22/6/09

Gramsci frente a la crisis del socialismo


Paulo Castro [Venezuela] Arqueología pictórica

Francisco Hidalgo Flor / Gramsci e o Brasil

Gracias a la apertura del portal de Internet Gramsci e o Brasil, ahora en nuevo formato y plataforma digital, es posible desde esta entrega del mes de enero de 2006 presentar a ustedes, lectores interesados, no solo de Brasil, sino de Latinoamérica entera, una sección dedicada a reseñar y comentar textos y artículos que aborden la temática de la actualidad del pensamiento de Gramsci, de sus categorías principales, frente a los desafíos planteados ante la crisis profunda del proyecto socialista, evidenciada en acontecimientos claves de los últimos quince años, donde resalta el derrumbe de los regímenes del “socialismo real”, el debate modernidad–posmodernidad, el cuestionamiento sobre el sujeto político de la modernidad, la fragmentación de los estado–nación en los países periféricos, el reciente debilitamiento de las organizaciones de izquierda legal en Latinoamérica, pero también la emergencia de los nuevos movimientos sociales, la consolidación de las movilizaciones anti–globalización y la proliferación de publicaciones y portales de diversas tendencias de izquierda y movimientos populares.

Los acontecimientos claves del período 1990–2005 demandan al pensamiento crítico, en general, y con mayor fuerza a las diversas corrientes marxistas, una evaluación de limitaciones y potencialidades de lo que el español Manuel Sacristán denominó “el intento de programa, sobre un deseo, que se intenta fundamentar en crítica y en conocimientos positivos”, para abrir caminos que permitan dar renovadas alternativas a los sectores sociales en lucha y a los espacios políticos y teóricos que se proponen una construcción contra–hegemónica.

La pregunta matriz desde la cuál se intentará apelar a los textos será: ¿cuáles podrían ser, desde una matriz gramsciana, los elementos claves que aporten sustancialmente a la reconstrucción del proyecto socialista?

Por las limitaciones personales el universo de los textos a ser reseñados estará reducido a los artículos o libros publicados en idioma español, en revistas o portales de Internet especializados, durante los años 1990–2005. Se hará hincapié en las siguientes fuentes: los portales: gramsci.org, gramsci.org.ar, filosofiacuba.org; las revistas Dialéctica y Memoria de México, Herramienta de Argentina, Papeles de la FIM de España, Utopía y praxis latinoamericanos de Venezuela, Contracorriente de Cuba, y Espacios de Ecuador; los libros que recogen las ponencias de “Conferencias Internacionales de estudios gramscianos” realizadas en la Universidad Autónoma de Puebla; las publicaciones en idioma español de la Internacional Gramsci Society (IGS), y la Fundación Instituto Gramsci.

De inicio, por ser una iniciativa que nace desde el esfuerzo individual, solo se podrá trabajar sobre un número limitado de reseñas. Aspiro a presentar resúmenes de aproximadamente cincuenta textos a lo largo de dos años, esto quiere decir dos o tres resúmenes nuevos en entregas renovadas cada dos meses, si es que los lectores y editores del portal lo permiten. En caso de que hubiera personas interesadas de apoyar este esfuerzo desde otros países, se podrían ampliar el horizonte a ser cubierto.

* IZZO, FRANCESCA: 1994. “Gramsci intérprete de lo moderno”. En: Revista Dialéctica, n. 26, pp. 33–58. México.

Gramsci habita con pleno derecho el territorio de lo moderno, comparte su horizonte problemático y su plena evolución; se trata de un intérprete de la modernidad, quien establece una relación crítica con las profundas corrientes de ella. Para Gramsci la filosofía de la praxis es el más maduro producto del proceso del pensamiento moderno y, al mismo tiempo, su crítica inmanente y radical.

El sentido de la lectura que Gramsci ofrece de lo moderno se debe buscar y discutir ligando y articulando, según una relación fuerte y definida, dos momentos centrales de su reflexión, los cuales liberan toda su originalidad y fuerza hermeneútica solo a condición de ser analizados en interconexión entre sí: subjetivismo y estado–nación.

El subjetivismo es entendido como el carácter inmanente y mundano del principio filosófico moderno, con el cual se recalca, contra cualquier residuo trascendente y contra la rigidez metafísica de objetividad, la potencia creadora del sujeto; para Gramsci: “la concepción subjetivista puede encontrar su verificación e interpretación historicista sólo en las concepciones de las superestructuras”.

