21/6/09

Programa de la Revolución Azul


Retrato de José Tadeo Monagas, autor desconocido


José Tadeo Monagas

Manifestación a mis amigos personales y políticos:

Aquellos de entre vosotros que siempre me han distinguido con su personal amistad y muchos otros ciudadanos que, sin existir tal circunstancia, me hacen, empero, la justicia de creerme constante amigo de la paz, de la honra, de la libertad y dicha de Venezuela, me han dirigido en estos últimos tiempos numerosas cartas particulares, inspirados por el espectáculo de los males públicos, y encaminadas, o a honrarme con la confidencia de sus propias opiniones, o a pedirme que exponga las mías y que, en su caso, asuma ante la deplorable situación de la patria aquella actitud de activo y desinteresado deber a que me llame la poca o mucha autoridad moral de que goce entre mis conciudadanos todos. Mi silencio en presencia de esas instancias ha sido hasta hoy tan completo como honradamente inspirado, no obstante la estimación que hago de aquéllas y el respeto que profeso a las opiniones de mis compatriotas. No he querido, en efecto, aventurar aisladamente ningún juicio, ni exponer ninguna opinión concreta y decisiva, porque no se me oculta que en tiempos como los presentes, en que las pasiones predominan sobre los más honrados sentimientos, cualquiera idea o impulso mío, por más que fuera patriótico y bienintencionado, podría convertirse en daño de la República, exacerbando las facciones que la dividen y dilaceran su seno.

Pero, por otra parte, ese silencio indefinidamente prolongado podría presentarme a los ojos de mis amigos personales y políticos tal cual no soy, ni quiero aparecer; esto es, como indiferente a los males del país y con el alma postrada por el egoísmo; ni lo soportarían ya por más tiempo los impulsos fervorosos de mi corazón, acostumbrado a latir desde 1813 por Venezuela, por su libertad, por su lustre y su renombre; ni los dictados de mi propia conciencia, que siempre me ha mandado hablar cuando ha creído que podía o debía hacerlo en obsequio a la causa de la patria. Romperé, pues, ese silencio; pero será para dirigirme a mis amigos políticos y personales de una manera pública y solemne, cual conviene a la gravedad de la situación, a la honradez de mis pensamientos y aspiraciones y a la confianza de los que a ello me excitan. Así quedarán satisfechos éstos y yo tendré para mi palabra y para mis juicios como benévolo auditorio y como juez imparcial al resto de mis conciudadanos. Desgraciadamente, nuestra época y nuestra historia han sido y están siendo todavía época e historia de tristes y exigentísimas ambiciones personales. Por tanto, menester me será protestaros, queridos amigos, que si os dirijo la palabra para hablaros de la cosa pública y haceros respetuosamente las indicaciones que me sugieren una larga experiencia y mi acendrado patriotismo es porque me siento libre de toda ambición política; ambición que las fatigas porque ha pasado mi cuerpo, la serenidad presente de mi alma y la senectud que Dios me ha permitido alcanzar, como una prueba más o como un galardón, excluyen totalmente del reducido círculo de mis aspiraciones del día. ¿Ni qué podría yo ambicionar? De mi patria he recibido en mando, en honores y distinciones cuanto ella podía darme sin amenguar su dignidad ni la mía. La serví con las armas en la mano hasta obtener uno de los más altos grados de su jerarquía militar; administré en dos períodos sus intereses públicos desde el puesto de Presidente y cuando el Poder era capaz de dar aún holgura, brillo y dignidad a los que de él eran dueños por la voluntad del pueblo. Después supe renunciar a la prolongación de ese mando y de esas dignidades por no comprarlas al altísimo precio de la sangre de mis conciudadanos, y me retiré en consecuencia a la paz de la vida privada, aun al través de pruebas y sufrimientos, que nombro sin que me afecte la amargura de su recuerdo, y renunciando, como lo hago, a decidir hasta dónde fui yo desgraciado como gobernante y otros autorizados para prescindir de mi autoridad como gobernados. Esos procesos pertenecen a la Historia, ella los juzga. Los contemporáneos y actores que en ello se ocupan no hacen sino reagravarlos. No seré yo, mientras viva, quien proceda de semejante manera.

