, que la noticia suscita, de volver a estar con la persona amada. Pero hay ahí algo más. Es como si Gramsci hubiera intuido en esa circunstancia que en los caracteres fuertes, y en situaciones emocionales así, es precisamente el reconocimiento recíproco de ciertas debilidades compartidas lo que más une. Pues en la misma carta del 6 de marzo de 1924 desliza también una aguda premonición que no se puede pasar por alto.


Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad

Gramsci cuenta a Julia que ha recibido desde Italia una misiva de una compañera rusa que estuvo con Rosa Luxemburg en Alemania y que también ella, que no es precisamente “de temperamento italiano”, le escribe descorazonada y desilusionada. En ese contexto confiesa que “le están pidiendo demasiado” y que eso le “impresiona de una forma siniestra”. De manera que el hombre que por entonces está escribiendo en la prensa del partido “contra el pesimismo” de los otros se siente solo, no acaba de superar la enfermedad, siente que algo se ha roto en su interior y necesita unas fuerzas que sólo le pueda dar, espiritualmente, la mujer, una mujer de la que, por otra parte, él mismo sospecha que está algo más que fatigada.

Si no se quiere trivializar la conocida frase pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad —tantas veces repetida a cuenta de Gramsci y fuera de contexto— conviene atender a este trasfondo psicológico y sentimental que es propiamente lo que da vida a la misma. Su artículo “contra el pesimismo”, publicado en el número 2 de L´Ordine Nuovo quincenal (15 de marzo de 1923) es realmente un artículo contra el pesimismo de la voluntad, contra el escepticismo existente en las propias filas sobre el futuro político y sobre el papel del partido comunista en formación; es un artículo contra el fatalismo y el determinismo, contra la vuelta a un estado de necesidad del que el propio Gramsci participó un años antes.


La diferencia entre lo que se dice en él y lo que Gramsci está diciendo por esos mismos días a Julia está en el hecho de que en el plano público, político, la reafirmación de la voluntad, del optimismo de la voluntad, tiene que quedar deslindada del equilibrio sentimental de los sujetos que han de actuar. Y, sin embargo, al acentuar la crítica política al pesimismo de la voluntad es evidente que quien lo hace, el propio Gramsci, no sólo asume sino que reafirma una responsabilidad para la que, privadamente, reconoce no tener fuerzas suficientes. De donde resulta, paradójicamente, que estas fuerzas, la reafirmación de la voluntad necesaria para combatir el pesimismo político, tienen que venir de la debilidad del otro, de la otra, que es la que da el equilibrio de la relación sentimental.


Es propio de las personalidades volitivas hacerse psicológicamente fuertes ante los demás en los momentos de mayor dificultad. Ese era también el caso de Antonio Gramsci. Y lo fue particularmente en Viena. De la acumulación de dificultades el rebelde sardo, que en la época universitaria no ha querido convertirse en un pingo almidonado (o sea, en un académico sin más), que por eso mismo ha dado todo lo que tenía en las jornadas revolucionarias de 1919-1920 en Turín, vuelve a sacar fuerzas de flaqueza para remontar. Por eso dice a Julia que los compañeros le piden fe, entusiasmo, voluntad y fuerza, y que es él quien trata de infundir voluntad, entusiasmo y una fuerza que no tiene a los compañeros que están en Italia. ¿De dónde sacarla? De la anudación del vínculo entre vida política y vida sentimental. Por eso Gramsci insistirá tanto a Julia en sus últimas cartas desde Viena (y luego desde Roma) en juntar el amor y la camaradería.


Amor y camaradería, una colaboración de quehaceres

La declaración más explícita en ese sentido la hace Gramsci justo el mismo día en que aparecía su artículo contra el pesimismo: “Te aseguro que si sólo se hubiera tratado de nuestro amor yo no habría insistido como lo he hecho. Pero nuestro amor es y debe ser algo más: una colaboración de quehaceres, una unión de energías para la lucha, además de búsqueda de nuestra propia felicidad. Hasta es posible que la “felicidad consista precisamente en eso”. Lo que más conmueve en esta solicitud de “colaboración de quehaceres” es que el hombre que la hace ha asumido ya una responsabilidad política peligrosa, y lo sabe; se siente viejo como el chino Lao-tsé, nacido a los ochenta años, y sabe, además, que continúa su lucha con el propio “cerebro”, con “las cucarachas se le pasean” por él, con “la araña que le chupa el cerebro”, con los fantasmas, las sombras y “las gotas de metal fundido en la carne”.

En abril de 1924 Gramsci fue elegido diputado por el Véneto en las listas del partido comunista. Comunica a Julia la noticia y al mes siguiente regresa a Italia. Han pasado dos años desde su viaje a Moscú y aquel viaje le ha cambiado la vida. El retorno lo hace sabiendo que Julia tendrá un hijo a los pocos meses y teniendo que renunciar, sin embargo, tanto a su propuesta de encontrarse en Viena para trabajar juntos como a la posibilidad de viajar él mismo, de nuevo, a Moscú.


A pesar de ello, no hay duda de que el sentimiento de la próxima paternidad y la vuelta a Italia, a un ambiente políticamente adverso pero que conoce, han tranquilizado psicológicamente a Gramsci. En las cartas escritas desde Italia entre mayo y agosto de 1924 Gramsci no deja de mencionar la persistencia de los dolores de cabeza y la tristeza que le produce la encrucijada en que están: él querría ir Moscú para encontrarla pero no puede; propone insistentemente que ella vaya a Italia pero no obtiene respuesta. Siente que “una inmensa muralla de espacio y tiempo les separa”. Pero, aún así, cuando aborda la relación sentimental, es más paciente e incluso las bromas domésticas que hay en estas cartas (sobre la discusión familiar acerca del nombre que habrían de poner al niño, sobre la reconocida limitación de su propio papel en esto y sobre la decantación del amor) no son inquietantes; son bromas cariñosas y revelan un estado de ánimo mucho más equilibrado que durante los meses de Viena.


En una de estas primeras cartas enviadas a Julia desde Italia, mientras sufre de insomnio y se siente débil en una tórrida noche veraniega romana, Gramsci vuelve al tema de la relación entre actividad política y vida sentimental para establecer una generalización que afecta a su personalidad: “No podemos dividirnos y dedicarnos a una actividad única, puesto que la vida es unitaria y cada actividad sale reforzada con la otra”. Se pregunta entonces si el amor no refuerza toda la vida al crear un equilibrio y dar una intensidad mayor a las otras pasiones y a los otros sentimientos, aunque, paradójicamente, enseguida añade que no quiere ponerse doctrinario.


En estas cartas que Gramsci escribe desde Roma a Julia Schucht hasta marzo de 1925, fecha en la que volverían a encontrarse en Moscú y en la que él conocería a su primer hijo, predomina el tema político. Es natural que un hombre que está dedicando gran parte de las horas de su vida al trabajo de organización antifascista haya buscado en las cartas que escribe a la persona amada la complicidad política. Pero la solicitud de colaboración de quehaceres pasa a segundo plano por razones obvias: Julia está ya en avanzado estado de gestación y la situación en Italia, sobre todo después del asesinato de Mateotti, tampoco permite seguir insistiendo en el trabajo intelectual compartido.


Política y paternidad

En agosto de 1924 nació el primer hijo de Julia y Antonio. Después de discutir entre bromas sobre varios nombres simbólicos (Ninel, Lev) le pusieron Delio a propuesta de Antonio. Éste tuvo que renunciar a estar presente en Moscú en el momento del nacimiento. Su actividad política en Italia se había hecho desbordante. El nacimiento del hijo coincidió con el momento en que Gramsci empieza a actuar como secretario general del Partido Comunista. Quiso, en cambio, ayudar materialmente a los suyos enviando algún dinero a Moscú través de amigos italianos, aunque tampoco acertó con la forma adecuada, lo cual provocó un malentendido con Julia, que se sintió ofendida, y una disculpa inmediata de Antonio que contiene una reflexión notable:
Creo que es un recuerdo de mi vida infantil, ligada a las penurias materiales y a las estrecheces... que crea vínculos de solidaridad y afecto que nadie podrá destruir. ¿Crees tú que la mejor de las sociedades comunistas podrá modificar de manera fundamental estos condicionamientos de las relaciones individuales? Yo creo que, al menos por algún tiempo, seguro que no. Y me parece que tales sentimientos son propios de las clases explotadas, no de la burguesía.

Durante los meses que siguieron, Gramsci, además de mostrar a Julia su alegría por el nacimiento del hijo, del que asegura que va a unirles mucho más, y de expresar su malestar por no poder ayudar como querría, confiesa cierta confusión a la hora de hacerse una idea concreta de lo que significa la paternidad reciente: “Pienso en los niños en general, en su peso, en su debilidad, en los peligros que les amenazan a cada momento, pero no consigo pensar en nuestro niño vivo como individuo concreto”. Pide fotografías pero sabe que “la objetividad no es la vida, sino una fría caricatura fotográfica de la vida”; escribe pero sabe que las cartas no pueden sustituir la presencia. Sigue habiendo entonces algunas dificultades en la comunicación con Julia, pero éstas son mayormente externas: retrasos en la correspondencia, esperadas cartas que no llegan, desconfianza en el funcionamiento de los correos y sensación de que estos motivos externos deterioran a veces la relación sentimental. El 18 de septiembre de 1924 Gramsci escribe a Julia: “Hay un montón de cosas que no puedo escribirte porque no me fío del correo”. Dos semanas después confiesa que no es sólo la desconfianza en el correo: “Siento pena cuando no puedo enviarte una carta y tengo que superar un montón de obstáculos psicológicos cuando me pongo a escribirte. Me parece —y creo que tú has tenido la misma impresión— que el papel empobrece todos nuestros sentimientos y se convierte en un filtro a la inversa, o sea, en algo que enturbia lo que es limpio y claro” .

En lo sentimental, Gramsci oscila ahora entre la manifestación de la ternura que le produce la maternidad de Julia, la expresión de la preocupación por su salud, la contención de sus ironías privadas para no hacer daño, cierta perplejidad ante una paternidad para la que no parece sentirse particularmente preparado y la mala conciencia que le produce el estar ausente y lejos en un momento decisivo: “No soy capaz de estimar mi amor por ti: me parece distinto de lo que era hace un año. Tampoco sé imaginar la impresión que tendré al ver al niño vivo y real en lugar de la leve impresión de la cartulina fotográfica”. Narra a Julia sus actividades, sus viajes por Italia y sus impresiones sobre la situación política y social del momento. Pasa constantemente de la anécdota (una conversación escuchada, las impresiones de un viaje, la estancia en una ciudad) a la categoría, al análisis de lo que entonces hay socialmente en Italia y de lo que puede llegar a haber en el próximo futuro.


