22/6/09

Sobre el concepto de hegemonía

Jesús Soto [Venezuela] Vibración

Arcadio Sabido Méndez

La idea de la hegemonía que Antonio Gramsci desarrolla en sus Cuadernos de la cárcel constituye un ordenador y, al mismo tiempo, un sistema conceptual que se mueve en dos grandes planos explicativos. En el primero, referido a la estructuración y ejercicio de un sistema de hegemonía, destacan sus elementos constituyentes: fuerza y consenso, las organizaciones e instituciones políticas y culturales en las que ese sistema se materializa, y los sujetos, fuerzas sociales e instituciones que lo construyen y reproducen. En el segundo, referido a la idea de que los sistemas hegemónicos no son eternos sino históricos, sobresalen sus procesos desestructuradores que harían posible la conversión cultural y política de una clase dominada y dirigida en dominante y dirigente. La observación en bloque de esta teoría de la hegemonía, en mi opinión, es un requisito metodológico para la crítica, ya sea del sistema conceptual global o de alguno de sus componentes. Si los conceptos que integran un sistema teórico son susceptibles de crítica, y de ser utilizados fuera del mismo, estas operaciones podrían ganar en eficacia si parten de la comprensión del papel que el o los conceptos de interés desempeñan en el sistema del que surgen y donde adquieren coherencia.
Y esto es importante, porque si el mundo de los conceptos es también el de las concepciones e interpretaciones de las realidades de hecho y de pensamiento, se comprende que toda interpretación y crítica es al mismo tiempo confrontación de concepciones, la del autor que se estudia y la de quien hace el estudio. En este sentido, es común que cada autor pretenda darle determinado peso a uno u otro aspecto del significado de un concepto, pues ello es consecuencia del sistema de ideas que el intérprete ha adquirido en su proceso particular de conocimiento, y del sentido que pretenda dar a sus operaciones analíticas. Así, un concepto como el de hegemonía, en la medida en que expresa una determinada manera de observar y de explicar las realidades de hecho y de pensamiento, adquiere coherencia en el sistema teórico en el que fue elaborado - que incluye sus correspondientes referentes históricos - y si bien puede ser aislado e inserto en otro, no debería ser a expensas de cambiar arbitrariamente su significado. En tales casos, la nueva conceptualización debería explicitar sus variaciones y argumentar lo que se desecha y lo que se conserva de la antigua, y las razones de dichos cambios.
La arbitrariedad expresada en el uso de conceptos aislados de su sistema conceptual puede llevar a interpretaciones parciales que, deliberada o involuntariamente, dejan de lado relaciones que frecuentemente pasan desapercibidas. Por ejemplo, esto es lo que sucede con el concepto hegemonía expresado en su sentido de fuerza. Esto se puede observar en la aceptación generalizada que en los últimos tiempos ha tenido la afirmación de que Estados Unidos de Norteamérica es la nación-Estado que posee la hegemonía mundial. La evidencia empírica se ubica en la incontrastable superioridad bélico-militar de dicha nación, comprobada en sus experiencias guerreras en las dos últimas décadas del siglo XX y lo que va del XXI, en las que ha desplegado la más moderna tecnología destructiva, clave de sus victorias ante pequeños enemigos avasallados en las acciones militares. Una interpretación de esta naturaleza obvia el aspecto correspondiente al consenso, y por lo tanto evita indagar acerca de la aceptación de las concepciones ideológicas y filosóficas de los grupos gobernantes norteamericanos, tanto en el terreno militar como en el de la diplomacia, la economía, la política, la cultura y la sociedad. Soslaya la posible existencia de grandes consensos no sólo por parte de los gobiernos de importantes naciones, en especial de las grandes y medianas potencias, sino también por amplios grupos sociales de los pueblos que habitan en ellas, empezando por el norteamericano. Este tipo de interpretaciones no hace el esfuerzo analítico sobre esta otra realidad lo que impide ver la profundidad y la extensión de dichos consensos; la política comunicativa que se emplea para falsear o sesgar las emisiones informativas y producir consensos reales y ficticios; si ellos presentan erosiones, o si se encuentran en un momento de desgaste tal que la única manera de seguir manteniendo la hegemonía sea mediante la demostración del poderío técnico militar ante pequeños enemigos reales o inventados. En todo caso, un uso más específico del concepto hegemonía, según el tipo de relación que se pretenda explicar (hegemonía militar, económica, ideológica, cultural, política) podría ser más ilustrativo de la realidad.
