29/3/09

El control de la opinión pública




> Editorial del  diario “El Día de Gualeguaychú”, Argentina (29-03-09)

Como la base real de cualquier régimen político se asienta en el apoyo de los gobernados, la madre de todas las batallas se da en el escenario de la opinión pública, cuyos favores se buscan.

En el siglo XVIII, el pensador inglés David Hume convirtió el tópico en una teoría de Estado. “El gobierno sólo se basa en la opinión”, dijo al comprender cabalmente que nada sostiene a los gobernantes excepto el poder concentrado de pareceres semejantes mantenidos por particulares.

En tanto, el creador del Contrato Social, Juan Jacobo Rousseau, afirmó algo parecido: “La opinión, reina del mundo, no está sometida al poder de los reyes; ellos mismos son sus primeros esclavos”.

Dentro del comunismo, fue el italiano Antonio Gramsci, considerado el Lenin de la revolución en Occidente, quien comprendió como ningún otro que la lucha por el poder es una lucha ideológica. Gramsci aconsejaba a los suyos no la toma violenta del aparato del Estado. En lugar de ello, proponía infiltrarse en las trincheras de la sociedad civil (escuela, medios, iglesias, etc.) en cuyo seno se forma la opinión pública.

Sobran en la historia los ejemplos, decía el italiano, donde quienes lograron adueñarse del Estado, sin por ello tener el “consenso” ideológico de la sociedad, debieron finalmente resignar su poder efímero. Una de las fuentes principales de la opinión pública son los medios de comunicación. Los cuales, en una estrategia revolucionaria en clave gramsciana, emergen como una de las trincheras a ocupar.

En este sentido, entre los comunicólogos ha sido una obsesión determinar el verdadero poder de los medios sobre los públicos. Una corriente de pensamiento sostiene que los medios son omnipotentes y todo poderosos.

La llamada “teoría hipodérmica” –así se la conoce- asegura que los medios “inyectan” sus mensajes en el público, el cual los recibe pasivamente y responde según pautas prefijadas.

Si, como dice Hume, “el gobierno sólo se basa en la opinión”, se comprende que quienes poseen la capacidad de condicionar a los públicos, como en este caso los medios, tienen a su vez un poder de presión inmenso sobre la esfera política.

Un profesor norteamericano, Herbert Schiller (1919-2000), especialista en comunicación y cultura, ha esbozado esta inquietante teoría: “Las guerras venideras las ganarán quienes controlen los medios de comunicación, y cuenten con el apoyo de las grandes empresas, las multinacionales con capacidad para derrocar y poner gobiernos”.

En la Argentina muchos sindican al grupo multimedios perteneciente al diario “Clarín” con esta capacidad. Se menciona que si en el país se impuso la “pesificación asimétrica” fue gracias su constante campaña a favor. Así, el grupo Clarín habría superado, gracias a esa medida, una crítica situación financiera, ya que estaba peligrosamente endeudado en dólares. El gobierno de los Kirchner, que hasta no hace poco contaba con el apoyo explicito de “Clarín”, hoy parece haber roto relaciones con él.

Al margen de este incidente, muchos creen que hoy sería muy problemático para un candidato a cualquier función pública importante en la Argentina lograr el triunfo si no cuenta con el apoyo de algunos de estos multimedios.

Frente a esta influencia, en la otra vereda, están los que proponen un control de los medios por parte del Estado. En el fondo se trata de suplantar un monopolio por otro.

La intentona recuerda el argumento de “1984”, la novela del británico George Orwell, escrita en 1948. En ella imagina un régimen político, mezcla de nazismo y estalinismo, que utiliza los medios de comunicación para dominar a la sociedad.