21/7/09

Antonio Gramsci: Introducción general al perfil historiográfico


Bernardo Nieves (Venezuela)  Caballos

Entre los autores que en el periodo de entreguerras se enfrentaron a la transformación del marxismo en una interpretación cerrada y establecida del mundo, en un tipo de “sociología” o en una teoría de la historia que daba todas las respuestas, fueron muchos los que optaron por seguir una línea que Josep Fontana ha definido de “inspiración marxiana”, no marxista en el sentido de adscribirse a un canon doctrinal. De este modo, pretendieron emplear las ideas de Marx como un instrumento de análisis con el fin de “consumir teóricamente la realidad”, tal y como éste proponía en 1879.

La lucha contra la desnaturalización “economicista” y “cientifista” del marxismo se produjo tanto en el área de influencia de los partidos marxistas occidentales como en la Rusia soviética y en los países que tras la segunda guerra mundial tuvieron gobiernos de predominio comunista. Sin embargo, en estos últimos se produciría de forma distinta, ya que la condena a la heterodoxia en la Unión Soviética  y otros países socialistas implicaba el silenciamiento  como mínimo, e incluso la pérdida de la libertad. En este sentido, puede considerarse más valiosa aún la tarea de todos aquellos que en estas condiciones hicieron un gran esfuerzo por una renovación, que no siempre ha sido valorado adecuadamente. La obra de los autores heterodoxos en los países del este nunca ha recibido la atención que si se ha prestado a las propuestas de lo que Perry Anderson ha denominado “Marxismo Occidental”.

Entre estas propuestas, debemos mencionar la etapa inicial del Instituto de investigación social de Frankfurt, fundado en 1923 como centro de investigación marxista. En una primera etapa se dedicó a la historia del socialismo y del movimiento obrero. En 1930 toma la dirección el filósofo Max Horkheimer (1895-1973), que impulsaría una línea de teoría crítica. En esta etapa se pasó a tomar del marxismo la idea de investigar la forma en que la conciencia era determinada por la existencia social con el objetivo de elaborar un análisis crítico emancipador. Dos de las figuras que más influirían en el devenir de esta escuela sería la de Walter Benjamin (1892-1940) y Siegfried Kracauer (1885-1966).

La llegada del nazismo al poder obligaría a los miembros de la escuela a proseguir su obra en los Estados Unidos.

Pero los intentos más importantes de renovación en el periodo de entreguerras serán los de Lukács, Karl Korsch, Walter Benjamin y Antonio Gramsci. Los planteamientos de Lukács y Korsch serán conocidos y condenados muy tempranamente por los marxistas ortodoxos. Sin embargo, los planteamientos de Gramsci, desarrollados en la mayor parte de sus contenidos en la prisión donde le encerró el fascismo no serán difundidos hasta después de la segunda guerra mundial, en una situación de clima político e intelectual favorable a su recepción.

Fontana ha plasmado la figura de Gramsci como un caso diferente al resto de autores. Antonio Gramsci (1891-1937), el dirigente del partido comunista italiano que sería encarcelado en 1926 por el régimen fascista, y condenado en 1928 a una condena de veinte años, cuatro meses y cinco días con el objetivo de evitar que su cerebro siguiera funcionando. Si bien la prisión llegaría a acelerar su muerte por el padecimiento de enfermedades como el llamado “Mal de Pott” y la Uricemia, estimularía su reflexión. La mayor parte de su patrimonio intelectual queda reflejada en los Cuadernos de la cárcel o Cuadernos de la prisión, publicados tras su muerte, entre 1948 y 1951.

Se ha mencionado que uno de los grandes méritos de Gramsci, que concebía el materialismo histórico como “una teoría de la historia”, fue el de entender que el método de interpretación de la historia generado por Marx no podía ser deducido de los principios elementales expuestos en las obras de carácter general como había venido haciéndose habitualmente. Consideraba que era necesario extraer este método de aquellas obras de Marx que analizaban situaciones concretas como en el caso de El 18 de Brumario.

A este respecto, Gramsci afirmaba: “un análisis de estas obras permite fijar mejor la metodología histórica marxista, integrando, iluminando e interpretando las afirmaciones teóricas desperdigadas por todas las demás obras. Se podría ver cuántas cautelas reales introduce Marx en sus investigaciones concretas, cautelas que no podían encontrar lugar en las obras generales”.

