28/8/09

El legado aterrador



Carlos Varea, Paloma Valverde y Ester Sanz, editores

Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, enero de 2009


“A lo largo de estos años de ocupación del país, pese a la inicial oposición mundial a la guerra, la comunidad internacional ha mirado hacia otro lado mientras Irak era demolido desde sus cimientos, mientras su estructura social se desintegraba fruto de la violencia y del sectarismo que la ocupación y la guerra han provocado. La ocupación de Irak ha generado la mayor y más rápida crisis mundial de refugiados de las últimas décadas (en torno a cinco millones de refugiados y desplazados internos) y la violencia se ha cobrado más de un millón de víctimas. Ante estas cifras aterradoras, el expolio del patrimonio cultural de Irak —que lo es de toda la Humanidad— o la sistemática destrucción de sus bibliotecas pueden servir como epítomes de la voluntad de destruir también la memoria colectiva de este pueblo, construida, pese a los avatares políticos internos y regionales de las décadas anteriores, sobre la integración ciudadana y la secularización de sus habitantes.”


Al éxodo masivo y al cómputo inacabable de pérdidas humanas, al desmantelamiento de las instituciones,  a la destrucción material del país y de los medios de subsistencia de su población, se une la anulación de una memoria colectiva integradora. En la imagen, médicos Irakuíes se concentran ante su centro en protesta por el deterioro de la sanidad pública en el país.

En su discurso de la madrugada del día 5 de noviembre de 2008, pronunciado en Chicago inmediatamente después de la confirmación de su triunfo electoral, el candidato demócrata Barack Obama recordaba que soldados estadounidenses “se despiertan en los desiertos de Irak”. El ya electo presidente de EEUU confirmaba así que desconoce la geografía natural y humana del país que su predecesor invadió en 2003.

Sin embargo, esta imagen orientalista constituye hoy una acertada aproximación a la realidad de Irak, tras todo lo acontecido en estos casi seis años de ocupación. Al éxodo masivo y al cómputo inacabable de pérdidas humanas, al desmantelamiento de las instituciones, y por ende del aparato del Estado, a la destrucción material del país y de los medios de subsistencia de su población, se une la anulación de una memoria colectiva integradora, el deshilachado de la tupida trama social Irakuí. De ello trata este libro, de la destrucción premeditada de un país y de su sociedad o, si se prefiere, de la alteración radical y violenta de todos y cada uno de sus referentes internos, hoy marcados por el sectarismo y la regresión en todos los campos: Irak ya no es reconocible.

La idea de esta obra colectiva surge a raíz del Encuentro “Soberanía, cultura y ciudadanía: Resistir a la ocupación y el sectarismo”, celebrado en 2007 en la Escuela Julián Besteiro de Madrid, y organizado por la Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Irak (CEOSI) en colaboración con la Universidad Autónoma de Madrid y con el apoyo de la asociación BibliotecAlternativa. Al libro contribuyen participantes en aquella actividad y otros que no tuvieron oportunidad de hacerlo. Teresa Aranguren abre el libro con la reflexión de la profesional que ha cubierto los principales conflictos internacionales de las últimas décadas y sabe apreciar qué desvela y qué oculta el recorrido de una cámara. El texto de Pedro Martínez Montávez, con su reflexión sobre la identidad árabe e islámica, inserta Irak en el contexto más amplio de Oriente Próximo, lo que permite una más acertada comprensión del conflicto y de la importancia geoestratégica de Irak. El análisis de la sociedad Irakuí recorre los textos de Santiago Alba, Carlos Varea y Bahira Abdulatif, quienes aportan una información decisiva e inédita sobre las estructuras sociales previas a la ocupación y las consecuencias de la guerra sobre la población; consecuencias que también muestran con crudeza en sus textos Fernando Báez y Joaquín María Córdoba Zoilo, quienes abordan el saqueo y la irreparable destrucción del patrimonio cultural de Irak —de sus bibliotecas y museos, de sus yacimientos arqueológicos y monumentos, etc.—, que son la memoria de este pueblo y herencia común de la Humanidad. En el prólogo, Rosa Regàs recuerda una vez más que no hay justificación posible para lo que está ocurriendo en Irak; y en el epílogo, Hana al-Bayati, una joven directora de cine Irakuí, nacida en el exilio, retoma la aspiración de anteriores generaciones de Irakuíes: poder vivir en un país soberano y democrático como hombres y mujeres libres e iguales.

La ficticia ‘pacificación’ de Irak

Irak ha dejado de existir casi por completo en la información diaria. En estos años, el contrapunto informativo que provenía de una sociedad otrora articulada y muy dinámica, ha desaparecido como consecuencia de la destrucción del tejido asociativo y profesional Irakuí. El resultado de ello es que la información sobre Irak oculta —más que desvela—  la terrible realidad de su población e ignora sus aspiraciones comunes.

A lo largo de estos años de ocupación del país, pese a la inicial oposición mundial a la guerra, la comunidad internacional ha mirado hacia otro lado mientras Irak era demolido desde sus cimientos, mientras su estructura social se desintegraba fruto de la violencia y del sectarismo que la ocupación y la guerra han provocado. La ocupación de Irak ha generado la mayor y más rápida crisis mundial de refugiados de las últimas décadas (en torno a cinco millones de refugiados y desplazados internos) y la violencia se ha cobrado más de un millón de víctimas. Ante estas cifras aterradoras, el expolio del patrimonio cultural de Irak —que lo es de toda la Humanidad— o la sistemática destrucción de sus bibliotecas pueden servir como epítomes de la voluntad de destruir también la memoria colectiva de este pueblo, construida, pese a los avatares políticos internos y regionales de las décadas anteriores, sobre la integración ciudadana y la secularización de sus habitantes.

La ficticia y momentánea pacificación de Irak se cimenta en la aniquilación absoluta del enemigo, es decir, en la destrucción completa de una sociedad y en la anulación de su memoria, como fue el caso de la España republicana tras el fin de la contienda civil en 1939 y las largas décadas de dictadura. Ignorando este hecho, hoy se afirma neciamente que la violencia en Irak ha disminuido y que el país se encamina hacia una estabilización interna que permitirá la retirada de las tropas de ocupación, más de 150.000 efectivos, según cifras oficiales. Sin embargo, la desestructuración provocada en Irak desde la invasión de 2003 es de tal magnitud que el debate sobre la retirada de las tropas de ocupación esta viciado, no porque no sea el primer paso ineludible para la recuperación de Irak, sino porque, tras la salida del último soldado extranjero del país, será preciso desmantelar el sistema derivado de la invasión en su conjunto, un sistema —como lo define Santiago Alba en su contribución a este libro— de “violentas minorías organizadas”, que seguirá sirviendo a intereses concretos y alimentando lógicas contrarias a las aspiraciones de los Irakuíes.

Hoy Irak es muerte y exilio, olvido y desolación absoluta: nada permite un atisbo de esperanza, salvo mantener la confianza en sus hombre y mujeres. Reconstruir Irak significa hoy reinventar Irak, permitiendo que se reencuentre con su propia Historia y con la historia de sus gentes y, para ello, lo primero es mantener y recuperar la memoria de lo acontecido en estos pocos años transcurridos, recuperar el recuerdo de lo que era este país y de lo que podría haber sido, de cómo eran sus habitantes y cuáles eran sus expectativas. A ese reto esencial, ingente, han querido contribuir quienes han participado en este libro, todos ellos, todas ellas, heridos por el destino infausto de Irak.