20/3/09

Gramsci, Lenin y la cuestión de la hegemonía



Augusto C. Buonicore [*]

Se ha creado una mala costumbre: separar a un autor respecto de las bases teóricas que les servían como soporte; separarle de sus presupuestos teóricos e históricos inmediatos. Esta separación ha hecho que algunos otorguen los méritos del pensamiento original, en el sentido de exclusividad, a autores cuyo gran mérito fue precisamente desarrollar tesis elaboradas por otros, aunque enriqueciéndolas. En los trabajos académicos sobre Gramsci, parece ser bastante común este procedimiento. Se estudia, se escribe sobre el pensamiento de Gramsci desvinculándolo de sus presupuestos teóricos y políticos inmediatos, que fueron el pensamiento y la acción política de Lenin. Y Gramsci fue, en mi opinión, por encima de todo, un leninista.

Mucho de lo que se le atribuyó como contribución exclusiva no es más —y esto es mucho— que la aplicación original de las tesis defendidas por Lenin. No queremos aquí reducir al mínimo la importancia de quien fue, como está reconocido, uno de los principales teóricos marxistas del siglo XX. Lo que pretendemos es recolocar su producción teórica de pie, ya que, en cierto sentido, está al revés.

Tal vez nuestra primera zambullida en el concepto de hegemonía puede mostrarnos la íntima relación existente entre el pensamiento de Lenin y la obra de Gramsci respetando, es evidente, los limites históricos de estos autores que, aunque contemporáneos, tuvieron vivencias y experiencias políticas bastantes diferenciadas, transitando por situaciones históricas muy particulares.

Lenin y la hegemonía

Fue el propio Gramsci quien, en diversos pasajes de su obra, reconoció la paternidad leninista del concepto de hegemonía. Afirmó: "El principio teórico-político de la hegemonía (...) es la mayor contribución teórica de V. Ilich a la filosofía de la praxis". En otro texto, reafirmó esta idea: "Es posible afirmar —dijo Gramsci— que la característica esencial de la filosofía de la praxis más moderna (refiriéndose a Lenin) consiste en el concepto histórico-político de hegemonía".

Estas afirmaciones, extraídas de sus ’Cuadernos de la Cárcel’, son pruebas más que suficientes de que Gramsci no pretendió crear algo esencialmente nuevo y sí desarrollar algo ya existente (al menos, en lo que se refiere al concepto de hegemonía), algo que sería para Gramsci el "punto esencial" del marxismo, "la mayor contribución teórica" de Lenin.

El concepto de hegemonía fue, ciertamente, como afirmó Gramsci, una de las mayores aportaciones de Lenin a la ciencia política marxista, aunque, contradictoriamente, como recordó Luciano Gruppi, pocas veces esta terminología haya aparecido en su obra, y las pocas veces que se utilizó ese término fue durante el breve espacio de tiempo que precedió a la revolución de 1905.

Veamos entonces cómo surgió este concepto en la obra de Lenin durante este corto período de tiempo. Afirmó Gramsci: "Según el punto de vista del proletariado, la hegemonía pertenece a quien lucha con mayor energía (...), al jefe ideológico de la democracia". Por tanto, hegemonía tuvo para Lenin el evidente sentido de dirección política, y sólo podría elaborarse cuando una clase abandonase su visión exclusivista de corporación; en el caso del proletariado, cuando abandonase la visión economicista —y corporativa— de la lucha exclusivamente sindical, y se aferrase al hilo conductor de las grandes transformaciones que es la lucha política revolucionaria. Si el proletariado, en cuanto clase, quisiera construir su hegemonía política sobre el conjunto de la sociedad, debería abandonar el "estricto limite de la lucha económica contra el patrón y el Gobierno", y situarse en la línea del frente de las luchas "contra cualquier manifestación de arbitrariedad y de opresión, donde quiera que se produzca, cualquiera que sea la clase o grupo social afectados." Tener hegemonía significaba para el proletariado, ante todo, ganar para su lado a la mayoría de las clases subalternas, mas para esto seria preciso que el proletariado fuese la dirección más consecuente de su lucha, portavoz auténtico de las aspiraciones del conjunto del pueblo. Podemos decir que, en Lenin, el concepto de hegemonía se articulaba con otro concepto central, el de vanguardia, entendido como dirección de un arco, más o menos amplio, de alianzas.

No obstante, ser vanguardia no se podría afrontar sólo como un acto de "autoafirmación revolucionaria". Para que una fuerza política se constituya como vanguardia sería necesario que se inserte en la acción política de las masas populares. Para ello, no bastaba llamarse vanguardia sino que sería preciso "proceder de forma que todos los demás grupos se diesen cuenta y se viesen obligados a reconocer" que los socialistas marchaban al frente. Y terminó diciendo: "Los representantes de los demás grupos (no) serían imbéciles hasta el punto de reconocer que somos vanguardia sólo porque lo decimos".

