4/9/09

De la Periferia al Centro. Sujeto Revolucionario y Transformación Social


Carlos Cruz-Diez [Venezuela] Fisiocromía

Felipe Corrêa

“Es el propio pueblo, son los hambrientos, son los desheredados los que tienen que abolir la miseria.”: Ricardo Flores Magón

El contexto de la A.I.T.

El anarquismo, como ideología, y, por tanto, “un conjunto de ideas, motivaciones, aspiraciones, valores, estructura o sistema de conceptos, que poseen una conexión directa con la acción – lo que llamamos práctica política”[1] –, propone la derribada del capitalismo y sus instituciones fundamentales – entre ellas el Estado – rumbo al socialismo libertario. Por tanto, una reflexión sobre el anarquismo, hoy y siempre, debe considerar este su carácter ideológico, de búsqueda por la transformación social.

El propio surgimiento del anarquismo en la obra de Proudhon, y más concretamente en el seno de la Asociación Internacional de los Trabajadores (A.I.T.) – en la actuación de Bakunin y otros militantes de la Alianza de la Democracia Socialista – confirma este carácter.

La estrategia de transformación social propuesta por Bakunin y los aliancistas era doble. Por un lado, estimulaban el fortalecimiento de los movimientos sociales de la época y su aglutinación en torno de la A.I.T., que asociaba libremente a los explotados en torno de una base económica común, independiente de su ideología. La fuerza popular de la A.I.T. se constituía como principal medio de llegar a la revolución social. Por otro lado, trabajaban – por medio de la influencia de la Alianza (primera organización específica anarquista) – para impulsar a los trabajadores de la A.I.T. a la revolución social.

En esta doble actuación, que diferenciaba el nivel político y anarquista de la Alianza del nivel social y no anarquista de de la A.I.T., Bakunin ha definido los roles de cada un de estos niveles:

La Alianza es el complemento necesario de la Internacional. Pero la Internacional y la Alianza, pese a dirigirse hacia el mismo objetivo final, tienen al mismo tiempo objetos distintos. La una tiene por misión reunir las masas obreras, los millones de trabajadores, a través de las diferencias de las naciones y países, a través de las fronteras de todos los Estados, en un único cuerpo inmenso y compacto; la otra, la Alianza, tiene por misión el dar a estas masas una dirección realmente revoluciona¬ria. Los programas de la una y de la otra, sin ser opues¬tos en absoluto, son distintos por el grado mismo de su desarrollo respectivo. El de la Internacional solamente si se torna en serio contiene en germen, pero solamente en germen, todo el programa de la Alianza. El programa de la Alianza es la explicación última del de la Internacional.”[2]

En su propuesta de actuación en niveles diferenciados, Bakunin sostenía que el nivel político y el nivel social complementaban uno al otro. La estrategia de transformación social revolucionaria propuesta por él se basaba en una interacción dialéctica del nivel político con el social. Las fuerzas populares, organizadas desde abajo en la A.I.T. serían las verdaderas fuerzas responsables por la revolución social y capaces de realizarla. Las fuerzas anarquistas, organizadas en la Alianza, y en permanente contacto con la A.I.T., ejercerían la influencia necesaria, de manera antiautoritaria, garantizando sus objetivos revolucionarios. Al organizarse como minoría activa, la Alianza daba fuerza a la propuesta anarquista, buscando consolidarla en el seno de las luchas sociales.

En este contexto de la A.I.T., dos propuestas de transformación social revolucionaria fueron confrontadas. Una de ellas, llamada de “centralista”, defendida por los marxistas, y otra, llamada de “federalista”, defendida por los libertarios, de entre ellos Bakunin y otros miembros de la Alianza.

Entre las divergencias que había, y que fueron evidenciándose a lo largo de la historia, podemos citar dos, que son trabajadas de manera impar en el texto de Rudolf de Jong. Las diferencias en torno del sujeto revolucionario y del camino para la transformación social. Estas dos diferencias separaron, y aún separan, en gran medida, dos propuestas distintas de comprender la estrategia revolucionaria: la anarquista y la marxista.

Rudolf de Jong eligió para trabajar todo el contexto de este análisis del sujeto revolucionario y de la transformación social las relaciones que hay definido como “centro-periferia” que, si por un lado retoman concepciones clásicas del anarquismo, por otro nos traen contribuciones relevantes para el anarquismo social y militante de hoy.

