4/7/09

Honduras: Golpe, resistencia y posibilidades


Foto tomada del diario "Tiempo" de San Pedro Sula

Bruno Lima Rocha


El gobierno golpista, encabezado por Roberto Micheletti - presidente del Congreso unicameral - además de decretar toque de queda (no obedecido), pide la prisión de conocidos sindicalistas y militantes. Al amenazar dirigentes del Bloque Popular, Vía Campesina, Movimiento por los Derechos Humanos y del poderoso Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, la oligarquía hondureña alimentada oficiosamente por la CIA, desafía la disputa territorial en las calles de la capital Tegucigalpa y en las carreteras y ciudades de los 18 departamentos.

Por más increíble que parezca, el acto gorila puede implica en el aumento de la unidad de los sectores populares y de izquierda organizados. Nunca es demasiado acordar que Manuel Zelaya es un convertido, uno más, a las propuestas de la ALBA y del enfoque latinoamericanista gravitado por Hugo Chávez.

De ese modo, la izquierda hondureña actúa en dos arenas simultáneas. Una, inmediata, es la defensa popular contra el golpe cívico-militar. La otra, se dará en el caso de retorno y victoria de Manuel Zelaya, de modo que el presidente no retroceda en la convocatoria de la consulta popular y en el cambio del marco jurídico a través de la reforma constitucional. En este caso, en caso de triunfo de Zelaya y del recalcitrante Partido Liberal (que lo traiciona, pero no abandona de todo), la lucha política podrá encaminarse en el sentido de construcción de espacios decisorios al margen del Estado de Derecho, buscando algo próximo al pluralismo y experimentalismo jurídico que se da en Bolivia, con menos intensidad en Ecuador y que debería darse en Venezuela.

Pero, antes de hacer la lucha contra la derecha endógena del entorno presidencial, el pueblo hondureño tiene que vencer el desafío del golpe gorila.

El golpe hondureño, antecedentes y sus tentáculos externos

Casi todo conflicto de legitimidad pasa por momentos de conmoción popular. La resistencia al golpe de Estado, grosera maniobra de tipo gorila, imitando en parte el intento fallido que tuvo Pedro Carmona y la entidad empresarial venezolana (Fedecamaras) al frente del putsch de abril de 2002, siempre tiene que ser inmediata e irreprensible. Hubiera pasado algo semejante en Brasil en 1º de abril de 1964 y no sufriríamos con 21 años de dictadura. Se puede perder o ganar un contra golpe, como fue en la derrota briosa del pueblo uruguayo en la huelga general de respuesta al golpe de 1973. Pero, si un pueblo deja de pelear por no haber convocatoria, las entidades de base y los movimientos populares de ese país caen en un descrédito igual o mayor del que la “izquierda” de base parlamentaria se encuentra en la América Latina. No se iludan, las victorias electorales son, en su mayoría, “de una centro-izquierda no clasista” como sabiamente afirman columnistas de la derecha porteña como James Neilsen (Revista Informas, Grupo Perfil). Aún siendo bastante gorila en la mayoría de las veces, Neilsen acierta en el concepto y en la crítica. La derecha abusa de la estupidez colectiva pero ella en si misma no es tan pelotuda así. Que sirva de lección.

Volviendo al golpe hondureño, de inmediato recordé de Oliver North y John Negroponte. También me vino a mente el Batallón 316 y los escuadrones de la muerte de la contra centro-americana, cuando la Teoría del Dominó daba soporte conceptual a las triangulaciones de traficantes de cocaína, generales sin machete (como el panameño Manuel Noriega de triste memoria y ninguna hombría) y las agencias estadounidenses (CIA y DEA al frente). No por casualidad el Imperio se mantienen en la cínica posición de dualismo. Barack “Keynes” Obama declara en alto y buen sonido que no reconoce otro gobierno que no lo de Zelaya. Ya la abogada Hillary Rodham “Whitewater” Clinton, secretaria de Estado (equivalente la ministra de relaciones exteriores) se rechaza a llamar de golpe militar el putsch encabezado por Roberto Micheletti, el general Romeo Vázquez (con pasajes en la Escuela de Américas), los miembros de la Suprema Corte, de la Fiscalía General, empresarios de comunicación y la alta jerarquía eclesiástica (la derecha de los curas tienen tradición en estas cuestiones desde la relación Opus Dei y Franco). Ya si los EEUU clasifican como golpe de Estado la toma a la fuerza del poder, serían obligados a retirar millones de dólares en ayuda anual al país que los años ’80 tuvo para la América Céntrica papel semejante al de Colombia los años ’90 y primera década del siglo XXI. O sea, por supuesto que no lo van hacer.

La batalla política se gana en las calles

En ese momento, la pelea se da de forma directa, en la dureza de los embates callejeros. La huelga general se mantiene y la tendencia es el aumento de la unidad solidaria entre los que luchan en el suelo. En general, en estos episodios históricos se forja una gana política colectiva, más fuerte hasta del que los lazos con el mandatario derrumbado. Quién resiste en Honduras debe estar llevando en cuenta todos estos factores. En el momento en que escribo estas palabras, militantes del Movimiento por los Derechos Humanos, del Bloque Popular, de la Vía Campesina y del Consejo Cívico de las Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, además de líderes sindicales, están con sus prisiones decretadas por el gobierno golpista. Apostar en la represión, aún protegidos por el cerco y de la censura mediática, aumenta el riesgo entre los golpistas de la disidencia dentro de las Fuerzas Armadas y de la aparición de negociadores “sensatos”.

Además de la polarización contra los golpistas, ya se constituyó un polo de poder que se reconoce en la continuidad de quien fue depuesto. Se trata del Gabinete del Gobierno de Honduras en Resistencia, y tiene en su composición a 27 actores políticos de 1º y 2º escalón del gobierno Zelaya. Para contraponer este polo es preciso confrontar la oligarquía, pero también componer otro polo de aglutinación y poder decisorio. Si hubiera tiempo y sabiduría política, la coordinación puntual para resistencia civil al golpe puede consolidarse en instancia permanente, girando el poder abajo y a la izquierda. Si Zelaya retorne al poder Ejecutivo del Estado burgués, los meses subsecuentes serán definidores del futuro próximo a Honduras y de toda la región.