Tales antecedentes, unidos a mis circunstancias actuales, parece que deben dar a mi voz, a despecho de su natural flaqueza, aquel alcance a que la sinceridad, el desprendimiento y honrado propósito tienen derecho. El alcance hasta vuestros corazones y al de todos mis conciudadanos, que alguna vez siquiera, y tras largos años de divisiones y discordias, deben latir acordes para formar así el himno de alegría de la patria, pacificada verdaderamente, reconciliada y fraternal en la persona de todos sus hijos, sin las odiosas distinciones que hoy la desgarran y envilecen.

Oíd, pues, al patriota a quien en los asuntos públicos no mueve ya otro interés que el de guiar sus últimos pasos hacia la tumba, en medio de las santas dulzuras de la paz, apoyándose en el amor y en la benevolencia de sus conciudadanos, y llevando ante Dios la esperanza de dejar una memoria que tenga jueces tranquilos y fallos no exentos de aquella benevolencia que es propia de toda justicia póstuma.

Atentas y bien estudiadas las actuales condiciones del país, preciso es reconocer como una desgarradora pero innegable verdad que Venezuela es actualmente el más desgraciado entre todos los combatidos países de Sudamérica. La voz que se alce para proclamarlo así no hará otra cosa que constituirse en el eco de todas las conciencias individuales; será verdaderamente el eco o el resumen de la conciencia nacional. Y en efecto, todo cuanto en común esfuerzo de tres generaciones habíamos venido labrando desde 1810 para constituir el orden en la seguridad; el trabajo como honra, y su fruto amparado, como estímulo; la justicia por la ley y la ley por su acatamiento de parte de gobernantes y gobernados; todo ese esfuerzo, más o menos felizmente realizado, todo lo hemos perdido, malbaratando lastimosamente sus gajes. De nuestro antiguo patrimonio como sociedad política no nos quedan más que dos bienes; intacto el uno merced a la protección de la Divina Providencia, que, como que es su autor directo, lo preserva de ruina; harto comprometido el otro, por desgracia. Esos bienes son: la inagotable virtud de nuestro pueblo, capaz, por tanto, de las más nobles reacciones, y la integridad del territorio patrio, tal cual le dio sombra el glorioso pabellón que desplegamos al viento los revolucionarios de 1810. ¿Cuál es, aparte estas reliquias, la condición de nuestro estado político? Reconozcamos la verdad con entereza. Todo régimen moral ha desaparecido en nuestra política. Nadie obedece, porque nadie manda con el derecho de las repúblicas, que es la ley. La fuerza, que ensaya sustituir a ésta, no hace sino engendrar, o la reacción de la dignidad que se yergue, o el abatimiento corruptor del servilismo. Por eso vivimos oscilando entre la guerra o la abyección; abyección que es paz de la hora presente y guerra en lo porvenir. En ninguna parte la paz de la armonía, la paz del contento, la paz de la dignidad. En ninguna parte los intereses, los derechos y los deberes bajo un solo nivel. Únicamente la ley de inflexible dominio y la seguridad que ella imparte fomentan la moralidad patriótica y dan el sentimiento de la nacionalidad. Relajado ese dominio o desequilibrado, relájase en proporción aquella moralidad y el sentimiento, que es su corolario. Es entonces que el egoísmo surge, como ahora entre nosotros, para aconsejar la salvación a pedazos y hasta la puramente individual. Desaparece así inmediatamente, como también es palpable en Venezuela, toda comunidad de sentimientos generosos, porque, divididos artificialmente los sufrimientos, se han hecho adrede antagonistas irreconciliables los elementos que pudieran crear aquéllos y restaurar la alianza de todos los intereses patrios.