Relaciones centro-periferia

Las relaciones centro-periferia están basadas en una forma libertaria de ver las relaciones presentes en nuestra sociedad. Están fundamentadas en las relaciones de dominio establecidas por los centros en relación a las periferias, comprendiendo que la dominación existe cuando una persona o un grupo de personas se utiliza “de la fuerza social de otros (del dominado), y, consecuentemente, de su tiempo, para realizar sus objetivos (del dominador) – que no son los objetivos del agente subyugado”[3] Así, desde las cuestiones más complejas como el capitalismo y el Estado, hasta las relaciones de poder dentro un movimiento social o mismo de una organización política pueden ser analizadas desde esta perspectiva. La lucha permanente de los anarquistas, que fue constituida clásicamente por el fin de las relaciones de dominio es colocada por Rudolf de Jong como la lucha permanente por el fin de las relaciones centro-periferia.

Este objetivo nortea la teoría y la practica de los anarquistas. Al concebir un modelo teórico de transformación social, la búsqueda por el fin de las relaciones centro-periferia sugiere una reflexión crítica acerca del Estado, del partido, del ejército y de las posiciones de dirección y/o vanguardia. Sugiere, también, una definición del sujeto revolucionario, agente privilegiado de este proceso de transformación social.

El fin de las llamadas relaciones centro-periferia nortea toda la actuación de los anarquistas en su lucha en la búsqueda de la revolución social, hecho esto que ya se viene confirmando por la estrategia de transformación social revolucionaria adoptada pelos anarquistas, desde da A.I.T., aún en el siglo XIX. Es este modelo de lucha, de la periferia al centro que viene haciendo distintos los anarquistas de la gran mayoría de los marxistas, en la búsqueda por esta transformación. Comparando las estrategias marxista y anarquista para la transformación social, podemos decir que “los revolucionarios marxistas, los reformistas sociales y, en general, la mayoría de los militantes de izquierda quieren siempre utilizar el centro como un instrumento – y en la práctica como el instrumento – para la emancipación de la humanidad. Su modelo es siempre un centro: Estado, partido o ejército. Para ellos la revolución significa, en primer lugar, la toma del centro y de su estructura de poder, o la creación de un novo centro, para utilizarlo como un instrumento para la construcción de una nueva sociedad. Los anarquistas no desean tomar el centro; desean su destrucción inmediata. Es su opinión que, después de la revolución, difícilmente habrá lugar para un centro en la nueva sociedad. La lucha contra el centro es su modelo revolucionario y, en su estrategia, los anarquistas intentan evitar la creación de un nuevo centro.”[4]

A partir de esta diferencia entre anarquismo y marxismo, y del modelo de las relaciones centro-periferia colocado por Rudolf de Jong, podemos reflejar sobre dos diferencias fundamentales que vienen separando, desde el siglo XIX, estas dos formas de concebir la transformación social revolucionaria: el entendimiento de quién es el sujeto revolucionario y del camino más adecuado para la transformación social revolucionaria.

El sujeto revolucionario

Una discusión que viene siendo trabada hace tiempos dentro de la corriente socialista revolucionaria, siendo esta entendida de manera amplia, es sobre quién sería el sujeto revolucionario, es decir, aquél sector de la población que tendría la responsabilidad y la capacidad de realizar la revolución. Aún en la A.I.T., se evidenció una diferencia entre la concepción de Marx y la de Bakunin.

Marx, al realizar su análisis de la historia e identificar la contradicción evidenciada en la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, colocaba su expectativa en una parte específica del proletariado: el proletariado industrial y urbano, que existía en abundancia en las regiones más desarrolladas económicamente. Marx creía que, antes de la revolución rumbo al socialismo, que conduciría a la dictadura del proletariado, la sociedad debería pasar por una revolución burguesa, que estableciese el capitalismo de manera plena, desarrollando las fuerzas productivas y creando este proletariado industrial – el sujeto revolucionario que conduciría la sociedad a su emancipación. De esta manera, las fuerzas progresistas de la sociedad serian la burguesía (que transformaría las economías precapitalistas en capitalismo) y el proletariado (que transformaría el capitalismo en socialismo).