El estado–nación es el otro pilar que sostiene el edificio de lo moderno es el estado–nación; Gramsci recalda que el gran descubrimiento del Príncipe de Maquiavelo es la teorización del estado nacional; eso significa que lo político moderno se encarna en la forma de lo político–estatal. En esa forma está encerrada su modernidad y, al mismo tiempo, esta determinada configuración del hecho político marca la novedad de la época.

Modernidad y lo político–estatal

En la transición de la idea trascendente a la idea inmanentista que marca la cultura del Renacimiento, lo que debe ser fijado no es el lugar de un supuesto hombre en el centro de la imagen del mundo; sino mas bien, la capacidad de expansión, de difusión, de penetración, hasta en las raíces de la vida, de un cierto modo de pensar al mundo y a los hombres.

En el origen de lo moderno se discute la conexión nueva, compleja y contradictoria de tiempo y fundamento, o de ciencia y procesos vitales; conexión requerida por la ruptura de la dimensión de casta del saber y de la libertad. Para Gramsci es decisivo determinar qué se debe entender como un “nuevo tipo de hombre”. El sujeto de la filosofía moderno, del inmanentismo y de la autonomía, tiene estas opciones: i) o toma la vía de la conexión ético – pasional; ii) o es reabsorbido por la tradición cosmopolita y eclesiástica; iii) o se dispersa en la red de funciones sistémicas.

En la identificación moderna de político y estatal, Gramsci encuentra la relación entre sí de elementos antes desconectados, recíprocamente indiferentes u opuestos, el principio de la politicidad–racionalidad como instancia de autonomía y libertad, y masas vivientes ligadas a una existencia dividida entre las particularidades de la necesidad–pasión y la trascendencia de la instancia ético–religiosa.

Lo político–estatal hace aparecer en el horizonte, en cuanto se basa en lo ético– pasional, la posibilidad de mediar la necesidad con la libertad de modo inmanente y no a través de la ilusión o esperanza religiosa; la mediación puede ser asegurada por la expansión de la conciencia y de la ciencia.

Por eso para Gramsci en el aspecto puramente técnico–científico del proyecto moderno, se encuentra una forma de inmanencia que quita lo que el llama “lo vivido” o la identidad de teoría y praxis. Lo que impulsa la reducción de la ciencia a tecnología como única relación entre saber y realidad, a una manipulación integral fingida de las cosas y de los hombres, es la exclusión del lado activo de lo real, así como esto deviene un objeto puro de manipulación de la ciencia. Cae la dialéctica y por lo tanto la unidad posible entre teoría y praxis. En este terreno de tensiones toma cuerpo la filosofía de la praxis, enraizada en la modernidad.

Para Gramsci, como para Marx, no se instaura una nueva relación entre filosofía y mundo si no se subvierte la praxis, si no cambian el inicio, la forma y el sujeto del proceso; ninguna linealidad, o continuismo historicista.

Pilares de la modernidad y crisis

En las figuras del idealismo hegeliano y del jacobismo, que se sostienen en la dimensión ética del Estado, Gramsci se fija para destacar la capacidad de movilización, de activación, de las masas de parte del principio subjetivo moderno.

Este principio subjetivo moderno, con su energía y potencia originarias, tiende a romper la inmovilidad natural de las masas subalternas y hacerlas entrar en el círculo de la historicidad, en la misma medida en que empuja al pensamiento, a los intelectuales, a entrar en relación con la multitud.

Los tres pilares de la modernidad: i) el espíritu crítico; ii) el espíritu científico; iii) el espíritu industrial, impulsan con diferentes modalidades a modernizar a grandes masas humanas; con la ciencia y el espíritu crítico, rompiendo los vínculos de la tradición religiosa; con el industrialismo, las ligas naturalistas e instintivas; y se crea así una difusa y relativamente homogénea racionalidad de masas.

Vehículo de mediación de todo ello es el estado nacional, con sus aparatos de consenso que incorporan las funciones intelectuales.

