29/7/09

Filosofía y materialismo: Adolfo Sánchez Vázquez y Alfred Schmidt


Fernando Pinto (Venezuela) Jazz piano

Stefan Gandler   /   Herramienta, Buenos Aires

 

Adolfo Sánchez Vázquez y la Teoría Crítica de la sociedad tienen en común, a pesar de varias diferencias importantes, el partir de una interpretación de Marx y del marxismo sin caer en el dogmatismo predominante hasta los años ochenta del siglo XX. En lo siguiente vamos a concentrarnos, en lo referente a la tradición de la Teoría Crítica a uno de los seguidores, alumnos y colaboradores más importantes de Horkheimer, Adorno, Marcuse, Benjamin y Neumann, muy probablemente el más relevante entre los hoy en día vivos: Alfred Schmidt. Aparte de la gran seriedad con la cual ha desarrollado sus trabajos, también es indicada esta decisión por el hecho que Schmidt es el autor de esta tradición teórica que más conocimiento directo tiene de la obra de Marx.

Para Adolfo Sánchez Vázquez, como también para los autores de la Teoría Crítica, una de las cuestiones filosóficas fundamentales es la de la relación entre el idealismo y el materialismo (premarxiano) y la del carácter, al fin y al cabo materialista, de una interpretación de Marx orientada a la praxis.[1]

Estas problemáticas teóricas tenían y tienen consecuencias de largo alcance por cuanto dan origen a que una filosofía y una teoría marxista crítica deban atreverse a caminar sobre la cuerda floja permanentemente, una cuerda floja conceptual a la que ésta tendencia filosófica debe, en buena medida, su encanto y su importancia, pero que, a la vez, es un motivo filosófico interno para que esta corriente teórica no goce de muchas simpatías en el actual contexto político.

Pensadores o actores burgueses se complacían en lanzar sobre esa corriente la sospecha de que estaba aliada a oscuras fuerzas de la Unión Soviética, reproche que todavía encuentra adeptos después del fin del experimento del socialismo real. Entre los teóricos o activistas marxistas, por el contrario, esa corriente teórica, conocida como marxismo occidental, despertó siempre la sospecha de que podía contener un reblandecimiento “burgués” de la crítica marxista a las relaciones capitalistas de producción y de la sociedad burguesa reinantes. Con el fin de la Unión Soviética, también han desaparecido de la faz de la tierra la mayoría de los marxistas dogmáticos. Los antiguos marxistas dogmáticos se desfogan ahora, en su mayoría, en improperios, recordando de repente que siempre fueron buenos demócratas burgueses e incansables anticomunistas contra toda persistencia de una formación teórica marxista, y afirman con alivio que, por lo menos, algo se ha mantenido estable en su pensamiento: el rechazo a una interpretación no dogmática de Marx.

Esta primera manera de evitar una auto-reflexión sobre las propias debilidades teóricas en un momento anterior (al proyectar los propios defectos de la interpretación de Marx sobre otros que siempre fueron sospechosos), se complementa con una segunda. Algunos marxistas antiguamente dogmáticos, están ahora convencidos de haber sido siempre marxistas críticos, no dogmáticos. Mediante esta reconstrucción de su propia historia teórica evitan, a su manera, la autocrítica pendiente.

El filósofo de Frankfurt, Alfred Schmidt, es uno de los teóricos que, ya mucho antes del fin de la Unión Soviética, trabajaba en una interpretación de Marx autónoma y no dogmática frente a sus filósofos de Estado y, después de la terminación del experimento del socialismo real no quiere que caiga en el olvido su propia producción filosófica de aquella época.[2] En vista de que Alfred Schmidt ha hecho aportaciones decisivas a la discusión filosófica no dogmática del marxismo, sobre todo en el terreno de la teoría del conocimiento, resulta provechoso contrastar algunas de sus reflexiones con la filosofía de Adolfo Sánchez Vázquez.

En lo que concierne a la relación entre praxis y conocimiento, Sánchez Vázquez desarrolla en su Filosofía de la praxis: “la intervención de la praxis en el proceso de conocimiento lleva a superar la antítesis entre idealismo y materialismo”, es decir, la antítesis “entre la concepción del conocimiento como conocimiento de objetos producidos o creados por la conciencia y la concepción que ve en él una mera reproducción ideal de objetos en sí” (Sánchez Vázquez, 1980: 153). Es preciso rebasar ambas posiciones: no se puede perseverar ni en una teoría idealista del conocimiento ni en “una teoría realista como la del materialismo tradicional, que no es sino un desenvolvimiento del punto de vista del realismo ingenuo.” (Sánchez Vázquez, 1980: 153).

Sánchez Vázquez señala en este lugar que distintos intérpretes de Marx extraen diferentes conclusiones de la introducción del concepto de praxis al problema del conocimiento, mencionando al respecto tres posiciones:

1ª Posición: “[...] el hecho de que la praxis sea un factor en nuestro conocimiento no significa que no conozcamos cosas en sí.”

2ª Posición: “[...] la aceptación de este papel decisivo de la praxis entraña que no conocemos lo que las cosas son en sí mismas, al margen de su relación con el hombre, sino cosas humanizadas por la praxis e integradas, gracias a ella, en un mundo humano (punto de vista de Gramsci)”.

3ª Posición: “[...] se sostiene acertadamente que sin la praxis como creación de la realidad humana-social no es posible el conocimiento de la realidad misma (posición de K. Kosík).” (Sánchez Vázquez, 1980: 153-154).

La diferencia entre las posiciones 2ª y 3ª no es inmediatamente obvia. A partir del conjunto de la Filosofía de la praxis es posible esbozar a grandes rasgos la diferencia entre las tres, así como la valoración aportada por Sánchez Vázquez. Mientras que la posición 1ª reconoce, aunque subestima, la relevancia epistemológica de la praxis humana, la posición 2ª va en sentido opuesto y da a la praxis humana una importancia tal que, fuera de su influencia, ya no existe ninguna realidad.[3] La tercera posición aprecia, al igual que la segunda, la relevancia epistemológica de la praxis como insustituible, pero, contrariamente a la posición 2ª, no hace de esto una afirmación ontológica y, por tanto, tiene en común con la posición 1ª el reconocimiento de la primacía del objeto.

Alfred Schmidt sostiene, al igual que su contemporáneo hispano-mexicano, la tercera de las tres posiciones mencionadas. Mientras que Sánchez Vázquez reconoce la primacía de la materia, pero insiste en que la realidad exterior sólo es reconocible para los seres humanos en tanto ellos ya hayan entrado en una relación práctica con ella, Alfred Schmidt formula una idea similar pero en tres variantes diferentes. El ser material, que existe, sin duda, independientemente de los sujetos humanos, sólo “adquiere significado” en una primera formulación, ontológica si se quiere, después de haber pasado por la praxis humana:

Por cierto que el ser material, como infinidad extensiva e intensiva, precede a toda figura de la praxis histórica. Pero en cuanto adquiere significado para los hombres, ya no es más que aquel ser material abstracto que debe ser puesto como un primero en sentido genético por una teoría materialista, sino que es un elemento derivado, algo apropiado mediante el trabajo social (Schmidt, 1983: 222).[4]

En una segunda formulación, el autor de Frankfurt dice, además, que la existencia de la objetividad material natural, precursora de la praxis humana, sólo llega a ser “pronunciable” cuando se ha vuelto objeto de la praxis humana, por lo menos parcialmente:

El sujeto social, a través de cuyo filtro pasa toda la objetividad, es y sigue siendo componente suyo. Por mucho que el hombre, “cosa natural con conciencia propia”, traspase la inmediatez de la “materia natural” encontrada al llegar en cada caso, al transformarla anticipando idealmente sus metas, no se rompe por ello la cohesión natural. Frente a ella (también en esto sigue Marx la “lógica” de Hegel) el quehacer orientado a un fin sólo puede imponerse si se engrana con astucia en el desarrollo de las leyes propias de la materia. El hecho de que existan “de por sí”, independientes de toda praxis (y de sus implicaciones teóricas) es, desde luego, pronunciable sólo en la medida en que el mundo objetivo se haya convertido en uno “para nosotros”. (Schmidt, 1973: 1117, cursivas de S.G.)

Esta segunda formulación capta la problemática en el plano filosófico-lingüístico. En ella, al igual que en la primera, está englobada la problemática más amplia de que una materialidad exterior al campo de influencia inmediato de la praxis humana sólo puede ser aprehendida por los sujetos en contraposición a la materia ya formada por la praxis. Esto llega hasta el punto de que el mismo término de “lo intocado” de la naturaleza externa sólo puede ser creado por seres humanos que ya practican un dominio masivo sobre la naturaleza y, por tanto, saben lo que significa no dejar precisamente intacta la naturaleza, sino “tocarla” con violencia. “Aun los objetos que todavía no han caído en el ámbito de la intervención humana dependen del hombre en la medida de que su ser intocado sólo se puede formular con relación al ser humano.” (Schmidt, 1973: 1117).[5]

Schmidt da una razón de por qué en este contexto no recurra a la relación cognoscitiva entre sujeto y objeto, a la que Sánchez Vázquez se refiere ante todo.

La cuestión de la unidad y la diferencia entre sujeto y objeto pierde su carácter supratemporal, limitadamente “cognoscitivo”; demuestra ser la unidad y diferencia (determinada en forma distinta en cada caso) de historia y naturaleza. Ambas se penetran entre sí, desde luego sin volverse idénticas; siempre tienen los hombres la experiencia de una “naturaleza histórica” y de una “historia natural”. (Schmidt, 1973: 1117).[6]

En otro pasaje, el filósofo inserto en la tradición de la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt, señala que la añoranza romántica por la “bella naturaleza de Dios” se forma históricamente en el preciso momento en que en determinada nación o región el desarrollo industrial, con el consiguiente dominio sobre la naturaleza por medio de la gran maquinaria, ha alcanzado cierta extensión, al igual que la destrucción de la naturaleza. Así fue como a unos señores burgueses de las ciudades industriales inglesas de los albores del capitalismo, vestidos con camisa a cuadros, se les ocurrió la idea de escalar las cimas de los Alpes, anhelo que declararon irresistible.[7] La población nativa sólo pudo asombrarse de semejante trajín. Su distancia de la naturaleza exterior al ser humano no era tan grande como para hacerla objeto de apetencia o percibirla siquiera como tal.