Algunos pasos de estas cartas son interesantísimos desde el punto de vista del diagnóstico psicosocial de lo que estaba siendo el fascismo, tanto más de apreciar cuanto que apenas se han conservado otras cartas políticas de Gramsci escritas desde el retorno a Italia hasta abril de 1925. Los pasajes políticos de estas comunicaciones a Julia Schucht destacan por la veracidad y la lucidez con que describen ciertos rasgos (el atraso, la ignorancia, la intolerancia, el semibandidismo, la corrupción, el clientelismo) que contribuyen a la consolidación del régimen de Mussolini: “Los niños y los idiotas están convirtiéndose en la expresión política de la situación, y lloran y hacen tonterías bajo el peso de una responsabilidad histórica con la que de repente han tenido que cargar sus espaldas de aprendices ambiciosos e irresponsables. La tragedia y la farsa se suceden en escena sin conexión alguna. El desorden está alcanzando un grado que ni la fantasía más desenfrenada podía imaginar”. Gramsci rectifica ahí sus ilusiones de meses anteriores sobre un próximo fin del fascismo. Absorto en la batalla antifascista y en la reorganización del partido comunista, incluso su juicio sobre las personas más próximas quedará mediatizado por consideraciones políticas. Es lo que ocurre cuando, después de varios intentos fallidos, en febrero de 1925, Gramsci conoce en Roma a Tatiana Schucht, la hermana de Julia, con la que simpatiza en seguida. La opinión que comunica a Julia es que, a pesar de las apariencias y de los rumores, su hermana puede llegar a estar más cerca de los bolcheviques que de los socialistas revolucionarios rusos, entonces muy críticos con el leninismo.


El desierto de lo puramente político: mirar la naturaleza con impaciencia

Gramsci estuvo de nuevo en Moscú un par de semanas entre marzo y abril de 1925. Durante esas semanas participó en los trabajos de la V Sesión del Ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista, volvió a estar con Julia unos pocos días y conoció a su hijo Delio. No son muchos los recuerdos escritos que han quedado de aquella estancia. Gramsci recordará después un paseo con Julia y Delio por un parque moscovita, que no sacó buena impresión de la forma en que la familia Schucht comenzaba a educar al hijo y se referirá, ya en un contexto polémico posterior, a la influencia en esto de Eugenia, la hermana mayor de Julia, cuya afición al niño, un tanto obsesiva, la impulsaba a suplantar a la verdadera madre. Pero es evidente que después de este viaje se producen algunos cambios notables en la correspondencia. Gramsci ha estabilizado las relaciones con la familia de Schucht, ha arrancado la promesa de que Julia irá a Italia con el niño en cuanto pueda (cosa que, efectivamente, harían pocos meses después) y los lazos afectivos se han hecho más fuertes. Tal vez por eso entre la primavera y el otoño de 1925 las cartas de Gramsci se hacen más breves, más espaciadas y también menos ansiosas. La seguridad de que Julia llegará en breve le permite aguantar mejor los bajones psicológicos, incluso cuando el calor del verano romano le altera los nervios.

En la espera, Gramsci ha tenido que reduplicar la actividad político-organizativa no sólo como diputado sino también como secretario general del partido: “Ha sido borrado de mi cerebro todo lo que no sea actividad política inmediata”. Cuando llegan los calores del verano empieza a sentirse peor; no ha perdido del todo el humor del que hacía gala en los meses inmediatamente anteriores al nacimiento del hijo, pero las referencias a su propio estado de ánimo van haciéndose más sombrías. Se siente —dice— como “el resto de un naufragio a merced de las olas” y describe con cierto distanciamiento pesimista su debut parlamentario; se queja varias veces del desorden y da la desconexión existente en las propias filas y vuelve a sentirse, como en Viena, psicológicamente cansado y viejo.


Al menos por dos veces ha aludido Gramsci durante estos meses al “desierto” que representa una vida dedicada exclusivamente a la política. Y sintomáticamente ve ahora en las conversaciones con Tatiana, a la que sólo unas semanas antes había juzgado casi solo en términos político-ideológicos, una salida de ese desierto, algo así como una anticipación de lo que puede ser el equilibrio psicofísico cuando Julia y Delio lleguen, por fin, a Italia. Sus requerimientos a Julia acentúan ahora la necesidad de salir de esa mecanización unilateral de la vida propia que representa lo solo político. Ve ahora el amor como algo que tiene que impedir “que me convierta en un pingo almidonado, me mecanice, me haga apático y acabe convertido en un muñeco que repite siempre las mismas palabras y los mismos gestos”.


Este estado de ánimo no le hace perder, sin embargo, la lucidez política. El diagnóstico que realiza, en julio de 1925, de la situación en Italia, cuando para llevar a cabo sus actividades empieza a verse obligado a “borrar las huellas” y burlar así a la policía política, suena a premonitorio: “Somos demasiado fuertes para no tener iniciativas que llevan al descubrimiento de nuestras fuerzas y somos demasiado débiles todavía para aguantar un choque frontal”. En esas circunstancias nota, en cambio, Gramsci que está perdiendo el gusto por la naturaleza. Y relaciona esto, como Brecht, precisamente con las obligaciones de lo solo político.


Nada más revelador y sintomático de lo que el desierto (obligado) de lo solo político puede llegar a representar para un hombre sensible que comparar lo que dice Gramsci sobre la naturaleza en la última carta (de 15 de agosto de 1925) que escribe a Moscú, antes del viaje de Julia y Delio a Italia, con la carta en que un año después cuenta a Julia su estancia con Delio en Trafoi y con la descripción del paisaje que él mismo haría en enero de 1927, después de la detención, ya en el destierro de Ustica.


En efecto, durante el ferragosto de 1925, en la misma carta en que dice a Julia que tendrá que explicarle el significado exacto de la palabra “quiero”, narra Gramsci uno de los viajes a los que se ha visto obligado por el trabajo de organización, y describe así sus impresiones:

He visto parajes que, según dicen, son bellísimos, paisajes que al parecer son admirables, tan admirables que los extranjeros vienen de lejos para contemplarlos. Por ejemplo, he estado en Miramare, pero me ha parecido una errada fantasía de Carducci; las blancas torres se me presentaban como chimeneas acabadas de blanquear con argamasa; el mar tenía un color amarillo sucio porque los peones que construían un camino habían echado en él toneladas de detritus; el sol me dio la impresión de un calorífero fuera de estación.
A renglón seguido comenta Gramsci que se está convirtiendo en un apático y que esas impresiones tienen que deberse a que el sentimiento de la ausencia le está haciendo perder el gusto por la naturaleza.

La percepción de la naturaleza cambia con la llegada de los seres queridos a Italia durante el otoño de aquel año. Julia y Delio permanecieron con Antonio en Roma hasta el verano de 1926, aunque en casas distintas por motivos de seguridad. A finales de agosto Gramsci se tomó un respiro en la actividad política y pasó unas breves vacaciones con su hijo en Trafoi (Bolzano) mientras Julia regresaba a Moscú. En septiembre escribe a Julia: “Creo que la estancia de Delio en Trafoi, en un marco tan grandioso de montañas y glaciares, dejará en su memoria huellas muy profundas. Hemos jugado. Le he construido algún juguete, hemos hecho fuego en el campo. No había lagartijas, así que no he podido enseñarle a cogerlas. Me parece que ahora empieza una fase muy importante para él, esa fase que deja los más sólidos recuerdos porque en su desarrollo se conquista el mundo grande y terrible”.


Incluso unos meses después de la detención, ya en Ustica, y a pesar de estar desterrado, a pesar de la falta de libertad, a pesar de los presagios y de la incertidumbre de la nueva situación, pendiente como estaba de juicio por sus actividades políticas, y lejos también de Julia, nuestro hombre dispone de algo que no tenía meses atrás. Es un desterrado, pero dispone de tiempo para mirar la naturaleza de otra manera: “Tenemos a nuestra disposición una hermosísima terraza desde la que admiramos el mar sin fin durante el día y un magnífico cielo por la noche. Como el cielo está limpio, sin los humos de la ciudad, podemos gozar estas maravillas con la máxima intensidad. Los colores del agua del mar y del firmamento son realmente extraordinarios por su variedad y por su profundidad. He visto arco iris únicos en su género” . La explicación de este cambio en la manera de percibir la naturaleza es psicológica y la da el propio Gramsci en una carta que una semana antes ha escrito a su cuñada, Tatiana: a pesar de que ha perdido la libertad de movimientos, el ambiente de Ustica le está regenerando física y mentalmente porque necesitaba un periodo de reposo absoluto después de una desbordante actividad política de meses y meses.


El mundo subterráneo

Las cartas enviadas desde Ustica revelan tranquilidad de espíritu e incluso, en algún momento, una cierta euforia. La euforia desaparecerá después del traslado desde la isla a la cárcel de San Vittore, en Milán, a principios de febrero de 1927, pero la serenidad ante una situación tan adversa seguirá siendo durante meses el rasgo principal de las cartas de la cárcel. Incluso el símil con que Gramsci transmite a Julia su estado de ánimo, imaginándose como uno de los marineros que acompañaron a Fridtjof Nansen al Polo Norte sugiere cierta serenidad doblada de ironía: avanzar lentamente, muy lentamente, después de dejarse aprisionar por los hielos, aprovechando el empuje de los mismos a medida que éstos se van separando. Y de hecho, durante más de un año, hasta después del proceso al que Gramsci y otros dirigentes comunistas fueron sometidos en Roma y de su traslado, ya condenado, a la casa penal de Turi de Bari, la gran mayoría de las cartas que escribió a Tatiana, a Julia, a su madre y a otros familiares no dejan entrever la tragedia que se avecinaba. En ellas, además de la tranquilidad de espíritu, afloran la fortaleza moral, el autocontrol en el plano de los sentimientos, la reserva en el juicio político, el sentido práctico y realista, la crítica de los convencionalismos y, sobre todo, el humor, una vena irónica no siempre bien comprendida por sus interlocutores.

Entre el destierro en Ustica y la celda de San Vittore, en Milán, Gramsci ha ido construyéndose una ética de la resistencia basada en la observación lúcida y distanciada del nuevo mundo que estaba descubriendo y en la acentuación de lo que cree que son los principales rasgos de su propia personalidad. No quiere dejarse dominar por la aflicción ni quiere ser consolado. Ha conocido el aislamiento, ha sabido en otras ocasiones estar solo entre la multitud y no cree que la nueva situación le vaya a superar.