Así, a pesar de que el conjunto de clases explotadas es mucho más amplio que este sector del proletariado definido por Marx como sujeto revolucionario, él no creía que otros sectores pudiesen ser investidos de esta función revolucionaria. El lumpemproletariado, los campesinos, trabajadores manuales y las culturas precapitalistas no tendrían, para él, un papel revolucionario; muchas veces, al contrario, serían fuerzas conservadoras.

Bakunin trabajaba con un concepto más amplio y generoso de sujeto revolucionario. Incluía en él, con gran énfasis, a los campesinos, concibiendo que la revolución no podría ser realizada, plenamente, por el proletariado industrial y urbano. La revolución social, que conduciría al socialismo libertario debería contar, necesariamente, con la contribución de los campesinos. Enfatizaba Bakunin que:

“El levantamiento del proletariado de ciudad ya no basta; con él tendríamos sólo una revolución política que tendría necesariamente contra ella a la reacción natural y legítima de la población del campo, y esa reacción, o solamente la indiferencia de los campesinos, ahogaría la revolución de la ciudad, como ha sucedido recientemente en Francia. Sólo la revolución universal es lo bastante fuerte para derrocar y romper el poder organizado del Estado, sostenido por todos los recursos de las clases ricas. Pero la revolución universal es la revolución social, es la revolución simultánea de la población del campo y de la de la ciudad. Es esto lo que hay que organizar, puesto que sin una organización preparatoria los elementos más pode¬rosos son impotentes y nulos.”[5] (énfasis adicionado)

“¿Qué hacer? No pudiendo imponer la revolución en los campos, es preciso producirla, provocando el movimiento revolucionario de los propios campesinos, los llevando a destruir, con sus manos, el orden publico, todas las instituciones políticas y civiles y a construir, a organizar en los campos la anarquía.”[6]

Al discutir la revolución social en Europa y dar preferencia a los países “periféricos” como España, Rusia e Italia, Bakunin se diferenciaba de Marx dando, además de esta atención al potencial revolucionario de los campesinos, énfasis al “lumpemproletariado” en sus reflexiones sobre la revolución en Italia.

“No existe en Italia, como sucede en la mayor parte de los países de Europa, un estrato especial de obreros, privilegiados en un cierto grado gracias a un salario elevado, ostentando incluso su educación literaria e impregnados, en tal grado, de principios, tendencias y vanidades burguesas que el elemento obrero perteneciente a ese grupo no se distingue de la clase burguesa más que por su posición, pero de ningún modo por su tendencia. Esa clase de trabajadores se encuentra sobre todo en Alemania y Suiza; en Italia, al contrario, es insignificante y se pierde en la gran masa sin dejar el menor rastro o influencia. En Italia predomina el proletariado extremadamente pobre, ese Lumpenproletariat de que los señores Marx y Engels y en consecuencia toda la escuela socialdemócrata de Alemania, hablan con un desprecio profundo; pero muy injustamente, porque en él, y en él solamente, y ciertamente no en el estrato burgués de la masa obrera de que acabamos de hablar, es donde está cristalizada toda la inteligencia y toda la fuerza de la futura revolución social.” [7] (énfasis adicionado)

Rudolf de Jong, al describir las relaciones centro-periferia retoma estos conceptos del anarquismo clásico que fueron expresados por Bakunin y los sobrepasa, proponiendo una serie de relaciones que constituyen toda importante base para la concepción del sujeto revolucionario de hoy. Estas relaciones de dominación – que constituyen las relaciones centro-periferia y que, por lo tanto, nos hacen entender en conjunto de clases explotadas – identifican como explotados los miembros de las culturas y sociedades completamente distantes del centro y también de aquellas que, en contacto con el centro buscan mantener su identidad (fundamentalmente los indígenas). Identifican, aún, explotados como pequeños productores, trabajadores especializados, campesinos, “lumpemproletariado”, desocupados, trabajadores precarios y asalariados, pobres etc., aún sabiendo que varias de estas categorías se sobreponen. Así, para él, todas las victimas de las relaciones centro-periferia constituirían el sujeto revolucionario de hoy.

La transformación social revolucionaria

El modelo de transformación social revolucionaria propuesto por el anarquismo también diverge ampliamente de los modelos derivados del marxismo, sean ellos reformistas o revolucionarios. Desde la A.I.T., la cuestión entre los medios y los fines permanece igual. Esto porque, entre marxistas y anarquistas, generalmente hubo cierto acuerdo en relación a la crítica del capitalismo y una aproximación en la propuesta de la sociedad futura. La divergencia siempre se dio, y aún se da, en relación a los medios de llegar al fin deseado. Entre otras cosas, los anarquistas nunca concordaron con el papel del Estado y del socialismo como “periodo intermediario” (de dictadura del proletariado) reivindicado por los marxistas.

