22/6/09

La problemática actualidad de Gramsci


Jacobo Borges [Venezuela] Sala con ventana al mar

Edgardo Mocca / La Insignia

“Le producía conmoción imaginar a aquel pequeño hombre frágil y enfermo que devoraba libros y anotaba reflexiones: así había vencido a la cárcel y al fascismo que allí lo había encerrado. Le parecía verlo realmente, ver la celda, la mesa, el cuaderno, la mano que escribía; y oír la leve raspadura de la pluma sobre el papel”. Así recuerda Leonardo Sciascia —a través de Cándido, personaje central de su novela homónima— a Antonio Gramsci.

Setenta años después de la muerte del intelectual, fundador y dirigente del Partido Comunista Italiano, la imagen heroica del hombre que paga con la cárcel y la muerte la fidelidad a sus ideales sigue siendo un símbolo de la lucha por la libertad en cualquier parte del mundo.

Surge la tentación de hacer que esta imagen, grandiosa por sí misma, sea el alimento exclusivo de la recordación y el homenaje, sin necesidad de remitirnos a su militancia política y a su producción teórica. ¿Tiene algún sentido volver sobre el dirigente de los consejos obreros turineses, sobre el polemista del comité central partidario, sobre el teórico de la revolución socialista? ¿No ha perdido toda relevancia ese itinerario después del irreversible derrumbe del comunismo, esa gran pasión colectiva del siglo XX que conmovió a millones de hombres y mujeres, entre ellos a parte de lo más relevante de la intelectualidad?

Algo nos rebela contra esa renuncia, contra esa resignación a la recordación ritual de un hombre al margen de su historia, de sus pasiones que tomaron la forma de una obra teórica rica y compleja. El camino de pensar a Gramsci al margen de su condición de líder comunista, inserto en una geografía y en una temporalidad específica no llevaría muy lejos: la condición de revolucionario en busca de una estrategia revolucionaria socialista para Italia define al personaje histórico, explica su obra y da sentido a su militancia y a su martirio.

A los veinte años llega desde su Cerdeña natal, donde había nacido en un hogar campesino en el que conoció la pobreza, a Turín. Ya en ese momento, Turín era —y lo sería mucho más luego de unos años— un centro de agitación obrera y revolucionaria. Allí fue donde se encontró con el mundo proletario y con el Partido Socialista, uno de los pocos que prontamente se encolumnaría —por lo menos formalmente— con la corriente internacionalista del marxismo encabezada por los bolcheviques rusos.

Es en Turín donde, en forma casi simultánea con la revolución rusa, se desarrolla una insurrección obrera finalmente derrotada y duramente reprimida. En la experiencia de la lucha de los obreros de Fiat y otras fábricas, aparece el modelo organizativo en el que Gramsci cree descubrir un embrión esencial de la revolución y del futuro Estado socialista en Italia: los Consejos Obreros.

En 1921, año en el que se funda el PC italiano, las esperanzas de expansión revolucionaria a toda Europa se habían extinguido. Empezó un tiempo de reflujo y defensiva; desde Moscú, Lenin exhortaba a reemplazar la idea del “asalto” al poder por la del “largo asedio”. Para Gramsci, esta consigna se constituyó en una productiva obsesión que lo llevó a cuestionar gran parte de los pilares del canon doctrinario del comunismo, y a rastrear en la historia nacional italiana en busca de los materiales necesarios para una estrategia realmente revolucionaria.

Ese empeño por hacer del socialismo una empresa nacional, enraizada en las propias tradiciones y no una mera aplicación de una receta universal puede considerarse el eje organizador del pensamiento y la práctica de Antonio Gramsci. Fue lo que inspiró la línea política que, bajo su dirección, se impuso en el congreso partidario de Lyon en 1926.

Para Gramsci, la revolución rusa de octubre de 1917 era irrepetible en los países occidentales. En Occidente —concepto histórico-político y no meramente geográfico—, existe una poderosa “línea de trincheras” que protege al Estado de los embates revolucionarios; una “sociedad civil” desarrollada y compleja opera como ámbito de conservación y reproducción de la hegemonía de la clase dominante. El concepto de hegemonía pasa a ser central en su dispositivo teórico y estratégico: el Estado no es solamente “dominio” de una clase sobre la base del ejercicio, potencial o efectivo, de la violencia; es también “dirección” de la sociedad, generación de consenso alrededor de los intereses de la clase dominante.