Esto llevó a Gramsci a rechazar el economicismo elemental que se tendía a confundir con el marxismo ortodoxo; a la vez que distinguir dos tipos de modificaciones económicas: las que afectan profundamente a la estructura de la sociedad, que son relativamente permanentes y que presentan repercusiones sobre los intereses de clases sociales enteras. Y las simples variaciones coyunturales que no afectan más que a pequeños grupos sociales. Tan sólo respecto a las primeras tiene sentido la afirmación de Marx de que los hombres toman conciencia en el terreno de la ideología de los conflictos que se manifiesta abiertamente en la estructura económica. Una estructura que para Gramsci puede ser analizada con los métodos de las ciencias naturales; pero que sin embargo no puede ni debe ser estudiada de forma separada a la superestructura. Para Gramsci, estructura y superestructura conforman lo que denominará “Bloque Histórico”. Un conjunto complejo, contradictorio y discordante de las superestructuras, reflejo del conjunto de las relaciones sociales de producción. Gramsci opinaba que las contradicciones de estas relaciones sociales se podían percibir en la existencia de conciencias históricas de grupo, con sus estratificaciones correspondientes a las diversas fases del desarrollo histórico de la civilización y con antítesis entre los grupos que corresponden a un mismo nivel histórico. Éstas se manifiestan en los individuos aislados como reflejo de esta disgregación de los grupos o clases tanto en horizontal como en vertical.

Por todo ello, Gramsci terminará rechazando la reducción del materialismo histórico a una especie de sociología abstracta, con un cuerpo teórico preparado para interpretar directamente la realidad. No concibe que el historiador vaya de la teoría a la realidad buscando especimenes puros que correspondan a aquello que ha sido previsto con anterioridad. “La realidad es rica en las combinaciones más extrañas y es el teórico el que está obligado a buscar la prueba decisiva de su teoría en esta misma extrañeza: a traducir al lenguaje teórico los elementos de la vida histórica, y no al revés, que sea la realidad la que deba presentarse según el esquema abstracto”.

En las diversas reflexiones de Gramsci, se encontrarán consideraciones tremendamente innovadoras respecto a la hegemonía, y que muestran los procesos por los cuales una clase puede ejercer la dominación sobre las otras, estableciendo su superioridad no tan sólo a través de la coerción, sino mediante el consenso, transformando su ideología de grupo en un conjunto de verdades que se suponen válidas para todo el mundo y que las clases subalternas aceptan hasta que llegue un momento en el que, tras cambiar las condiciones, la hegemonía se agrieta y las clases subalternas toman conciencia de sus intereses particulares y de las contradicciones que los enfrentan a los grupos dominadores del aparato estatal. A partir de ahí se formulan nuevos principios que han de permitir avanzar hacia una nueva etapa de crecimiento con una nueva situación de hegemonía y nuevas relaciones de producción.

Ello se completa con sugerencias muy innovadoras respecto a la formación de las ideas de los grupos subalternos, que permiten analizar cuestiones como “por qué y cómo se difunden, haciéndose populares, las nuevas concepciones del mundo”.

La influencia del pensamiento de Gramsci sería decisiva en la aparición y desarrollo del estado italiano tras la segunda guerra mundial. Daría paso a la creación de unas corrientes de historiografía marxistas vivas y abiertas, no dogmáticas y que contrastarán con la esterilidad del marxismo escolástico.

La experiencia de los años de posguerra consolidaría en Italia la idea gramsciana de la historia como instrumento de análisis y comprensión del presente, como condición de una prospectiva de transformación social en que la crítica del pasado se transforma en superación de éste. No se trata de la contemporaneidad crociana, tautológica, de la historia. Ni tampoco una unidad dogmática del pensar y el hacer en la que siempre se ha subordinado el pensar a la manera estalinista a la acción cotidiana; sino que da respiro histórico y cultural a un proyecto político.