Para la gran mayoría de los marxistas, la revolución pasa, necesariamente, por la toma del Estado y por lo establecimiento de un período de centralización y dictadura, hecho que nunca fue aceptado por los anarquistas. Bakunin, en un pronóstico más que certero, preveía, aún en el siglo XIX lo que serían las experiencias “socialistas” del siglo XX. Preveía el que este modelo de transformación social – que Rudolf de Jong llamaría de transformación del centro a la periferia – no conduce a la emancipación del pueblo, sino a la continuidad de su esclavitud. Esto porque no hay cómo defender los intereses de la periferia – en este caso, el pueblo explotado – por medio de una institución del centro – el Estado.

Bakunin conseguiría antever que, ni bien el Estado fuera tomado, aunque bajo la justificativa de la defensa de los intereses del pueblo, sería creada una nueva clase de explotadores que continuaría la dominación, en vez de acabar con ella. Esta “nueva clase”, aún según Bakunin, nunca más abandonaría las posiciones de privilegio adquiridas. El socialismo como periodo intermediario, o la “dictadura del proletariado”, nunca llegaría a la sociedad sin Estado. La nueva clase en el comando del Estado pasaría a defender no más los intereses del pueblo, sino sus propios intereses.

Todo esto porque el problema no está en quién ocupa el Estado, sino en el propio Estado. Sabemos que no es suficiente sustituir al rey si la monarquía continúa, y lo mismo vale para el Estado. La cuestión no es cuestionar quién está en el Estado, sino el propio Estado, pues como él es un pilar fundamental del capitalismo, no es neutro, reproduce y sustenta relaciones de dominación y explotación en su seno. Asi,

“(…) ningún Estado, por democráticas que sean sus formas, incluso la república política más roja, popular sólo en el sentido mentiroso conocido con el nombre de representación del pueblo, no tendrá fuerza para dar al pueblo lo que desea, es decir la organización libre de sus propios intereses de abajo a arriba, sin ninguna injerencia, tutela o violencia de arriba, porque todo Estado, aunque sea el más republicano y el más democrático, incluso el Estado pseudopopular, inventado por el señor Marx, no representa, en su esencia, nada más que el gobierno de las masas de arriba a abajo por intermedio de la minoría intelectual, es decir de la más privilegiada, de quien se pretende que comprende y percibe mejor los intereses reales del pueblo que el pueblo mismo.”[8]

La coherencia entre medios y fines, fuertemente defendida en el anarquismo, apunta a ser una inmensa contradicción querer defender el conjunto de clases explotadas, que es un elemento periférico de la sociedad, por medio de una institución que es un pilar fundamental del sistema capitalista y de la sociedad de clases, o sea, una institución central.

Diferentemente, la lucha anarquista por la transformación social revolucionaria no pasa por la toma del Estado, sino por la movilización de amplios sectores de la población para, de abajo hacia arriba, promover la revolución social y abrir camino rumbo al socialismo libertario. La revolución social, en la concepción anarquista, promueve una inmediata substitución del Estado por las estructuras autogestionadas y federadas del socialismo libertario, momento en que el poder político es descentralizado y autogestionado por el pueblo. A nuestro ver, el camino para operar esta transformación social se da por medio de la creación y el desarrollo de movimientos sociales, juntamente con la organización específica anarquista, desarrollando sus actividades de trabajo/inserción social, producción/reproducción de teoría, propaganda anarquista, formación política, concepción y aplicación de estrategia, relaciones políticas y sociales, gestión de recursos.

Los movimientos sociales, al poseer determinadas características (fuerza, clasismo, autonomía, combatividad, acción directa, democracia directa y perspectiva revolucionaria), tendrán condiciones de aliarse en la lucha por la transformación social revolucionaria, constituyendo una forma de organización popular amplia, que agregue el mayor número de movimientos sociales radicalizados, negando la centralización y la jerarquía, y afirmando el federalismo y la horizontalidad. El rol de la organización específica anarquista es, lado a lado con los movimientos sociales – o con la propia organización popular – influenciarles cuanto sea posible, para que estas características estén presentes, funcionando como el fermento de este bollo, que se acalora con el calor de la lucha de clases.