En una tercera formulación –del tipo de la filosofía de la conciencia– el mundo material, en su forma de movimiento regular, no necesitado del sujeto en sí, sólo es “reconocible” o “asegurable” mentalmente en cuanto que ya haya sido objeto de la praxis humana. Esta tercera formulación, evidentemente, se aproxima a la de Adolfo Sánchez Vázquez:

Lo dialéctico del materialismo marxista no consiste en que se niegue a la materia toda legalidad y movimiento propio sino en la comprensión de que sólo a través de la praxis mediadora pueden los hombres reconocer y emplear teléticamente* las formas de movimiento de la materia. (Schmidt, 1983: 111, cursivas de S.G.).

En otro pasaje, Alfred Schmidt formula una idea similar al describir la relación del “materialismo en general” con el “materialismo dialéctico”:

El materialismo en general significa: las leyes de la naturaleza subsisten independientemente y fuera de la conciencia y la voluntad de los hombres. El materialismo dialéctico significa: los hombres sólo pueden asegurarse de estas legalidades a través de las formas de su proceso laboral. (Schmidt, 1983: 112, cursivas de S.G.).

En el momento de la actividad productiva, los seres humanos chocan con las líneas fronterizas de la transformabilidad de la materia y, así, reconocen su regularidad. Sólo reconociendo esa regularidad pueden, a su vez, modificar las barreras de la naturaleza donde su contenido objetivo lo haga posible. El doble movimiento de la praxis a la teoría y de la teoría a la praxis, señalado por Adolfo Sánchez Vázquez, también es visible en las consideraciones de Alfred Schmidt. Con referencia a las reflexiones de Marx y Hegel sobre los “contenidos teléticos perseguidos en el trabajo”, resaltando la praxis productiva, Schmidt plantea esta idea: “El saber anticipador presupone igualmente una conducta práctica ya cumplida, de la cual surge, como también constituye a su vez el presupuesto de toda conducta.” (Schmidt, 1983: 114-115).

Ahora bien, para los dos autores aquí consultados, es de gran importancia insistir en que esta dependencia recíproca entre praxis y conocimiento no pone a ambas lisa y llanamente en el mismo nivel. La relación de mutua dependencia no lleva a una suspensión de la primacía de la materia frente al sujeto y su capacidad de conocimiento y decisión. Pero, a la vez, en el materialismo marxiano esta “prioridad de la naturaleza externa” no es estática sino mediada:[8] “La naturaleza es para Marx un momento de la praxis humana y al mismo tiempo la totalidad de lo que existe.” (Schmidt. 1983: 23).

Estas reflexiones son mucho más que una sutileza filosófica. El camino sobre la cuerda floja que una filosofía de la praxis ha de realizar, según dijimos al inicio, es parafraseado por Alfred Schmidt de la siguiente forma:

Estas consideraciones son menos triviales de lo que parece; pues si el concepto de praxis se tensa en exceso a la manera de Fichte (como en la época temprana de Lukács, que transforma el materialismo histórico en un franco idealismo “generador” con ropaje sociológico), pierde su filo para volverse concepto de mera contemplación. Pues la “actividad pura y absoluta que no sea sino actividad” va a parar a fin de cuentas a la “ilusión del ‘pensamiento puro’” (Schmidt, 1973: 1117).[9]

Sobre esta argumentación se puede comentar lo siguiente: esta ilusión del pensamiento puro y la actividad pura conduce en la praxis política a la presunción de que los procesos ideales determinan los procesos materiales. Para juzgar una política determinada, en esta lógica sólo se examinan las estrategias de argumentación de los agentes y de sus seguidores en busca de concordancia interna del razonamiento (por ejemplo, en su argumentación moral), en lugar de preguntarse por los motivos reales de esa política. En consecuencia, los efectos de esa política no son considerados y valorados como tales, sino siempre respecto a si fueron deseados o no.

En la discusión teórica del marxismo, a la vez, el concepto de praxis es indispensable para poder hacer frente a las tendencias objetivistas tanto de la izquierda reformista como de la stalinista. A pesar de las considerables diferencias teóricas, un importante paralelismo entre la izquierda revisionista y la dogmática consiste en que ambas suelen (o solían) concebir la transición al socialismo como un proceso ineludible. La posición reformista parte de que esa transición se realizará mediante un tránsito, lo más suave posible, por el capitalismo y una paulatina transformación (sólo acelerable mediante reformas) de las estructuras capitalistas en socialistas. Los ortodoxos, en cambio, invocan la concepción de que habrá de llegarse a una ruptura radical en determinado momento. A pesar de esa diferencia, tienen algo en común: ambas tendencias no temen a nada tanto como a la rebelión espontánea de los oprimidos y explotados más allá de las estructuras de partido y organización que les están dadas.

Pero otorgar a la praxis en la teoría un punto tan central como lo hacen Adolfo Sánchez Vázquez y Alfred Schmidt en sus respectivas indagaciones filosóficas, pone radicalmente en duda estas concepciones objetivistas de política e historia. En el concepto de praxis, fundamental para la teoría marxista, está contenido un factor de rebeldía contra todos aquellos que, desde el escritorio, desde la central del Partido o desde la patria del proletariado quieren dirigir las actividades de los rebeldes de todos los países. Puesto que el concepto de praxis ya contiene en sí la mediación de teoría y actividad y, hablando más en general, de sujeto y objeto, y puesto que la separación tajante de ambas (contenida en la concepción de conducir a las masas a través del Partido) lleva a un completo absurdo con base en reflexiones teóricas, este concepto se resiste al autoritarismo tanto de reformistas como de ortodoxos. Puesto que ambas corrientes, frente a la espontánea rebeldía de las masas, gustan de presentar el argumento de que éstas carecen de conocimientos teóricos y de preparación, a fin de volver a acaudillarlas, la filosofía de la praxis, que en un terreno altamente teórico alega a favor de la praxis, es un aguijón no tan fácil de sacar. Se enfrenta a los cuadros (que pretenden ser superiores a las masas en lo teórico) en su terreno reivindicado como propio. Pero esto no es, en modo alguno, tomar partido sin más ni más por la actuación espontánea no reflexionada, por el practicismo y contra la teoría. Tanto a Adolfo Sánchez Vázquez como a Alfred Schmidt, les interesa más bien demostrar en sus interpretaciones de Marx que el teoricismo (y la terca obstinación en la propia preparación teórica frente a aquellos que no la tienen formalmente) no está necesariamente más próximo al conocimiento teórico que la praxis en el pleno sentido de la palabra.[10] Así, debe entenderse que Schmidt, al igual que Sánchez Vázquez, insista en que la “praxis histórica [...] es en sí ‘más teórica’ que la teoría.” (Schmidt, 1983: 223).

Estas referencias a la izquierda reformista y a la ortodoxa podrán parecer demasiado anacrónicas a más de una lectora o lector. Realmente lo son a primera vista, dado que la izquierda “ortodoxa” ha quedado en nada a partir de 1989 y la izquierda reformista se ha transformado paralelamente en un andamiaje político que, si bien tiene bajo su control varios gobiernos de Europa –y últimamente de América Latina–, en el mejor de los casos, ya no tiene en común con el propio proyecto original más que el nombre. Mientras al principio del siglo, y en parte incluso en los primeros años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los partidos socialdemócratas de Europa conceptualizaron la necesidad y la posibilidad de una transición al socialismo –y reformismo no significaba para ellos poner en duda esa meta sino sólo el camino hacia ella frente a la posición marxiana clásica–, hoy las cosas son muy distintas. Cuando llegan a impulsarse reformas, ya no es como alternativa a la revolución socialista, sino como el medio más seguro de garantizar la persistencia del capitalismo, al tratar de mitigar las consecuencias de sus más absurdas contradicciones con medidas que bien podrían provenir de conservadores ilustrados.[11]

A pesar de todo, estas reflexiones siguen siendo de gran importancia cuando se nos plantea hoy, con una urgencia no disminuida, el problema de la relación entre teoría y actividad, de subjetividad y relaciones objetivas, de cuadros y base del Partido. Hasta hoy sigue siendo válido que acentuar la significación de la praxis no significa tomar partido lisa y llanamente por la subjetividad frente a la importancia de las relaciones objetivas. En el concepto crítico filosófico de la praxis, interesa más bien concebir la relación dialéctica entre estas dos instancias, que solamente se puede contraponer de manera tan sencilla a nivel terminológico, y entender su importancia. Así, debe seguirse la reflexión de Alfred Schmidt cuando señala que el objetivismo liso y llano y el simple subjetivismo de ninguna manera deben identificarse como contrarios inequívocos, sino que, en determinadas ideologías o formas de acción política, ambos suelen coexistir. Respecto al problema de la relación entre praxis y conocimiento, al ser un problema filosófico central también para Sánchez Vázquez, Schmidt observa:

En el terreno de la praxis concebida se pone de relieve la mala abstracción de un sujeto “carente de mundo”, puramente mental, al igual que la de un mundo “carente de sujeto”, existente en sí. La praxis como realización efectiva enseña lo vacías que son las alternativas determinadas fijamente “en la teoría del conocimiento” o en algún invariable punto de vista. (Schmidt, 1973: 1115).