Cosas parecidas se pueden decir con el empleo del concepto sociedad civil generalmente mirado como el conjunto de organismos sociales ajenos al Estado, o como el complejo de organizaciones e individuos que se oponen y luchan contra el gobierno en busca de bienestar, democracia y libertad. Es el caso de gran número de Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) de las que se obvian los vínculos ideológicos y de objetivos, e incluso financieros, que muchas de ellas mantienen con el Estado de cada nación, y también de las que como antagonistas del Estado no son concebidas ni autoconcebidas como incubadoras potenciales de elementos de sociedad política. De igual modo, el uso del concepto Estado en su sentido exclusivo de fuerza, de coerción, no permite reflexionar sobre sus funciones éticas y educadoras, o su cualidad articulada de sociedad civil y sociedad política y, por lo tanto, sobre el uso combinado del consenso y de la coacción en las acciones de gobierno. Algo similar sucede en la concepción de los intelectuales como los hombres de letras o de ciencias, sin considerar que en tal categoría también podrían caber los políticos organizadores de los partidos y del Estado, los especialistas organizadores de la economía, y los colectivos político-culturales organizados como periódicos, revistas y partidos políticos. Otra reducción conceptual se encuentra en la idea que se tiene de estos últimos, ya no digamos como organizaciones que sufren de pérdida de credibilidad social y política, sino reducidos a sus funciones electorales y de gobierno, con lo que se pasa por alto su función creadora de concepciones del mundo en amplios grupos sociales, como portadores y popularizadores de filosofías y de ideologías políticas, y también la de dirigentes integradores de bloques sociales.
Sirvan estos ejemplos para llamar la atención de la importancia que entraña la comprensión global de cualquiera de las múltiples concepciones teóricas, aportadas por las ciencias sociales y políticas, que se pretenda someter a crítica mediante el método de su confrontación con realidades distintas de las que han surgido. En el caso de las hipótesis y proposiciones teóricas y políticas de la hegemonía que Gramsci elaboró teniendo como referentes históricos e intelectuales las realidades de hecho y de pensamiento italiana y europea de los siglos XVIII, XIX y principios del XX, su confrontación crítica con la realidad política-cultural latinoamericana y mexicana es una tarea ya emprendida por diversos intelectuales de esta región. Pero tal confrontación podría ser enriquecida traduciendo el bloque de la teoría de la hegemonía gramsciana en herramienta de investigación empírica, y de esta manera alcanzar una valoración más justa de sus capacidades y limitaciones explicativas.
Un primer acercamiento a dicha traducción es evidenciar los conjuntos de relaciones sociales y políticas que dicha teoría sugiere observar. En este sentido, a continuación se propone una síntesis de su sistema conceptual ordenado con base en cinco conjuntos de ideas, cada uno de los cuales contiene uno o más conceptos organizadores: a) el de hegemonía, sus tres connotaciones en perspectiva nacional e internacional, y las relaciones dirigentes- dirigidos; b) el Estado, sus funciones éticas y coercitivas, y las relaciones entre las sociedades civil y política; c) los intelectuales, partidos políticos, bloque social, bloque intelectual y moral, y bloque histórico; d) la crisis de hegemonía y, e) la lucha por la hegemonía.
