19/9/09

Humanismo y crítica democrática




Traducción de Ricardo García Pérez. Ed. Debate. Barcelona, 2006. 208 páginas


Pocos libros llegan con tanta oportunidad: en el momento preciso. Se trata de la obra póstuma de Edward W. Said, muerto en 2003. Ya en el prólogo advierte que ese libro fue escrito después de unas accidentadas conferencias que convivieron con un tiempo dramático en su vida, entre sesiones de quimioterapia y transfusiones de sangre. También el libro acusa la conmoción creada por el nuevo escenario internacional después del 11-S y de la invasión norteamericana a Afganistán y a Irak. El gran pensador palestino-norteamericano murió poco después.

Said dibuja en la silueta de su persona y personaje el perfil de lo que podría ser el adelanto y anticipo de un intelectual del futuro (y con futuro): defensor encendido de los derechos civiles de los palestinos (él mismo era palestino, si bien vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos, donde era un profesor muy prestigioso en la Columbia University), fue también gran teórico de la literatura, y se había ido especializando en las relaciones entre literatura y música. Sus orígenes orientales no le impidieron ser un magnífico lector, lleno de empatía, de los grandes clásicos del canon literario occidental. Pero ya en su más afamado libro, Orientalismo, vio la necesidad de un encuentro sereno entre las culturas orientales y occidentales, más allá de las falsificaciones creadas en torno a la noción de Oriente.

Llevó a cabo allí una auténtica des-construcción (por usar una vez más el útil término acuñado por Derrida) de esa noción de Oriente que desde las primeras grandes recepciones y traducciones de textos del árabe o del sánscrito, del antiguo persa y del chino, especialmente a partir de la Ilustración, se fue construyendo en el marco de la incipiente orientación romántica de la cultura europea. Su crítica de la mezcla de repulsión y de fascinación que ese Oriente inventado ha generado en la cultura europea y americana, se ha convertido en una pieza clásica sobre el tema.

Éste ha sido, sobre todo en los últimos tiempos, un antagonista firme y decidido de las perniciosas tesis de Huntington sobre el choque de civilizaciones, y sobre las consecuencias catastróficas de la influencia de esas ideas en los círculos ideológicos neoconservadores que dominaban el entorno de Bush, con sus burdas simplificaciones respecto a una idea masiva y no matizada del terrorismo. Su posición aboga por un entendimiento pacífico entre culturas y sociedades. En una época de crecimiento del neoconservadurismo en todas partes, la lectura de este libro es imprescindible.

Su defensa de la causa palestina, su denuncia de la forma cruel con que esa población es vejada, ledespertaron la estima de todas las personas que anteponen las razones humanitarias a la razón de Estado, o que no entienden la interpretación de la propia seguridad como la excusa para perpetrar las mayores atrocidades. En este libro muestra sus grandes dotes intelectuales iniciando una orientación contra corriente a favor del humanismo, corona ideológica de todo interés hondo por las humanidades. Polemiza con las tesis de la “muerte del hombre” (especialmente del post-estructuralismo francés), tratando de comprenderlas en su contexto de origen, y asimismo advierte la emergencia de un nuevo adversario, esta vez procedente de las ciencias naturales (convenientemente extrapoladas en doctrinas ideológicas hoy extendidas): la tesis de una igualación entre el comportamiento animal y el humano, o en la descalificación de cualquier intento por trazar diferencias cualitativas entre ambos. Éstas existen, mal que les pese a los “animalistas”, y son de inmenso y abismal calado.

Said insiste en el diferencial que introduce la comprensión que podemos tener de nosotros mismos. Y añade asimismo el horizonte de un humanismo que no se limite a proyectar sobre toda la humanidad los postulados religiosos y literarios, o culturales, del mundo occidental, pero que tampoco incurre en el vicio opuesto y simétrico, un multiculturalismo reductor que suele abonar el relativismo en los valores, en las actitudes, en las costumbres y en los principios. Se trata de un proyecto y de un programa que ha quedado truncado por la muerte de este pensador y luchador ejemplar. Este libro es necesario para poseer el más ajustado perfil de este personaje que trasciende con mucho el terreno de su estricta especialidad en el campo de la teoría literaria, o en ese interés suyo en los vínculos de la música con la literatura.