Así pues, siguiendo tanto a Sánchez Vázquez como a Alfred Schmidt, puede decirse que en la postura acrítica de la izquierda dogmática, así como de la reformista, se descubre una peculiar combinación de materialismo mecánico e idealismo. Esto no significa que los defensores de esas posiciones lo tengan realmente en claro. Precisamente en la combinación no concebida (o incluso inconsciente) de esas dos tradiciones filosóficas está enterrado el problema teórico.[12] La aportación de Marx (y así regresamos a la interpretación hecha por Sánchez Vázquez de las Tesis sobre Feuerbach) consistió en confrontar de manera crítica, es decir, con reflexión, las aportaciones epistemológicas del materialismo mecánico con las del idealismo, para así alcanzar el concepto desarrollado de praxis. Schmidt subraya que, para Marx, dadas las ineludibles tareas históricas de la humanidad, ya no se trata de argumentar, desde principios superiores del ser y del conocimiento (para lo cual poco importa si se les da una interpretación espiritual o material), sino de partir de la “materialidad” —materialidad que es todo, menos ontológica— de las relaciones vitales del hombre, que “son prácticas desde un principio, quiero decir, relaciones fundamentadas por la acción”: relaciones de producción y de clase. (Schmidt, 1969: 11).[13]

Hay una diferencia entre la interpretación de la obra de Marx de Sánchez Vázquez y la de Schmidt que queremos mencionar aquí; se expresa claramente en las respectivas investigaciones sobre el concepto de praxis. Mientras el segundo comprende la praxis humana como prioritariamente económica, el primero, en cambio, cuando llega a abordar formas especiales de praxis, menciona en particular a la política y la artística. Esta diferencia va acompañada de la diversa ubicación del centro de gravedad por ambos autores en su lectura de Marx. Mientras Sánchez Vázquez se apoya principalmente en los escritos juveniles de Marx, dándole no mucha importancia a El capital, Alfred Schmidt parte de la observación “de que Marx no se muestra de ninguna manera más filósofo cuando se sirve del tradicional lenguaje académico de los filósofos”. Por eso, en su libro acerca del concepto de naturaleza en Marx, advierte de entrada que tomaremos [i.e. Schmidt] aquí en consideración, en una medida mucho más amplia que la habitual en las interpretaciones filosóficas de Marx, los escritos político-económicos del periodo intermedio y maduro de Marx, ante todo el “Rohentwurf” [Grundrisse (borrador)] de El capital, que es extraordinariamente importante para comprender la relación existente entre Hegel y Marx, y que hasta ahora casi no ha sido utilizado. (Schmidt, 1983: 12-13).

Aunque, en su teoría estética Sánchez Vázquez ciertamente se refiere, en algunas ocasiones, a los escritos político-económicos del Marx intermedio y maduro, sobre todo al Rohentwurf (los Grundrisse) de El capital (véase: Sánchez Vázquez, 1986: 222-227), en sus textos sobre la filosofía de la praxis se centra sobre todo en los escritos juveniles de Marx. Esta orientación, sin embargo, no se debe relacionar directamente con el “equivocado intento tantas veces realizado hoy, de reducir el pensamiento propiamente filosófico de Marx a lo dicho en estos textos, particularmente a la antropología de los Manuscritos parisinos” (Schmidt, 1983: 12). Ocurre más bien que Sánchez Vázquez comparte esta crítica formulada por Alfred Schmidt en relación con la época de génesis de su libro sobre el concepto de naturaleza:

En estos años, décadas de los 40 y 50, el joven Marx ante la mirada sorprendida de los marxistas, se convierte en propiedad casi privada del pensamiento burgués [...], se buscaba desvalorizar al Marx de la madurez en nombre del joven Marx, y, en este sentido, las interpretaciones y críticas se convertían por diversos caminos en armas ideológicas e incluso políticas. La transformación del joven Marx en el verdadero Marx [...] afectaba no sólo a los Manuscritos sino a sus relaciones con la obra de madurez y a su lugar dentro del proceso de formación y constitución del pensamiento de Marx. (Sánchez Vázquez, 1982: 227).

Deslindándose con vehemencia del marxismo de Althusser, Sánchez Vázquez insiste en que la obra marxiana es indivisible. Si en sus análisis filosóficos sobre el concepto de praxis se basa principalmente en el Marx joven e intermedio, no lo hace necesariamente porque considere ahí a Marx como “más filosófico”, sino porque el tema de la praxis política y creativa está más en primer plano que en la crítica a la economía política, en la que, ante todo, está en discusión la forma de praxis reproductiva, que sostiene el mundo de los humanos. Esta posición privilegiada que la praxis creativa y sobre todo la político-revolucionaria ocupa en la Filosofía de la praxis de Sánchez Vázquez frente a otras formas de praxis, debe entenderse más por la historia de su propia vida que por reflexiones internas de pura teoría. Si se ocupa de Marx, ello se debe ante todo a su actividad política de la temprana juventud.

El cambio de país, impuesto por motivos políticos, (que también afectó a Sánchez Vázquez) da como resultado una presencia permanente, casi ineludible, de lo político (sobre todo en relación a su país de origen) en la vida cotidiana de los exiliados. Quiéranlo o no, las consecuencias de su propia praxis política desempeñan en la vida de los exiliados un papel determinante y, para el propio ajetreo de la vida cotidiana, pueden ser más imperiosas que las que surgen directamente de la praxis reproductiva. Estas últimas, por el contrario, determinan la vida cotidiana de los individuos que nunca se vieron obligados a cambiar de país por motivos políticos, más que la (propia) praxis política y sus consecuencias. Por eso no constituye un asunto de pura motivación teórica interna, sino procedente de la misma praxis política, el hecho de que Sánchez Vázquez, en el análisis filosófico, se vuelva más hacia la praxis política que hacia la reproductiva.[14]

Este resultado de la reflexión acerca de por qué Sánchez Vázquez, pese a su insistencia en contra de Althusser sobre la unidad de la obra marxiana, deja fuera, en su Filosofía de la praxis, casi por completo las posteriores contribuciones marxianas, parece encajar armoniosamente, por así decirlo, en el contexto de una reflexión cuyo objeto principal es la relación bilateral entre praxis y conocimiento.

Sin embargo, queda una duda, y es más que de carácter metódico. ¿No se llegó a esta conclusión con demasiada rapidez: de la praxis a la teoría? ¿Acaso no es uno de los resultados importantes de la interpretación de Sánchez Vázquez de la undécima Tesis sobre Feuerbach, cuando formula sobre ella “se trata de transformar sobre la base de una interpretación” (Sánchez Vázquez, 1980: 166), el que esta frase, la más conocida de todas las de Marx, pierde su indiscutible significado si se enuncia con demasiada precipitación? La respuesta encontrada, ¿no reduce la filosofía a un pensamiento que depende demasiado directamente de la vida cotidiana, sólo que es más sistemático? Si bien es desde luego agradable que un texto parezca justificarse a sí mismo con rapidez, se impone la cautela para no hundirse en una banal autoafirmación. De no hacerse así, a la teoría le iría como a la propaganda política, que conoce la verdad sólo como un medio: “[...] la propaganda altera la verdad en cuanto la pone en su boca.” (Horkheimer y Adorno, 1994: 300).

Hay otro lugar donde Sánchez Vázquez entra más de cerca en el Marx de la madurez, y es en su primer libro sobre Las ideas estéticas de Marx. Pero lo peculiar es que, en sus escritos posteriores, prácticamente ya no vuelve a mencionar El capital ni los Grundrisse. ¿Cuáles pueden haber sido los motivos de ese cambio? La argumentación expuesta, que proviene de la historia de su vida, puede desde luego explicar la diferente ubicación del centro de gravedad para Schmidt y Sánchez Vázquez al escoger las formas de praxis investigadas, pero difícilmente ayuda a hacer concebible un cambio teórico más de veinticinco años después del inicio del exilio. Así pues, entremos algo más de cerca en los aspectos teóricos internos de esta problemática. El propio Sánchez Vázquez valora su libro Las ideas estéticas de Marx como la primera expresión de cierta magnitud de su ruptura con el marxismo dogmático. En particular, le interesa cuestionar una relación inmediata de dependencia entre los desarrollos artísticos y los de índole social:

[...] la historia del arte y de la literatura demuestra que los cambios de sensibilidad estética no surgen espontáneamente, y de ahí la persistencia de criterios y valores estéticos que entran en contradicción con los cambios profundos que se operan ya, en otros campos, de la vida humana. (Sánchez Vázquez, 1986: 227.)

Con esto, se plantea la necesidad de un desarrollo independiente —revolucionario— del arte, incluso en una sociedad que apenas había realizado una revolución, como la de Cuba en los años sesentas del siglo XX. “La nueva sensibilidad, el nuevo público, la nueva actitud estética tiene que ser creada; no es fruto de un proceso espontáneo.” (Sánchez Vázquez, 1986: 227).

Terminamos aquí al subrayar la importancia de lo que ha dado Adolfo Sánchez Vázquez al mundo de habla hispana, y al mundo en general, con su interpretación crítica del marxismo que ha sido una de las primeras en toda América Latina y sigue siendo una de las filosofías más importantes de nuestro tiempo.

Bibliografía

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Notas

[1] Compárese: “El hecho de que el punto de partida del materialismo dialéctico sea de carácter específicamente epistemológico, se debe a que Marx y Engels aceptan la crítica que Hegel hace a Kant sin poder aceptar al mismo tiempo su base especulativa. Con Hegel afirman la posibilidad de conocer la esencia de los fenómenos, con Kant (sin referirse ciertamente a la Crítica de la razón pura) insisten en la no-identidad de forma y materia, sujeto y objeto del conocimiento. Se llega así -si bien sin expresarlo abiertamente- a una reedición materialista de la problemática de la constitución.” (Schmidt, 1969: 10-11).

[2] Alfred Schmidt manifestó hace unos años que seguía defendiendo lo afirmado en su libro El concepto de naturaleza en Marx. Aludiendo evidentemente al trato que dio Max Horkheimer a sus propios escritos anteriores después de haber regresado a Frankfurt en 1947 del exilio en Estados Unidos, Schmidt dijo que él no encerraría en el sótano sus anteriores escritos (comunicación personal, c. 1993).

[3] Esta postura de Gramsci es caracterizada, en otro lugar, por Sánchez Vázquez con las palabras del propio Gramsci como “inmanentismo absoluto”, “historicismo absoluto” y “humanismo” (Sánchez Vázquez, 1980: 56).