En los primeros años del siglo pasado, los socialdemócratas rusos se vieron divididos en relación con la respuesta que dar a una serie de cuestiones, entre ellas: ¿El proletariado debería o no participar en el proceso de revolución burguesa? ¿Debería o no procurar dar a esa cuestión una solución de continuidad que le favorezca? ¿Debería o no ejercer el papel dirigente?

En particular, cuanto se plantearon estas cuestiones, se levantaron quienes afirmaban que el proletariado no debería participar como fuerza dirigente del proceso revolucionario. La revolución burguesa debería ser obra exclusiva de la propia burguesía. El proletariado sólo debería dar su consentimiento, apoyándola "críticamente", sin el trabajo de sus manos. Debería esperar, con paciencia, su vez. Para quienes la cuestión del poder para la clase obrera no estaba situada en el orden del día, la hegemonía tampoco era un problema que resolver.

Mas, para Lenin, al contrario, el problema del poder político estaba planteado desde el primer día, y la conquista de la hegemonía se constituía en un problema clave que debería comenzar a resolverse teórica e políticamente. Ganar al conjunto de las clases subalternas para su dirección política es la tarea primera del proletariado revolucionario y de su partido político. Es la tarea a la que Lenin se lanzó con todas sus fuerzas, durante toda su vida de militante.

¿Cómo afrontaba Lenin la cuestión de la conquista de la hegemonía en 1905?

Al contrario de los mencheviques, que afirmaban que el proletariado debería abandonar la dirección de la lucha política, durante la primera fase de la revolución, en manos de la propia burguesía, Lenin defendió la tesis de que el proletariado debería procurar mantenerse en la dirección del movimiento. "No sólo podemos —afirmó Lenin— sino que debemos dirigir de cualquier forma esa actividad de los diversos grupos de oposición si queremos ser vanguardia".

Lenin continuó: "Pero si queremos ser demócratas avanzados (vanguardia de la lucha contra la autocracia) debemos tener la preocupación de incitar a pensar exactamente quienes sólo están descontentos con el régimen universitario, o sólo con el régimen de los ’zemstvos’ (...), a pensar que todo el régimen político carece de valor. Nosotros debemos asumir la organización de una amplia lucha política bajo la dirección de nuestro partido."

La conquista de la hegemonía para el proletariado significaba también, y principalmente, la conquista de las masas de campesinos, y esto sólo seria posible con la elaboración de un programa mínimo que incluyese la reivindicación de la propiedad de la tierra, reivindicación de cuño burgués que, contradictoriamente, va más allá de los límites que la burguesía liberal deseaba con su proyecto de revolución.

Por tanto, la conquista de la hegemonía exigía ciertas concesiones del proletariado a las demás clases subalternas, a veces hasta ciertas fracciones de las clases explotadoras. La hegemonía, en cuanto resultado del proceso de conquista de la dirección política, exigía la atención de algunos intereses específicos de estas clases y fracciones de clases, sin lo que cualquier propuesta seria frase vacía. Lenin afirmó: "Sólo estableciendo una relación de amplia alianza con los campesinos el proletariado puede convertirse en fuerza dirigente de la revolución y puede romper con el nexo entre la revolución democrática y la hegemonía burguesa".

Para Lenin, el problema de la construcción de la hegemonía del proletariado fue clave, no sólo en los períodos que anteceden a la revolución, como instrumento necesario para la conquista del poder político, sino también en los momentos posteriores de construcción de una nueva sociedad.

Lenin tuvo el mérito de rescatar el marxismo del cenagal del economicismo donde, en grande medida, había caído después de la muerte de Engels. Rescató el papel activo de los hombres organizados en partidos políticos como agentes vivos del proceso de transformación social. Una transformación que se da fundamentalmente en la esfera de la lucha política de masas. En esta elección, abierta por Lenin, seguiría Gramsci.

Gramsci y la hegemonía

"Los comunistas turineses habían planteado concretamente la cuestión de la hegemonía del proletariado, es decir, la base social de la dictadura del proletariado y del Estado proletario". Así, Gramsci abordó el problema de la hegemonía en su obra clásica ’La cuestión meridional’, donde podemos ver que, para él, al menos en esta obra anterior a su estancia en la cárcel, hegemonía y dictadura eran aspectos indisociables del poder obrero y popular.

