4/7/09

Para entender el golpe en Honduras


José Antonio Velásquez Montaño [Honduras] Calle de mi pueblo

Elaine Tavare


De repente, un pequeño país de América Central, de cuya capital pocos consiguen pronunciar el nombre, Tegucigalpa, se transformó en noticia mundial. Una vieja y conocida historia allí se repetía, cuando nadie más creía que eso pudiese ser posible. Un golpe de estado contra un presidente que no es ningún revolucionario de izquierda, por el contrario, es un bien comportado político del partido liberal.

El motivo del golpe es pueril: la decisión del presidente de hacer una consulta popular sobre la posibilidad de una Constituyente. En Honduras, oír al pueblo es considerado un acto de lesa patria. No podría ser más anacrónico en estos tiempos de participación protagónica de las gentes.

La historia

Honduras es un pequeño país de América Central cuya historia es muy peculiar. Primero, porque fue la cuna de una de las más increíbles civilizaciones de esta parte del mundo: los mayas. Y segundo, porque durante las guerras de independencia que se encargaron de la América española, fue allí que se creó la República Federal de las Provincias Unidas de América Central, un ensayo de la patria grande, tan soñada por Bolívar. Los mayas fueron diezmados y la propuesta de federación no resistió a los sueños de grandeza de algunos y, en 1838, la región de América Central también se balcanizó. Honduras se transformó en un estado independiente y acabó entrando en el diapasón de las demás repúblicas de la región: dominada por caudillos y fiel sirviente de las grandes potencias de la época, tales como Inglaterra, Alemania y la naciente nación de Estados Unidos.

Las relaciones peligrosas

Como era común en aquellos días, la élite gobernante se discutía calurosamente entre liberales y conservadores. Con el fin de la idea de federación y la muerte del liberal Francisco Morazán, considerado el mártir de Tegucigalpa, que murió en 1842 aún luchando por la unificación de América Central, los conservadores asumieron el comando y el país se tornó prisionero de la deuda externa, según cuenta el historiador James Cockroft, en el libro América Latina y Estados Unidos. Los liberales sólo volvieron al poder al final del siglo XIX, pero ya totalmente catequizados para vivir de manera dependiente de los países centrales. Al inicio del siglo XX llegaron las bananeras estadounidenses y con ellas el proceso de súper-exploración. La United Fruit Company, la Standart Fruit y la Zemurray’s Cuyamel Fruit pasaron a comandar los destinos de las gentes. Y cuanto estas intentaron rebelarse, fue la marina estadounidense quien desembarcó en el país para aplastar las movilizaciones.

Honduras se transformó, desde entonces, en un país ocupado. Los campesinos trabajaban en las peores condiciones y las bananeras dictaban las leyes, financiando los dos partidos políticos locales.

En los años 30, cuando una gran depresión agitó el país, el gobernante de guardia, General Carías, sometió al país, con la ayuda de la armada estadounidense, a 16 años de ley marcial. Y, como es común, cuando se puso obsoleto, fue retirado del poder por un golpe.

En 1950, después de la segunda guerra, las bananeras exigieron mudanzas y el Banco Mundial fue llamado para promover la “modernización” de Honduras. Gigantescas huelgas de trabajadores –como la de los plantadores de banana que paró el país por 69 días- y de estudiantes fueron aplastadas en nombre del desarrollo. Y todo lo que ellos querían era el derecho de tener un sindicato. Había elecciones pero, en verdad, con una élite claudicante eran los militares que daban las cartas y fueron ellos, asustados con los avances de los trabajadores, que firmaron un acuerdo con los Estados Unidos para que este país pudiese tener bases militares en el territorio hondureño.

El miedo de más revueltas populares hizo con que el gobierno realizase una especie de reforma agraria en los años 60 y 70 que acabó frenando las movilizaciones en el campo, aunque el beneficio no había llegado a un décimo de los campesinos. A lo largo de los años 70 los escándalos vinculando generales en el gobierno y las bananeras se sucedieron, causando más movilización en las ciudades y en los campos, donde los trabajadores ya se organizaban de modo más sistemático. Pero, los años 80 traerán una nueva ocupación estadounidense que acabó subordinando la vida de las gentes otra vez.

Los sandinistas y los EEUU

Los años 80 son tiempos de guerra fría. Los Estados Unidos insisten en la lucha contra Cuba y también contra Nicaragua que busca su autonomía a través de la revolución sandinista. Y así, con el mismo viejo discurso de combatir al comunismo, Jimmy Carter manda a Honduras sus “boinas verdes”, para ayudar en la defensa de las fronteras, una vez que el país tiene límites con Nicaragua. Además, EEUU muerde más de tres millones de dólares por la venta de armas de alquiler de helicópteros. La verdad, lucran y todavía usan el ejército hondureño para realizar numerosas matanzas de refugiados salvadoreños y nicaragüenses. Es allí, en Honduras, que, con el apoyo de la CIA, se lleva a cabo el entrenamiento de los contras que, durante años, asolaron a la revolución sandinista y al propio gobierno revolucionario. Era el tiempo en que un batallón especial liderado por un general hondureño anticomunista, promueve masacres contra líderes de la izquierda de toda la región. Y así, durante toda la década, a pesar de los escándalos políticos y cambios de mando, la “ayuda” estadounidense a los generales de guardia siempre se mantuvo impávida con millones de dólares siendo invertidos en los campamentos de los contras, que sumaban más de 15 mil soldados.