Perry Anderson afirma que para acercarse adecuadamente a la obra de Gramsci, y en particular para estudiar todo lo nuevo que intenta abrirse paso a través de los contenidos de los Cuadernos de la cárcel, es preciso no perder de vista que Gramsci nunca puso en duda que la revolución socialista no podía tener lugar sin la destrucción del estado burgués, incluso en el caso de las democracias occidentales. Y con la posterior instauración de la dictadura del proletariado. A este respecto, en toda la obra de Gramsci en general, y en su obra sobre la filosofía de la praxis, en particular, el autor otorga una categoría especial e importante a la experiencia humana. En este sentido, parece desprenderse de sus reflexiones que Gramsci consideró que la experiencia del ser humano en sociedad, era lo que marcaba su carácter. De este modo, las clases subalternas tendrían una ética y moral más cercana al humanismo, que las clases burguesas y dirigentes, ya que éstas no habrían sabido jamás qué es pasar dificultades. Todo ello con las respectivas excepciones. En cualquier caso, este conocimiento y los valores que de él se desprenden, daría aprobación a la instauración de esta dictadura del proletariado. En sus cartas, menciona  a este respecto haciendo referencia a  su infancia: “¿Qué es lo que me salvó de convertirme en un andrajo almidonado? El espíritu de rebeldía. ¿Por qué yo, que sacaba dieces en todas las materias de la escuela elemental, no podía seguir estudiando, y si podían hacerlo el hijo del sastre, el del carnicero, etc.…?”.

Anderson opina que Gramsci sigue esta idea como eje central para encontrar las razones de la derrota de la revolución en Europa en los años veinte, y la vía por la que el proletariado ha de avanzar en lo sucesivo para realizar su misión histórica.

Como sus innumerables comentaristas y estudiosos han puesto reiteradamente de manifiesto, la obra de Gramsci se caracteriza por su ambigüedad y contradictoriedad. Esto explica en parte cómo en la década de los sesenta, teóricos e intelectuales agrupados en torno a la “New Left Review”, pudieran a aproximarse a los escritos de Gramsci desde una perspectiva un tanto diferente de la que había distinguido los trabajos aparecidos en Italia y Francia especialmente.

Posteriormente, Anderson llevará a cabo la elaboración de su obra “Las antinomias de Gramsci”, superando ciertos enfoques parciales, apologéticos o meramente interpretativos de la obra de Gramsci. Abordará el aspecto central del pensamiento gramsciano: el concepto de hegemonía, y el de la estrategia revolucionaria que debe seguir el proletariado y las masas oprimidas para conquistar el poder. En este trabajo no se limitará a dar una versión del pensamiento de Gramsci sobre los problemas mencionados; sino que a partir de un profundo examen filológico e histórico del concepto de hegemonía, destacará un nuevo uso o empleo del concepto que pasa de considerar el problema de la hegemonía solamente en las relaciones entre el proletariado y sus posibles aliados; en especial el campesinado, a considerar el problema en las relaciones entre la burguesía y sus aliados, por una parte, y respecto a las masas oprimidas por otra. Para Gramsci, la derrota de la revolución en Occidente se produce a causa de la incomprensión por parte de la dirección revolucionaria del proletariado de la solidez con que la burguesía ha logrado imponer su hegemonía en las sociedades capitalistas avanzadas. En consecuencia, se debe a la utilización de una estrategia de maniobra que si bien había resultado fructífera en Oriente, era plenamente inadecuada para Occidente. Así, según Gramsci se imponía un cambio en la orientación política de la Internacional Comunista.

Sin embargo, Anderson destaca como Gramsci tiene una clara incomprensión del significado de la teoría de la “Revolución Permanente” como descripción de las leyes generales del desarrollo de la revolución en la era del imperialismo y de las relaciones entre sus fuerzas motrices. La identificará erróneamente con la estrategia seguida por el bolchevismo ruso y la Internacional Comunista en sus primeros años. Oponiéndose a ella y retomando la nueva vía que parece abrirse con la aprobación de las tesis del frente único, propone aplicar lo que, en términos militares denomina una “estrategia de posición”.

Y es que leer o releer los textos de Gramsci hoy  según Antonio Santucci, es una forma de recuperar, precisamente, el sentido noble de la palabra “política”. Es convicción de todo investigador que cualquier propuesta de renovación de la izquierda transformadora en este siglo ha de comenzar con la palabra que Gramsci puso en cabeza de su propuesta de reforma moral e intelectual: la verdad es revolucionaria.