[4] Schmidt igualmente formula en otro lugar: “Como todo materialismo, el materialismo dialéctico reconoce también que las leyes y formas de movimiento de la naturaleza externa existen independientemente y fuera de cualquier conciencia. Este en-sí sólo resulta empero relevante en la medida en que se vuelve un para-nosotros, es decir, en cuanto la naturaleza se incluye en los fines humanos sociales.” (Schmidt, 1983: 54, cursivas de S.G.).

[5] En el plano lingüístico se observa esta circunstancia ante todo también en la creación literaria. En ella, la naturaleza virgen es descubierta en el instante mismo en que su conquista definitiva aparece en el orden del día. Así, el poeta inglés Percy Bysshe Shelley describe en 1816 el Mont Blanc, en su poema del mismo nombre, como “Remote, serene, and inaccessible” después de que, en los veinte años transcurridos desde la primera ascensión en 1786, su cima fuera pisada otras cinco veces por grupos de escaladores. (Shelley, P.B. 1989, línea 97).

[6] Schmidt se refiere aquí a: Marx, K. y Engels, F., 1953: 43.

[7] Las primeras ascensiones a altas montañas, sobre todo de los Alpes, son un buen ejemplo de la relación entre naturaleza externa virgen o materialidad por un lado y subjetividad o praxis por el otro. La idea de una naturaleza virgen tiene, a partir de determinado instante de su tangibilidad potencial, imaginable, una increíble fuerza de atracción y, así, la intangibilidad, que desde el principio de su imaginación está vinculada a la tangibilidad potencial, se convierte en algo ya tocado. La primera alta montaña en ser escalada por los seres humanos según el registro histórico, es el Mont Blanc, el más alto de Europa. Esta primera gran ascensión alpina tiene lugar tres años antes de la Revolución Francesa. No es sólo el desarrollo industrial, sino además el ideológico, el que provoca y hace posible tal anhelo por alcanzar lo aparentemente inalcanzable de la naturaleza externa.

Los primeros en ascender al Mont Blanc, el guía Jacques Balmat y el doctor en medicina Michel Paccard, si bien eran habitantes de Chamonix, acudieron al llamado del especialista en ciencias naturales, Horace Bénédict de Saussure, quien había ofrecido un premio por la ascensión al Mont Blanc. Un año después, el propio De Saussure alcanzó la cima con dieciocho cargadores en el curso de varios días. Equipado con diversos instrumentos de medición, una mesa y una silla, pasó allí cuatro horas y media, y practicó, entre otros, unos ensayos higrométricos como los del punto de ebullición del agua y tomó nota de los efectos que causaba en su propio cuerpo la elevada altura. (Ver: Saussure, H. B. de, 1979).

* Teléticamente (como luego telético) traduce la orientación hacia un fin concreto en la actividad del trabajo (N. del E.).

[8] “Como en el caso de Feuerbach, también Marx habla de la ‘prioridad de la naturaleza externa’. Sin embargo, formula una reserva crítica: que toda prioridad sólo puede serlo dentro de la mediación.” (Schmidt, 1983: 22). Alfred Schmidt cita aquí a Marx según: Marx, K. y Engels, F., 1953: 44.

[9] Schmidt cita aquí según: Marx, K. y Engels, F., 1953: 452-453.

[10] Bertolt Brecht expresa una idea parecida cuando en los Diálogos de refugiados, el personaje del intelectual confiesa al personaje del proletario: “[...] pienso siempre en el filósofo Hegel. He sacado algunas de sus obras de la biblioteca para no irle a usted a la zaga, filosóficamente hablando.” (Brecht, 1994: 88, cursivas de S.G.). De todos modos, esto sólo debe entenderse negativamente, es decir, como crítica irónica al teoricismo y no como banal culto al proletario. Como alusión al simultáneo desdén por las capacidades conceptuales de la clase obrera, chapuceramente elogiada, que halla su expresión en la sustitución de los clásicos por los libros de texto por parte del partido comunista, el personaje del proletario agrega poco después, volviendo a referirse a Hegel: “Nos dieron extractos de sus obras. En él, como en los cangrejos, hay que atenerse a los extractos.” (Brecht, 1994: 91).

[11] Esta no es una suposición maliciosa, sino sólo un resumen de los más recientes programas de partido y gobierno de la socialdemocracia europea. Apenas habría hoy un socialdemócrata que siguiera poniendo en tela de juicio la interpretación de estos programas como pro capitalistas.

[12] Compárese al respecto. “Marx no ‘combina’ (lo que sería eclecticismo puro) motivos de reflexión de origen idealista y materialista, sino que dirige la idea (matizada de diversas maneras desde Kant hasta Hegel) de que todo lo inmediato es ya mediado, contra su formulación hasta entonces idealista.” (Schmidt, 1969: 11).

[13] Schmidt cita aquí de: Marx, 1982: 40. Schmidt continúa aquí refiriéndose a Mao: “Éstas reflejan en cada caso no sólo la medida en que la sociedad ha alcanzado un verdadero poder sobre la naturaleza, sino que determinan el qué y el cómo del conocimiento humano, del horizonte general en el que se mueve” (Schmidt, 1969: 11).

[14] Brecht ve igualmente una relación directa entre la emigración y la forma de crear la teoría: “La mejor escuela de dialéctica es la emigración. Los dialécticos más agudos son los refugiados. Son refugiados porque se han producido cambios y ellos solamente estudian los cambios. De los menores indicios deducen los máximos acontecimientos, siempre que tengan buen juicio. Cuando triunfan sus adversarios, ellos calculan cuánto ha costado la victoria y tienen buen ojo para las contradicciones.” (Brecht, 1994: 91-92).

La dolorosa separación de Occidente de la “subalternidad de los otros”…


Enrico Armas (Venezuela) Espacio de un caballo

Michael Liebig   /   Adital

 

…o el camino hacia la modernidad…

La bancarrota del sistema bancario estadounidense no es lo único que agobia al resto del mundo. Otra carga igual es la bancarrota geopolítica del gobierno de Bush: Irak, Irán, el Medio Oriente y Afganistán. Alemania se ve afectada de forma inmediata por la situación de Afganistán, porque hay casi 4.000 soldados alemanes estacionados en ese país. Su despliegue dura ya siete años y no ha dejado de crecer, con más tropas y equipo, desde 2006. En su zona de operaciones en el Norte de Afganistán, el Bundeswehr se ha concentrado desde un principio en acciones militares-civiles, pero esto no evita que, desde 2005, la seguridad de Afganistán se haya deteriorado día a día.

La línea oficial del gobierno alemán es: "¡Tenemos que mantenernos firmes!" aun cuando extraoficialmente ya no se niega que la situación afgana está empeorando. Sin embargo, el debate sobre el despliegue en Afganistán sigue obstaculizado por la afirmación de que "no podemos traicionar al pueblo afgano" y "tenemos que cumplir con nuestras obligaciones con nuestros aliados." Una excepción es la de Helmut Schäfer, quien fuera Ministro de Estado del Ministerio Alemán de Relaciones Exteriores. El 14 de mayo, en un acto sobre las relaciones exteriores estadounidenses realizado en Mainz, Schäfer dijo que las intervenciones militares occidentales en Afganistán están metidas en un callejón sin salida. Si la protección de los derechos de las mujeres afganas significa matar más y más mujeres y niños con bombardeos aéreos, uno debe detenerse un momento y cuestionar la estrategia en su conjunto. Llegó ya el momento de pensar con seriedad sobre la salida "decente" de Afganistán, dijo Schäfer.

Lo que se ha "disimulado"

Esta afirmación la comparten en Alemania los que conocen Afganistán no solo por los informes y las cortas visitas oficiales a este país. Por ejemplo, el coronel retirado Jürgen Hübschen, quien es asesor de seguridad de una bien conocida organización no gubernamental humanitaria que trabaja, entre otros lugares, en Afganistán. El coronel Hübschen acaba de publicar las impresiones de su última visita en el sitio solonline. O el doctor Reinhard Erös, director de la ONG "Ayuden a los niños de Afganistán." Él conoce el país y su pueblo -y también a los que tienen vínculos con el Talibán. El doctor Erös goza de la confianza de los afganos porque desde los años ochentas, cuando era oficial médico del Bundeswehr, presentó la propuesta personal de brindar ayuda humanitaria en Afganistán. En una entrevista con la Deutschlandfunk el pasado 29 de mayo (LINK), Erös dijo: "La pregunta no es si nos vamos a retirar, sino cuándo. No podemos permanecer por los siguientes 100 años. Así que tenemos que salir de todos."

Aquí, un médico que conoce Afganistán, toca el problema central, el que los políticos occidentales no quieren debatir. La situación de Afganistán, sin embargo, habrá de forzar este debate, el cual deberá incluir las nuevas marcas de las referencias geopolíticas, sin limitarse a ellas. Por ejemplo, la sorprendentemente falsa suposición de que los problemas de Afganistán se deben "resolver" sin involucrar a Pakistán. Esto raya en el absurdo, cuando, luego de ocho años de operaciones militares en Afganistán, el gobierno estadounidense está optando por una estrategia "Afpaq." Todavía más absurdo es que, en esta inclusión de Pakistán, los estadounidenses cometen los mismos errores que en Afganistán -limitarse a un procedimiento militar. Por supuesto, no habrá una solución para Afganistán sin la participación constructiva de su vecino Irán; y esto mismo vale para la India. Sin duda, un marco regional multilateral para la estabilización de Afganistán debe ser el paso más importante en la dirección correcta, aunque no sería suficiente.

La reeducación occidental de los "otros&quot"

Occidente, en primer lugar, tiene que revisar las raíces de sus propios supuestos. El axioma central que se debe cuestionar es el de:

"Occidente" tiene el derecho y la obligación de instruir a los "otros" pueblos y Estados -supuestamente "atrasados" y (todavía) "irracionales" para guiarlos por el camino de la "era moderna," inclusive por la fuerza, de ser necesario.