A) En el primer conjunto de ideas, el concepto hegemonía de Gramsci se refiere y connotael sistema de relaciones de consensos y de fuerzas que da vida al binomio dirigente-dirigido,representante-representado, gobernante-gobernado, con base en el cual se organizan los individuos, los grupos y las clases sociales en la sociedad capitalista desarrollada. Cada uno de estos elementos posee formas diversas de expresión. Por un lado, la fuerza corresponde a todas las acciones que se desarrollan sin el consentimiento de los dirigidos, y puede ser física, legal, política, económica e incluso moral. Por su parte, el consenso puede asumir una forma activa y pasiva y también espontánea y organizada, pero en todo caso representa el contenido ético de la hegemonía en la medida en que entraña la aceptación libre, voluntaria y espontánea de la dirección política, producto de la persuasión, el convencimiento, el consentimiento, sustentados en las coincidencias de intereses, de ideas y de prácticas.
Por la variabilidad de las relaciones entre la fuerza y el consenso la hegemonía adquiere tres connotaciones: la político-militar, donde la fuerza juega un papel preponderante; la político-cultural que expresa una articulación de la fuerza y el consenso tendente al equilibrio, y la social, cultural, intelectual, moral o civil en la cual la supremacía la tiene el consenso. Estas tres connotaciones están ligadas a determinados referentes históricos y teóricos que vistos en bloque configuran un sistema conceptual. Así, cuando Gramsci reflexiona sobre las relaciones internacionales de los Estados-nación y de los momentos de crisis políticas que derivan en la conquista-defensa del poder estatal, lo hace privilegiando el componente político-militar. Cuando trata acerca de las cuestiones relativas al Estado orgánico, la crisis de hegemonía y la lucha por la hegemonía, pone en el primer plano sus elementos político-culturales.
Finalmente, al referirse a la conformación y función del bloque social e histórico, del bloque intelectual y moral, del partido político y de los intelectuales, prioriza las relaciones culturales de consenso. Sin embargo, en cada una de estas tres connotaciones del mismo concepto está presente la organicidad de la hegemonía que indica que la fuerza no puede expresarse sin alguna dosis de consenso, y que éste tiene como sustrato a la fuerza.
Con base en esta concepción de la hegemonía, Gramsci nos propone observar cómo el poder de las clases dominantes y del Estado de las sociedades capitalistas, e incluso de las socialistas aún existentes, se estructura a partir de relaciones político-culturales sustentadas en distintas formas de combinación de fuerzas y consensos, con base en las cuales se ordenan los sistemas económicos, sociales, políticos y culturales. Llama la atención sobre la importancia de advertir los procesos de organización autónoma de aquellos grupos humanos que en dichas sociedades desean independizarse de las clases dominantes y de sus grupos gobernantes, y cómo se plantean y elaboran el movimiento que los libera y tiende a convertirlos en dirigentes de la sociedad. Esto es, sugiere examinar las formas de organización hegemónicas y contrahegemónicas en perspectiva histórica, y estudiar sus características tanto en el plano nacional como en el internacional.
Con el concepto hegemonía se puede observar el modo en que se integra la relacióndirigentes-dirigidos y la de mando-obediencia en distintos ámbitos de la sociedad, con sus correspondientes relaciones de confianza mutua, voluntad de dirección, automando yautoobediencia. Sobre dichas relaciones se estructuran, en el plano económico, las clasesdominantes-dominadas, y en el político los representantes- representados y gobernantes-gobernados. Tomando el caso de la burguesía, la condición primaria para la estructuración de un sistema de hegemonía es la existencia de una clase progresiva que por su papel fundamental en la dirección del mundo económico, por el prestigio social que este hecho le proporciona, y por su interés de llevar a toda la sociedad a un movimiento permanente de prosperidad, adquiere las cualidades primarias para convertirse en clase hegemónica. Ello se hace posible en la medida en que sus intereses corporativos de clase, que nacen de la propiedad privada de los medios de producción, la apropiación privada de los beneficioseconómicos, y del máximo desarrollo de las fuerzas productivas, puedan ser superados al grado de estar dispuesta a otorgar concesiones a las otras clases, aliadas o subordinadas, para que mejoren sus niveles de vida material y cultural. Así, se opera unacoincidencia de intereses entre la clase capitalista y diversos e importantes grupos de las demás clases sociales, y se procesa la universalización de sus intereses corporativos. Este proceso de conversión de los intereses corporativos de clase en intereses de la sociedad, constituye el aspecto central del movimiento de acceso a la conciencia política de parte del grupo social progresivo, pues dicha universalización significa que este grupo, a través de sus intelectuales, está dispuesto a asumir las tareas de la organización del Estado y de la sociedad en general.