Pero existía una condición para que se lograse la hegemonía del proletariado. "El proletariado —afirmó— puede convertirse en la clase dirigente dominante en la medida en que logre crear un sistema de alianzas de clases que permita movilizar contra el capitalismo y el Estado burgués a la mayoría de la población trabajadora." Era preciso ampliar la base social de la revolución y del nuevo poder que surgiría; por tanto, era necesaria la construcción de un amplio frente bajo la dirección política y cultural de la clase obrera y de su partido político: el Partido Comunista.

Luciano Gruppi nos recordó que, al contrario de Gramsci, Lenin, en sus textos, parecía reducir el concepto de hegemonía a un "determinado tipo de alianza", sin utilizar jamás el término para designar el propio ejercicio de la dictadura del proletariado. El motivo, según Gruppi, seria que Lenin estaba "empeñado en una polémica directa, en una áspera lucha contra los reformistas, contra los social demócratas que negaban el concepto marxista de dictadura del proletariado".

En mi opinión, Gruppi, aquí estaba acertado sólo en parte. El refuerzo, o mejor dicho, el rescate del término ’dictadura del proletariado’, no se dio, exclusivamente, por causa del fuerte debate ocurrido en el seno de las corrientes socialdemócratas, sino fundamentalmente debido a la precisión del término. Para Lenin, el ejercicio de la dictadura del proletariado presuponía la hegemonía política de esta clase, y era un componente necesario para la construcción y la estabilidad del nuevo Régimen.

No obstante, los dos conceptos —dictadura y hegemonía— no se confundirían (aunque esta confusión pueda existir en algunas partes de la obra de Gramsci), pues la primera se refería a la esencia particular del nuevo poder que surge —el Estado obrero— conviene acordarnos de la fórmula concisa de Engels: Estado es igual a dictadura de clase; el segundo señalaba la dirección político-ideológica que forjaría la base social necesaria para la conquista del poder político y la construcción del Estado socialista.

En este sentido podemos afirmar que el concepto de hegemonía, aunque no explicitado, estuvo presente en toda la obra política de Lenin, ganando mayor importancia durante los períodos revolucionarios (1905 y 1917) y también en los primeros años de construcción del poder socialista, traduciéndose en el difícil problema de la alianza entre obreros y campesinos, entre los obreros y la intelectualidad formada en el seno de la sociedad capitalista, etc.

Gramsci afirmó: "El proletariado, mediante su partido político, consigue (...) crear un sistema de alianzas en el sur, o entonces las masas campesinas buscarán dirigentes políticos en esta misma zona, o sea, se entregarán completamente en manos de la pequeña burguesía, convirtiéndose en reserva de la contrarrevolución". Continuó: "El problema campesino siendo el problema central de cualquier revolución en nuestro país y de cualquier revolución que quiera dar frutos: y por esto, debe ser planteado con coraje y decisión". Una vez más, vemos aquí el pensamiento de Lenin con toda su fuerza.

En Italia, tales tesis cumplieron un papel importante, dado que el movimiento obrero y socialista, desde la derecha socialdemócrata —que tendía a formar una alianza prioritaria con la burguesía liberal norteña y someterse a ella— hasta los izquierdistas de Bordiga —contrarios a cualquier solución de compromiso en relación al Programa máximo de los comunistas— se mostraba contrario a una alianza estratégica entre los obreros del norte y los campesinos del sur. Por tanto, plantear el problema de la construcción de la alianza obrera y campesina en Italia era, también, plantear concretamente el problema de la construcción de la hegemonía por el proletariado en el proceso revolucionario italiano. Sin temor a exagerar, podemos afirmar que Gramsci fue el principal dirigente revolucionario leninista en la Italia de finales del decenio de 1910 y comienzos de los años 1920.

Coerción y hegemonía

Surge entonces una pregunta: ¿podría existir un Estado que se mantuviese sin la coerción o sin la hegemonía? La respuesta del marxismo debería ser no. No obstante, varios autores afirmaron que aquí habría una diferencia fundamental entre los conceptos de Lenin y de Gramsci sobre el Estado. Reconozco que las diferencias entre ambos pensadores no son tan significativas. Lo que existió fue el refuerzo de uno u otro aspecto de la dictadura de clase, entendida siempre como articulación compleja entre dirección político-ideológica y coerción. Ningún Estado podría sostenerse permanentemente sólo mediante la coerción y, por el contrario, ningún Estado, por más democrático que sea, puede dejar de utilizar ampliamente los mecanismos represivos disponibles para mantener el orden establecido; es decir, para impedir que las relaciones de las clases que le sostienen sean eliminadas por la lucha de clases.

