15/6/09

“Mi vida”, de León Trotsky


641 p, Debate – Random House Mondadori

Marcelo Riccardi Doria

 

A veces es fácil caer en la tentación de idealizar al político que nunca llegó al poder. Siempre es posible hacer conjeturas, recrear escenarios potenciales, elaborar hipótesis e incluso sustentarlas, pero lo cierto es que todo eso vale como ejercicio de la imaginación y poco más. Así que resulta incierto, cuando no inútil, entrar en ese carrusel de cábalas históricas sobre lo que hubiera ocurrido si, por ejemplo, León Trotsky hubiera sido menos ingenuo –y más ladino- en la contienda política que José Stalin.

Evidentemente no fue así. Tras la imprevista muerte de Lenin, el que por derecho propio debía ser su sucesor natural corrió, en cambio, la peor de las suertes. Desde tiempo atrás, Stalin, entonces una figura de mediano perfil y grandes ambiciones, venía urdiendo en contra suya una discreta red de intrigas y alianzas que consiguió desplazarlo del poder, retirarle cualquier función oficial, desterrarlo y, tiempo después, asesinarlo en su domicilio de Coyoacán (Ciudad de México).

Con la desaparición de Trotsky, Occidente pudo respirar tranquilo. A sus ojos, Stalin representaba de dos males el menor. Mientras éste prometía solemnemente ser un buen chico y mantener a los bolcheviques en casa, Trotsky se comprometía a hacer exactamente lo contrario. Es decir, poner todo de su parte para animar ese proceso que él llamó la Revolución Permanente: una vez echada a andar la revolución, ya nada puede detenerla hasta su consumación planetaria.

“Es probable que si escribiese estas memorias en otras condiciones –aunque en otras condiciones es probable también que no las escribiese– suprimiese mucho de lo que aquí digo”, nos confiesa en esta impecable reedición un autor que a veces resulta tan difícil de encontrar. Consciente de que en política el descrédito puede ser peor que el olvido, Trotsky comienza estas memorias en Constantinopla –primera estación de su destierro final– animado por dos propósitos: desmentir y explicar.

Desmentir, por una parte, la implacable campaña que Stalin había desatado para desvirtuar por completo su imagen, acusándolo de innumerables pecadillos revolucionarios y personales. Explicar, por otra parte, el rumbo por el que las cosas habían llegado al punto en que se encontraban, es decir cómo, a su modo de ver, un advenedizo intrigante le había arrebatado el poder.

De manera que más que un impropio acto de ego, esta memorias son una justificación que Trotsky emprende para dejar sentada su versión de los hechos. Así, por ejemplo, nos remite a su infancia rural para defenderse de la horripilante imputación de “poco amigo de los campesinos”; nos recuerda, mediante pasajes íntimos y reveladores, su larga amistad con Lenin, para demostrar que no era cierto que no se la llevaran muy bien; y, al tiempo, nos va descubriendo detalles personales sobre todos esos individuos que hicieron la revolución.

Por eso, lo que resulta más interesante en estas memorias no es ese proceso, digamos, histórico, que hila la narración. Eso es algo que, mal que bien, encontramos en las enciclopedias y los libros de historia (al menos en los que no mandó a escribir Stalin). Lo que resulta interesante es la posibilidad de acercarse a la intimidad de los acontecimientos, y al individuo inmerso en ellos. Más cuando ese individuo es Trotsky, político influyente y personalidad apasionada, quien se empeñó en demostrar que lucidez e idealismo no son términos contradictorios.

Trostky perdió el poder pero no la fe. Una fe religiosa –como debe ser toda buena fe– en el sistema, en la historia y en el futuro. Y su poco afortunada situación personal nada tenía que ver con todo eso. “Pasarán unas cuantas docenas de años –nos dice–, pasarán unos cuantos siglos, y el orden social que rija remontará la mirada a la Revolución de Octubre como el régimen burgués de hoy hace con la Revolución Francesa y la Reforma”.

Pero sepultada la Unión Soviética, bautizado el nuevo orden mundial en Irak, con tantos países mostrando credenciales para ser invitados a la recepción y vistas las condiciones en que el calor tropical le ha dejado el traje al comunismo, no puede uno menos que pensar que el futuro también le falló a Trotsky.

Sin embargo, cayendo en la tentación de las cábalas históricas (qué carajo, lo último que podemos negarnos es la imaginación), es de suponer que si Trotsky estuviera vivo, a la actual situación respondería de igual manera que en aquellos años de persecución. Porque lo que de verdad importa es que Arcadia siga ahí adelante, ocupando ese lugar incierto en el futuro al que algún día habremos de regresar. Para decirlo con palabras de otro, nada mejor que el ingenioso mensaje que uno de los personajes de Kundera escribe al dorso de una tarjeta postal: El optimismo es el opio del pueblo... ¡Viva Trotsky!