La universalización de intereses de un determinado grupo social se procesa con el establecimiento de equilibrios inestables de compromisos entre el grupo hegemónico y los demás grupos sociales, compromisos fundados en las concesiones materiales y culturalesque, sin sacrificar los intereses fundamentales de la clase hegemónica, tienden a evitar que los gobernados se muevan en los límites de condiciones de vida vegetativa. Estos equilibrios de compromisos constituyen una de las bases sobre las que se estructuran los consensos que dan forma a los sistemas de alianzas de clase y de grupos, que al modo de heterogéneas redes integran los bloques sociales impulsados y articulados por los partidos políticos. Dichos equilibrios de compromisos tienen en los partidos y en el Estado a dos instituciones clave para su realización. Otra de las bases que sustenta los consensos y los sistemas de alianzas de clase integradores de los bloques sociales es el sistema de concepciones filosóficas e ideológicas orgánicas, que permiten a individuos y colectividad es pensar y actuar de un modo más o menos homogéneo, como bloque intelectual y moral. En la medida en que este sistema es vitalizado a su vez por los partidos y el Estado, estas instituciones actúan como conciencias y voluntades políticas organizadas, y crean y popularizan, por mediación de los intelectuales orgánicos y tradicionales tales concepciones filosóficas e ideológicas. Difundiendo y defendiendo las filosofías e ideologías orgánicas, el Estado y los partidos funcionan como agentes organizadores de la cohesión ideológica y política de la clase hegemónica y contrahegemónica y sus respectivos aliados. Así, los equilibrios de compromisos políticos y la cohesión ideológica constituyen dos aspectos centrales de la construcción consensual de la organización social y política.
Desde la perspectiva de cualquier Estado-nación, la clase hegemónica no reduce su existencia política a las cuestiones nacionales ya que es consciente de su inserción en un escenario de relaciones internacionales. En éste, el Estado que representa y dirige puede ocupar distintas posiciones, o sea puede ser hegemónico mundial, o hegemónico de un grupo de naciones, o aliado de un determinado sistema de naciones grandes potencias, e incluso subordinado. Para que un Estado-nación pueda desempeñar una función de hegemonía en el mundo o en un bloque de naciones, la primera condición para alcanzar y mantener dicha posición es poseer estabilidad o tranquilidad política interna, basada en un fuerte sistema de hegemonía nacional que le permita desarrollar su poderío económico (industrial y financiero) y sus potencialidades político-militares, así como aprovechar su ubicación geoestratégica. Las naciones hegemónicas son las únicas que pueden imprimir una dirección política autónoma a sus respectivos Estados en tanto que las demás naciones se ven obligadas a sufrir las consecuencias de dicha autonomía, al grado incluso de ver afectadas sus respectivas soberanías. Dichas naciones son las únicas que pueden alcanzar una capacidad diplomática de gran potencia, precisamente por ser la fuerza político-militar determinante o sea capaz de mantener permanentemente preparada sus capacidades económicas, políticas, militares y diplomáticas, para intervenir en los asuntos internacionales en cualquier momento.