Mientras se encontró físicamente bien, Gramsci se ha preocupado más por disipar los temores de los otros ante un futuro incierto, pero en cualquier caso sombrío, que de solicitar ayudas o pedir clemencia. En este sentido ha recordado a la madre su propia fortaleza física y moral, bromeando con ella sobre curas y rezos, pero sobre todo advirtiéndola de que hay algo peor que la cárcel, con ser ésta malísima, y que ese algo es el deshonor por debilidad moral o por villanía. Ha llamado la atención del hermano Carlo, en términos cortantes, sobre lo poco que éste sabe de lo que ha sido su vida hasta ese momento y sobre el principio moral de la resistencia: las convicciones profundas que no se venden por nada de este mundo. Ha ironizado con Tatiana Schucht sobre las deficiencias de su italiano y a cuenta de sus propias lecturas, aconsejándola cuando ella se ha encontrado enferma. Ha mantenido durante esos meses una relación epistolar esporádica pero relativamente equilibrada con Julia. Y ha elegido a Tatiana como corresponsal principal para seguir manteniendo, a través de ella y con Piero Sraffa, el contacto con el partido comunista y, de paso, mitigar así el peso de la losa que más le abrumaba: el convencionalismo epistolar al que obliga el reglamento carcelario con todas las derivaciones que esto supone cuando se trata de comunicar sentimientos amorosos.


Ya en estas cartas, sin embargo, la fortaleza moral y el alto concepto del honor y de la dignidad personal que Gramsci tenía chocan con una educación sentimental que se reconoce insuficiente. Tiene un alto concepto de su propia fortaleza moral y se exige mucho, pero quiere que los otros (Julia, Tatiana, su madre, su hermano Carlo) le consideren “un hombre normal” cuando, obviamente, no lo es.


Gramsci declara odiar todo lo que es convencional. No quiere verse reducido a una correspondencia convencional. Así era ya en Viena, cuando empezaba a escribir a Julia. Solo que esta sensación se le agudiza ante un carteo que sabe que será, además, convencionalmente carcelario. Dedica mucho tiempo a la introspección, casi tanto como a la lectura, y pronto cree estar perdiendo “el hábito externo de la sensibilidad”, su “meridionalismo”. Gramsci está haciendo un esfuerzo voluntarista por controlar sentimientos y afectos. Ve en ello una forma de autodefensa, pero duda de si los resultados de este esfuerzo son siempre positivos, consecuentes con su afirmación de que hay que ser prácticos y realistas hasta en la bondad. Se diría que toda la seguridad con que argumenta sobre el principio moral de la resistencia se le convierte en duda, incluso en inseguridad, cuando ha de hacer frente a los propios sentimientos. Y así oscila entre valorar positivamente la frialdad y la indiferencia externas, el reconocimiento esporádico de que él mismo ha llegado a adquirir “cierta sensibilidad morbosa” y la aceptación forzada de la confusión que le produce el tener que hablar o escribir de sus cosas íntimas. Sabe que su correspondencia es en cierto modo “pública” porque la están leyendo otras personas (funcionarios de la cárcel y amigos políticos) y no consigue vencer el pudor que le produce hablar de sentimientos íntimos ante terceras personas.


Desde el primer momento, ya en Ustica, Gramsci ha pensado que su capacidad de resistencia como prisionero tenía que estar directamente vinculada a un programa de lecturas y estudios. Y ha hecho planes a este respecto. Pero también desde el primer momento ha sabido que la probabilidad de llevar a cabo estos planes desciende cuanto más detallados son. Se aplica a sí mismo el concepto que tiene de la utopía. Y no sólo por razones externas, de tipo general o relacionadas con los obstáculos que el destierro y la cárcel suponen, sino también por autoconciencia, por conocimiento del propio carácter, porque se considera un hombre polémico y dialogante que necesita medirse intelectualmente con otros interlocutores.

Precisamente por eso lo mejor de las cartas que ha escrito desde la cárcel de San Vittore está en la descripción irónica y vivaz de sus conversaciones con otros, en el uso metafórico de algunas de sus lecturas carcelarias para contar la evolución de los propios estados de ánimo y en la forma en que ha narrado, para las personas a las que quiere, el descubrimiento de un mundo cuya existencia apenas podía sospechar en los meses anteriores: el mundo subterráneo de los desterrados y de los presos, de los “no cristianos”, un mundo que le hace pensar en lo difícil que es captar la verdadera naturaleza de los hombres a partir de los rasgos externos. Digna de recuerdo es su descripción de la cuerda de presos que como una inmensa serpiente se arrastra desde Palermo a Milán dejando en cada cárcel una parte de sus anillos para luego recuperarlos en otras madrigueras. E igualmente memorable la narración —entre el distanciamiento propio del antropólogo y la perplejidad crítica del político— de ese mundo subterráneo que vive y se reproduce en los márgenes del otro y que acaba configurando el subsuelo humano dostoievskiano: beduinos de Cirenaica, mafiosos sicilianos, camorristas de Nápoles, remedos de Farinata y violadores con aire bonachón: “Todo un mundo complicadísimo, con una vida propia de sentimientos, puntos de vistas, códigos del honor, jerarquías férreas y un particular sentido de la solidaridad”.


Este primer periodo carcelario en San Vittore, que se abría con el símil de los marineros de Nansen sugiriendo la imagen de la serenidad conscientemente elegida ante la dificultad, se cerrará, entre febrero y abril de 1928, con otro símil y la manifestación de una sospecha. En sus cartas a Julia Gramsci advierte que se ha cumplido ya todo un ciclo de transformaciones que han afectado a su estado de ánimo, y luego que un periodo de su vida carcelaria está a punto de terminar. Son los prolegómenos del proceso que tendría lugar finalmente en Roma. Gramsci sugiere ahora que él mismo está cambiando la táctica de la ética de la resistencia. Se ha hecho más estoico. Ha decidido dejar de oponerse a lo que es necesario e ineluctable “con los medios y maneras de antes” y quiere dominar ahora el proceso en curso acentuando el espíritu irónico. En ese contexto vuelve a la metáfora:


A la celda llega una luz a mitad de camino entre la luz de una cantina y la luz de un acuario. De todas formas, no debes pensar que mi vida transcurre tan monótona e igual como puede parecer a primera vista. Una vez que se ha acostumbrado uno a la vida del acuario, adoptando el sensorio para captar las impresiones amortiguadas y crepusculares que llegan hasta allí (y siguiendo, desde luego, en una posición un tanto irónica) se descubre todo un mundo que bulle alrededor, con sus peculiares leyes y con su curso esencial. Ocurre como cuando después de echar una ojeada rápida a un viejo tronco medio deshecho por el tiempo y la intemperie nos paramos a mirarlo más fijamente y con atención. Primero se ve únicamente algo así como una fungosidad humectante, con alguna babosa soltando baba y arrastrándose lentamente. Pero luego, casi de repente, se ve todo un mundo de colonias de pequeños insectos que se mueven y afanan, haciendo y rehaciendo los mismos esfuerzos, el mismo camino. Si uno sigue conservando la propia posición externa, si no se convierte en una babosa o en una hormiguita, todo eso acaba interesándole y le permite pasar el tiempo.

La ironía empieza a hacerse negra. El mundo subterráneo sigue siendo para Gramsci una curiosidad interesante cuando se la observa con la adecuada distancia, pero ya no es un mundo de hombres, por primitivos y elementales que fueran (mafiosos, camorristas o delincuentes) sino un mundo poblado de babosas e insectos, lo que sugiere cierta inquietud psicológica. Gramsci se encuentra aún relativamente bien de salud, pero justamente por eso, en la siguiente carta a Julia, a finales de abril, manifiesta su disgusto por la forma en que los compañeros han enfocado la campaña de solidaridad ante el proceso y alude a una preocupación que en los años siguientes se le convertiría en obsesiva: “He recibido recientemente una extraña carta firmada Ruggero, que solicitaba respuesta. Quizá la vida en la cárcel me haya hecho más desconfiado de lo que exigiría la prudencia, pero el hecho es que esa carta , a pesar de su sello y de su matasellos, me ha sacado de quicio”.

Esta carta de Ruggero Grieco, fechada el 10 de febrero de 1928 y conocida por su destinatario en marzo, se ha convertido en uno de los asuntos más repetidamente tratados entre los biógrafos e intérpretes de Gramsci. Y se comprende. No tanto por lo que la carta misma decía, ni siquiera por lo que Gramsci dice a Julia al mes siguiente de haberla recibido, pues, al fin y al cabo, el que eso “le sacara de quicio” está probablemente todavía dentro de lo que llamaríamos prudencia, sino por la forma terrible en que se ha referido a ella varios años después. Gramsci trató de esa carta en un coloquio con Tatiana, en la cárcel de Milán, poco después de haberla recibido, unos meses antes del proceso. Entonces manifestó su disgusto al respecto, pero añadió, además, y esto es significativo, que el juez instructor le había advertido de que aquella carta podía costarle unos cuantos años más de cárcel sugiriéndole que sus amigos políticos le estaban traicionando. Así nacía una sospecha que iba a atormentarle durante años y que acabaría dando un nuevo giro a su manera de entender la relación entre lo público y lo privado.


El preso 7047

El proceso contra los dirigentes del Partido Comunista tuvo lugar en Roma entre finales de mayo y comienzos de junio de 1928. Gramsci fue condenado a 20 años, 4 meses y 5 días de reclusión. Él había calculado que sería condenado a un máximo de 14 o 17 años. A pesar de que tuvo la oportunidad de hablar sobre la carta de Ruggero Grieco con otros compañeros mientras permaneció en la cárcel de Roma durante el proceso, es posible que la diferencia de años entre este cálculo y lo que fue la condena haya hecho aumentar en su cerebro la sospecha que le sugirió el juez instructor. O que Gramsci haya pensado que aquella carta desbarataba gestiones diplomáticas en curso que podían haber favorecido su situación. Pero no hay confirmación de estas conjeturas para esa fecha. Es notorio, en cambio, que con la condena y el traslado a la casa penal de Turi empieza una nueva fase de la vida de Gramsci. En la cárcel de Turi estuvo desde julio de 1928 hasta noviembre de 1933. Allí le matricularon con el número 7047.