Este modelo de anarquismo fui desarrollado, entre otros, por Malatesta, que sugiere una transformación social revolucionaria en este sentido, de la periferia al centro. Veamos un resumen de este modelo de transformación.

“Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro camino que oponer la fuerza a la fuerza. Resulta de cuanto hemos dicho que debemos trabajar para despertar en los oprimidos el deseo vivo de una radical transformación social y persuadirlos de que uniéndose tienen la fuerza necesaria para vencer; debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales necesarias para vencer a las fuerzas enemigas y organizar la nueva sociedad. Y cuando tengamos la fuerza suficiente, debemos, aprovechando las circunstancias favorables que se produzcan o creándolas nosotros mismos, hacer la revolución social abatiendo con la fuerza al gobierno, expropiando con la fuerza a los propietarios, poniendo en común los medios de vida y de producción e impidiendo que nuevos gobiernos vengan a imponer su voluntad y a obstaculizar la reorganización social realizada directamente por los trabajadores. (…) Debemos tratar que el pueblo, en su totalidad o en sus diversas fracciones, pretenda, imponga, tome por sí mismo todas las mejoras, todas las libertades que desee, a medida que llega a desearlas y tiene la fuerza necesaria para imponerlas; y propagandeando siempre todo nuestro programa y luchando siempre por su realización integral, debemos impulsar al pueblo a pretender e imponer cada vez más, hasta que llegue a la emancipación completa. (…) La propaganda por sí sola, hablada o escrita, es impotente para conquistar a toda la gran masa popular y convertirla a nuestras ideas. Se requiere una educación práctica, que sea alternativamente causa y efecto de una gradual transformación del ambiente. (…) Siempre predicando contra toda clase de gobierno, siempre reclamando la libertad integral, debemos favorecer todas las luchas por las libertades parciales, convencidos de que en la lucha se aprende a luchar, y que comenzando a gustar de un poco de libertad se termina queriéndola toda. Debemos estar siempre con el pueblo, y aunque no logremos hacerle pretender mucho, tratar de que por lo menos comience a pretender algo, y debemos esforzarnos para que aprenda, sea poco o mucho lo que quiera, a quererlo conquistar por sí mismo, y sienta odio y desprecio contra quienes están en el gobierno o quieren llegar a ocuparlo. (…) Debemos tratar de disminuírselo y de obligarlo a que lo utilice de la forma menos dañina posible. Pero esto debemos hacerlo estando siempre fuera del gobierno y contra él, presionándolo mediante la agitación en las calles, amenazando con tomar por la fuerza lo que se reclama. Nunca debemos aceptar ninguna clase de función legislativa, sea general o local, porque si lo hiciéramos disminuiríamos la eficacia de nuestra acción y traicionaríamos el porvenir de nuestra causa.”[9]

Esta reflexión sobre la transformación social revolucionaria evidencia, aún, otra calidad del texto de Rudolf de Jong. El también sobrepasa la cuestión del debate en torno del Estado. Es un hecho que los anarquistas ya discutieron abundantemente sus diferencias con los marxistas en torno del Estado. Sin embargo, las reflexiones, para partir de esta lógica de las relaciones centro-periferia nos dan base para discutir otras cuestiones.

Primeramente dos que son citadas por el autor: el partido y el ejército.

Rudolf de Jong expone, también de manera impar, otra diferencia entre las escuelas del socialismo, que está en torno de la idea de partido o de organización política revolucionaria. La concepción de partido leninista, adoptada por prácticamente la totalidad de organizaciones marxistas durante y después la Revolución Rusa, también evidencian esta concepción de transformación por el centro. Lenin, al desarrollar su teoría de partido, destorció la propuesta bakuninista de separación de los niveles político y social. Bakunin entendía esta separación de la organización anarquista y de los movimientos sociales necesaria, pero complementaria y dialéctica, en la cual había influencias mutuas de lo político para lo social y viceversa. Lenin, al pensar esta separación, colocó el nivel político, representado por el partido, encima del nivel social, representado por los “movimientos de masa”, considerando los últimos apenas una correa de transmisión del primero. Esta relación, a partir del modelo leninista, no se constituía más en una relación mutua, como deseaba Bakunin, sino en una relación de mano única, del partido para los movimientos.