B) De las instituciones en que se materializa un determinado sistema nacional de hegemonía destaca el Estado integral u orgánico. Éste, al representar el grado más desarrollado de los equilibrios de compromisos, de la cohesión ideológica y de las alianzas políticas y sociales, expresa la condensación política e ideológica de los intereses y contradicciones de las clases sociales con la hegemonía de una de ellas. En este sentido, el objetivo central del Estado y sus instituciones es reproducir la hegemonía de la clase dirigente y dominante, y aumentar su poder. Esto lo realiza no sólo con la reproducción social de la ideología orgánica, sino también con la legalización del sistema inestable de equilibrios de compromisos, que proporciona una base institucional a las alianzas políticas y sociales. Con el concepto Estado integral, referido al Estado liberal, se evidencian tres órdenes de relaciones: a) la identidad Estado-individuo, b) la articulación orgánica entre sociedad política y sociedad civil, y c) el carácter educador y ético del Estado. El primero, se funda en la aceptación del programa de civilización estatal por parte de los individuos de las clases hegemónicas y aliadas, cuyas actuaciones espontáneas se identifican con los fines del Estado. Fundado en la propiedad privada de los medios de producción y de la riqueza, el Estado liberal no sólo construye una legislación para garantizar la reproducción de ese tipo de propiedad, sino que logra interiorizar culturalmente en los miembros de la sociedad el individualismo, con toda su carga de egoísmo y de disgregación social. La identidad Estado-individuo, cuyos sustratos son los compromisos políticos y la o las ideologías orgánicas, no es dejada al azar sino que es cultivada mediante las acciones educativas y represivas de la escuela y del derecho, y reproducida como voluntad de conformismo y de colaboración con las acciones estatales a través de los medios de opinión pública. El conjunto de relaciones que llevan a esta identidad tiene su sustento material en la máxima de gobierno consistente en elevar las condiciones de vida de las masas, lo que al mismo tiempo constituye un indicador de la fortaleza del Estado.
En el segundo orden de relaciones se puede ver al Estado como articulación orgánica de sociedad política y sociedad civil. El núcleo de esta última se encuentra conformado por los individuos y colectividades que colaboran con los fines estatales y, también, por los antagonistas que al organizarse integran expresiones de sociedad civil y su correspondiente sociedad política potencial. En este sentido, la sociedad civil está representada por el conjunto de las organizaciones privadas generadoras de hegemonía social y es organizada principalmente por los intelectuales, los partidos políticos y las asociaciones político-culturales, cuya actuación social y política no es institucionalizada ni burocratizada, sino que expresa el sentido de autogobierno y autoorganización de la sociedad. En cambio, es en la sociedad política donde se encuentra el aspecto institucionalizado y burocratizado del Estado. Éste, organizado con base en la división de poderes, tiene como organismos visibles los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, la policía, el ejército, y como método legitimado para la organización del poder estatal la democracia liberal sustentada en el sufragio universal, la división de poderes y el parlamentarismo. La sociedad política también representa el ámbito especializado de las funciones coercitivas en el ejercicio del poder, pero en la medida en que potencialmente desarrolla la máxima de mejorar el nivel de vida de las masas y una función de educación ideológica, contribuye con la sociedad civil para que el ejercicio del gobierno se realice en una doble vertiente: con base en los consensos organizados de los gobernados y por medio del dominio, de la coerción estatal, dirigido particularmente contra los individuos y colectividades que no consienten con el Estado.
El tercer orden de relaciones del Estado integral se refiere a su carácter educador y ético. El sentido ético estatal se funda, principalmente en: a) las acciones que tienden a elevar el nivel de vida cultural y material de la sociedad; b) en la libre coincidencia de los fines de la sociedad y del Estado con los objetivos de los individuos, y c) en general, en las acciones que cuentan con el consenso libre y voluntario de los gobernados. Como educador el Estado tiene la tarea general de adecuar permanentemente la sociedad a un determinado tipo de civilización y de ciudadano funcionales con las exigencias técnicas y sociales del mundo económico. Esta función educativa, que no renuncia a realizarse con una dosis de coerción, también muestra al Estado como dirigente de los grandes grupos humanos, los cuales son educados mediante la escuela, el derecho, y los partidos, en el conformismo social adecuado al tipo de civilización estatal que impulsa. No obstante, el Estado liberal tiene también funciones no éticas que la clase hegemónica desarrolla en su afán creciente de poder. La más común es el constante uso de la fuerza contra aquellos grupos que los dirigentes estatales consideran disidentes, la cual se complementa tanto con las acciones de fraude y corrupción social e individual, desplegadas sobre todo con el fin de descabezar políticamente a los movimientos de masas, como con la falsificación de consensos que puede realizarse mediante el fraude electoral; el desigual valor de los votos de cada ciudadano; la desigualdad de oportunidades en la participación electoral, y la función propagandística de los medios de opinión pública. Estos últimos, en cuanto legitimadores del Estado liberal, destacan por su profesionalismo en el desarrollo sistemático de la confección informativa: monopolizando, seleccionando y falsificando masivamente mensajes con la finalidad de convencer a los grandes grupos sociales.