Todo el edificio del marxismo economicista en lo teórico y jacobinista en la práctica partidaria se estremece; el centro de la estrategia revolucionaria pasa a ser una “guerra de posiciones” destinada a ganar para la clase obrera un lugar de dirección entre las clases subordinadas. El partido deja de ser un “órgano de vanguardia” para ser parte de la misma clase revolucionaria. Los intelectuales orgánicos de la clase no son transmisores de verdades y consignas de aparato, sino productores de un dispositivo orientado a lograr una “reforma intelectual y moral”, una nueva “voluntad nacional-popular”.

No es extraño que la ortodoxia comunista silenciara muchos años a Gramsci, que prefiriera cristalizarlo en la imagen del mártir antes que recuperar el espíritu vivo de su legado teórico. Los partidos comunistas pasaron a ser progresivamente maquinarias de expansión de la influencia política soviética y, con algunas excepciones, expulsaron de su agenda todo debate estratégico y teórico.

Fue en su propio partido, el italiano —no casualmente el más independiente del universo comunista respecto de las órdenes de Moscú— en el que sus aportes fueron rescatados, no sin la intención de su uso coyuntural para fundar nuevas tácticas políticas, en este caso una política reformista de integración a la democracia que con los años adoptaría el nombre de “compromiso histórico”.

Fue desde esa recuperación de Gramsci por el Partido Comunista de Italia que su obra llega a América Latina y en primer lugar a nuestro país. Ese desembarco se lo debemos, fundamentalmente, a José “Pancho” Aricó, muerto en 1991, y al recientemente desaparecido Juan Carlos Portantiero. Jóvenes militantes comunistas ambos y bajo la guía —y un breve período de protección política— de Héctor Agosti, Portantiero y Aricó aprovecharon los postulados teóricos del político intelectual italiano primero para intentar una renovación ideológica en el PC local y luego, ya comprensiblemente expulsados de sus filas, para sustentar la práctica política de las nuevas izquierdas durante la década del sesenta. La revista Pasado y Presente y las numerosas obras de ambos intelectuales no son, desde luego, las únicas huellas del pensamiento de Gramsci en Argentina, pero sí sin duda las más relevantes e influyentes.

Como sostuvo Portantiero, los “usos” de Gramsci han sido los más variados y abarcado desde la reivindicación del “espontaneísmo” obrero, hasta el soporte teórico del giro reformista de los comunistas italianos o las políticas de “frente popular” encaradas por diversos destacamentos comunistas.

Hay además en la historia de muchos de los que venimos del comunismo un uso bastante común: Gramsci fue, como nos lo recordaba hace pocos días Juan Carlos Torre, aquella figura tutelar que buscamos en la propia familia para garantizar cierta continuidad dentro de un proceso de cambios. Salidos de la experiencia doctrinaria, de las “verdades” burocráticas, encontramos en la prosa gramsciana la sensación de poder abrevar en nuestro propio lenguaje de una fuente de ideas libre y creadora.

¿Es una fuente definitivamente agotada? Si nos aferramos literalmente a sus propuestas, acaso sea así: los dilemas que apasionaron al militante, al dirigente y al prisionero del fascismo no están hoy a la orden del día. Hay sin embargo algo en la concepción de lo político de Gramsci que conserva una paradójica actualidad.

En nuestros tiempos, la política tiende a ser pensada desde una concepción cerradamente individualista, como mera administración o “gestión” de los asuntos públicos. La retórica de la falta de alternativas al estado de cosas alimenta una visión consensualista de la política en la que desaparece la idea de conflicto. No se trata de regresar al concepto gramsciano de hegemonía, tributario de una filosofía de la historia con el ya predeterminado triunfo de la clase obrera y el socialismo. Pero acaso sí de volver a reconocer en la política su potencialidad creadora y autónoma respecto de la economía y de la ética, su capacidad para fundar actores e identidades que disputen pacífica y civilizadamente una “hegemonía” que no comporte la eliminación del enemigo y el final del juego.