La grande diferencia entre los anarquista y los marxistas (principalmente los leninistas) que defienden esta separación entre los niveles político y social, es que los marxistas consideran que el nivel político tiene jerarquía y dominio en relación al nivel social, lo que se confirma cuando analizamos su concepción de partido como “vanguardia del proletariado”. El partido, a partir del momento en que se coloca en la cumbre de la pirámide, cuya base son los movimientos sociales, no puede ser otra cosa sino un centro. Cuando el partido, constituido en vanguardia, se coloca encima o adelante de los movimientos sociales, tiende a buscar una transformación social que, aunque sea revolucionaria, viene de arriba para abajo, del centro a la periferia.

La propuesta anarquista que defiende esta separación de los niveles político y social es radicalmente diferente. La concepción de minoría activa, que sustenta una relación ética entre los niveles político y social, está en pleno acuerdo con la creación y el desarrollo de movimientos sociales por la base, de la construcción de la organización popular y de la transformación revolucionaria que es hecha de la periferia al centro.

“Es por medio de la ética, y solamente por medio de ella, que la organización anarquista no actúa como un partido autoritario (mismo que revolucionario). La ética del anarquismo, diferente de todas las otras ideologías, sustenta una posición única de relación entre los niveles político y social. Por este motivo, la ética es absolutamente central a cualquier organización anarquista que desee realizar trabajo con los movimientos sociales. Diferentemente de la organización de vanguardia, el nivel político organizado como minoría activa, que actúa con ética, no tiene relación de jerarquía y ni de dominio en relación al nivel social. Para nosotros, como enfatizamos, los niveles político y social son complementares y poseen una relación dialéctica. En este caso, el nivel político complemente el nivel social, así como el nivel social complementa el político.

Al contrario de lo que proponen los autoritarios, la ética de la horizontalidad que funciona dentro de la organización específica anarquista se reproduce en su relación con los movimientos sociales. Cuando en contacto con el nivel social, la organización específica anarquista actúa con ética y no busca posiciones de privilegio, no impone su voluntad, no domina, no engaña, no aliena, no se juzga superior, no lucha por los movimientos sociales o a la frente de ellos. Lucha con los movimientos sociales, no avanzando ni un paso siquiera allende lo que ello pretenden dar.

Entendemos que a partir de esta perspectiva ética de nivel político, no existe fuego que no sea encendido colectivamente; no hay como ir a la frente, iluminando el camino del pueblo, mientras el propio pueblo viene atrás en el obscurecimiento. El objetivo de la minoría activa es, con ética, estimular, estar junto hombro a hombro, prestar solidariedad cuando ella es necesaria y solicitada. Por esto, diferentemente de la vanguardia, la minoría activa es legítima.”[10]

Rudolf de Jong también realiza interesantes reflexiones sobre las diferencias entre marxistas y anarquistas, en la discusión de la lucha armada. Desde siempre, las dos concepciones fueron diferentes. Podemos considerar, aún en el seno de la Revolución Rusa, las diferencias entre el Ejército Rojo, que funcionaba con disciplina y jerarquía militares obligando a sus soldados a luchar[11], y el ejército insurreccional makhnovista, o mismo la lucha armada en la España de 1936, en que los combatientes eran voluntarios y las posiciones de disciplina y jerarquía radicalmente diferentes.

Las propias posiciones más recientes sobre la guerrilla, de los cuales se han insurreccionado contra los regímenes dictatoriales en América Latina, es emblemática. De un lado, descendientes directos del marxismo proponían el foquismo guevarista como estrategia de lucha armada. Organizaciones en Brasil, Argentina, Uruguay etc. optaron por esta estrategia que, si por un lado sostenía una acción de impacto en el combate a la dictadura, por otro pecaba en el apoyo popular y en la inserción social en las capas de la población que se proponían a defender. Si por un lado constituía un foco de resistencia relevante en la lucha contra el régimen militar, por otro se despegaba como una vanguardia que quería luchar, no con el pueblo, sino por el pueblo. Así, el foquismo, en la perspectiva de Rudolf de Jong, podría ser pensado como una tentativa de transformación del centro a la periferia.