En la cárcel de Turi Gramsci trató de organizarse siguiendo los mismos criterios resistenciales que le habían sostenido desde su detención en 1926. El fiscal fascista había puesto énfasis en que el régimen quería impedir que aquel cerebro siguiera pensando. Él hizo todo lo que pudo para que aquel designio no se cumpliera: elaboró un nuevo plan de estudios, se organizó para ganar tiempo que dedicar a la lectura, pidió y obtuvo libros que consideraba indispensables, siguió con su trabajo de aprendizaje de distintas lenguas y empezó a traducir textos del alemán, del inglés y del ruso, consiguió permiso para escribir en la celda, entabló un interesante diálogo intelectual con Piero Sraffa y redactó lo esencial de lo que conocemos con el nombre de cuadernos de la cárcel.


Pero hay al menos tres factores que en la cárcel de Turi determinaron un cambio notable en su manera de entender la relación entre las razones de la razón y las razones del corazón, entre lo público y lo privado, entre el compromiso político-moral y el mundo de los sentimientos. El primero de estos factores fue el constante empeoramiento de su salud. El segundo, el deterioro de su relación afectiva y sentimental con Julia Schucht. Y el tercero, el distanciamiento político respecto de sus compañeros más próximos. Las tres cosas juntas producirían en Gramsci una considerable inestabilidad emocional: cambios de humor muy acentuados, tendencia al aislamiento, irritabilidad en el trato con los más próximos, dificultad temporal para la concentración intelectual, desconfianzas que a veces se le convirtieron en obsesiones, oscilación entre la ironía todavía alegre y distanciada y el sarcasmo amargo, acentuación de la acribia de filólogo en la correspondencia íntima, progresivo sentimiento de derrota personal hasta llegar al sentimiento de muerte.
Lo más notable es que de todo esto, y del sufrimiento que tuvo que conllevar, apenas hay huellas en los cuadernos que simultáneamente estaba escribiendo en la cárcel. Se diría que en las horas, muchísimas horas, que Gramsci dedicó a redactar los cuadernos hizo abstracción casi absoluta de su dolor, de su sufrimiento, de sus cambios de humor, de sus irritaciones, de sus sospechas y de sus obsesiones. Logró imponer ahí un distanciamiento intelectual y una fuerza moral cuya expresión más alta está en un paso de una carta a la madre, en la que dice: “Yo no hablo nunca del aspecto negativo de mi vida, ante todo porque no quiero ser compadecido. He sido un combatiente que no ha tenido suerte en la lucha inmediata y los combatientes no pueden ni deben ser compadecidos cuando han luchado sin ser obligados a ello si no porque así lo han querido conscientemente”. En esas palabras y en lo que deja entrever en algunas de las cartas a Tatiana escritas desde Turi en los peores momentos de la enfermedad, donde solicita ayuda (pero sólo y exclusivamente la ayuda que él quiere en ese momento y en la forma precisa que su voluntad le dicta), está la clave para entender el carácter de este Gramsci resistencial.


Ya durante la conducción desde la cárcel de Milán a la cárcel de Roma para el proceso y desde Roma a Bari, una vez concluido éste, su salud ha empeorado. En junio de 1928 se le diagnosticó una uricemia crónica. Como consecuencia de ello, ha tenido periodontitis expulsiva. Simultáneamente ha pasado por varios momentos de agotamiento nervioso. En julio sufre un herpes que le produce una inflamación muy dolorosa y pasa varios días de dolores infernales, “retorciéndome como un gusano”, dice. En diciembre de ese mismo año, ya en Turi, tuvo un ataque de ácido úrico que le dejó medio inválido durante tres meses. En noviembre de 1930, el insomnio prolongado se le hace insoportable, duerme una media de dos horas diarias y tiene problemas de concentración. Desde mediados de agosto de 1932 tiene serios problemas intestinales, no atribuibles sólo a la mala alimentación, siente que las fuerzas empiezan a abandonarle, vuelve a sufrir de insomnio y cree que su capacidad de resistencia está quebrándose, que está perdiendo el control de los impulsos y de los instintos elementales del temperamento. En septiembre entra en una fase de exaltación nerviosa. Describe entonces su situación como “un frenesí neurasténico, una obsesión continua y espasmódica que no me deja un momento de quietud”. En diciembre de 1932 vuelve a tener insomnio y pide consejo médico a Tatiana para tomar un somnífero. En marzo de 1933 tiene una crisis grave, desfallece, cae al suelo, no puede valerse por sus propios medios y, durante semanas, tiene que ser asistido en la celda por otros compañeros.


Sólo entonces, después de cinco años de cárcel, ha tenido Gramsci un diagnóstico relativamente preciso de sus males, cuando el doctor Umberto Arcangeli le visita en Turi de Bari. Hasta entonces los médicos que le vieron actuaron de oficio, le recetaron lenitivos o placebos o, en algún caso, le trataron como a un enemigo político. El doctor Arcangeli le diagnostica lesiones tuberculosas en el lóbulo superior del pulmón derecho con emotisis, arterioesclerosis con hipertensión arterial e insomnio permanente, pero, sobre todo, sugiere que tiene el mal de Pott, es decir, una tuberculosis de la columna vertebral que afecta a las vértebras y que suele producir dolor espontáneo por irritación de las raíces de los nervios raquídeos y, cuando se tiene desde de la infancia, cifosis. Es posible que Gramsci haya tenido desde niño el mal descrito por el cirujano británico Percival Pott. Eso explicaría la deformación de su columna y, al no haber sido tratado el mal, la reiteración de los estados de irritabilidad desde su adolescencia. En tales condiciones, ante una enfermedad descubierta muy tardíamente y cuyo tratamiento requiere, para empezar, inmovilización y reposo, se comprende que el doctor Arcangeli concluyera que Gramsci no podría sobrevivir mucho tiempo en las condiciones carcelarias. A pesar de lo cual esta situación se prolongó todavía siete meses, hasta noviembre de 1933, fecha en la que, finalmente, fue trasladado a una clínica en Formia. Gramsci ya no mejorará más que esporádicamente en los años siguientes.


Elección racional y sensibilidad

La relación sentimental de Gramsci con Julia Schucht, que ya había sido difícil en los años anteriores, se fue complicando en los años que pasó en Turi de Bari hasta hacer crisis entre 1932 y 1933. Es difícil decir qué contribuyó más a esta crisis: si la falta de noticias de ella durante meses enteros, los silencios y malentendidos sobre su verdadero estado de salud, las presiones familiares para que ella no viajara a Italia en un momento en el que obviamente el preso lo necesitaba, los equívocos de una comunicación que no llega a ser correspondencia auténtica, la inestabilidad emocional del propio Gramsci, su concepto de la relación entre sentimientos y vida política, o las obsesiones que acabaron carcomiendo al preso 7047.

Poco después de llegar a la cárcel de Turi de Bari, en 1928, Gramsci ha ratificado una decisión que seguramente tuvo una importancia decisiva en la complicación de su relación con Julia. El reglamento carcelario limitaba el número de cartas que podía escribir y decidió elegir como corresponsal principal a Tatiana, no a Julia. Era ésta una elección racional puesto que Tatiana estaba en Italia, podía visitarle y de esta forma se facilitaba una comunicación con el centro exterior del partido (en París y Moscú) a través de Piero Sraffa (que podía viajar, legalmente y con frecuencia, a Italia desde Inglaterra). Por aquellas fechas Tatiana tenía que haber regresado a Moscú para reunirse con su familia, pero unió su decisión a la decisión del otro: se sacrificó por Gramsci contra el deseo de sus padres.


Esta elección racional, que en condiciones de normalidad habría sido una ayuda positiva sin más, se convirtió en otra cosa, tuvo un efecto inesperado. No sólo por la anormalidad que representaba la situación de un preso en una cárcel fascista, sino también por las enfermedades que sufrían uno y otra, y por la complicación psicológica de la pareja a la que Tatiana tenía que ayudar. Tatiana se convirtió así en la Antígona de esta tragedia moderna, pero mediatizó la relación de Antonio y Julia al no enviar a ella las cartas de él que consideraba que podrían molestarla o deprimirla y al no comunicar a él, por razones parecidas, la gravedad de la enfermedad psíquica de ella. Con su bondad, y sin quererlo, contribuyó a disolver uno de los hilos que más había unido sentimentalmente a la pareja desde que se conocieron: la conciencia del sufrimiento que produce el peso desequilibrante del cerebro, la conciencia recíproca de la debilidad que acompaña a la fortaleza moral, esa conciencia que, en situaciones excepcionales, como era el caso, lleva a la ayuda mutua. Es sintomático, en este sentido, el que la relación sentimental entre Antonio y Julia mejorara y se equilibrara eventualmente siempre a partir del reconocimiento de la gravedad de las enfermedades mutuas, esto es, del reconocimiento de las propias debilidades a través de la debilidad del otro.


A pesar de las quejas de Gramsci sobre los silencios de Julia Schucht, de su contención sentimental ahora obligada, de sus discrepancias sobre la educación de los hijos (él pensaba que ella y su familia eran en esto demasiado “románticos”) y de su repetida observación de que se estaba produciendo un distanciamiento sentimental, comprensible dadas las circunstancias, el tono y la forma de las cartas escritas hasta la primera mitad de 1930 no hacían presagiar, ni de lejos, lo que vino después. Pero ya en mayo de ese mismo año Gramsci empieza a sentir que la razón de que Julia no le escriba es que se le estaba ocultando algo. Una semana después, en carta a Tatiana, afirmaba que el aislamiento en que él se encuentra no es sólo consecuencia de la inquina política de los adversarios, cosa esperable, sino también del abandono de los próximos, con lo que no podía contar. Dice entonces sentirse sometido a varios regímenes carcelarios y alude, por primera vez en el epistolario, a “la otra cárcel”, al hecho de que le han echado fuera de la vida familiar: “Los golpes me llegan de donde menos podía esperar”. Enseguida se da cuenta de que está escribiendo precisamente a la persona que más le ha ayudado desde el encarcelamiento, pero, a pesar de ello, quiere que quede claro que en este asunto, bondad aparte, no vale la sustitución de persona.


