28/6/09

A propósito de la reedición de “Mi vida”, de León Trotsky



Pepe Gutiérrez-Álvarez


Después de un periodo de “sequía” editorial  resulta grato reseñar la reedición de una obra de las obras más valoradas de León Trotsky que ya había conocido numerosas ediciones desde la primera en 1930 en Cenit, la editorial más cercana al grupo trotskista liderado por Nin y Andrade. 

Poseedor de una poderosa prosa que denotaba su educación en los clásicos de la literatura rusa, con un tono en el que el rigor con los datos se concilia con una  escritura apretada, el autor desgaja su historia, la historia del “Gran Negador” (Churchill) llamado  León Davidovich Bronstein, más conocido como Trotsky (apodo tomado de un carcelero amable). Nació el 7 de noviembre (el 26 de octubre, según el calendario juliano) en Yanovka (Ucrania), proveniente de una familia de pequeños terratenientes judíos, y fue un estudiante brillante e inconformista que opuso el romanticismo populista a la «frialdad» del marxismo hasta que “convertido” por su primera compañera, Trotsky fue tempranamente miembro del Partido Socialdemócrata. Criticó ciertos aspectos del centralismo leninista (de sus escritos de entonces sacarían “material” una legión de adversarios del leninismo) y fue escritor y polemista, políglota. Internacionalista durante la Gran Guerra, viajó por Europa y Estados Unidos.
Aunque sobre él se ha intentado echar toda clase de “perros muertos”, sigue ahí, viviente, necesario. Es alguien que, salvo cuando dirigió el Ejército Rojo, nunca tuvo otras “armas” que sus ideas, su pluma y sus palabras. Quienes han tratado infructuosamente de encontrar en su trayectoria, en plena guerra civil por ejemplo, una muestra de crueldad, tienen que limitarse a señalar que firmó tal o cual documento, cuyas consecuencias, a la larga, fueron otras que las previstas, cosa que en el marco del drama de aquellos tiempos puede entenderse. Sobresalió muy especialmente en las revoluciones rusas de 1905 y la de octubre de 1917. Fue comisario del pueblo para Asuntos Exteriores en 1918 y, a continuación, de Asuntos Militares y Navales, de 1918 a 1925. Desde 1923 dirigió movimientos de oposición a la deformación, y luego contra la traición de la revolución llevada a cabo por la burocracia soviética. Expulsado de Rusia en 1929 por Stalin, creó, en plena «medianoche del siglo», la IV Internacional, que le sobrevivió con enormes dificultades. Criticó la política del Komintern respecto al fascismo en la época en que Hitler podía ser derrotado, así como a la socialdemocracia. En esta época –años treinta- fue el «abuelo» de un movimiento de “apestados”, y representó una tentativa de “enmienda a la totalidad” del estalinismo en una “medianoche del siglo” cuando éste aparecía como la mejor garantía del antifascismo.

Como teórico marxista, la aportación más reconocida de Trotsky fue la teoría del “desarrollo desigual y combinado y la doctrina acorde de la «revolución permanente”. Con la teoría de la “revolución permanente” desafió la opinión de que un prolongado período de desarrollo capitalista debe seguir a una revolución antifeudal, durante la cual gobernaría la burguesía o cualquier otra combinación de fuerzas sociales (por ejemplo, la “dictadura revolucionaria y democrática de los obreros y campesinos”) como sustitutivo. Por otros caminos, Lenin adoptó en las Tesis de abril de 1917 una línea semejante a estas concepciones (por eso fue tildado de “trotskista”) y las puso en práctica en la Revolución de Octubre en contra de la línea tradicional del Partido Bolchevique, defendida en la época por Kamenev, Zinoviev y Stalin…

Otra de las características del pensamiento de Trotsky es el rechazo de las falsas pretensiones que hacen del marxismo un sistema universal que proporciona la clave de todos los problemas. Se opuso a los charlatanes que adoptaban el disfraz de marxismo en las esferas tan complejas como la “ciencia militar”, y combatió los intentos de someter la investigación científica, la literatura y el arte en nombre del marxismo, ridiculizando el concepto de “cultura proletaria”. Subrayó el papel de los factores no racionales en la política (“En la política no hay que pensar de forma racional, sobre todo cuando se trata de la cuestión nacional”) y desechó las grandes generalizaciones cuando se olvidaban de lo más concreto, de los individuos. Lector voraz y políglota, marxista de gran cultura en la tradición de Marx y Engels, ensayista, crítico literario, historiador, economista, etc., Trotsky se granjeó muchos enemigos entre aquellos cuyo marxismo combinaba la estrechez y la ignorancia con una propensión a plantear exigencias fantásticas, revistió tales características que hicieron exclamar a Marx: “No soy marxista”. 