Esta diferencia en la tónica fue fruto de los diferentes momentos históricos donde se insertaron dichas producciones teóricas. Lenin escribió sus principales trabajos sobre el Estado, y por tanto sobre la dictadura de clase, en un período bastante próximo del asalto al poder en Rusia, en plena efervescencia revolucionaria en Europa; por tanto, en un período de agravamiento de la lucha de clases y en medio de un acalorado debate entre las alas izquierda y derecha de la social democracia. Esta última negaba categóricamente el papel central de la violencia revolucionaria en los procesos transiciones socialistas y la necesidad de implantación de una dictadura del Proletariado.

Todo esto llevó a Lenin a concentrar su atención en el problema del Estado en cuanto instrumento de coerción en manos de una clase social, en detrimento de los roles de educador y de dirigente, esbozados en algunas obras anteriores y posteriores. Incluso en ’Estado y revolución’ y en ’El renegado Kautsky’, ambas de 1917, este aspecto estaba presente, aunque de manera no central.

Fue el propio Lenin quien nos habló del rol del Estado socialista, que sería "dirigir, organizar (...), ser el educador, el dirigente de todos los explotados, en la tarea de organización de la vida social, sin la burguesía y contra ella." Estas características convivirán, lado a lado, con el ejercicio de la coerción sobre los restos de las clases explotadoras separadas del Poder.

Me gustaría citar, corriendo el riesgo de resultar fastidioso, otros pasajes (ambas extraídas de la obra ’El Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo’) en las cuales Lenin reforzó o papel de educador e de dirección del Estado proletario. "La dictadura del Proletariado, afirmó, es una lucha tenaz, cruel y terrible, violenta y pacífica, militar, económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas tradicionalistas de la vieja sociedad", y continuó diciendo: "Bajo la Dictadura del Proletariado, será preciso reeducar a millones de campesinos y pequeños propietarios, intelectuales burgueses, subordinando a todos a la dirección del proletariado".

Gramsci, por su vez, escribió no momento de retroceso de la revolución europea e de avance del nazi-fascismo. Por fin, o propio entendimiento de que o Estado seria uno instrumento de coerción de una clase sobre a otra ya estaba por demás consolidado no interior del movimiento comunista internacional a ponto de se tornar o único aspecto a ser considerado. Este fue, sin duda, o reflejo de una lectura dogmática y ahistórica de los textos del propio Lenin.

Gramsci se esforzó, justamente, en rescatar las aportaciones de Lenin y profundizarlas; para Gramsci, el problema del Estado era más complejo. Sin olvidar que el Estado era fundamentalmente un instrumento de coerción, amplió su estudio a uno otro aspecto: el Estado en cuanto dirigente y educador, esforzándose en comprender el rol que las ideologías desempeñaban en este proceso.

Gramsci comprendió que la producción y la reproducción de las relaciones sociales —y políticas— no podían darse, exclusivamente, a través de la coerción; se daban de múltiples (y complejas) formas, donde las ideologías tenían un papel decisivo. Para Gramsci, el Estado seria "hegemonía acorazada de coerción". Era preciso superar las tesis simplistas imperantes en el seno de la III Internacional y él, con la ayuda de Lenin, en cierto sentido, las superó.

* Historiador, doctorando en Ciencias sociales por la Unicamp, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Brasil y de la Comisión editorial de las Revistas ’Debate Sindical’ y ’Principios’

Antonio Gramsci y Ernesto Guevara: Dos momentos de la filosofía de la praxis



El Che en Playa Girón

Jaime Massardo

“Para el Che, el marxismo era ante todo la filosofia de la praxis” escribe Michael Löwy en La pensée de Che Guevara.[2] Esta afirmación --que confirma por lo demás toda la obra del Che--,[3] inscribe el imaginario político de Ernesto Guevara en las tradiciones del pensamiento crítico que conciben la actividad humana sensible, la praxis, como el demiurgo que hace posible la transformación de la vida social, o, --para decirlo en un lenguage que no por no estar a la moda es menos riguroso--, que la sitúan en el centro de la posibilidad de la revolución. Inspiradas por textos de juventud de Marx y, en particular, por las Tesis sobre Feuerbach,[4] dirigidas a la vez contra el materialismo del siglo XVIII y contra el subjetivismo idealista,[5] esas tradiciones encuentran un hito constitutivo esencial en la reflexión que Antonio Gramsci vierte en los Quaderni del Carcere.[6] Guevara no conoció los Quaderni..., --o, al menos, no existen en sus escritos vestigios de su lectura--, los que, por lo demás, aparecen en su primera traducción castellana en Buenos Aires, cuando el Che está en la Sierra Maestra, a la cabeza de la segunda columna del Ejército Rebelde.[7] Sin embargo, la reflexión de Guevara en torno a la filosofía de la praxis se anuda a la de Gramsci a través de una serie de elementos que ponen en evidencia el hecho que ambos comparten aspectos esenciales de la misma cultura política. En las líneas que siguen nos proponemos examinar algunos de estos aspectos, intentando al mismo tiempo mostrar las circunstancias políticas que los rodean.