Este derecho y obligación atribuido sin consultar a nadie se deriva de una "superioridad civilizadora" evidente por si misma de "Occidente." "Esta "superioridad" se manifiesta en los principios occidentales de democracia, derechos humanos y economía de mercado. Los pueblos y Estados "pre-modernos" fuera del espacio civilizador euroatlántico se tienen que reeducar en esos principios.

Dos aclaraciones para evitar malos entendidos:

Primero, no se trata aquí de poner en duda los principios de la democracia, de los derechos humanos y de la economía de mercado en Occidente. El problema es la voluntad de insistir en el derecho imponer esos principios a los "otros." Esto significa la pretensión de que para la difusión a escala mundial de los principios occidentales todo (o casi todo) se justifica, inclusive la fuerza militar.

Segundo, la Carta de las Naciones Unidas limita el derecho de los Estados a emplear la fuerza militar contra otros Estados a sólo dos circunstancias: la defensa de un ataque y la declaración del Consejo de Seguridad de que un Estado amenaza la paz mundial. Este último pude ser si a) un Estado comete genocidio u otros crímenes contra la humanidad, y b) que las Naciones Unidas lo señalen expresamente. Si no se cumplen ambas condiciones, el empleo de la fuerza militar de un Estado contra otro es una violación del derecho internacional.

Las "teoría subalterna" y la "teoría post colonial"

En su forma más general, el axioma, el resultado de lo que vemos en Afganistán, se puede resumir en la oposición binaria del "líder occidental" y del "subalterno no occidental" en las relaciones internacionales.

La categoría "subalternidad" fue creada por investigadores indios de temas sociales por allá de los años ochentas. El término lo adoptaron del filósofo marxista italiano Antonio Gramsci, para tener el concepto de las experiencias coloniales y post coloniales. Los "grupos de estudio de los estados subalternos del Sur de Asia" no abordaron el colonialismo y el imperialismo tan sólo en el sentido del poderío de dominación "empedernida" -política, militar y económica-, sino que también estudiaron la dimensión socio-cultural, es decir, los patrones mentales y de comportamiento. La hegemonía de Occidente -abiertamente colonial/imperial o alternativamente "liberal"-, por un lado, y la subalternidad del "no occidental", por el otro lado, comunican y refuerzan su identidad una a la otra.

Vinculada a la "teoría de la subalternidad" y en cierta forma mezclada con ella, la "teoría post colonial" se creó desde el fin de la guerra fría. Su concepto central es que con el fin oficial del colonialismo en los años setentas, los patrones mentales y de comportamiento de la era colonial de 400 años no podían desaparecer súbitamente -ni en los antiguos "gobernantes coloniales" ni en los "nativos" que habían obtenido su independencia. La teoría del post colonialismo tiene un alcance histórico muy vasto y no adopta una negación tajante de los logros de la modernidad europea, sino que pone el énfasis en la formación de identidad mutua con la comunicación de la modernidad europea y la "civilización de los otros" ya suprimida.

La teoría post colonial aborda las contradicciones internas de la modernidad europea, que con la Ilustración proclamado derechos humanos universales e inalienables, pero que al mismo tiempo niega los derechos humanos de la mayoría de la raza humana. Es típica la posición sobre la esclavitud de los principales representantes de la Ilustración francesa, por ejemplo, Rousseau o Montesquieu, o de los fundadores de Estados Unidos. Chauvinismo, colonialismo y racismo pertenecen intrínsecamente a la modernidad euro-atlántica, como lo demuestra ad nauseam la historia del siglo XIX y XX.

Cabría recalcar de nuevo que las teorías post colonial y del subalterno no parten del "ajuste de cuentas" retrospectivo con el colonialismo, sino que se concentran en los patrones mentales y de comportamiento latentes, pero persistentes, de Occidente y del "resto." Ambas teorías son fluidas y vinculan varios moldes conceptuales, cabría agregar.

La matriz post colonial luego de 1989

Que el "lado oscuro" de la modernidad occidental persiste hasta el presente se demuestra por el auge neo imperial de la era de Bush, que no fue una "desviación" por azar. Luego de ser colonia, los Estados Unidos post coloniales se han convertido en el primer ejemplo de los patrones mentales -y de actos- neo coloniales. Los rasgos principales del mapa mental estadounidense son los conceptos del "excepcionalismo estadounidense" y el "destino manifiesto," que separan radicalmente a Estados Unidos del "resto."

 Con el desplome de su principal competidor político mundial, la Unión Soviética, la "tendencia hacia la reeducación del mundo" se alimentó con plenitud. Primero, con el presidente Bush padre y Clinton, la reeducación mundial se realizó de una forma paternalista -es decir, de forma indirecta, conducida con presiones e incentivos en los campos de la política, la economía y la cultura. Pero cuando un Estado se resistía, se le imponía la "imagen de enemigo" e inclusive se les atacó militarmente, como sucedió en la guerra de Kosovo en 1999.


Debido a la creciente debilidad económica interna de Estados Unidos, desde 2000, la continuación de la estrategia "paternalista" se hizo cada vez más difícil. El gobierno de Bush hijo empleó los ataques de 11 de septiembre para cambiar abiertamente a una estrategia militarista abiertamente neo colonial contra los "Estados forajidos." Afganistán e Irak fueron conquistados y se preparó el ataque a Irán. La justificación de la invasión de Afganistán, que no era más que un pretexto, se podía haber aplicado también a Arabia Saudita. En el caso de Irak no tuvo empacho en mentir descaradamente.

Lo cierto es que los patrones mentales y de conducta postcoloniales siguen presentes en Europa, a pesar de los traumas de la primera mitad del siglo XX y del subsiguiente aprendizaje, se hizo evidente en la paradójica respuesta de Europa a la estrategia mundial de Estados Unidos desde 1989: Europa se comportó en gran medida como un "subalterno" con respecto a la estrategia estadounidense hacia los "otros subalternos." Dicho comportamiento se llama "híbrido" en la teoría de los subalternos.

Entre 1996 y 2005, las teorías de Robert Cooper se pusieron de moda en Europa. Cooper proclamaba que la Unión Europea tenía que redefinirse como un "imperio post moderno" -claro está que en calidad de socio menor de Estados Unidos. En esta nueva función, Europa tendría que emplear los métodos más rígidos del pasado "contra" los estados pre modernos que se negaran a someterse a las normas occidentales. En 1998, Tony Blair propuso el "intervencionismo liberal" contra los enemigos de los principios occidentales.

Europa tomó parte en la guerra de Kosovo en 1999, la cual se libró también desde un punto de vista post colonial. Es innegable que los Balcanes están en Europa, pero los "Balcanes" son al mismo tiempo una estructura mental que representa la pre modernidad, el atraso y la irracionalidad y son por ello "diferentes a Europa" y poseen la calidad de los "otros." Europa participó en la ocupación militar de Afganistán. La mayoría de los gobiernos europeos apoyó inclusive la guerra de Irak -por lo menos al principio. Esto todavía no se asimila por completo en Europa.

Hacia una modernidad entrelazada de forma múltiple y a escala mundial

Afganistán puede convertirse en el catalizador de la interpretación europea del pasado y eso no tiene nada más que ver con las dos décadas pasadas. La intervención militar occidental en Afganistán demostró que la imposición extranjera del "modelo occidental" en un país no occidental no funcional. No funciona a pesar de que Afganistán es un país débil, agotado por décadas de guerra. El problema, no obstante, va más allá de Afganistán.

El problema fundamental es la necesidad de abandonar la dicotomía tan profundamente enraizada de la modernidad euroatlántica "superior" y la subalternidad de los "otros." El cambio urgente de forma de pensar no significa el rechazo o hacer relativa la modernidad euroatlántica. Significa la evolución y la transformación de la modernidad euroatlántica en el triple sentido hegeliano del "Aufhebung" -superar, preservar y avanzar. Este nuevo pensamiento civilizador no es tan sólo un ejercicio intelectual, sino el medio para reconocer las realidades mundiales.

26/7/09

¡Odio a los indiferentes!


Miguel von Dangel [Venezuela], de la serie Tauromaquia

Antonio Gramsci

Odio a los indiferentes. [*] Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son  parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia.

Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella:  al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. 

Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado? Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas. 

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista.

Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.

[*] Este pequeño texto de juventud de Antonio Gramsci, fue publicado en 1917 y es inédito en castellano

De Jacobo Árbenz a Manuel Zelaya: Una historia de bananeras


Foto: Jacobo Árbenz

Nikolas Kozloff   /   CounterPunch

 

Cuando los militares hondureños derrocaron el gobierno democráticamente elegido de Manuel Zelaya hace dos semanas, puede haber habido un suspiro de alivio en las salas del consejo corporativo de Chiquita banana. A principios de este año la compañía frutera basada en Cincinnati, EE.UU. se unió a Dole en su crítica al gobierno en Tegucigalpa que había aumentado el salario mínimo en un 60%. Chiquita se quejó de que las nuevas reglas afectarían los beneficios de la compañía, y exigirían que la firma tuviera costes más elevados que en Costa Rica: 20 centavos de dólar más para producir una caja de ananás y diez centavos más para producir una caja de plátanos, para ser exacto. En total, Chiquita se inquietaba porque perdería millones con las reformas laborales de Zelaya ya que la compañía producía unas 8 millones de cajas de ananás y 22 millones de cajas de plátanos por año.

Cuando apareció el decreto del salario mínimo, Chiquita buscó ayuda y apeló al Consejo Hondureño de Empresa Privada (COHEP). Como Chiquita, COHEP estaba descontento con la medida de Zelaya sobre el salario mínimo. Amílcar Bulnes, presidente del grupo, argumentó que si el gobierno seguía adelante con el aumento del salario mínimo, los empleadores se verían obligados a despedir trabajadores, aumentando así el desempleo en el país. Como principal organización empresarial en Honduras, COHEP agrupa a 60 asociaciones empresariales y cámaras de comercio que representan todos los sectores de la economía hondureña. Según su propio sitio en Internet, COHEP es el brazo político y técnico del sector privado hondureño, apoya los acuerdos de comercio y suministra “apoyo crítico para el sistema democrático.”