Su evolución desde finales del siglo XIX hasta sus últimas aportaciones sobre la Segunda Guerra Mundial está marcada por continuas rectificaciones y audacias que a veces entran en abierta tensión con sus esquemas militantes, obsesionados por dar respuesta a una situación política trágica que desborda, con mucho, la extrema debilidad organizativa del movimiento que contribuyó a crear. Hay múltiples Trotsky: normalmente volaba como un águila, pero en ocasiones lo hacía también mucho más bajo, una diferencia que estaba muy determinada por la proximidad o la lejanía del tema que abordaba, un factor perfectamente verificable por sus torpezas y debilidades, por ejemplo en muchas partes de sus Escritos sobre España (y en especial, en su descalificaciones del POUM), por no hablar de América Latina, y por su profundidad y alcance en los concernientes a Francia, Alemania, Gran Bretaña, e incluso sobre los Estados Unidos.

De lo que no hay duda es que la personalidad de Trotsky es tan fuera de lo común como su destino. Su trayectoria fue y sigue siendo un campo de batalla. Él mismo necesitó ofrecer su propia visión en Mi vida, una obra admirada y controvertida que ha sido comparada en su género con la de san Agustín o la de Rousseau o Casanova. Sobre su energía física e intelectual se puede decir algo parecido a lo que él mismo escribió sobre Jaurès y Lassalle (con quien Lukács le comparó por su idéntico carácter prepotente): rigor e imaginación, potencia del sueño y finura en el análisis, claridad en los objetivos y sutileza en los métodos. Así pues, no es casualidad que fuese admirado por algunos de los más célebres literatos del siglo, comenzando por Isaak Babel y siguiendo por tantos otros que fueron asesinados como trotskistas en los años del Gran Terror.

Resulta bastante espectacular la lista de grandes nombres que fueron trotskistas a su manera y por un tiempo, o que al menos en los momentos en que opusieron el legado que encarnaba Trotsky al estalinismo. En un recuento al vuelo nos encontramos con André Malraux, Panait Istrati, Ignazio Silone, James T. Farrell, Dwight MacDonald, Víctor Serge, George Orwell, George Bataille, John Dos Passos, André Breton, Roland Barthes, así como buena parte del movimiento surrealista, pintores como Frida Kahlo, Diego Rivera o el poumista Eugenio Fernández Granell, críticos de arte de la reputación de Meyer Shapiro, así como por Edmund Wilson y Mary MacCarthy, Peter Weiss, José Revueltas, Carlos Pellicer —también, aunque fuese parcialmente, por Octavio Paz, Vargas Llosa, Cabrera Infante, cuando éstos todavía miraban hacia los de abajo—, por el francés Jean Giono, los peruanos José María Argüedas y Ciro Alegría, etc. Fue apreciado por conservadores tan inteligentes como François Mauriac, Milan Kundera o Joseph Roth (quien le dedicó una de sus obras, El profeta mudo), y un largo etcétera, una fascinación que desdice la tentativa denigratoria de neoliberales desde el siniestro pontífice neoliberal Jean-Revel hasta Pilar Rahola la novia catalana de Sharon, que encuentran a Trotsky y al trotskismo (la LCR francesa), insoportables (Revel llegaría a ver “trotskismo” hasta en las editoriales de Le Monde).