La reflexión de Gramsci a propósito de la filosofía de la praxis se inscribe en la riqueza de la larga tradición del debate italiano, debate al que los trabajos de Giambattista Vico,[8] --ese «primer verdadero filósofo de la historia de la época moderna»[9] que había «sostenido con energía contra Descartes el valor del método propio del conocimiento histórico »[10] y del cual Marx hace el elogio en un conocido pie de página de Das Kapital--,[11] habían abonado el terreno. Sin querer reconstruir aquí pasos que escapan al propósito de estas lineas, recordaremos brevemente que, en marzo de 1890, voluntaria o involuntariamente, Friedrich Engels va a suministrar una pieza fundamental a la discusión italiana a propósito de la «actividad humana sensible» enviando a Antonio Labriola un ejemplar de la tercera edición de su Ludwig Feuerbach und der Ausgang der klassischen deutschen Philosophie,[12] comportando en su apéndice les Tesis sobre Feuerbach,[13] notas «de un valor inapreciable»[14] que, además --según el propio Engels--, contienían «el germen genial de la nueva concepción del mundo».[15] Labriola, que había estudiado a Feuerbach entre 1866 y 1869,[16] lee apasionadamente el texto de Engels y las Tesis...,[17] y se puede anotar aquí que su acercamiento a la concepción materialista de la historia data de esos meses.[18] La gravitación de Labriola en la formación del socialismo italiano, su participación en el debate Democrazia e socialsimo, organizado por la revista Critica sociale, así como sus intercambios con Filippo Turati --el que, en el Congreso de Génova hará suyas las posiciones programáticas de Labriola-- se desarrollan, por otra parte, en relación íntima con una concepción de la revolución que porta las marcas de esos textos.[19] En abril de 1895, bajo la influencia todavía del mismo impulso intelectual y político, Labriola escribe a Benedetto Croce --en la época discípulo y amigo-- invitándolo a suscribirse a la revista Devenir Social, cuyo primer número iría a aparecer pronto en París y donde contaba publicar una serie de artículos. Esos mismos artículos formarán parte, poco tiempo después, de sus conocidos Saggi sulla concezione materialistica della storia.[20] El impacto que éstos alcanzan parece tal que Croce ubicará en esas fechas «el nacimiento del marxismo teórico en Italia ».[21] Sus dos primeros tirages en lengua italiana, editados por el propio Croce --junio y octubre de 1895--,[22] serán seguidos por un segundo Saggi...,[23] que contribuirá a reforzar su influencia. [24] Será en ese clima intelectual que, en mayo de 1897, Labriola, escribiendo a Georges Sorel --cartas que constituiran un tercer Saggi...--, hablará de la filosofía de la praxis como «el meollo[il midollo]del materialismo histórico ».[25] En el mismo momento, Giovanni Gentile, polemizando con Labriola y con Croce, va a publicar Una critica del materialismo storico[26] que será seguido dos años más tarde por La filosofia della prassi, verdadera traducción crítica de la Tesis sobre Feurbach que entrarán desde entonces de cuerpo entero en el debate italiano.[27] Los dos trabajos de Gentile serán editados, en 1899, en un solo volumen bajo el título de La filosofia di Marx. Studi critici, [28] obra que, como lo recuerda Robert Paris,[29] Croce recomendaba a sus lectores en el prefacio a la primera edición de Materialismo storico ed economia marxistica.[30] Intentando al mismo tiempo limpiar los instrumentos del pensamiento crítico de las aristas positivistas y cientistas inscrustadas --a veces fuertemente-- por el socialismo de la II y la III Internacional,[31] Gramsci va a reconstruir, tanto con los actores de este debate como con otros interlocutores,[32] una suerte de diálogo, el cual, enriquecido por su intensa actividad política militante, ira a alimentar su propia elaboración de la filosofía de la praxis. Margini,[33] La rivoluzione contro il «Capitale»,[34] Il nostro Marx,[35]Utopia,[36] muestran ya, como precoces intuiciones, los hitos de esta elaboración, que, a partir de 1929 será vertida en los Quaderni. (Continuar la lectura)

La formación socialista revolucionaria italiana de Mariátegui y la ortodoxia socialista rusa