Al llegar a ese punto de la comunicación de sus impresiones, Gramsci ha escrito algo, entre la confesión y la declaración de principios, que ayuda a entender su concepto de la relación entre razón y sensibilidad:

A decir verdad no soy muy sentimental y no son las cuestiones sentimentales las que me atormentan. No es que yo sea insensible (ni quiero hacer pose de cínico o de blasé). Mas bien lo que ocurre es que las cuestiones sentimentales se me presentan, y las vivo, en combinación con otros elementos (ideológicos, filosóficos, políticos, etc.), en forma tal que no sabría decir hasta dónde llega el sentimiento y donde empieza cada uno de los otros elementos, ni siquiera sabría decir de cuál de todos estos elementos se trata, de tan unificados que están en un todo inescindible y en una vida única. Es posible que esto sea una fuerza, o quizá una debilidad porque lleva a analizar a los otros del mismo modo y, por tanto, a sacar conclusiones tal vez equivocadas.
En un plano genérico, Gramsci reafirmaba así la sustancial unidad del hombre que siente con el hombre que piensa y con el hombre que lucha por un ideal, unidad que es lo que constituye la dignidad de la persona, su coherencia. Él pensaba que eso es precisamente la sustancia del ser revolucionario. Pero para el caso concreto, que es el de su propia vida en la cárcel, dependiente de los sentimientos y de las actuaciones de los otros, este paso deja todavía flotando una duda: la de si esta coherencia, que se ha mostrado tantas veces como una fuerza en las relaciones sociales mediadas por lo político, no será al mismo tiempo una debilidad en lo que concierne a las relaciones interpersonales. Así es como me parece que hay que interpretar el final de la carta.

No es casual que haya sido precisamente su amigo Piero Sraffa quien, con la agudeza del científico que aprecia sobre todo el análisis y la distinción de elementos (aunque también, todo sea dicho, gracias a la distancia y al desapasionamiento permitidos por el estar fuera de la cárcel), mejor captó el riesgo de aquella concepción unitaria de Gramsci en relación con asuntos que requerían soluciones prácticas. Pues una cosa es teorizar la concepción unitaria de la dignidad de la persona y otra caer en la indistinción cuando se quiere saber las verdaderas causas del aislamiento de uno. Sraffa hizo lo razonable en un caso así. Viajó a Moscú, vio a Julia en el sanatorio en que estaba internada, obtuvo un diagnóstico de su enfermedad (amnesias, depresión, pérdidas repetidas de conocimiento) y regresó con una respuesta a las dudas de Gramsci: Julia no escribía porque temía que, al leer sus cartas, Antonio descubriera su verdadero estado de salud, cosa que le perjudicaría a él mismo.


A partir de ahí, y durante unos meses, el reconocimiento de la desgracia recíproca volvió a anudar por un tiempo aquella relación difícil. A veces, en la correspondencia de esos meses, tanto con Tatiana como con Julia, sale a relucir aquella “veracidad despiadada” que movía a Gramsci incluso cuando el interlocutor al que quiere le está dando satisfacción. He aquí un ejemplo: “Quisiera saber en qué circunstancias y en relación con qué objeto ves tú [Julia] esta identidad entre nuestros pensamientos. Pues en nuestra correspondencia falta precisamente una ‘correspondencia’ efectiva y concreta. Nunca hemos logrado entablar un ‘diálogo’. Nuestras cartas son una serie de ‘monólogos’ que no siempre discurren de acuerdo ni siquiera en sus líneas generales. Y si a esto se añade el elemento tiempo, que hace olvidar lo que se ha escrito anteriormente, la impresión de puro ‘monólogo’ se refuerza. ¿No crees?” .


Desgraciadamente, las cartas de Julia Schucht que se han publicado hasta ahora no son suficientes todavía para la comprensión en detalle de la otra tragedia (o de la otra cara de la tragedia). Pero con las que se han conservado y con las referencias que hace a otras su hermana Tatiana hay material de sobra para imaginársela con “fantasía concreta”, como quería Gramsci, sin necesidad de caer en especulaciones fantasiosas. Basta con pensar un poco en dos palabras que se repiten en sus casi siempre brevísimas cartas: “cansancio” y “melancolía”. No es difícil de imaginar, para quien no esté obnubilado por el politicismo o por la gris teoría sin vida, lo que significaban “cansancio” y “melancolía” para una violinista joven y culta que estaba viviendo en Rusia lo que siguió a los diez días que estremecieron al mundo, con dos hijos de un hombre con el que ha convivido apenas unos pocos meses y que, además, había de cumplir en las cárceles italianas, a muchísimos kilómetros de distancia, una condena de veinte años.


Por lo general, las cartas que Gramsci ha enviado a Julia en 1931 y durante los primeros meses de 1932 son afectuosas, a veces rememorativas, otras tiernamente preocupadas por su salud y por la educación de los hijos, y fueron escritas siempre con la intención de ayudar a que ella pudiera superar por completo el mal momento psicológico por el que estaba pasando. En enero de 1931 pensaba Gramsci que, una vez informado convenientemente del estado de salud de Julia, las relaciones entre ellos iban a ser francas y espontáneas. En febrero reconoce su parte de culpa en el deterioro de la relación sentimental porque ha pensado que Julia era más fuerte y por un exceso de ternura no quiso romper aquella imagen: “Estoy debatiéndome entre dos sentimientos, el de una inmensa ternura por ti, cuya debilidad tendría que consolar inmediatamente con una caricia física, y el de la necesidad de hacer yo mismo un gran esfuerzo de voluntad para convencerte desde lejos de que, a pesar de todo, también tu eras fuerte y tienes que superar la crisis”. En mayo considera que ellos dos se están volviendo “de un sabio que llegará a ser proverbial”. En agosto, cuando sabe que Julia ha empezado un tratamiento psicoanalítico, se pone a leer a Freud y relaciona los principios del psicoanálisis con su propia insistencia en la necesidad de “desovillar” la verdadera personalidad. De noviembre a diciembre sus sentimientos son un péndulo: empieza diciendo a Julia que se han convertido en fantasmas el uno para el otro y le reprocha haber contribuido a agravar su aislamiento; luego muestra su disgusto por haber escrito de esa forma; y acaba reflexionando sobre los vínculos que les unen, que, en su opinión, no son sólo afectivos sino también de solidaridad: “El afecto es un sentimiento espontáneo que no crea obligaciones porque está fuera de la esfera de la moralidad. [...] Donde podemos y debemos apoyarnos es en los vínculos de solidaridad”.


Algunas de las noticias que iba recibiendo de Moscú, a través de Tatiana, sobre la educación de los hijos y sobre las relaciones familiares llevaron a Gramsci a la convicción de que la propia Julia era una víctima del “sistema familiar de los Schucht”. En ese momento sabía ya, por Tatiana, que el obstáculo para que Julia pudiera trasladarse a Italia no era sólo su enfermedad sino también la oposición decidida del padre y de su hermana Eugenia. A pesar de todo lo cual, las sospechas de Gramsci sobre el “otro muro” que se estaban levantado en torno suyo para aislarle no han vuelto a aflorar en esos meses, que, por lo demás, fueron de muy intensa actividad intelectual en la redacción de los cuadernos.


Y tal vez las sospechas no habrían ido a más si no hubiera intervenido aquel otro elemento que él no conseguía escindir de la consideración de los propios sentimientos: el factor político-ideológico, un asunto del que, en sus condiciones de entonces, no podía tratar con Julia por carta. Este tercer factor es igualmente importante para entender el curso de los pensamientos de Gramsci en Turi de Bari. Su discrepancia respecto de la táctica de la Internacional sobre el “socialfascismo”, una táctica compartida entonces por el grupo dirigente del Partido Comunista Italiano, le llevó a entrar en conflicto con sus propios compañeros de cárcel. En este punto mantuvo siempre una gran reserva cuando se le pidió opinión desde el exterior, pero tuvo conocimiento de las formas de actuación que se estaban imponiendo en la Unión Soviética: “Stalin es un déspota”, dice un testigo que le dijo en la cárcel. El saberse en minoría, y sin posibilidades de actuar en la práctica, determinó en él la tendencia a ovillarse e hizo crecer nuevamente en su cerebro la sospecha de que se le estaba ocultando algo más que las amnesias y las pérdidas de conocimiento de Julia.


A veces se ha querido reducir a este último factor, al factor político o político-ideológico, la tragedia de Gramsci en la cárcel. Y se comprende que así haya sido, puesto que formalmente Gramsci había ingresado en la cárcel siendo secretario general del partido comunista y, de hecho, había sido condenado por ello. Además, la forma un tanto críptica o esópica en que él mismo iba a referirse a la interrelación entre el problema sentimental y el problema político en los meses siguientes ha favorecido no pocas conjeturas y, desde luego, muchas especulaciones políticamente interesadas al respecto: sobre su ruptura “definitiva” con Togliatti, sobre su disidencia en el seno del comunismo contemporáneo, sobre las “traiciones” de sus supuestos amigos políticos, etc. A la luz de los documentos hoy disponibles y del testimonio durante mucho tiempo más esperado, el de Piero Sraffa, se puede decir ya que toda esa especulación es inmantenible: ni hubo ruptura “definitiva” con Togliatti, ni “condena” sobreañadida, ni otra disidencia que no quepa en lo que cabe dentro de la manifestación del pensamiento propio en el marco de unas mismas convicciones compartidas. Las obsesiones de Gramsci y su desgracia se entienden mucho mejor a partir de la interrelación de los tres factores mencionados: enfermedad, complicación sentimental y preocupación ético-política (no sólo política en sentido restrictivo, táctico u organizativo).


Esperanzas y obsesiones

En agosto de 1932, como casi todos los veranos, Gramsci se siente mal. Escribe a Julia un par de cartas en las que se congratula de los progresos que ella está haciendo en la superación de la enfermedad. Pero a renglón seguido le dice que ya no puede contar gran cosa con él porque se siente precozmente envejecido, irascible, hipercrítico e insatisfecho de todo y de todos, y que está empezando a vivir una existencia animal y vegetativa. Enseguida comunica a Tatiana que tiene dudas de que él pueda ser el corresponsal que Julia desea, porque su capacidad de resistencia está a punto de quebrar. Gramsci cree en ese momento que ha de tomar pronto una decisión importante si no quiere volverse loco o entrar en una fase en la que no va a poder controlarse. Al autoanalizarse llega a esta conclusión: “Estoy perdiendo el control de mis impulsos y de los instintos elementales del temperamento”.

A medida que el verano avanza, y con él los calores, la irritabilidad de Gramsci va en aumento. Escribe en forma breve y cortante a Julia, amenaza a Tatiana con interrumpir la correspondencia y se disculpa luego, pasado ya el verano, explicando que está pasando un periodo de continuas obsesiones, de “frenesí neurasténico”. En ese momento se anuncia en Italia la posibilidad de una amnistía. Gramsci no se hace ilusiones porque no quiere desilusionarse luego, pero retoma su frase favorita: “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Y la traduce para el caso: él aceptó la condena como una condena a muerte en la cárcel, pero eso no quiere decir que esté dispuesto a abandonarse o a dejarse llevar por la corriente como un perro muerto.