Tribuno comparado con Dantón y con Jaurès sobre el que Reed y Sujanov dejaron cumplida cuenta de sus intervenciones en las asambleas multitudinarias, Trotsky fue un escritor magnífico cuya obra sobrepasa ampliamente la de muchos profesionales. Sus libros, artículos, documentos políticos y cartas fueron editados —y se siguen editando— en casi todas las lenguas, y sus selecciones específicas sobre Francia, Alemania, China, Gran Bretaña, España, Estados Unidos, América Latina, Italia, etcétera han ocupado gruesos volúmenes, inaugurando así un poderoso aporte trotskiano a las diversas tradiciones teóricas marxistas nacionales. Pero este jefe militar que leía Mallarmé en el tren blindado de la guerra civil, fue también un intrépido periodista en los Balcanes, el “cerebro” de la insurrección de Octubre, el creador y el jefe del ejército más improvisado que se recuerde -el Carnot bolchevique que superó  las mayores adversidades bélicas-, diplomático revolucionario, hombre de Estado…
Derrotado por el aparato burocrático estalinista amasado por el atraso ruso y las derrotas revolucionarias de principios de los años veinte, Trotsky se negó a utilizar el Ejército Rojo para imponer sus poderosos argumentos. Una vez en el exilio, fue víctima de la más formidable tentativa de denigración que haya conocido la historia desde los tiempos de Catilina (según palabras de Manuel Sacristán), y fue convertido en una «no persona», por utilizar una de las palabras del neolenguaje codificado por Orwell. Sin embargo, sus ideas volvieron a interesar a las nuevas generaciones «contestatarias» del 68, y lo volverán a hacer en nuevos epicentros de la recomposición social como México, Francia, Italia o Brasil. Su peso en el movimiento que lleva su nombre es obviamente descomunal. Sin embargo, Trotsky nunca trató de imponer su “autoridad providencial”, sino mediante debates abiertos; lo que impidió la tentación de hablar en su nombre elevado a la categoría de canon, sustituyendo con la autoridad del clásico las exigencias del análisis concreto de la realidad concreta. 

Su medida biográfica es la de un ”gigante” (el último de la tradición marxista, al decir de Víctor Serge). Por más que se puedan poner reparos a algunas de sus actitudes (acuciadas por situaciones límite, por la medida de sus propias exigencias) y reconocer cierta prepotencia e intolerancia, también es cierto que los numerosos testimonios de quienes trabajaron con él (y que en no pocos casos evolucionaron en otra dirección) dan fe de una poderosa humanidad en la que se incluyen fuertes dosis de romanticismo.

¿Hasta qué punto este legado mantuvo una actualidad en el curso de una historia tempestuosa en la que los poderosos conseguirían ganar las principales batallas?. 

El problema se plantea desde el momento en que Trotsky levanta la bandera de una alternativa comunista al estalinismo, y se hace mucho más ardua en el momento de su asesinato. De ello se hará eco lúcido el escritor y abogado nicaragüense Adolfo Zamora, quien en el prólogo de una edición popular mexicana de los últimos escritos de Trotsky que, con el título de Los gángster de Stalin, aparecido un mes después del asesinato del fundador de la IV Internacional, escribió con evidente furor: “[…] Stalin razona ahora: sin Trotsky, la Cuarta Internacional no podrá emprender nada. Como buen burócrata antes y como buen déspota ahora, Stalin se equivoca. Trotsky, en los días de su destierro, solo, perseguido, poseía todo el poder de la idea revolucionaria, era el principio de un nuevo impulso de la clase obrera. Stalin, con su inmenso aparato, su poderío momentáneo y su GPU, sólo representaba el reflujo histórico de efímera existencia. La nueva internacional, creada por el genio de Trotsky, ha alcanzado ya una etapa de desarrollo que la capacidad para hacer frente a las grandes tareas revolucionarias que le reserva el próximo futuro de la humanidad […]”. 

En los años cuarenta y cincuenta, Sartre constataba que Stalin había ganado, mientras que la figura de Trotsky podía ser comparada con de Aníbal. Sin embargo, esta percepción comenzó a cambiar en los años sesenta; en la actualidad Trotsky es uno de los mayores representantes del “otro comunismo”.

Durante su vida militante, Trotsky estuvo en el primer plano de la historia. El alcance de su perfil biográfico no permite comparaciones fáciles, como la efectuada por el mismo Sartre cuando definió a Claude Lefort como “el Trotsky de Trotsky”. Aquí, de entrada, el matiz es sustituido por la brocha gorda: nadie ha podido encontrar en Trotsky ningún tipo de semejanza concreta con Stalin; si acaso fue su negación más completa. Tampoco hay muchas cosas en la biografía de Lefort que recuerden a la del fundador del Ejército Rojo, ni tan siquiera en la brillantez de la pluma. Otros reconocen al “gigante” para empequeñecer a sus discípulos. Es lo que  decía Jorge Semprún en su prólogo a la obra de Fernando Claudín La crisis del movimiento comunista, por cierto, trufada de referencias trotskianas.