Foto: Anna Chiappe, esposa de Mariátegui
Gustavo Pérez Hinojosa


“Residí más de dos años en Italia, donde desposé una mujer y algunas ideas" Carta a Samuel Glusberg, 10 de Enero de 1927.
MARIÁTEGUI, GRAMSCI Y "L´ORDINE NUOVO"
Contra lo usualmente pensado por la mayoría de nosotros, el propio Mariátegui reconoció haber realizado su mejor aprendizaje y haberse asimilado al marxismo, en Europa, principalmente en Italia (La mayoría de nosotros, salvo muy honrosas excepciones, fuimos formados en la imagen de un Mariátegui tributario de la "ortodoxia" oficial socialista o comunista, que no era otra que la visión del socialismo soviético o ruso, visión hegemónica mundial, a partir del papel directriz en la Internacional Comunista, del Partido Comunista de la URSS).
A esa Italia, considerada como el país en que la lucha de clases había alcanzado el punto mas alto, tanto en el nivel de la praxis como en el de la elaboración teórica, es donde llega Mariátegui, en su periplo europeo, y donde se forma como revolucionario, socialista marxista, pero no del marxismo en general sino de uno determinado, específico, vinculado a al experiencia italiana. Es a partir de esa Italia que Mariátegui leerá a Marx con el filtro del historicismo italiano, informándose del desarrollo de la Revolución Socialista de Octubre, a través de fuentes e interpretaciones italianas.
Fueron esos años, de 1919 a 1923, vividos principalmente en Italia, y principalmente bajo la influencia de "L´Ordine Nuovo" (Semanario Socialista turinés, ligado a los Consejos de Fábricas y a la influencia de la Internacional Comunista, que impulsaría el nacimiento del Partido Comunista de Italia), junto a Gramsci, a Terracini y a Gobetti, los determinantes para el desarrollo político y cultural de Mariátegui, pues lo transformaron en un revolucionario maduro y un pensador marxista (recordemos sus "Cartas de Italia").