En ese contexto, el 14 de noviembre de 1932, Gramsci comunica a Tatiana, con cierta solemnidad y mucho preámbulo, algo que dice haber estado meditando durante tiempo: divorciarse de Julia. No plantea la cosa como un asunto estrictamente sentimental, como una cuestión de desamor, sino como una opción que otros varones presos han abordado antes que él. Aduce un argumento moral: un ser vivo no debe permanecer vinculado a un muerto o casi. Se propone, por tanto, “liberar a Julia” del vínculo que le une a él, y querría hacerlo, además, “por acuerdo bilateral”. Pide consejo a Tatiana sobre si es mejor que esto se lo comunique ella a Julia o hacerlo él mismo directamente, aunque, por las mismas razones morales, de una cosa dice estar seguro: la iniciativa tiene que partir de él. Gramsci afirma ahí haber sopesado las consecuencias, los dolores y sufrimientos que ella y él tendrán que soportar. Cree que, a su edad, Julia todavía puede crearse una nueva vida y que, de aceptar ella la propuesta, él volvería entonces a su “concha sarda”. Pero antes de llegar a este punto ha advertido a Tatiana que no debe pensar que él se ha vuelto loco o que lo que está sugiriendo es una ligereza o una irresponsabilidad. Y avanza, de manera oscura, que tiene otros argumentos que no puede exponer por carta y “que tal vez ni siquiera te comunicaría a ti de palabra”.


La discusión con Tatiana sobre este tema en las semanas siguientes arroja mucha luz sobre el tipo de relación que Gramsci ha establecido entre sentimiento y razón. Cuando ella le objeta que su forma de sentir es inadecuada a las circunstancias, Gramsci contesta que no se trata de “sentir” en el sentido inmediato de la palabra, sino de algo pensado, meditado, razonado, o sea, de un sentir cuyas premisas no son impulsos emocionales o pasiones instintivas, sino una larga meditación hecha con toda calma y frialdad. Ante el silencio de ella, insiste en que cuenta con su ayuda para convencer a Julia de que acepte su punto de vista. Mientras tanto, no comunica su idea a Julia, pero le insinúa vagamente que le escribirá sobre el tema del “empezar” o “volver a empezar” cuando se haya puesto de acuerdo con Tatiana, la cual “le está haciendo obstruccionismo” y le deja en suspenso. Cuando, finalmente, Tatiana le da sus argumentos contrarios a la propuesta, Gramsci contesta con una carta furiosa, el 5 de diciembre de 1932, en la que le prohibe argumentar a contrario, exige un “sí” o un “no” y pasa a contar lo que llama “una verdad dolorosa”: que el juez instructor del proceso tenía razón cuando le advirtió de las consecuencias de la extraña carta de Ruggero Grieco.
Gramsci advierte entonces abruptamente a Tatiana de cómo queriendo hacer el bien, y escribiendo en forma aparentemente afectuosa, se puede en realidad llevar al otro a la catástrofe. Y deja abierto un interrogante: ¿fue aquello un acto criminal o una ligereza irresponsable?


En enero de 1933 vuelve a plantear al asunto a Tatiana Schucht en términos parecidos durante varios coloquios que ésta tuvo con él en la cárcel de Turi. De palabra, y a pesar de la presencia de los funcionarios de la cárcel, Gramsci aclara la referencia críptica a sus “otros argumentos”. Está buscando una forma de salir en libertad y teme que la ligereza o la irresponsabilidad de sus amigos políticos frustre el intento. Gramsci había puesto entonces ciertas esperanzas en dos tipos de gestiones: obtener la libertad condicional por la vía legal, basándose en el hecho de que era el único diputado preso, o emprender una gestión diplomática desde la embajada rusa en Roma para conseguir su liberación por la vía del intercambio de presos. Espera más de la segunda gestión, indica a Tatiana incluso los diplomáticos rusos con los que tiene que hablar y le dice estar dispuesto a cambiar de nombre y a renunciar a la ciudadanía italiana. Es en este contexto de esperanzas en el que cobra tanta fuerza la obsesión: como consecuencia del asunto Grieco en 1928, desconfía de la forma de actuar de los “amigos italianos”. Para que los medios puedan adaptarse al fin, quiere que esta segunda gestión se haga en secreto y no se hable de ella a aquellos amigos. Gramsci no da nombres, pero uno de estos amigos queda incluido en el secreto y excluido de toda sospecha: Piero Sraffa.


Pero todavía un mes después, el 27 de febrero, Gramsci insiste de nuevo sobre el tema y escribe la más tremenda de sus cartas a Tatiana Schucht y probablemente de todas las cartas de la cárcel. En ella, Gramsci empieza admitiendo que hay cosas que se le han hecho obsesivas, pero rechaza de plano que, en su caso, el elemento psíquico esté determinando lo físico o viceversa. Da otra razón: la antigua preocupación se le ha intensificado porque está llegando a la conclusión de que él mismo ya no va a poder ocuparse de la cosa “filológicamente”, o sea, ir a las fuentes y llegar a una explicación plausible de los hechos. En este punto relaciona solemnemente la carta de Ruggero Grieco con la evolución de sus relaciones con Julia. Confiesa ahí que él puede haber cometido errores en esta relación, pero, por encima de esos errores, ve en el comportamiento de Julia algo que se le escapa y que no consigue identificar con precisión. La sospecha toma cuerpo:

Quien me ha condenado es un organismo mucho más amplio, del que el tribunal especial [fascista] no ha sido más que la manifestación externa y material, el que ha compilado el acto legal de la condena. Tengo que decir que entre estos “condenadores” ha estado también Julia, aunque creo, o mejor dicho, estoy firmemente persuadido de que ella ha actuado inconscientemente y de que ha habido una serie de personas menos inconscientes.
Al llegar ahí el lector del epistolario de Gramsci se queda tan pasmado y perplejo como quedó la destinataria de la carta, Tatiana Schucht. ¿Qué decir? Seguramente lo más razonable es decir lo que dijo Piero Sraffa cuando tuvo copia de estas misivas a través de la propia Tatiana: “El estado de ánimo de Antonio es muy preocupante: su última carta es impresionante por lo absurda. Es el documento de un enfermo”. Cierto. A pesar de la insistencia de Gramsci en que está abordando el asunto racionalmente, con espíritu práctico, y a pesar del énfasis que ha puesto en que hay que adaptar los medios al fin que se persigue (hasta el punto de herir a Tatiana cuando cree que no es capaz de hacerlo), no se entiende por qué, en el transcurso de semanas, puede haber pensado sucesivamente en romper el vínculo con Julia y retirarse a la “concha sarda”, en renunciar a la nacionalidad e ir a vivir a Moscú con los suyos, en el caso de ser liberado, y en que Julia, por la que dice sentir una acentuada ternura, pudiera ser uno de sus “condenadores”, aunque de forma inconsciente.

En cualquier caso, no se trataba de una obsesión ocasional o de una forma de locura temporal. Gramsci ha dado tanta importancia a este suceso que, incluso al pasar revista a lo que había sido su vida desde la detención y el encarcelamiento, y establecer los periodos de su vida carcelaria, además de afirmar que en 1933 empezaba una fase crítica y decisiva de su existencia, retrotraía la fase anterior, no, como hubiera sido lo lógico, al momento en que tuvo lugar el proceso, o al momento en que, concluido éste, fue trasladado a la casa penal de Turi (en la que todavía se encontraba), sino precisamente al día en que recibió la carta de Ruggero Grieco, como si ésta hubiera sido “la mota negra” del relato famoso. Todavía en mayo de 1933 repetía que el juez instructor tuvo razón al decirle que parecía como si sus amigos estuvieran colaborando a mantenerlo lo más posible en la cárcel.


Hipótesis

¿Por qué Gramsci mezcla a Julia (a la que sin duda sigue queriendo y de la que no tiene otro motivo racional de queja que sus prolongados silencios o la brevedad de sus cartas cuando escribe) en aquella “ligereza irresponsable” o “acto criminal” que la convierte en uno de sus “condenadores”? La proximidad temporal de esta carta a aquella otra en la que Gramsci suscita la cuestión del divorcio ha llevado a algunos intérpretes a contestar a esta pregunta con la hipótesis de que en el debate comunista de los primeros años treinta Julia y la familia Schucht (o parte de la familia) residente en Moscú estaban (tal vez en relación con Togliatti) en el otro bando. Según esta hipótesis Gramsci se habría dado cuenta de ello, ató cabos y llegó a la conclusión correcta: la maldad consciente de alguno de los dirigentes comunistas y la inconsciente de ella. Pero esta conjetura pierde entidad cuando se advierte que, en la misma carta mencionada y sobre todo en los coloquios que tuvo con Tatiana, Gramsci ha dicho que no hablara de ese asunto más que con Piero Sraffa, y Gramsci sabía perfectamente que Tatiana y Piero Sraffa eran sus enlaces con la dirección del Partido Comunista en el exterior.

¿Hay alguna evidencia de que la sospecha de Gramsci fuera cierta, de que el grupo dirigente del partido comunista, y con él, aunque inconscientemente, Julia Schucht, hayan traicionado a Gramsci, o hay que considerar, más bien, que se trató de una obsesión, de una sospecha infundada? Umberto Terracini, otro de los prisioneros comunistas que recibió igualmente, y en las mismas fechas, la carta de Grieco, ha sido muy explícito al respecto: “La sospecha de Gramsci siempre me pareció incomprensible”. Esta ha sido también la opinión del historiador Paolo Spriano, que ha estudiado el asunto con detalle, y de Valentino Gerratana, que se basa en la documentación donada por Piero Sraffa, la persona que, por sus contactos con unos y con otros, más pudo saber a este respecto.


Queda, desde luego, “la ligereza irresponsable” de 1928 y el hecho de que en lo político, como en lo demás, Gramsci pensó siempre por su cuenta: en 1926, en 1928, en 1930 y en 1933. Pensar por cuenta propia ha sido siempre una cruz, dentro y fuera de los partidos comunistas. Una cruz aún más pesada en las cárceles. Y en la cárcel no hay Cirineos para eso. Cabe pocas dudas respecto del hecho de que Gramsci tenía los Cirineos fuera. Pero su rigor moral —“hasta en la bondad hay que ser prácticos”—, su manera de entender la racionalidad en las relaciones personales —“mi modo de actuar y expresar los sentimientos debe ser racional y racionalizado”— y su carácter volitivo —“la voluntad concreta lo es todo”, había escrito— le confundieron a veces.