Nuestra situación económica no es sino el lógico resultado de aquella situación política. La escasa riqueza material que habíamos acumulado desaparece día por día devorada, o por la forzada in curia del presente, o por los rudos golpes de la guerra, siempre implacable contra la propiedad particular. Las industrias están paralizadas, si no muertas del todo. Del trabajo más rudimental y limitado no queda sino su dolor y el de la inmediata y segura privación del goce de sus escasos frutos. Nuestros puertos están solitarios; el comercio ayer desmoralizado, ya no encuentra gajes ni en esa misma desmoralización. Hemos autorizado el desprecio más completo de nuestra fe pública para dentro y fuera del país. Las generaciones que vengan, o sea nuestros hijos y nietos, hallarán que los hemos constituido, por nuestras incansables locuras, en esclavos, o del extranjero a quien tanto debemos y a quien ellos habrán de pagar, o de su propia impotencia para satisfacer el desproporcionadísimo cúmulo de compromisos que les legamos, sin ninguna compensación que atenúe nuestra responsabilidad. Por último, a pesar de la feracidad de nuestras cordilleras, de la opulencia de nuestras llanuras, de la riqueza de nuestros valles y de la modestia de nuestras necesidades, vivimos en la miseria y n os amenaza ya el hambre.

En el orden moral tampoco escasean las ruinas. Disminuye nuestra caridad social; la suspicacia y los odios depravan las almas; la lucha de los intereses atrae la guerra a cada paso; el egoísmo toma el aspecto de la circunspección y a su sombra gana terreno; los caracteres se hacen violentos por la resistencia o la injusticia, o serviles e hipócritas por su forzada sumisión; el culto a la patria ha desaparecido casi por completo, y la historia de su antiguo heroísmo no inspira al presente sino el desdén o la desconfianza de si fue oportuno y si alguna vez será fructuoso en bien para estos pueblos.

He ahí nuestra situación, amigos míos. ¿Y ella de quién es obra? ¿Cuáles han sido sus autores? La solemnidad de la respuesta debe corresponder a la solemnidad de la interrogación . De todos o de ninguno, amigos míos. Y en efecto, ¿quién podrá arrojar la primera piedra? Nadie, ninguno. Todos hemos contribuido a esa obra de desgracia. A todos nos ha humillado la Providencia no concediéndonos acierto sino para el mal. Quién con sus pasiones mal gobernadas, quién con errores sinceros, pero no menos funestos, quién arrebatado por la fatalidad de las circunstancias; todos a una hemos lastimado a la madre común y descompuesto por el dolor su augusto semblante.

Procuremos, pues, como el primero de los correctivos de nuestra situación, el olvido absoluto de lo pasado. Nada de reminiscencias estériles. Nada de recriminaciones que a fuerza de estar todas ellas autorizadas terminan por excluirse entre sí. Demos la frente al porvenir; y tolerando la diversidad de las opiniones, la discrepancia de los medios, la independencia de las ideas, esforcémonos únicamente por ponerlas a todas ellas dentro de una tendencia única, hacia la reacción del bien y bajo el nivel de los deberes de la paz. Libertad con tolerancia, es decir, verdadera libertad. Política activa, pero benevolente. Todos los partidos dentro de la patria, y todos calificados con el decoro que requieran los diversos adelantos de sus opiniones. Y en pos de ese olvido absoluto, a la par con el santo esfuerzo de esa tolerancia redentora, la concurrencia poderosa, general e irresistible para restaurar hoy y conservar sólidamente el bien inestimable de la paz.

Amigos míos, sólo la paz es legal. Sólo la paz es legítima. La paz es la única institución actualmente digna de los esfuerzos y aun sacrificios de todos los venezolanos. La guerra hoy empeñada, por más que a ella hayan dado margen errores que todos lamentamos, nos traerá, como toda guerra, males sin cuento y desgracias innumerables. Antes que librar a la suerte de las armas el porvenir de Venezuela; antes que precipitarse en una lucha desastrosa y fratricida, se deben agotar otros medios de más fácil y seguro éxito, se debe hacer una enérgica y simultánea excitación al patriotismo de los ciudadanos que, comisionados por las diferentes secciones de la República para oír sus quejas y atender a sus justas exigencias, están llamados a abrirse paso por en medio de los contendores, reivindicar los derechos que se reclaman y los principios porque se aboga.