COHEP argumenta que la comunidad internacional no debiera imponer sanciones económicas contra el régimen golpista en Tegucigalpa, porque empeorarían los problemas sociales de Honduras. En su nuevo papel como vocero de los pobres de Honduras, COHEP declara que Honduras ya ha sufrido terremotos, lluvias torrenciales y la crisis financiera global. Antes de castigar al régimen con medidas punitivas, arguye COHEP, Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos deberían enviar equipos de observadores a Honduras para evaluar cómo las sanciones afectarían a un 70% de los hondureños que viven en la pobreza. Mientras tanto, Bulnes ha expresado su apoyo al régimen golpista de Roberto Micheletti y argumenta que las condiciones políticas en Honduras no son propicias para un retorno del exilio de Zelaya.

Chiquita: De Árbenz a Bananagate

No sorprende que Chiquita busque y se alíe con fuerzas social y políticamente retrógradas en Honduras. COLSIBA, el organismo coordinador de los trabajadores de plantaciones de plátanos en Latinoamérica, dice que la compañía frutera no ha suministrado a sus trabajadores los equipos de seguridad necesarios y que ha retardado la firma de acuerdos laborales colectivos en Nicaragua, Guatemala y Honduras.

La Coordinadora Latinoamericana de Sindicatos Bananeros, COLSIBA compara las condiciones laborales infernales en las plantaciones de Chiquita con campos de concentración. Es una comparación inflamatoria, pero puede contener un cierto grado de verdad. Mujeres que trabajan en las plantaciones de Chiquita en Centroamérica trabajan de las 6.30 de la mañana hasta las 7 de la tarde, con manos que arden dentro de guantes de goma. Algunos trabajadores tienen sólo 14 años. Los trabajadores bananeros centroamericanos han denunciado que Chiquita los expone en el terreno a DBCP, peligroso pesticida que causa esterilidad, cáncer y defectos congénitos en los niños.

Chiquita, conocida antes como United Fruit Company y United Brands, ha tenido una larga y sórdida historia política en Centroamérica. Dirigida por Sam “The Banana Man” Zemurray, United Fruit entró al negocio de los plátanos a comienzos del Siglo XX. Zemurray observó una vez: “En Honduras, una mula cuesta más que un miembro del parlamento.” En los años veinte United Fruit controlaba 263.000 hectáreas de la mejor tierra en Honduras, cerca de un cuarto de la tierra cultivable del país. Lo que es más, la compañía controlaba carreteras y ferrocarriles.

En Honduras, las compañías fruteras extendieron su influencia a todas las áreas de la vida, incluidas la política y las fuerzas armadas. Por esas tácticas adquirieron el nombre de ‘los pulpos.’ Los que no aceptaban el juego de las corporaciones eran hallados a menudo boca abajo en las plantaciones. En 1904, el humorista O. Henry acuñó el término “República bananera” para referirse a la tristemente célebre United Fruit Company y sus actividades en Honduras.

En Guatemala, United Fruit apoyó el golpe militar patrocinado por la CIA en 1954, contra el presidente Jacobo Arbenz, un reformador que trató de realizar una reforma agraria. El derrocamiento de Arbenz llevó a más de treinta años de intranquilidad y de guerra civil en Guatemala. Posteriormente, en 1961, United Fruit prestó sus barcos a exiliados cubanos respaldados por la CIA que trataron de derrocar a Fidel Castro en Playa Girón.

En 1972, United Fruit (rebautizada como United Brands) llevó al poder al general hondureño Oswaldo López Arellano. Sin embargo, el dictador tuvo que renunciar posteriormente después del infame escándalo “Bananagate” que tuvo que ver con sobornos de United Brands para López Arellano. Un jurado de acusación estadounidense acusó a United Brands de sobornar a Arellano con 1,25 millones de dólares, con la promesa de otros 1,25 millones si el militar aceptaba la reducción de los impuestos a la exportación de frutas. Durante el Bananagate, el presidente de United Brands cayó de un rascacielos de Nueva York, en un aparente suicidio.

Los años Go-Go de Clinton Years y Colombia

United Fruit también se estableció en Colombia y, durante sus operaciones en el país sudamericano, desarrollo una imagen no menos accidentada. En 1928, 3.000 trabajadores se declararon en huelga contra la compañía para pedir mejores condiciones de paga y trabajo. La compañía primero se negó a negociar, pero después cedió en algunos puntos menores, y declaró que las otras demandas eran “ilegales” o “imposibles.” Cuando los huelguistas se negaron a dispersarse, los militares dispararon contra los trabajadores, matando a muchos de ellos.

Podría pensarse que Chiquita habría reconsiderado sus políticas laborales después de lo sucedido pero a fines de los años noventa, la compañía comenzó a aliarse con fuerzas insidiosas, específicamente con paramilitares derechistas. Chiquita les pagó hasta más de un millón de dólares. En su propia defensa, la compañía declaró que simplemente estaba pagando a los paramilitares para obtener protección.

En 2007, Chiquita pagó 25 millones de dólares para dirimir una investigación del Departamento de Justicia sobre esos pagos. Chiquita fue la primera compañía en la historia de EE.UU. condenada por tratos financieros con una organización terrorista específica.

En un juicio contra Chiquita, víctimas de la violencia paramilitar afirmaron que la firma instigaba a cometer atrocidades, incluyendo terrorismo, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Un abogado de los demandantes dijo que la relación de Chiquita con los paramilitares “tenía que ver con la adquisición de todos los aspectos de la distribución y venta de plátanos mediante un reino del terror.”

De vuelta en Washington, Charles Lindner, director ejecutivo de Chiquita, estaba ocupado cortejando a la Casa Blanca. Lindner había sido un gran donante del Partido Republicano, pero cambio de lado y comenzó a prodigar dinero a los demócratas y a Bill Clinton. Clinton recompensó a Lindner convirtiéndose en un crucial respaldo militar del gobierno de Andrés Pastrana, responsable de la proliferación de escuadrones de la muerte derechistas. En esos días EE.UU. impulsaba su agenda de libre comercio amistosa hacia las corporaciones en Latinoamérica, una estrategia realizada por el antiguo amigo de infancia de Clinton, Thomas “Mack” McLarty. En la Casa Blanca, McLarty actuó como Jefe de Gabinete y Enviado Especial para América Latina. Es un personaje fascinante a quien volveré en un instante.

La conexión Holder-Chiquita

En vista del historial poco limpio de Chiquita en Centroamérica y Colombia, no sorprende que la compañía haya tratado de aliarse posteriormente con COHEP en Honduras. Aparte de cabildear a asociaciones empresariales en Colombia, Chiquita también cultivó relaciones con firmas legales importantes en Washington. Según el Center for Responsive Politics, Chiquita ha pagado 70.000 dólares en gastos de cabildeo a Covington and Burling en los últimos tres años.

Covington es una poderosa firma legal que asesora a corporaciones multinacionales. Eric Holder, actual Fiscal General [Ministro de justicia], co-presidente de la campaña de Obama y ex Fiscal General Adjunto bajo Bill Clinton fue hasta hace poco socio de la firma. En Covington, Holder defendió a Chiquita como abogado principal en su caso con el Departamento de Justicia. Desde lo alto de su elegante nueva oficina en Covington, ubicada cerca del edificio del New York Times en Manhattan, Holder preparó a Fernando Aguirre, director ejecutivo de Chiquita, para una entrevista con “60 Minutes” sobre los escuadrones de la muerte colombianos.

Holder hizo que la compañía frutera se declarara culpable de un cargo de “entrar en transacciones con una organización explícitamente identificada como organización terrorista global.” Pero el abogado, que cobraba un considerable salario en Covington del orden de más de 2 millones de dólares, medió en un dulce acuerdo según el cual Chiquita sólo pagó una multa de 25 millones de dólares durante cinco años. Escandalosamente, sin embargo, ni uno de los seis funcionarios de la compañía que aprobaron los pagos recibió una condena a la cárcel.

El curioso caso de Covington

Si se mira un poco más detenidamente se descubrirá que Covington no sólo representa a Chiquita sino que sirve como una especie de nexo para la derecha política que quiere propugnar una política exterior agresiva en Latinoamérica. Covington mantuvo una importante alianza estratégica con Kissinger (famoso por Chile en 1973) y McLarty Associates (sí, el mismo Mack McLarty de los días de Clinton), una firma muy conocida internacionalmente de consultoría y asesoría estratégica.

John Bolton sirvió de 1974 a 1981 como socio en Covington. Como embajador de EE.UU. en Naciones Unidas bajo George Bush, Bolton fue un crítico feroz de izquierdistas en Latinoamérica como Hugo Chávez. Además, John Negroponte se convirtió hace poco en vicepresidente de Covington. Negroponte es un ex secretario adjunto de Estado, director de Inteligencia Nacional y representante de EE.UU. ante Naciones Unidas.

Como embajador de EE.UU. en Honduras desde 1981 hasta 1985, Negroponte jugó un papel importante en la ayuda a los rebeldes de la Contra respaldados por EE.UU. que se proponían derrocar el régimen sandinista en Nicaragua. Grupos de derechos humanos han criticado a Negroponte por hacer caso omiso de los abusos contra los derechos humanos cometidos por los escuadrones de la muerte hondureños que fueron financiados y parcialmente entrenados por la CIA. Por cierto, cuando Negroponte sirvió como embajador, su edificio en Tegucigalpa se convirtió en unos de los mayores centros neurálgicos de la CIA en Latinoamérica y decuplicó su personal.

Aunque no hay evidencia que vincule Chiquita al reciente golpe en Honduras, existe suficiente confluencia de personajes sospechosos y de políticos influyentes como para justificar más investigación. Desde COHEP a Covington hasta Holder y Negroponte y McLarty, Chiquita ha seleccionado a amigos en puestos importantes, amigos que no aprecian las políticas laborales progresistas del gobierno de Zelaya en Tegucigalpa.