Y queda el juicio de Piero Sraffa sobre el absurdo y la enfermedad. Que se puede ampliar. Ampliarlo en forma explicativa supone, con la distancia que da el tiempo transcurrido, distinguir con claridad entre: 1) lo que Gramsci creyó; 2) la base racional de sus obsesiones; 3) los motivos por los cuales esta base racional convierte la simple sospecha en obsesión; 4) la reconstrucción historiográfica de lo que realmente estaba ocurriendo en el otro mundo, en “el mundo grande y terrible”, en el mundo externo a la cárcel; y 5) lo que el biógrafo o el historiador cree que hubiera sido más conveniente que ocurriera en aquellas circunstancias. Dejando contrafácticos a un lado, uno de los problemas que se plantean al tratar de repensar comprensivamente momentos críticos como el que Gramsci tuvo que pasar entre 1932 y 1933 es que cuesta, cuesta mucho, diferenciar entre esas operaciones, de manera que la obsesión del hombre, que en su obsesión sigue pensando y escribiendo en forma luminosa (hay que tener en cuenta que varias de las mencionadas cartas de Gramsci son formalmente excelentes), se convierte en obsesión nuestra.


Y en este punto es importante decir enseguida, para no quedarse en ella, en la obsesión, que en el momento en que Gramsci tuvo ayuda (no sólo epistolar, sino la ayuda de la presencia), y encontró en las clínicas al menos el reposo que necesitaba, aquellas obsesiones suyas fueron desapareciendo. El problema está en que lo que Gramsci llamaba “ayuda concreta” antes de que la enfermedad hiciera crisis, en marzo de 1933, dependía demasiado de su voluntad de resistencia y autosuperación moral, de una voluntad que no se correspondía con el grado de su enfermedad. Pues en esos meses (e incluso después, aunque ya con menos fuerza) ha llamado “ligereza irresponsable” y cosas peores toda tentativa de ayuda que supusiera para él pérdida de imagen moral, toda tentativa de ayuda que pudiera ser interpretada por los otros como una cesión o como una rendición. Y esto no sólo cuando los familiares le propusieron una petición de gracia o en el caso de los frustrados intentos de intercambio de prisioneros, cosa razonable y comprensible, sino también en el caso de la ayuda médica, lo que iba a ser más grave para él.


Ya esta otra hipótesis sugiere que, para entender racionalmente la evolución de Gramsci desde fuera, no hay que quedarse en lo sólo político, sino dar más importancia a los otros factores: al efecto devastador sobre el vínculo entre lo sentimental y lo político de una enfermedad grave, mal diagnosticada y peor tratada, y a las consecuencias de la evolución de esta enfermedad sobre ciertos rasgos del carácter que él consideraba permanentes.


La transformación molecular

Una de las cosas que más llaman la atención en las cartas que Gramsci ha escrito a los próximos, desde la cárcel de Turi de Bari, es la cantidad de veces que, al referirse a su carácter y a sus convicciones, emplea los adverbios “siempre” y “nunca”. Y la contundencia con que los usa. Se ve a sí mismo como un hombre que siempre ha sido eminentemente práctico; que siempre ha sido volitivo y siempre ha puesto la voluntad concreta en primer plano; que siempre ha sido pesimista con la inteligencia y optimista con la voluntad, sabiendo que pesimismo y optimismo son simples y vulgares estados de ánimo; que siempre ha tenido una paciencia ilimitada; que siempre se ha propuesto fines discretos y alcanzables por autoconciencia de los propias limitaciones; que nunca ha sido egoísta porque ha dado en su vida al menos tanto como ha recibido; que siempre ha sabido vivir en soledad y nunca ha necesitado aportación externa de fuerzas morales para sobrevivir; que nunca habla del aspecto negativo de su vida, etcétera.

A medida que la enfermedad avanza, sin embargo, estos “siempre” y estos “nunca” aparecen entrelazados ya con rectificaciones amargas o, las más de las veces, matizados por el uso del pretérito perfecto: he sido así, pero ya no puedo ser así. En mayo de 1932 ha escrito: “Yo soy un sardo sin complicaciones psicológicas”. Pero enseguida corrige: “Debería decir que he sido un sardo sin complicaciones, porque ahora ya no lo soy. Una cierta dosis de complicaciones debe haber turbado también mi psicología”. El 6 de febrero de 1933 dice a Tatiana que ya no puede ser paciente. Y el 29 de mayo, consciente ya de la gravedad de la enfermedad, rectifica incluso su autodefinición favorita: “Hasta hace poco tiempo yo era, por así decirlo, pesimista con la inteligencia y optimista con la voluntad. Hoy ya no pienso así”.


Este cambio es lo que más conmueve cuando se sigue la evolución de un hombre que ha hecho de la voluntad de resistencia el sentido de su vida y que al mismo tiempo está escribiendo notas interesantísimas de teoría política, de filosofía, de costumbres, de filología. Pero seguramente lo que mejor expresa el cambio psicológico que se estaba produciendo en Gramsci es la comparación entre sus anteriores metáforas (la de los marineros de Nansen, la del observador del acuario) y la parábola con que quiere describir su situación en marzo de 1933, precisamente una semana antes de la confirmación de la gravedad de su enfermedad.


Gramsci están pensando entonces en “las catástrofes del carácter”. Se pregunta qué tiene que ocurrir para que personas normales, víctimas de un naufragio, acaben aceptando la idea del canibalismo y la pongan en práctica. Y se contesta a sí mismo que entre el momento en que, durante el naufragio, el canibalismo se presenta como pura hipótesis y el momento en que para algunos pasa a convertirse en una necesidad inmediata se ha producido un proceso rápido de “transformación molecular”: son y no son las mismas personas que tal vez hayamos conocido. Canibalismo aparte —concluye— algo parecido le está ocurriendo a él: lo que siente es un “desdoblamamiento de la personalidad” por el que una parte de sí mismo observa el proceso y la otra lo sufre, con la particularidad, en su caso, de que la parte observadora, la que rige el autocontrol, se da cuenta de la precariedad de su estado y prevé que está próximo el momento en que su función desaparecerá, y con la consecuencia de que entonces la personalidad se metamorfoseará en un individuo nuevo con impulsos, iniciativas y modos de pensar distintos de los del individuo que fue.


Hasta ahí el símil. De la importancia que Gramsci ha dado a esta observación sobre el desdoblamiento de la personalidad y las catástrofes del carácter dice mucho el hecho de que ésta es una de las pocas cosas comunicadas en las cartas que aparece también en los cuadernos y, significativamente, bajo el rótulo “notas autobiográficas”. Se ha aludido muchas veces a esta circunstancia desde que Valentino Gerratana llamó la atención sobre la coincidencia. Pero tal vez no se ha insistido lo suficiente en que lo más preocupante de esta lúcida parábola introspectiva, y al mismo tiempo lo más relevante para entender la relación entre la “catástrofe del carácter” y las sospechas y obsesiones antes mencionadas, es la moraleja que Gramsci quiere sacar de ella. Uno esperaría, en tal situación, y antes de verse abocado al “canibalismo”, petición de ayuda en el momento mismo del naufragio. Pero Gramsci infiere de su metáfora introspectiva esta otra conclusión, que llama práctica: “Es preciso que durante un cierto tiempo yo no escriba a nadie, ni siquiera a ti [a Tatiana] más que las desnudas y crudas noticias sobre los hechos de la existencia”. Y cuando Tatiana intenta ayudar al náufrago, haciendo gestiones ante el tribunal especial para una reducción de la pena, el mismo náufrago objeta que ella no ha entendido el sentido de la metáfora, pues actuar de este modo es como si en la urgencia para socorrer al que se está ahogando uno se preocupara de buscarle otra profesión en la que no tuviera que pasar por el riesgo de caer al agua.


Es el mismo tipo de reacción que había tenido cuando, en Turín, se le hizo presente “el peso desequilibrante del cerebro”: aislarse y concentrarse en el estudio. Y no es casual que cuando la enfermedad hizo crisis Gramsci haya vuelto varias veces a la comparación con situaciones (1916, 1922) que en principio cree similares para tratar de obtener fortaleza del recuerdo de su reacción en ellas. A pesar de las horas que ha dedicado a observar la evolución de su enfermedad y de las páginas que ha dedicado a transmitir sus sensaciones, le ha costado mucho tiempo admitir que esta vez, en 1933, no se trataba sólo de un problema de nervios. Incluso después de tener un diagnóstico serio y habiendo ya aceptado la necesidad de ser trasladado a una clínica, en los pocos momentos en que ha observado cierta recuperación, ha vuelto a hacerse la ilusión de que, en el deterioro físico, seguía dominando todavía la vaguedad aquella de “la anemia cerebral” que un día le diagnóstico un médico de Turín.


Pero la descripción, a veces detalladísima, de sus males, de sus dolores y de sus sufrimientos, estaba indicando otra cosa. Primero percibe su mal como algo físico que no consigue dominar y que le obliga a hacer un esfuerzo que le altera psicosomáticamente de modo increíble. Luego describe la principal de sus consecuencias psicológicas: la obsesión, o sea, el hecho de que el sufrimiento mismo hace olvidar que el noventa y nueve por ciento del mal se debe a causas de fuerza mayor, independientes de la propia voluntad o de las personas a las quiere, para acabar presentándosele siempre como si el otro uno por ciento, lo que hacen y dicen las personas queridas, fuera la causa única o mayor de sus males. Poco después reconoce que ha entrado en una fase catastrófica de su vida y que le parece que se está volviendo loco: tiene crisis de llanto y miedo a entrar en una fase de delirio. En este punto introduce otra rectificación importante: “No creía que lo físico pudiera apoderarse hasta este punto de las fuerzas morales”. Es el principio de la “transformación molecular”. Pero todavía sigue creyendo que lo mejor en su caso es el aislamiento.