Supongo que a la fecha estará reunido el Congreso constitucional de la República. Yo respeto y acato en él la fórmula mejor, entre las posibles y existentes, de la legalidad del país; yo lo considero suficientemente capaz y autorizado para atender a los justos reclamos de la opinión, satisfaciendo las más exigentes necesidades públicas. En su seno hay ciudadanos de todas las secciones del país, que, sin duda, han llevado a la capital la inspiración patriótica y justa de sus respectivas localidades. Menester será, pues, rodear a ese Congreso, acatarlo reverentemente, poner en él la confianza, respetar sus actos, resguardar su independencia y estimular su iniciativa. Es preciso que las autoridades y el pueblo de Venezuela se respeten a sí mismos, respetando al Congreso, a quien las instituciones hacen el primer Poder constitucional de la República. Será al favor de ese respeto que, levantándose cada uno de los Legisladores a la altura de sus deberes presentes, los dejarán cumplidos en beneficio del país y para su propia honra.

Previa esta actitud que honrará al país, y principalmente a las autoridades que deben dar el ejemplo, sin duda surgirá en el espíritu de los Legisladores la convicción de que corresponde al sufragio popular, que funcionará en el próximo octubre, decidir de los futuros destinos de Venezuela y que al Congreso corresponde asegurar esa decisión por el intermedio de una política de transición que restablezca la paz y dé garantías sólidas para las elecciones. En consecuencia, juzgo probable que les ocurra la idea generosa de una amnistía; que harán desaparecer de los Estados toda intervención extraña a sus negocios domésticos, especialmente la material de las armas, y que designarán un sustituto del Presidente que llamado, como sin duda creo conveniente que lo sea, a la Administración suprema del país, inspire confianza a todos los partidos, se acompañe de un Ministerio idóneo y se resigne, por último, a ser nada más que un centinela sin ambición, pero también sin debilidad, con la simple consigna de la paz y del derecho respetado en la persona de todos los ciudadanos.

Este programa espero que será el del Congreso, porque es el único que aconseja el amor a la patria y que nos conducirá a la paz a que aspiramos. Mas si, por desgracia nuestra, así no sucediere, quedaremos entonces autorizados por todos los títulos posibles para buscar esa paz deseada por medios extremos, como el único recurso a que deben ocurrir los pueblos cuando nada tienen que esperar de la sensatez y patriotismo de sus gobernantes y delegados.

Permitidme que de ese programa marque como muy importante el segundo punto. El Gobierno propio a que hasta por instinto, orgulloso si se quiere, pero innegable, se inclinó desde 1810 el pueblo de Venezuela es y será un imposible en tanto que los encargados de mantener la unión de las partes no se resignen a que éstas dispongan como mejor les plazca de sus asuntos domésticos. Por reconocer ese derecho teóricamente y quererlo ahogar en la práctica es que principalmente ha sobrevenido la presente crisis, o que ella se ha hecho, caso de que hubiera sido inevitable, tan anárquica y desastrosa. Mas aún es tiempo de poner remedio; devolvamos a las secciones la libertad de acción que les dan las leyes; que la Unión no figure en los Estados sino por el mando legal aislado. Al principio éste puede ser desatendido o menospreciado, pero al fin la reacción del patriotismo venezolano y el criterio que produce la paz le darán una autoridad irresistible que desahuciará toda ambición, todo mal propósito local. Los pueblos no querrán sino vivir en paz interior y protegidos por la fuerza moral de la unión.

Es de esta manera, amigos míos, que yo aprecio la situación y percibo los medios de cambiarla fácil y rápidamente, sin el concurso de los odios y prescindiendo de la guerra feroz que ellos engendran. Tiempo es ya de que a semejante labor se dedique el patriotismo desinteresado, los corazones generosos y las almas no profanadas, o por el egoísmo, o por pasiones indomables. Tiempo es ya de que la patria de Bolívar y de Sucre vuelva a ser digna de sus gloriosos antecedentes y de la virtud inagotable de sus masas.

Si para ayudar en semejante obra se necesitase el concurso de este anciano que ha sembrado con sus huesos y regado con su sangre el suelo de la patria, pronto estoy a prestarlo, cualquiera que sea la senda que nos veamos obligados a tomar para realizarla, siempre que se me permita volver al servicio activo de la República, con los brazos hábiles nada más que para estrechar entre ellos a todos mis conciudadanos.

José Tadeo Monagas. El Roble, 25 de marzo de 1868