Nikolas Kozloff es autor de “Revolution! South America and the Rise of the New Left” (Palgrave-Macmillan, 2008). Su blog es: senorchichero.blogspot.com 


El derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala


En la foto, el triunvirato revolucionario de Guatemala en 1944: Mayor Francisco Arana, 
Jorge Toriello y el entonces Capitán Jacobo Arbenz 

Armando Tezucún   /   Revista 1857 (Sep-Dic 2007)

 

El principal punto de referencia histórico de la izquierda guatemalteca es el gobierno de Jacobo Arbenz Guzmán (marzo 1951-junio 1954). El período de Arbenz fue el segundo de los dos gobiernos de la “Primavera Democrática” de Guatemala. Este fue un gobierno nacionalista burgués, democrático, que junto con los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina y Lázaro Cárdenas en México, pertenece a la primera oleada de gobiernos con un programa nacionalista, antioligárquico y antiimperialista en América Latina. No sólo la izquierda reformista de Guatemala reivindica el programa y los logros del gobierno de Arbenz, [1] sino también los sectores más radicales de la izquierda, que levantan la bandera del socialismo. Esta misma izquierda radical se identifica en la actualidad con la más reciente oleada de gobiernos nacionalistas burgueses o pequeño burgueses latinoamericanos (que han resultado ser menos radicales que sus antecesores), a pesar de que han tenido que ir eliminando uno tras otro a Lula, Kirchner, Vásquez etc. de la lista de “revolucionarios” favoritos que elaboraron con tanto entusiasmo.

Por esta razón es importante iniciar la discusión sobre la naturaleza, logros y errores del gobierno de Arbenz. Desde la década de los setentas, sociólogos, historiadores y politicólogos han investigado sobre el tema, algunos desde puntos de vista acertados, sin embargo las nuevas generaciones de revolucionarios no parecen haber asimilado las lecciones políticas de los acontecimientos ocurridos hace ya 53 años.

Las transformaciones sociales a partir de la revolución del 44

Cuando el régimen despótico de Jorge Ubico y el gobierno de su sucesor Ponce Vaidés fueron derrocados en 1944, la economía guatemalteca se encontraba estancada y su base la constituían las plantaciones de café destinado a la exportación, pertenecientes a la oligarquía terrateniente. La oligarquía cafetalera se asentaba sobre formas semiserviles de explotación de la mano de obra campesina, predominantemente indígena, y sus artículos de consumo, manufacturados y suntuarios eran importados casi en su totalidad.

En las ciudades las posibilidades de trabajo eran escasas. La industria y consecuentemente la clase obrera eran casi inexistentes. Una fábrica de cerveza, otra de cemento, algunas empresas textiles conformaban la escasa industria nacional, junto con pequeños talleres artesanales. La principal fuente de trabajo asalariado se centraba en las empresas pertenecientes a la United Fruit Company, como los ferrocarriles, las plantaciones bananeras y la empresa de energía eléctrica, junto con los servicios públicos. [2]

El panorama cambió después de la revolución de octubre de 1944. En ausencia de una burguesía definida con intereses propios, la vanguardia de la revolución fueron elementos de la pequeña burguesía: estudiantes, intelectuales, profesionales, algunos oficiales jóvenes del ejército, etc. que arrastraron tras de sí a las amplias masas de la población ansiosas de un cambio democrático.

Elementos de esta pequeña burguesía, al amparo de las nuevas condiciones de libertad y democracia que trajo la revolución y de las nuevas reglas de la economía (abolición de las formas monopolísticas de producción, abandono de las prácticas conservadoras de Ubico para mantener la estabilidad monetaria, abolición de sistemas semiserviles de tratar a la mano de obra, nuevas políticas salariales y de distribución del ingreso que ampliaron el mercado interno, etc.) empezaron a convertirse en una nueva burguesía comercial e industrial al amparo de las posiciones de poder político que gozaban. En 1948 de instalaron 14 nuevas industrias y se concedieron 23 licencias para explotación minera; en 1949 fueron 36 las nuevas industrias y en 1950, 56, todas surgidas bajo el auspicio de la Ley de Fomento Industrial. [3]

A la par de esta nueva burguesía surgió una nueva clase obrera que pronto aprovechó las libertades y derechos conferidos por el recién estrenado código del trabajo (promulgado durante el primer gobierno de la revolución, de Juan José Arévalo, en 1947). Pronto surgieron los primeros sindicatos y las primeras huelgas por reivindicaciones salariales. Doce días antes de la toma de posesión de Arévalo se desató la primera huelga de obreros agrícolas. En el mismo período se da una huelga de trabajadores del calzado y otra de obreros de las panaderías. Incluso una huelga de trabajadores de artes gráficas paralizó la elaboración de propaganda impresa de los partidos políticos en vísperas de las elecciones presidenciales de diciembre de 1944. Todas estas huelgas exitosas fueron por mejoras salariales. [4]

Después de la caída de Ubico y antes de octubre del 44 una gran variedad de trabajadores se empezaron a organizar para luchar por mejoras salariales: pilotos automovilistas, empleados de cine, trabajadores de los muelles, empleados de comercio, obreros de fábricas de calzado, panaderos, trabajadores de aserraderos, de fábricas de muebles, tipógrafos, trabajadores de hilados y tejidos, obreros de los ingenios azucareros y de las plantaciones bananeras de la UFCO. [5]

En el campo, a inicios de 1945 se realizó la huelga de trabajadores de la compañía agrícola en Tiquisate, Escuintla, en la que los obreros pidieron aumento salarial hasta de un 100%, mejoras en salubridad, vivienda, etc. Los trabajadores fueron reprimidos, intervino el ejército y 14 trabajadores fueron detenidos. Antes de 1944 la clase obrera existente se situaba principalmente en las plantaciones bananeras de la UFCO, estaba escasamente organizada, y sufría los efectos de la férrea represión del régimen de Ubico, fiel protector de los intereses de la empresa imperialista.

La organización paulatina de los trabajadores y sectores populares dio como resultado el surgimiento de la Confederación de Trabajadores de Guatemala y su aliada Confederación Nacional Campesina. En 1949 fue fundado el primer partido obrero, el Partido Guatemalteco del Trabajo, de orientación estalinista, entre cuyos miembros estaban los principales dirigentes sindicales.

Polarización de intereses en el seno de la revolución

Durante el período de gobierno de Arévalo se dio una paulatina diferenciación de intereses en el seno de las fuerzas que realizaron la revolución. Como sucede en toda revolución democrático burguesa, la base popular del movimiento revolucionario al inicio sigue a los líderes burgueses o pequeño burgueses, pero en el curso de los acontecimientos va adquiriendo poco a poco consciencia de sus intereses y cada vez con más fuerza empieza a enarbolar sus propias reivindicaciones, que chocan con los límites que la dirigencia burguesa o pequeño burguesa quiere imponer a la revolución.

La oligarquía terrateniente fue la primera en oponerse a las primeras medidas de la Junta Revolucionaria de Gobierno y luego a las del gobierno de Arévalo, pues sus intereses fueron gravemente afectados, junto a los de la imperialista UFCO. En alianza con las empresas gringas, la oligarquía y militares reaccionarios urdieron numerosos complots e intentos de golpes de estado contra el régimen arevalista.

Pero la naciente burguesía que crecía al amparo de las transformaciones revolucionarias, pronto empezó a tornarse asustadiza y temerosa ante el auge organizativo del movimiento obrero-campesino. Los antiguos revolucionarios que invirtieron en negocios en los sectores comercial, industrial y agrícola empezaron a identificarse cada vez más con la burguesía incipiente de los últimos años del régimen de Ubico e incluso con la vieja clase terrateniente derrotada. Es sintomática de esto la polarización que se dio en torno a la promulgación del Código de Trabajo y la formación del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social. Se dio una separación gradual entre los sectores más radicalizados de la pequeña burguesía y los sectores populares organizados, por un lado, y los nuevos burgueses surgidos de la revolución por otro. [6]

La polarización se agudizó con la llegada de Árbenz al gobierno. La campaña orquestada por el imperialismo y la oligarquía terrateniente contra Árbenz, basada en el temor al “comunismo", encontró fuerte eco en estos nuevos empresarios, que al final terminaron apoyando la contrarrevolución.

El gobierno de Árbenz

Jacobo Árbenz tomó posesión del gobierno el 15 de marzo de 1951, habiendo ganado con el 63% de los votos emitidos. Su programa de gobierno significó una profundización de la revolución. Su objetivo era modernizar la economía de Guatemala dentro de los marcos del régimen capitalista. Para ello la primera medida sería terminar de erradicar los restos de relaciones semiserviles que quedaban en el agro y por medio de una reforma agraria, aumentar los ingresos de la población del campo; esto formaría un mercado interno que nutriría el surgimiento de una industria nacional fuerte. Para romper con el dominio que tenía el capital imperialista sobre la economía del país, Árbenz se propuso crear un puerto nacional en el Atlántico para competir con Puerto Barrios controlado por la UFCO; para competir con el monopolio ferrocarrilero de la International Railways of Central América, propuso la construcción de una carretera al Atlántico; y para eliminar el monopolio de la producción de energía eléctrica de la Electric Bond and Share inició la construcción de la planta hidroeléctrica nacional Jurún Marinalá.