Diferentemente, la Federación Anarquista Uruguaya (F.A.U.), que ha adherido a la lucha armada contra la dictadura en Uruguay, realizó una reflexión que buscaba pensar la lucha armada de manera distinta del foquismo, bastante en boga en aquél momento. En un documento llamado El Copey, la F.A.U. insiste en una concepción de lucha armada en acuerdo con los principios anarquistas, concibiendo la transformación de la periferia al centro, es decir, con participación significativa de los movimientos sociales – llamados “movimientos de masas” por los uruguayos – y colocando la lucha armada como más un esfuerzo revolucionario y no como el principal y único esfuerzo a partir del cual se desencadenarían otros. En su reflexión, la F.A.U. colocó:

“La lucha armada como la concebimos, como aspecto fundamental de la práctica política de un partido clandestino que actúa también, en base a una estrategia armónica y global, a nivel de masas. (…) Todo parece indicar que la función de ésta no es buscar la victoria, en un enfrentamiento mano a mano con el ejército. (…) En definitiva la guerrilla urbana, si de revolución social se trata, parece tener como función idónea de preparar el salto, el tránsito cualitativo a otra forma de lucha a través de la cual si se puede lograr la victoria decisiva en el marco de la guerra en ámbito urbano, es la insurrección. La guerrilla urbana, creemos por lo tanto, sólo se legitima como preámbulo y preparación necesaria e imprescindible de la insurrección. Proceso insurreccional que, por supuesto, puede revestir formas diversas, pero que implica siempre una participación de sectores de masas de cierto volumen. (…) No es necesario esperar que la mitad más uno de los habitantes de una ciudad decidan levantarse en armas para hacer una insurrección. (…) Por lo tanto, cuando nos referimos a la necesaria participación de masas en un levantamiento insurreccional, aludimos a una serie de acciones de masas de distinto nivel en el sobreentendido de que participe el sector más dinámico de las masas.”[12]

Así, a pesar de que la lucha armada pueda ser utilizada por la organización política, ella no se constituye como su única actividad y, ni mucho menos, substituye la necesidad de esta organización y de su trabajo en el nivel social.

Una segunda reflexión, que no es colocada directamente por Rudolf de Jong, pero que puede ser hecha a partir de su texto, es sobre la interacción entre las organizaciones anarquistas y los movimientos sociales. Esta reflexión de la transformación por la periferia nos hace creer que, al establecer este contacto con los movimientos sociales, los anarquistas deben, primeramente, buscar movimientos sociales que signifiquen la periferia del sistema en que vivimos, y, después, dentro de estos movimientos, buscar contacto con las “áreas periféricas”, es decir, la base y no la dirección.

Para el trabajo social, los anarquistas deben elegir los movimientos sociales más dispuestos a radicalizar, y defender posiciones prácticas semejantes a las suyas. Esto es más fácil, generalmente, en los movimientos sociales en que la lucha de clases es más evidente; movimientos que aún son poco institucionalizados, jerárquicos, etc. Este razonamiento es fundamental para saber dónde las semillas del anarquismo deben ser plantadas y, dentro de cada contexto, cuáles son las movilizaciones populares que deben recibir la atención de los anarquistas.

El caso del sindicalismo es un ejemplo que debe ser analizado con bastante atención. El nivel de jerarquización y burocratización en que se encuentran muchos sindicatos, muchas veces, puede hacer que ellos sean terrenos muy complicados de actuar – utilizando mucha energía de los anarquistas y ofreciendo pocas posibilidades. Sin embargo, esto no puede ser generalizado. Hay sectores sindicales aún bastante autónomos, combativos y con posibilidad de trabajo a favor del conjunto de las clases explotadas. La cuestión es siempre verificar si el sindicato, o incluso el movimiento social, es o no un espacio con estas posibilidades. Si lo es, merece esfuerzo.

Esta reflexión sobre el terreno más adecuado para plantar nuestras semillas siempre debe ser hecha. La experiencia viene mostrando que es en los sectores más periféricos donde las personas poseen más afinidad con el anarquismo – los sectores en que las personas tienen muy poco o nada que perder.