Un prepotente Semprún hacia una excepción con Isaac Deutscher, quien, a su vez, ofrece una percepción de un último Trotsky engrandecido cuando actúa como escritor y personaje, y empequeñecido cuando desciende a la arena para trabajar y debatir con grupos pequeños, muchas veces divididos. Las controversias, los cismas y las descalificaciones agotan al historiador, y dan pie a la suficiencia del prologuista. Sin embargo, esta percepción puede hacer olvidar que el propio Deutscher describe con admiración a la hornada de personajes tan impresionantes como Rakovsky, Smilga, Preobrazhenski, Serge, Rosmer, Landau, Leonetti, Nin, Naville, Rivera, Breton,  etcétera, etcétera. Hoy no hay duda de que el trotskismo ha alumbrado otra historia del comunismo, y ha efectuado aportaciones inexcusables allá donde logró sobrevivir. Baste señalar por familiar el caso español, o citar acontecimientos como la creación de la Alianza Obrera, un capítulo sobre el que se proyecta la sombra del propio Trotsky, y que resulta sintomática de cómo, en una situación propicia de movilización social, una minoría  puede influir en los hechos a través de la acción, y sobre todo por su capacidad de análisis. 

De hecho, estas aportaciones resultan reconocidas e incluso magnificadas cuando se trata de extraer munición a favor de una legitimación del anticomunismo. Cuando se trata de negar cualquier razón de ser a la URSS se suele citar a Rakovsky, Víctor Serge, Ignazio Silone, Boris Souvarine, Panait Istrati, André Gide, Anton Ciliga, Edmund Wilson y sobre todo a Orwell, como ejemplos de una crítica democrática al totalitarismo en el que quedaría englobada toda la historia soviética desde 1917, incluso como precedentes de la opción neoliberal en una manipulación desvergonzada pero normalmente impune dada la falta total de escrúpulos que sobre esta cuestión se ejerce en los medias. Se trata de una manipulación que pone en evidencia que sus autores carecen de otros referentes dignos de mención, no olvidemos que en el dilema Stalin-Trotsky, la derecha liberal y la mayoría socialdemócrata tomaron “partido” por el primero. 

El sistema carece de escrúpulos cuando trata de barrera para su lado todas las disidencias, o de incorporar a su propio acervo las aportaciones de antiguo revolucionarios, sobre todo cuando ya se han “arrepentido”. Estas tentativas fueron aplicables incluso con Trotsky como teórico de la “revolución traicionada”, de ahí que algunos de sus alegatos más antiestalinistas fueran asimilados por los propagandistas del “mundo libre”, e incluso editados en la España de Franco. Los propagandistas se volvieron mucho más cautos cuando Trotsky volvió a aparecer como un clásico vivo que era leído con entusiasmo por las nuevas generaciones, de ahí que su nombre apareciera en todas las “listas negras” inherentes a los golpes militares. Una anécdota reveladora de esta doble juego nos lo ofrece una noticia aparecida en el diario francés Le Monde cuyo corresponsal en la capital tailandesa contaba que la junta militar que había auspiciado el estreno de la película de Joseph Losey sobre El asesinato de Trotsky, con la obvia intención de contribuir al descrédito del partido comunista, acabó retirándola de la cartelera cuando comprobó que los estudiantes que habían ido a verla, comenzaban a desarrollar una crítica al estalinismo.

Fuera de esta burda tentativa de manipulación, normalmente se ha tendido a subestimar la cuestión trotskista, tanto es así que mucha veces se cita a sus representantes sin señalar su vinculación, o bien aparece en la letra pequeña y en la que raramente se entra en los contenidos políticos, en tanto que en la historiografía relacionada con los partidos comunistas se trata de un apartado molesto. Esto explica la existencia de una “cultureta” que se limita a abordar el tema desde su dimensión más “exótica”, la de las tribus divididas y enfrentadas por el legado del profeta. Esta era la medida que más pesaba en el tiempo que antecedió al mayo del 68, donde los acontecimientos mostraron la existencia de una presencia grupuscular, sino también de  una cultura política y un proyecto que, aunque contenido por la hegemonía comunista oficial en el movimiento obrero, comenzaba a abrir una brecha en la que ha persistido contra viento y marea.