C) Este tercer conjunto de ideas se refiere a los agentes que hacen posible la organización de los sistemas de hegemonía y sus instituciones. Se trata de los intelectuales y los partidos políticos, así como de las organizaciones bloques sociales e intelectual y moral. El sujeto desencadenante de dicho proceso es el intelectual individual y colectivo, quien posee las facultades cognitivas que le permiten tomar la iniciativa impulsora del cambio cultural significado por el proceso de conversión de una clase dirigida en dirigente y de dominada en dominante. Esta metamorfosis cultural es un largo y lento proceso que encuentra su génesis en la esencia eminentemente política de los individuos, quienes realizan su humanidad transformando, organizando y dirigiendo a otros individuos, asociándose con ellos y potenciando sus capacidades individuales para cambiar sus condiciones de existencia. Estas características esenciales de los individuos adquieren funcionalidad creativa y transformadora en las funciones creativas, directivas, conectivas y organizativas de los intelectuales y de los partidos políticos, quienes desde el ámbito del Estado integral actúan como los organizadores del sistema de hegemonía social y de dominio de la clase hegemónica. Uno de los objetivos de estos sujetos sociales, además de su reproducción permanente como intelectuales orgánicos, es el transformismo, o sea la atracción y transformación ideológica de los intelectuales tradicionales y de las demás clases y grupos sociales. Esto último tiene como finalidad y consecuencia la neutralización de las posibilidades de los grupos opositores para construir sus organizaciones autónomas de clase. Desde la posición de las clases subalternas, intelectuales y partidos funcionan como los creadores de las condiciones filosóficas e ideológicas para neutralizar el transformismo intelectual y, al mismo tiempo, elaborar la autonomía ideológica, política y organizativa de masas, con lo cual éstas construyen sus organismos innovadores de sociedades civil y política.
Al respecto, la clave que hace posible activar dicho cambio político-cultural es la relación teoría-práctica que toma forma social en el vínculo orgánico y democrático intelectuales-masas. Éste, a su vez, depende de la existencia de intelectuales que decidan actuar como educadores nacionales del pueblo y, en especial, de los elementos concientes y espontáneos de los movimientos de masas, educación orientada a la construcción de una dirección y conciencia políticas de masas. El vínculo democrático intelectuales-masas que haría posible la conversión de éstas en dirigentes y que desde un plano nacional puede tomar la forma de sentimiento y conciencia nacionales populares, está mediado por una red de comunicación y comprensión recíproca entre los conocimientos de los intelectuales y los sentimientos de las masas, y que Gramsci resume en el paso recíproco del saber, al comprender y al sentir. La cascada de procesos político-culturales que se activan gracias a dicho vínculo se resume en la traducción recíproca de una determinada concepción del mundo, en partido político y en Estado. Esta traducción incluye la creación y popularización de filosofías e ideologías, la organización de los partidos políticos, la inyección social del espíritu de escisión y de autonomía, la construcción de un determinado modo de pensar, de sentir y de ver la realidad, la formación de los bloques sociales e intelectuales y morales, y el estímulo para tomar la iniciativa en la lucha por el poder estatal. Así, la relación democrática intelectuales-masas representa o puede dar lugar a un progreso intelectual de masas y un movimiento democrático de masas, esto es la producción de grandes grupos humanos constituidos por ciudadanos conscientes de su realidad social y natural, preparados como dirigentes para el ejercicio del gobierno y, cultural y moralmente, dispuestos a ser los protagonistas del cambio social y los organizadores de una nueva sociedad.