El gobierno de Árbenz se basó en los partidos de la pequeña burguesía radicalizada y de empresarios progresistas. De manera importante, tuvo el apoyo incondicional del PGT y las centrales sindicales dirigidas por éste [7]. En el gabinete de gobierno había elementos de la burguesía como el hacendado Nicolás Brol (ministro de agricultura), el industrial Roberto Fanjul (ministro de economía), el Dr. Julio Roberto Herrera en salud pública y como canciller Guillermo Toriello, perteneciente a una de las familias económicamente más pudientes. [8]

Fiel a las concepciones de la revolución por etapas, el PGT consideraba que la revolución guatemalteca debía consistir en la eliminación de las trabas que imponían las relaciones simifeudales del campo y las compañías imperialistas al desarrollo de una economía capitalista moderna. Señalaba que el PGT debía luchar por un gobierno amplio integrado por la clase obrera, los campesinos, el sector patriótico de la burguesía nacional y la pequeña burguesía, y concebía que el proletariado paulatinamente conquistaría la hegemonía en tal gobierno en virtud de su mayor organización y consciencia política. [9]

Esta visión de la toma del poder como un proceso evolutivo fomentó en los obreros y campesinos guatemaltecos la fe en las instituciones de la democracia burguesa, en primer lugar, en el ejército. Es significativo el hecho de que, al ser descubierto por primera vez el complot que fraguaban Castillo Armas e Ydígoras Fuentes en Honduras para formar un ejército contrarrevolucionario a finales de enero de 1954, los principales sindicatos manifestaran su confianza en el “ejército de la revolución”, mismo que se negó a enfrentar al grupo armado contrarrevolucionario cuando invadió Guatemala desde Honduras en junio y derrocó el gobierno de Árbenz [10].

La polarización iniciada a finales del gobierno de Arévalo se agudizó con las primeras medidas tomadas por el de Arbenz, en especial por la implementación de la reforma agraria en 1952. A pesar de ésta no fue una reforma agraria confiscatoria, sino que se basó en la expropiación con indemnización de tierras no cultivadas, la oligarquía terrateniente y la imperialista UFCO, principales afectadas, extremaron la campaña de desprestigio nacional e internacional contra el gobierno.

Debemos entender que el principal motivo de la campaña reaccionaria, a la que se sumaron los nuevos sectores de la burguesía, fue el temor a la creciente movilización de las masas trabajadoras, campesinas y populares y su despertar político, que amenazaba con ir más allá de los límites que le imponía el programa capitalista de Árbenz con el apoyo del PGT.

Al empezar a ser puesta en práctica la reforma agraria, fue notoria la prosperidad de la economía a todos los niveles, empresarial, campesino, obrero, etc. [11]. Pero los procesos revolucionarios tienen la virtud de provocar el despertar de las masas a la vida política, la toma de conciencia de sus intereses diferentes y contrarios a los de las clases poseedoras, su consiguiente organización, movilización y lucha. En estos procesos los partidos reformistas cumplen el papel de barrera de contención de las masas, obstaculizando su independencia con respecto a los partidos de la burguesía y a las instituciones del Estado burgués. El PGT jugó ese papel en la revolución burguesa guatemalteca, junto a los partidos pequeño burgueses y el propio Árbenz.

La caída de Árbenz

Ya desde los acontecimientos de octubre de 1944, se cometieron errores que luego se pagarían, como dejar intactos los cuadros medios del ejército ubiquista, de coroneles para abajo; la clase latifundista terrateniente permaneció con todo su poder social y económico e incluso tuvo participación en la elaboración de la nueva constitución. Además, las compañías imperialistas ligadas todas a la UFCO no fueron tocadas, excepto en las tierras que tenían sin utilizar, que encima fueron indemnizadas por el Estado. Estos errores son comprensibles en los elementos pequeño burgueses que dirigieron al inicio la revolución. Pero en un partido como el PGT que se reclamaba obrero y marxista, la falta de visión política revolucionaria es imperdonable. La línea reformista y etapista del PGT provocó que el proletariado y las clases populares llegaran desarmados a la crisis final del arbencismo.

El ascenso del movimiento popular y la adopción de las reivindicaciones campesinas por parte del movimiento obrero organizado dieron a la reforma agraria, pensada para estimular el desarrollo capitalista, un contenido que amenazaba rebasar los límites deseados por la burguesía nacional. La nueva burguesía, a medida que el proyecto revolucionario se radicalizaba empezó a renegar de su propio proyecto y buscó alianza con los terratenientes y el imperialismo, temerosa de que las fuerzas populares desatadas se volvieran contra el desarrollo capitalista y la dominación burguesa. [12] La situación planteada exigía llevar la revolución a una nueva fase a un nuevo enfrentamiento. Pero el hecho de que el proletariado y el campesinado guatemaltecos fueran jóvenes y sin experiencia, aunado a que sus líderes no fomentaban su independencia como clase, sino más bien promovían la confianza en las instituciones, partidos y líderes burgueses, permitió que el enfrentamiento se diera en condiciones favorables a la contrarrevolución.

La alianza burguesía, terratenientes e imperialismo logró comprar las voluntades de los mandos del ejército. Cuando el ejército contrarrevolucionario de Castillo Armas invadió el territorio nacional, el “ejército de la revolución” no opuso resistencia, salvo escasas excepciones. Las organizaciones campesinas y obreras, educadas en la confianza en el ejército y no en la creación de sus propias milicias armadas, escasamente pudieron enfrentarse a los reaccionarios y en los casos en que lograron hacerlo, magramente armados, fueron masacrados.

El grupo armado de Castillo Armas no era difícil de vencer. La prueba la dieron los valientes cadetes de la Escuela Politécnica que los derrotaron el 2 de agosto. Pero la confusión que reinó en el gobierno al conocerse la traición del ejército, y la desorientación de las organizaciones populares permitieron el desenlace inevitable.

Como conclusión debemos resaltar la importancia fundamental de mantener la independencia de clase de los sectores populares (obreros, campesinos, indígenas pobres, desempleados, etc.) con respecto a las clases burguesa y pequeño burguesas y sus partidos en los procesos revolucionarios. En nuestros países de desarrollo capitalista atrasado y dependiente no podemos plantear a lo inmediato la transformación socialista de la economía. Existen una serie de reivindicaciones democrático burguesas que es necesario resolver aún (problema agrario, independencia del dominio imperialista, salud, educación, democratización del sistema político, derechos de las etnias indígenas, etc.). Pero a estas alturas del desarrollo del capitalismo mundial, no existen ya burguesías nacionales capaces de luchar consecuentemente por estas reivindicaciones. Por tanto, las tareas pendientes de la revolución democrático burguesa corresponde resolverlas a nuestro proletariado en unión a las demás clases oprimidas por el capitalismo. Esto vincula a la revolución democrático burguesa directamente con la revolución socialista, en un proceso revolucionario continuo, no separado por etapas. Para que esto sea posible, hay que enfatizar una y otra vez, hasta el cansancio, que sólo la independencia de estas clases y la confianza en sus propias fuerzas y organizaciones (sindicatos, organizaciones comunitarias y campesinas, milicias, organismos de poder popular, etc.), hará posible el triunfo revolucionario. Invitamos a la izquierda guatemalteca y centroamericana a debatir ampliamente sobre estos temas.

Notas

1 En el Programa de Gobierno 2008-2012 de URNG-Maíz, página 10, leemos “…constituye fundamento de nuestro programa, la plataforma de lucha de la revolución de octubre de 1944 y los contenidos de los programas y otros documentos políticos suscritos por URNG…” El documento que llamaba a la formación del antecesor de Maíz iniciaba de esta manera “El legado de la revolución del 44 sigue siendo la mejor plataforma política de la izquierda y demás sectores democráticos de Guatemala, pues este proceso está asociado a luchas irrenunciables como la reforma agraria, el Código de Trabajo, la educación pública y la seguridad social. Fue además una época de respeto y defensa de la soberanía nacional…” (Otra Guatemala es Posible. Llamado a la constitución del Frente Político-Social de izquierdas. Guatemala 9 de septiembre de 2006)

2 “La Revolución Guatemalteca del 20 de Octubre de 1944 y sus Proyecciones Económico-Sociales”. Alfonso Bauer Paiz. Artículo publicado originalmente en la Revista Alero, No. 8, tercera época, Guatemala, 1974. Publicado en la recopilación “La Revolución de Octubre. Diez años de lucha por la democracia en Guatemala 1944-1954”, tomo I. Centro de Estudios Urbanos y Regionales, Universidad de San Carlos de Guatemala, octubre 1994. Pg. 91.

3 “La lucha de clases durante la revolución guatemalteca 1944-1954. Primera parte”. Carlos Enrique Arriola Avendaño. Artículo publicado originalmente en la Revista de la Universidad de San Carlos, No. 7, septiembre de 1989. Publicado en la recopilación citada, pg. 207.

4 Carlos Enrique Arriola, op.cit. pg. 185.

5 “Guatemala: del gobierno de “mano fuerte” de Ubico al gobierno del “socialismo espiritual” de Arévalo. Tomás Herrera Cálix. Segunda parte de la tesis presentada por el autor para optar a la Maestría en Estudios Latinoamericanos de la UNAM. Publicada originalmente en Estudios Sociales Centroamericanos No.16. Enero-abril 1977. Publicado en la recopilación citada pgs. 30-31.

6 Tomás Herrera Cálix. Op.cit. pgs. 45, 47, 48, 50, 52.

7 Para comprender las estrechas relaciones que tuvo Arbenz con el PGT, es esclarecedor leer las memorias del dirigente comunista José Manuel Fortuny en “Fortuny: un comunista guatemalteco” por Marco Antonio Flores, editoriales Óscar de León Palacios, Palo de Hormigo y Universitaria, Guatemala 1994. En especial los capítulos XIV, XV y XVI.

8 Carlos Enrique Arriola, op.cit. pg. 174.

9 “La revolución guatemalteca de 1944-54 y su proyección actual”. Carlos Sarti Castañeda. Artículo originalmente publicado en la Revista de Estudios Sociales Centroamericanos, septiembre-diciembre 1980. Publicado en la recopilación citada. Pg. 160.

10 Ver declaración del Sindicato de Trabajadores de la Educación (STEG). Diario la Hora, febrero 2 de 1954. Resolución del segundo congreso de la CGTG en la misma edición de La Hora.

11 Marco Antonio Flores, “Fortuny: un comunista guatemalteco”, pgs. 200-201.

12 Carlos Sarti Castañeda, op.cit. pg. 158