En resumen, como ya lo habían insinuado en su momento Estuardo Núñez, Robert Paris y Antonio Melis, su formación ideológica es, principalmente socialista revolucionaria italiana, pues allí vivió una revolución en marcha y el deslinde entre "maximalistas" y reformistas en el movimiento socialista. Allí percibió, de manera más directa y analítica, junto a los socialistas italianos, el aliento renovador de Lenin y de la Revolución de Octubre, a través de una lectura del marxismo, que rescató su esencia y espíritu revolucionario, en oposición a la visión fosilizada y positivista de los teóricos y dirigentes oportunistas de la II Internacional.
Mas recientemente, Fernanda Beigel recogiendo el itinerario italiano de Mariátegui concluirá que no sólo su formación marxista es principalmente italiana, sino que estuvo signada por la experiencia política del"ordinovismo ", precisando que "Este particular modo de ver y protagonizar el advenimiento del "nuevo orden" tuvo una gran influencia en la formación ideológica de Mariátegui. Su convicción "maximalista" se formó en el ambiente italiano de estos años y su conocimiento del comunismo estuvo estrechamente ligado a las posiciones de la fracción ordinovista" (Fernanda Beigel. "Una mirada sobre otra: el Gramsci que conoció Mariátegui", Pág.45).
EL DESLINDE CON EL MARXISMO DE LA II INTERNACIONAL
Antonio Gramsci señala que "El filisteo no ve la salvación fuera de los esquemas preestablecidos, no concibe la historia sino como un organismo natural que atraviesa momentos de desarrollo fijos y previsibles. Si siembras una bellota, puedes estar seguro que no nacerá más que un brote de encina, el cual crece lentamente y no da frutos hasta pasados muchos años. Pero ni la historia es una tierna encina ni bellotas los hombres" y añade " La historia no es un cálculo matemático: no existe en ella un sistema métrico decimal, una numeración progresiva de cantidades iguales que permita las cuatro operaciones, las ecuaciones y la extracción de raíces. La cantidad (estructura económica) se convierte en cualidad porque se hace instrumento de acción en manos de los hombres, " (Antonio Gramsci "Utopía").
Por su parte Mariátegui describía: "La filosofía evolucionista, historicista, racionalista, unía en los tiempos pre-bélicos, por encima de las fronteras políticas y sociales, a las dos clases antagónicas. El bienestar material, la potencia física de las urbes habían engendrado un respeto supersticioso por la idea del progreso. La humanidad parecía haber hallado una vía definitiva. Conservadores y revolucionarios aceptaban prácticamente las consecuencias de las tesis evolucionistas" ("Dos concepciones de la vida", "El alma matinal", Pág.17), y añadía "Los reformistas resistieron a la Revolución, durante la agitación revolucionaria post-bélica, con razones del mas rudimentario determinismo económico. Razones que, en el fondo, se identificaban con las de la burguesía conservadora, y que denunciaban el carácter absolutamente burgués, y no socialista, de ese determinismo" ("El determinismo marxista", "Defensa del marxismo", Pág.67).
Gramsci señalará sobre la Revolución de Octubre que "Los hechos han provocado la explosión de los esquemas críticos en cuyo marco la Historia de Rusia habría tenido que desarrollarse según los cánones del materialismo histórico", que los bolcheviques "no han levantado sobre las obras del maestro" (NOTA MIA : se refiere a Marx)"una exterior doctrina de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista,"…" Y ese pensamiento no sitúa nunca como factor máximo de la historia los hechos económicos en bruto, sino siempre el hombre, la sociedad de los hombres, de los hombres que se reúnen, se comprenden, desarrollan a través de esos contactos (cultura) una voluntad social, colectiva, y entienden los hechos económicos, los juzgan y los adaptan a su voluntad hasta que ésta se convierte en motor de la economía, en plasmadora de la realidad objetiva, la cual vive entonces, se mueve y toma el carácter de materia telúrica en ebullición, canalizable por donde la voluntad lo desee, y como la voluntad lo desee" Antonio Gramsci. "La Revolución contra "El Capital").
Gramsci, concluirá señalando que "Marx no ha escrito un credillo, no es un Mesías que hubiera dejado una ristra de parábolas cargadas de imperativos categóricos, de normas indiscutibles, absolutas, fuera de las categorías del tiempo y del espacio".(Antonio Gramsci. "Nuestro Marx").
Coincidentemente, nuestro Mariátegui señalará que "El marxismo,"…"es un método fundamentalmente dialéctico. Esto es, un método que se apoya íntegramente en la realidad, en los hechos. No es, como algunos erróneamente suponen, un cuerpo de principios de consecuencias rígidas, iguales para todos los climas históricos y todas las latitudes sociales". (J.C. Mariátegui. "Mensaje al Congreso Obrero", Enero de 1927).
Muerto Mariátegui, en 1930, Antonio Gramsci, continuará, desde sus "Cuadernos de la Cárcel" el deslinde con lo que, tanto Mariátegui como él, apreciaban como el retorno del trastocamiento teórico oficializado por la II Internacional, superado por Lenin y por la propia materialización de la Revolución de Octubre, siguiendo el hilo conductor ofrecido por "Los problemas fundamentales del marxismo" de Plejánov, de 1908, que constituyó la tentativa más completa de "manualización" filosófica del marxismo, y que volvía a perfilarse tras "el Manual" de Bujarin (denominado "Teoría del Materialismo histórico"), permitiéndole "determinar una serie de divergencias respecto a una interpretación del marxismo teórico muy difundida en el grupo bolchevique, y destinada a asumir más tarde rasgos cada vez mas notorios con el perfilamiento del "marxismo-leninismo" (Leonardo Paggi "La teoría general del marxismo en Gramsci". Introducción a "Escritos Políticos", Editorial Siglo XXI, Pág.1), que en su desarrolló implicó el retorno del positivismo como "socialismo científico", que instituyó las nociones de "materialismo histórico" y "materialismo dialéctico", ajenas a Marx, rompiendo la unidad de su concepción de la historia, disociándola entre, un método permanente, eterno o universal, y por lo tanto fuera de la historia, que aparece operando como una suerte de fórmula abstracta que garantizaría un conocimiento "científico", y una teoría histórico-filosófica de carácter general, que a su vez implicará:
- El estímulo de la creencia de que la historia de la humanidad, después de pasar por modos de producción determinados, para cualquier sociedad, y dados los efectos de la crisis del capitalismo, conducirá necesariamente a la implantación del Socialismo; y
- Una concepción mecánica de las relaciones entre "estructura" y "superestructura" como compartimentos separados formalmente en la sociedad analizada, acentuando la importancia del factor económico (estructura), deduciendo de ella la superestructura (y no como dos momentos que de ninguna manera pueden separarse de la totalidad, donde permanecen unidas a través de determinaciones recíprocas que deben ser examinadas de una manera histórico-concreta).
¿MARXISTA O MARXISTA-LENINISTA?