Una de las principales funciones de los partidos políticos en cuanto elaboradores, difusores y defensores de una concepción del mundo y su ética y política correspondientes, es generar y activar el movimiento cultural en el que grandes grupos humanos adoptan determinadas filosofías e ideologías como guía de acciones vitales y medio de coordinación práctica y de pensamiento coherente. En su calidad de organizaciones políticas prácticas, que buscan resolver determinados problemas nacionales e internacionales, y de organizaciones ideológicas edificadoras de concepciones del mundo de masas, los partidos son grandes grupos humanos organizados con base en los consensos posibilitados por los equilibrios de compromisos y las identidades ideológicas, y en los cuales se sustentan las alianzas políticas y sociales de grupos y clases. En este sentido son los principales organizadores de los grandes bloques sociales y el factor que los transforma en fuerzas políticas que aspiran a conquistar el poder estatal y, una vez alcanzado este objetivo, en bloques históricos. Por su tendencia a derivar en Estado, el partido político es un embrión estatal que funciona como escuela de la vida estatal creadora del espíritu de partido y del espíritu de Estado entre sus miembros y seguidores.
D) Desde la perspectiva de la historicidad de los sistemas de hegemonía destacan los conceptos ordenadores crisis de hegemonía y lucha por la hegemonía. El primero pone en escena un conjunto de problemas observables en el declive de un sistema de hegemonía y, el segundo, propone aspectos a considerar por los grupos subalternos que se hayan planteado la lucha por el poder estatal en el sistema capitalista. La condición histórica relacionada con estos procesos es la existencia de una crisis orgánica del sistema global de hegemonía en la que se anudan la crisis política y la económica, no como algo espontáneo, y mucho menos automático, sino como producto de la acción política de los grupos sociales en lucha por el poder estatal. La crisis política expresa la inestabilidad del gobierno, y señala que los mecanismos de reproducción de la hegemonía ya no funcionan con eficacia. El principal factor de tal disfuncionalidad es la pérdida de progresividad de la clase hegemónica que se acompaña de un conjunto de problemas del que destacan: el debilitamiento de la capacidad cohesiva de sus ideologías y de la función organizativa de masas de sus partidos políticos. O sea, que dicha clase ha entrado en un proceso de disolución o disgregación política, ideológica y organizativa, que vuelve ineficaz el transformismo y con ello la función hegemónica de los intelectuales estatales. Esta circunstancia histórica puede ser el resultado tanto de las luchas intestinas de la clase dominante, como del desarrollo de los proyectos ideológicos y organizativos autónomos de los grupos subalternos. En este último caso, dichos grupos se presentan en la sociedad civil ya no como los colaboradores del Estado sino como portadores de un nuevo conformismo social que los lleva a construir sus propias organizaciones de sociedad civil, destacadamente sus partidos políticos. Estas son las condiciones que indican que la sociedad civil se ha escindido, y que una parte de ella se presenta en contradicción con la sociedad política. Que grandes grupos organizados y disidentes del Estado plantean una ruptura entre sociedad civil y sociedad política, y con ello la existencia de una crisis estatal, o crisis de autoridad o de confianza. En tal situación, en el seno de la crisis estatal se estaría fraguando la construcción de una nueva sociedad civil por parte de un grupo social progresivo e innovador, así como un nuevo tipo de sociedad política que haría coherente la lucha por el Estado integral.