En los años 90, la situación en Honduras era tan crítica que hasta la conservadora iglesia católica pasó a apoyar a los militantes de derechos humanos que denunciaban que el país estaba al borde de una guerra. La derrota de los sandinistas en Nicaragua refrenó los ánimos, pero aún así, siguieron las denuncias de asesinatos y violaciones. Al fin de la década, los gobiernos neoliberales ya habían destruido las cooperativas de trabajadores y devuelto tierras a las compañías estadounidenses. Nada cambiaba en el país.

Zelaya

Manuel Zelaya fue electo presidente en 2005, por el Partido Liberal, pero estuvo en cargos importantes durante los últimos años. Era, por lo tanto, un hombre del sistema. Sus problemas con Estados Unidos comenzaron en 2006 cuando decidió reducir el costo del petróleo, pasando a discutir con Hugo Chávez, de Venezuela, la posibilidad de negocios conjuntos, lo que acabó culminando, en enero del 2008, con la entrada de Honduras en la órbita de la Petrocaribe, un acuerdo de cooperación energética que busca resolver las asimetrías en el acceso a los recursos energéticos. Este acuerdo incluyó a Honduras en la lógica de la ALBA, la Alianza Bolivariana para las Américas, proyecto de Chávez en contraposición a la ALCA, que intentaba imponerse desde los Estados Unidos. La propuesta de Chávez fue la de venderle el petróleo a Honduras, con un pago de apenas el 50%, siendo que la otra mitad será paga en 25 años, con un interés chiquito, permitiendo así que Honduras invirtiese en áreas sociales. El plan, a pesar de ser bueno para el país, fue duramente criticado por la clase política. Y Estados Unidos perdieron un socio del TLC (los desgraciados acuerdos de libre comercio), lo que provocó un tremendo mal estar en Washington.

Así, cuando el presidente Zelaya decidió hacer un plebiscito, consultando a la población sobre la posibilidad de una Asamblea Nacional Constituyente, y no apenas de un cambio para un nuevo mandato como dicen algunos medios de información, el mundo se vino abajo. Entre los derechistas de guardia y amigos de la política estadounidense, eso era influencia de Chávez. El propio partido Liberal reaccionó contra la medida, considerada “progresista” demás. Al final, una nueva Constituyente colocaría al país en un rumbo bastante distinto del que venía siendo seguido en las últimas tres décadas.

Aun así, el presidente llevó adelante la propuesta de oír a la población y acabó exonerando al jefe del Estado Mayor, general Romeo Vázquez Velázquez, cuando este se negó a distribuir las cédulas para la votación. La Corte Suprema votó contra la consulta popular y exigió que el presidente recondujese el general a su puesto, lo que fue negado. Por causa de eso, el día de la votación, domingo, día 28, los militares prendieron a Zelaya, lo secuestraron y lo llevaron a Costa Rica, coincidentemente siguiendo los mismos trámites del golpe perpetrado contra Chávez en el 2001. El Congreso hondureño llegó a discutir hasta la sanidad mental del presidente y, el día del golpe, se prestó a leer una ficticia carta de renuncia, inmediatamente desmentida por el propio presidente desterrado. Aún así, el Congreso decidió instituir al presidente de la casa, Roberto Micheletti, como presidente de la nación. Este, niega que esté asumiendo en un momento de golpe. “Fue perfectamente legal la acción del Congreso”, decía, y mientras, mandaba suspender las señales de televisión y los teléfonos.

Reacción Popular

Ahora los dados están echados. El presidente Zelaya dijo que vuelve a Honduras este jueves y va acompañado de presidentes de naciones libres y amigas, tales como Ecuador y Argentina. El mundo entero repudió el golpe y ningún país reconoció al gobierno golpista. La población lanzó una huelga general en el país y, de a poco, las grandes ciudades están parando. La propuesta de Zelaya es reasumir y terminar su mandato. No se sabe si él va a insistir en la consulta popular para una nueva Constitución, todo va a depender de la correlación de fuerzas. Si su vuelta se da a partir da la movilización popular, habrá condiciones objetivas de presentar esta propuesta a los hondureños, además de purgar toda la camarilla que buscó reavivar un pasado que las gentes de Honduras no quieren más. Hay rumores de que políticos de derecha estén hilvanando un acuerdo, permitiendo la vuelta del presidente, pero exigiendo que nadie sea punido. Si así fuera, la vuelta será una derrota.

El escenario más probable es que, configurado el apoyo popular y también el apoyo de la comunidad internacional, es que el presidente Zelaya coloque a correr a los golpistas e inaugure un nuevo tiempo en Honduras. En el caso de que así sea, enflaquece el dominio de Estados Unidos en la región y crece el fortalecimiento de la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América.