Es entonces posible, que la razón de que tanto Gramsci como Mariátegui, dos socialistas revolucionarios, marxistas, formados (aunque con diferente ritmo) en el mismo escenario y la misma época, no se autodenominasen " marxistas-leninistas", fuese la enorme desconfianza que les inspiraba (como a parte importante del movimiento socialista europeo), este reconocimiento de "las mejores tradiciones de la II Internacional", y el " marxismo-leninismo", entendido, precisamente como la recuperación de éstas, lo cual parecía implicar, necesariamente, la recuperación de Kautsky y Plejánov, los principales representantes de una lectura marxista predominante en la II Internacional, fuertemente positivista, economicista, evolucionista y teleológica, dominante durante la segunda parte del Siglo XIX y hasta la I Guerra Mundial, que daba forma a una noción de socialismo pensado como resultado de una evolución natural, como si el desarrollo de las fuerzas productivas, las contradicciones internas del modo de producción capitalista y sus crisis periódicas, provocaran inevitablemente su derrumbe y la instauración del socialismo.
A este respecto, Joaquín Santana señala que impresiona la coincidencia de ambos en rechazar toda reducción positivista o sociologista del marxismo. "Efectivamente, tanto el uno como el otro, reaccionan en contra de la lectura cientificista del marxismo, pues ésta introduce un determinismo objetivismo que no deja lugar a la actividad transformadora y consciente del sujeto revolucionario. A su vez, rechazan la identificación del materialismo histórico como una mera teoría sociológica. Para ellos, la concepción materialista de la historia posee un carácter filosófico con un contenido más general y totalizador" (Joaquín Santana "Gramsci y Mariátegui", Pág.4).

Oswaldo Fernández-Díaz añade "Detrás del impacto de la revolución rusa ambos pensaron en Marx en términos de ruptura, por lo que la dinámica dominante de sus reflexiones es la de superación de una ortodoxia y la duda permanente acerca de la necesidad de reemplazarla. Por la misma razón, toman distancia de lo que era oficial en la esfera marxista antes de la Primera Guerra Mundial, colocándose fuera de la órbita de la Segunda Internacional."(Oswaldo Fernández–Diaz "Gramsci y Mariátegui : frente a la ortodoxia", Pág.135).
Particularmente, para el caso de Mariátegui, los mismos autores señalan que el voluntarismo mariateguiano tiene un carácter anti-reformista, contrario al marxismo evolucionista y positivista de la Segunda Internacional, y que los elementos religiosos en su pensamiento están relacionados con la necesidad de un fuerte impulso ético, que supere el chato racionalismo del reformismo socialdemócrata, buscando aislar el marxismo del fatalismo socialdemócrata y recuperar su sentido heroico y creador y la centralidad del elemento volitivo. Es por ello que Melis, considera que "ante la aguda mirada de Mariátegui el triunfo de Lenin y los bolcheviques se presenta como una comprobación de la iniciativa subjetiva en la ruptura revolucionaria, vale decir, como un acontecimiento histórico que representa un franco y efectivo cuestionamiento del marxismo positivista de la Segunda Internacional y su visión fatalista de los procesos sociales (Carlos Arroyo Reyes, "La parábola mariateguiana de Antonio Melis", Pág.9).
GRAMSCI Y MARIÁTEGUI SOBRE MARX Y LENIN
Los "liquidadores" pretenderán que con esto estoy señalando que tanto Gramsci como Mariátegui fueron contrarios a V. I. Lenin. Nada más falso. Lo cierto es que, a su vez, Gramsci y Mariátegui coincidirán en la valoración de V. I. Lenin y su pensamiento, pero desde Marx.
Así Gramsci dirá que "Marx inicia intelectualmente una edad histórica que durará probablemente siglos, esto es, hasta la desaparición de la sociedad política y el advenimiento de la sociedad regulada. Solo entonces su concepción del mundo será superada (concepción de la necesidad superada por la concepción de la libertad)" (Antonio Gramsci. "El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce". Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, Pág.82).
Mariátegui acotará que "Mientras el capitalismo no haya trasmontado definitivamente, el canon de Marx sigue siendo válido. El socialismo, o sea la lucha por transformar el orden social de capitalista a colectivistas mantiene viva esa crítica, la continúa, la confirma, la corrige" (J.C. Mariátegui "La filosofía moderna y el marxismo", Defensa del marxismo, Págs.40 y 41).
Y ambos ubicarán la relación Marx-Lenin de manera distinta a Bujarin, no dejando que tras esta relación "se cuele" encubierto y "actualizado" el marxismo de la II Internacional:
"Trazar un paralelo entre Marx e Ilich para determinar la jerarquía respectiva es torpe y ocioso: ambos expresan dos fases : ciencia-acción, que son homogéneas y heterogéneas al mismo tiempo" (Antonio Gramsci. "El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce").
"Lenin no es un ideólogo sino un realizador. El ideólogo, el creador de una doctrina carece, generalmente, de sagacidad, de perspicacia y de elasticidad para realizarla. Toda doctrina tiene, por eso sus teóricos y sus políticos. Lenin es un político: no es un teórico" (J.C. Mariátegui "Lenin", Variedades, 22/09/1923, publicado en "Mariátegui y la Revolución de Octubre. Escritos 1917-1930", Pág. 73).