19/9/09

Ética burguesa y ética marxista


La novedad que introduce la ética marxista consiste en declarar, frente a la ideología burguesa, que el orden establecido impide el desarrollo de las potencialidades del hombre.
Como sabemos, las ideas de la clase dominante son, en cualquier sociedad, las ideas dominantes. La religión, la moral, la ciencia, la filosofía, el arte, el derecho, y el resto de elementos que forman la superestructura dependen, en última instancia, de lo material (es decir, de las condiciones económicas y de los consiguientes intereses de la clase dominante). Como dijeron Marx y Engels en "La Ideología Alemana": "la clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente".
Centrándonos en el terreno de la moral, podemos establecer una primera diferencia entre la ética burguesa y la ética marxista precisamente en el hecho de que la primera no reconoce la determinación de la moral por lo material. Los postulados éticos burgueses proceden de la ética cristiana y de la ética ilustrada (que es la versión secularizada de la anterior). En ambos casos, se considera al hombre como un ser esencialmente libre, y se afirma que no existe determinación externa alguna que le impida obrar correctamente. Se postula, pues, de forma idealista, la libertad y la responsabilidad absolutas del hombre, así como la existencia de unas normas universalmente vinculantes, normas que todo hombre bueno debe observar y que estarían sancionadas por Dios (en la ética cristiana) o por "la naturaleza del hombre" (en la ética burguesa-ilustrada).
La ética marxista rompe con esta visión de la moral tradicional. El marxismo rechaza todos los valores y principios éticos trascendentales (entendiendo por esto los basados en la religión o en proposiciones "idealistas"), y los rechaza porque no son más que ideología, es decir, no son más que una costra mental que oculta la realidad. Y la realidad es que los valores y principios éticos dominantes en la sociedad tienen la misión de apuntalar al sistema: responden a las exigencias de la explotación del hombre por el hombre, es decir, responden a los intereses de la clase dominante. Esta es la verdad que la ética burguesa pretende ocultar y que, de hecho, se oculta a sí misma. La ética burguesa presupone que la sociedad ha llegado a un punto en el que el hombre puede realizarse plenamente, es decir, puede desenvolver todas sus potencialidades y satisfacer sus necesidades. La ética burguesa presupone que la sociedad establecida es el marco perfecto en el que pueden alcanzarse (o podrán alcanzarse en un futuro) los objetivos del individuo y de toda la sociedad. La ética marxista, al desenmascarar estos postulados, al denunciarlos como falsos e ideológicos, pone las bases de una nueva moral.
Esa novedad que introduce la ética marxista consiste en declarar, frente a la ideología burguesa, que el orden establecido impide el desarrollo de las potencialidades del hombre, y que las posibilidades de realización pasan ineludiblemente por un cambio revolucionario del sistema. Esta denuncia de lo establecido no es rasgo original de la ética marxista -el cristianismo, en sus inicios, antes de ser absorbido por el Imperio romano, fue una doctrina "oposicionista", al igual que lo han sido otras sectas radicales a lo largo de la historia, por no hablar de los filósofos de la Ilustración y su oposición al orden feudal-, pero sí es su rasgo más destacado. La lucha de clases se postula, pues, en la ética marxista, como el valor ético supremo. Según Lenin, la moral debe servir los intereses del proletariado en la lucha de clases: "la moral sirve para que la sociedad humana se eleve a una mayor altura, para que se desembarace de la explotación del trabajo".
La lucha de clases constituye, pues, el principio fundamental de la ética marxista. Ahora bien, la lucha de clases no es entendida por el marxismo como un simple instrumento para conseguir un fin (en este sentido, en la ética marxista, el fin no justifica los medios). La lucha de clases es un fin en sí mismo. La realización del hombre, la conquista de la libertad, no tienen, pues, puerto de llegada. La ética marxista define la lucha de clases como una tarea consciente y constante, como un esfuerzo colectivo y solidario por la emancipación real del hombre. El primer paso en este camino consiste en ser plenamente conscientes de la realidad que hay que transformar, y, para llegar a ese punto de consciencia, hay que desembarazarse de la ética burguesa y de su ocultación de la realidad.