Cuando en contacto con los movimientos sociales – y sabemos que muchos de ellos están jerarquizados y dominados por una dirección descolada de la base – los anarquistas siempre deben aproximarse de la base y no de la dirección. Fruto de otra serie de experiencias prácticas, esta actuación de la periferia para el centro dentro de los movimientos sociales indica que los esfuerzos de las organizaciones anarquistas deben darse siempre de abajo hacia arriba, buscando construir relaciones con los militantes de la base y, por medio de tendencias u otros agrupamientos o entidades, hacer que la dirección tenga que oír a la amplia mayoría de la base, que puede exigir mayor participación, democracia directa etc. Asumir posiciones de dirección dentro de los movimientos sociales puede y debe ser objeto de gran preocupación entre los anarquistas, pues, cuando esto ocurre, se puede, aún que sin querer, estar insistiendo en una transformación del centro a la periferia, con consecuencias funestas para la lucha.

Pensando las relaciones centro-periferia hoy

Finalmente, podemos afirmar que el anarquismo, como propuesta ideológica de transformación social revolucionaria, tuvo, y aún tiene, mucho que ofrecer al campo del socialismo. Esta reflexión sobre la transformación pasa, inevitablemente, por una discusión acerca de la lucha de clases y de sus actores en la sociedad de hoy.

Nítidamente, la contradicción clásica entre burguesía y proletariado no da cuenta de las relaciones de dominación hoy. Al reflejar sobre la cuestión de clase en Brasil, podemos relacionar la clasificación centro-periferia de Rudolf de Jong con una serie de experiencias que apuntarían para “nuevos” y potenciales sujetos revolucionarios. Los sin-tierra, sin-techo, desocupados, selectores de material reciclable, indígenas, campesinos, pequeños productores, etc., fueron (y algunas veces aún son) clasificados como “lumpemproletariado”, habiendo negado su potencial revolucionario. Mientras, es un hecho que estos sujetos despuntan como actores importantes y fundamentales en los movimientos sociales y en las luchas de nuestro tiempo. Juntamente con trabajadores y estudiantes, pueden constituir hoy esta importante alianza de clase en torno del proyecto revolucionario.

Para este proyecto, el conjunto de clases explotadas tiene condiciones de operar, a partir de los movimientos sociales, transformaciones sociales significativas. El modelo anarquista de transformación social revolucionaria posee aspectos bastante relevantes que pueden ayudar a concebir esta transformación.

1. Trabajar las transformaciones sociales fuera del Estado, que no debe ser utilizado como un medio, ni como proponen los reformistas, ni como proponen los revolucionarios.
2. Reforzar la idea anarquista de defender la ideología dentro de los movimientos sociales y no al contrario, cuando los movimientos funcionan como correa de transmisión de un partido o una ideología determinada.
3. Sostener una interacción complementaria y dialéctica entre la organización anarquista y los movimientos sociales (niveles político y social), en que hay desarrollo mutuo y no hay jerarquía y dominación.
4. Reconocer que el enfrentamiento es inevitable para la transformación revolucionaria, reflejando, de manera estratégica y táctica, cómo y cuándo la violencia debe ser utilizada, aunque sea siempre como respuesta y, por tanto, como forma de autodefensa.
5. Concebir formas de actuación que den espacio para el envolvimiento de las bases, luchando con el pueblo y no por él o a delante de él.
6. Elegir los mejores espacios para actuar, buscando movimientos que agrupen militantes que sufren de manera más dura los efectos del capitalismo y que pueden ser grandes aliados en la lucha de clases.
7. Buscar las bases de los movimientos sociales, construyendo un proyecto de organización popular que va de abajo hacia arriba, o de la periferia al centro, buscando la transformación social revolucionaria.
Noviembre de 2008

Notas
1. FARJ. Anarquismo Social e Organização.
2. Mikhail Bakunin. La Liberdad.
3. Fabio López López. Poder e Domínio: uma visão anarquista.
4. Rudolf de Jong. A Concepção Libertária da Transformação Social Revolucionária.
5. Mikhail Bakunin. Op. Cit.
6. Idem. “Os Camponeses”. In: Conceito de Liberdade.
7. Idem. Estatismo y Anarquía.
8. Ibidem.
9. Errico Malatesta. “Programa Anarquista”.
10. FARJ. Op. Cit.
11. Se sabe que en el Ejército Rojo los desertores eran muertos y que, cuando eso no funcionaba más, los bolcheviques amenazaban de muerte las familias de los combatientes, en caso de deserción.
12. FAU. El Copey. La utilización de la palabra “partido” acá es hecha de la misma manera que la utilizó Malatesta, que por partido se refería a la organización específica anarquista.