La pérdida de progresividad de la clase hegemónica se evidencia en las medidas que adopta para enfrentar las crisis económicas. Empeñada en defender sus intereses inmediatos, empuja a sus grupos gobernantes a impulsar reformas que deterioran las condiciones de vida material y cultural de sus aliados y subordinados. Con este tipo de acciones se detiene el progreso general de la sociedad para las mayorías, lo que tiende a impactar negativamente los equilibrios de compromiso y la capacidad de cohesión de las ideologías hegemónicas, a reducir la amplitud de los consensos, y a romper las alianzas políticas y sociales. Esta vuelta a cierto corporativismo, combinada con la disgregación ideológica y política del sistema de hegemonía, libera a grandes grupos humanos, lo que se expresa en la emigración política de los partidos hegemónicos hacia los partidos opositores, y en la autoorganización de variados grupos de la sociedad civil escindida. Ante tales situaciones, el grupo gobernante, que nunca renuncia al poder, maniobra para intentar estabilizar el gobierno, descabezar políticamente a los movimientos opositores, frenar el fortalecimiento de los disidentes y derrotarlos. Para ello, opta por un abanico de acciones que incluye el restablecimiento de equilibrios de compromisos y de nuevas alianzas sociales y políticas, así como medidas de represión masiva y selectiva, de fraude, y de corrupción social e individual. Esto indica que no toda crisis orgánica lleva a la clase hegemónica a perder el poder estatal, ya que sus acciones para restablecer su hegemonía pueden ser eficaces. Aunque en situaciones de equilibrio de compromisos de carácter catastrófico, caracterizada porque los disidentes no han logrado un alto desarrollo ideológico y organizativo que los posicione como una fuerza política determinante, puede suceder que una tercera fuerza nacional o extranjera someta autoritariamente a los antagonistas en lucha.
E) La lucha por la hegemonía es una estrategia política que Gramsci propone para que el grupo o los grupos subalternos progresivos e innovadores de las sociedades capitalistas desarrolladas puedan convertirse de clase dominada y dirigida en clase dominante y dirigente. Entre las relaciones que hacen posible dicha conversión destaca: a) el desarrollo de una concepción filosófica e ideológica propia capaz de alimentar el espíritu de escisión, de autonomía y de cohesión del grupo social, de organizar sus propios partidos políticos, y de plantear convincentemente la lucha por el poder estatal; b) la conducción de dichos procesos como una eficaz lucha ideológica y organizativa en el seno de la sociedad civil; c) el impulso de una reforma intelectual y moral, empezando por una reforma económica que reactive el mejoramiento de las condiciones de vida material y cultural de las masas; d) la conquista de su reconocimiento como grupo dirigente de un bloque social de la sociedad civil, susceptible de convertirse en fuerza política determinante y, e) la justa interpretación de la relación de fuerzas sociales, políticas y militares, nacionales e internacionales, para adecuar sus medios a sus finalidades políticas.
Las relaciones políticas y culturales expuestas constituyen una apretada síntesis que pretende mostrar en bloque los conceptos y relaciones conceptuales representativos de la teoría de la hegemonía de Gramsci. Queda para un trabajo posterior su estudio en la perspectiva de una reflexión metodológica tendente a traducirla en herramienta de observación e investigación empíricas de la realidad político-cultural latinoamericana, para lo cual necesita pasar por su adecuación a los lenguajes en que esta realidad se expresa. Este procesamiento metodológico es un paso obligado si se aspira a adecuar dicho sistema conceptual a la realidad y evitar su adopción como fórmula de interpretación de los procesos políticos, o como molde en espera de ser llenado con nuevos datos, lo que significaría negar su potencialidad interpretativa. Por el contrario, si se trata de asumirla como estímulo al conocimiento y convertirla en instrumento analítico, dicha teoría necesita ser adecuada a las nuevas realidades históricas y no al revés, ya que éstas con sus múltiples y cambiantes determinaciones de hecho y de pensamiento plantean exigencias de adecuación y renovación. El no realizar estas operaciones metodológicas haría imposible superar las limitaciones que el mismo Gramsci reconoce, al insistir en no perder de vista el carácter provisional de sus reflexiones.