Finalmente, después de la crisis de marzo y de la visita del doctor Arcangeli, Gramsci se ha dado cuenta de que sus frecuentes insomnios, sus dolores de cabeza y su continuada irritabilidad tenían que tener otra causa que la genérica “anemia cerebral”. Reconoce entonces que lo que le está pasando es distinto de lo que ha tenido que sufrir años atrás. Se siente como “electrizado”: ha tenido escalofríos, vómitos, convulsiones y alucinaciones, insuficiencia cardíaca, ataques que no puede controlar, tics en brazos y piernas. Aun así parece que Gramsci no ha dado demasiado importancia a la tuberculosis pulmonar ni al mal de Pott. Su estado psíquico le preocupa más y no acaba de establecer relación entre la arterioescleroris y lo que está ocurriendo en su cerebro, como si, efectivamente, en el desdoblamiento “canibalesco” de la personalidad, él mismo estuviera luchando para que el individuo que fue no se convierta en un individuo “nuevo” incontrolado. Describe entonces su propia “transformación molecular” con un esfuerzo analítico que tuvo que costarle nuevos sufrimientos: “Estoy en un estado de obsesión psíquica del que no logro liberarme de ningún modo. Y los esfuerzos que hago en este sentido (porque se ve que todavía no he perdido completamente el equilibrio) aumentan la obsesión hasta ponerme frenético”. Viendo, sin embargo, que ninguna de las gestiones en curso para su liberación daban fruto, en julio de 1933 Gramsci ha acabado aceptando la idea (no sin manifestar reticencias por el costo) de que sólo podría mejorar en una clínica. Desde entonces aún ha tenido que sufrir cuatro meses más en la cárcel.


Verdad y medicina

Desde las clínicas por las que pasó en los últimos años de su vida Gramsci ha escrito todavía bastantes cartas, de las que se han conservado medio centenar, la mayoría de ellas de 1936 y 1937. Casi todas están dirigidas a Julia Schucht y a los hijos, Delio y Giuliano. La correspondencia escrita con Tatiana se interrumpió casi por completo porque Tatiana podía verle semanalmente en la clínica de Formia y con más frecuencia aún cuando fue trasladado a la clínica Quisisana, de Roma. También le visitó varias veces, en Formia y en Roma, Piero Sraffa.

Durante la estancia en Formia la salud de Gramsci no mejoró. Tenía ya afectados el riñón, los pulmones y el vientre, aunque los exámenes radiológicos para confirmar la tuberculosis fueron negativos. Estaba debilísimo, con fiebre constante, tenía vahídos, doble visión, el vientre muy hinchado, dolores agudos en las articulaciones y seguía sin poder dormir. Una nueva visita médica aclaró que sus males psíquicos, la atonía cerebral y lo que él llamaba “crisis neurasténicas”, eran efectos derivados de la afección renal y de la hipertensión. Pero el reposo, los cuidados y el ambiente de la clínica, tan distinto de la celda carcelaria, serenaron relativamente a Gramsci. Siguió con cierta intranquilidad las gestiones jurídicas para la obtención de la libertad condicional y las gestiones diplomáticas para su liberación (que se reanudaron, sin éxito, en 1934), pero sin las obsesiones del año anterior.


En 1934 la relación con Julia se invirtió. Ahora era Julia la que escribía y Antonio quien no contestaba a sus cartas, dejando a Tatiana la comunicación de noticias. De ese año sólo se ha conservado una carta suya, dirigida a la madre. Gramsci aún no sabía que su madre había muerto el 30 de diciembre de 1932. Cuando lo supo se irritó porque le hubieran ocultado la noticia. En octubre, quedó en libertad vigilada y por primera vez pudo salir a pasear por Formia. Hasta octubre apenas pudo trabajar en los cuadernos, pero estando en Formia aún volvió a hacer planes: reordenó parte de lo que había escrito en la cárcel de Turi y añadió algunas notas, reflexiones y comentarios. Varias de estas notas ponen de manifiesto que mantuvo sus convicciones revolucionarias hasta el final.
Ya en la clínica Quisisana, de Roma, adonde llegó el 24 de agosto de 1935, Gramsci reanudó la correspondencia con Julia. Aunque se sentía agotado y muy excitado, Gramsci volvió a repetir (para Julia y para él mismo) su palabra de siempre: resistir y tratar de adquirir fuerzas. Enseguida encontró similitudes entre su estado de ánimo y el Julia y basó en esta impresión suya la petición reiterada para que Julia hiciera el viaje a Italia y reanudar así los vínculos que les habían unido. Aunque tampoco tienen el humor de antaño ni están dictadas por las efusiones del enamoramiento, estas cartas, serenas y tiernas, se han librado ya de la inhibición que le producía la vigilancia de terceras personas y recuerdan a veces, por su tono, el epistolario de Viena: “Te he esperado siempre, querida, y tu has sido siempre uno de los elementos esenciales de mi vida, incluso cuando no te escribía porque no sabía qué escribirte ni cómo escribirte. [...] Estoy poniendo en lo que te escribo toda mi ternura, aunque ésta no queda reflejada en las palabras escritas”.
Ante las dudas de Julia sobre el viaje a Italia Gramsci ha creído que no debía imponer o condicionar su decisión y que lo mejor para eso era eliminar toda complicación morbosa y todo sentimentalismo obsesionante. Por eso planteó el reencuentro en términos de amistad: “Yo soy un amigo tuyo, esencialmente, y tengo necesidad de hablar contigo como se habla entre amigos, con franqueza y sin prejuicios”. Cuando pasan los meses y Julia no se decide a viajar Gramsci se siente mal: “Porque también yo debo tomar decisiones y estoy irresuelto, a la espera de lo que tú decidas, positiva o negativamente”. En esas condiciones, en junio de 1936, se atreve a comunicar a Julia los malos pensamientos que le pasaron por la cabeza en los años de cárcel. Repite la pregunta que se hizo entonces: “¿Quién me ha condenado a la cárcel, es decir, a hacer esta determinada vida de este determinado modo”. Y da una respuesta que confirma la enorme distancia que existe entre hacerse la pregunta aguijoneado por la obsesión, el dolor y las constricciones de la cárcel, y hacérsela, aunque sea igualmente enfermo pero cuidado por otros y en libertad. Sugiere entonces Gramsci, sin acritud, que circunstancias que no son la causa principal del estado al que se ha llegado pueden sentirse con más fuerza que ese acto principal que condujo a la situación mala. Y corta la queja con una fórmula muy alejada de la que empleó en la terrible carta a Tatiana de 1933: “Quiero decirte, en definitiva, que tu incertidumbre determina mi incertidumbre y que tienes que ser fuerte y valiente para darme toda la ayuda posible, lo mismo que yo querría hacer por ti, aunque desgraciadamente no puedo”.


Aquel Gramsci, muy enfermo pero libre, acariciaba entonces la idea de volver a su Cerdeña natal y cerrar así, definitivamente, todo un ciclo de su vida. Pero no quería tomar la decisión sin saber antes qué iba a hacer Julia. También esto, esta manera de actuar, permite entender mejor sus razones cuando, años atrás, se planteó “liberarla del vínculo”. Lo que le dañaba psicológicamente era que su vida dependiera, de forma burocrática, no sólo y especialmente de aquella parte de la cual no podía esperar nada bueno sino, precisamente, de la parte de la que algo bueno espera. Julia Schucht no acaba de entender aquello de “acabar un ciclo de la vida” y Antonio Gramsci no acaba de encontrar la forma de decir “el sentido profundo” de lo que quiere decir. Cuando ella insinúa que puede ir a Italia, él suscita una dificultad: se siente débil, pero no quiere imponer, no quiere condicionar. Así nace el último equívoco de aquella relación sentimental.


Y del equívoco vuelve a brotar el Gramsci de los adverbios contundentes, el Gramsci que, en el diálogo afectivo, nos quiere aparentar debilidad moral y lleva las cosas a situaciones extremas. Le preocupa que, al hablar de un retiro en Cerdeña, en el que su aislamiento aumentaría, ella piense que sus sentimientos expresan algún tipo de pesimismo “histórico”. Ese tipo de pesimismo sigue sin ser el suyo. Y cuando ella dice que está segura de poder hablarle “de todo”, ya en polémica con esta supuesta seguridad, vuelve a ratificar su concepto de la veracidad frente a la comedia de los equívocos:

Siempre he sido de la opinión de que la verdad lleva en sí su propia medicina y, en cualquier caso, es preferible al silencio prolongado, el cual, entre otras cosas, es además ofensivo y degradante, porque quien calla acerca de algo que puede producir dolor parece estar convencido de que la otra parte no comprende que el silencio mismo tiene un significado, y no sólo eso, sino que es capaz de pensar que el silencio pueda ocultar cosas todavía más graves que las que se pretende callar. Haya, pues, verdad, claridad y sinceridad en nuestras relaciones.
La verdad lleva en sí su propia medicina, efectivamente. Cuando Tatiana le entrega en la clínica las cartas que Julia le escribió en el año malo de 1933 Gramsci relaciona aquel ocultamiento con el silencio de los próximos sobre la muerte de la madre, se deja ir brevemente a la efusión de los sentimientos, bordea una reflexión sobre la zona de las “ocasiones perdidas”, pero enseguida se declara de una “hipersensibilidad morbosa” y dice no poder escribir sobre ciertos temas. A continuación pasa a hablar de los hijos. En enero del 1937 Gramsci hizo el último intento para convencer a Julia de que viajara a Italia. Dice entonces sentirla como parte de sí mismo, pero que nada puede sustituir la impresión directa. Es su última confesión y su penúltimo adverbio, ahora atribuido a ella sobre él: “Creo que tu siempre has sabido que hay en mí una dificultad grande, muy grande, para exteriorizar los sentimientos y esto puede explicar muchas cosas ingratas”. En su última carta conservada, de enero de 1937, Gramsci subrayaba todavía una palabra que ha sido esencial en su vida: quiero. Quería, con motivos de su cumpleaños, una hermosa fotografía de ella y los hijos.

Los últimos meses de Gramsci, como toda su vida desde 1922, han estado marcados por la división del alma entre sentimiento y política, amor y revolución. La idea de que la cualidad revolucionaria no puede reducirse al mero instinto de la rebelión, sino que depende del otro querer, del vínculo afectivo y amoroso con personas realmente existentes, o sea, de los lazos sentimentales que aproximan a los miembros de las clases oprimidas y a quienes, sin pertenecer a ellas, se sienten solidarios, no fue una ocurrencia compulsivamente elaborada en los días del enamoramiento. Esa idea le acompañó hasta final. Descartado el viaje de Julia a Italia, Gramsci pidió a Tatiana y a su familia en Cerdeña que hicieran gestiones para encontrar una casa en Santu Lussurgiu, en las cercanías del pueblo en que él había nacido. Pero luego cambió de opinión. En abril, en el último coloquio que tuvo con el amigo Piero Sraffa, manifestó su deseo de ser expatriado a la Unión Soviética. Sraffa hizo la petición formal desde Milán el 18 de abril. Una semana después Gramsci tuvo una hemorragia cerebral y murió.

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*De: Leyendo a Gramsci, El viejo topo, Barcelona, 2001