Gramsci constata que “sucede un estancamiento y se regresa a la concepción del Estado como pura fuerza, la clase burguesa es saturada: no solo que no se difunde, sino que se disgrega; no sólo no asimila nuevos elementos, sino que pierde una parte de sí misma”; esto genera una condición de crisis en el proyecto de la modernidad, por lo cual Gramsci plantea. “¿esta crisis no está mas bien ligada a la caída del mito del progreso infinito y al optimismo que dependían de él, es decir, a una forma de religión mas bien que a la crisis del historicismo y de la conciencia crítica? En realidad, la conciencia crítica era restringida a un pequeño círculo; hegemónico, sí, pero restringido. El aparato de gobierno espiritual se rompió y hay crisis, pero ésta es también de difusión, o sea, llevará a una nueva hegemonía más segura y estable”.

Ruptura y filosofía de la praxis

La filosofía de la praxis encuentra su origen en la ruptura de la homogénea y unitaria conciencia – ciencia de la historia y en la crítica de la ilusión de lo único del sujeto, e intenta constituir políticamente la praxis en sujeto.

Conviene detenerse sobre el devenir sujeto de la praxis. Con Gramsci, precisamente por la mundanización integral, el nexo filosofía–praxis no lleva a una identificación dogmática de un sujeto portador de la totalidad (verdad) y por tanto del saber; no hay, ni puede haber, una conciencia del mundo donde la unidad se realice si precisamente la filosofía de la praxis es conciencia crítica de las laceraciones del mundo, de sus contradicciones y divisiones contra la apariencia de la unificación. Pero la praxis no se dispersa en la dimensión subalterna de la eterna desigualdad, fragmentación impotente; la praxis se pone como filosofía, o sea, comprensión del proceso entero y esfuerzo y tendencia que realizarán la unificación que no está dada en ningún punto, sino que está inscrita en el mundo como posibilidad.

El carácter paradójico de la filosofía de la praxis está en ser crítica y filosofía a la vez, escisión y concepto. La delimitación de esta forma de conflicto exige la construcción de un concepto de historia que corresponda a una temporalidad compleja, donde no hay ya una conciencia simple y unificada que separe e interprete el tiempo. Lo cual nada tiene que ver con el continuismo historicista.

Esta concepción de filosofía y política no nace de una exigencia genérica y economicista de la materialidad de la praxis–trabajo, sino de debe ser ubicada en aquella dimensión histórico–epocal mundial de puesta en movimiento de enormes masas humanas copartícipes del desarrollo, arrastradas en la historia; ya no alteridad radical, naturaleza, sino contradicción interior de la historia de la libertad. Estas masas tienden a devenir sujeto.

* VACCA, GIUSEPPE: 1994. “Gramsci en nuestro tiempo: hegemonía e interdependencia”. En: RevistaDialéctica, n. 26 (pp. 15–32). México.

Crisis y readecuación del capitalismo

Frente a la gran crisis de 1929–1932 mientras la Internacional Comunista parte de una interpretación “catastrofista”, Gramsci se une a Marx y repite que las crisis constituyen la fisiología del desarrollo capitalista. Para esta última, la salida siempre se encuentra en la transformación de la “composición orgánica del capital” (en la intensificación de la explotación y en la ampliación del “capital constante”).

La crisis de 1929–1932 había sido originada por la imposición del “nacionalismo económico” a la expansión del industrialismo de tipo americano y por las asimetrías entre un sistema industrial ya predispuesto para la producción en serie y la organización de los mercados todavía incapaces de absorberla. Todos estos problemas se resolverían por el fordismo extendido.

Gramsci parte de una visión del proceso que en los Cuadernos ya no tiene mucho que ver con la teoría leninista del imperialismo, ni con el concepto marxista–leninista de crisis general del capitalismo.

Crisis del Estado–Nación

Desde las primeras notas de los Cuadernos, la atención de Gramsci se dirige a las crisis del Estado-nación. “El ejercicio normal de la hegemonía en el terreno convertido clásico del régimen parlamentario”, escribe en un pasaje de 1930, “se caracteriza por una combinación de fuerza y consenso, que se equilibran de diferentes maneras, sin que la fuerza predomine demasiado sobre el consenso, y tratando de la que fuerza parezca apoyada en la aprobación de la mayoría, expresada mediante los llamados órganos de la opinión publica. Y he aquí el punto: “en el periodo de la posguerra, el aparato hegemónico se quiebra y el ejercicio de la hegemonía de vuelve permanentemente aleatorio”.

El tema tocado por Gramsci no concierne solamente a la disolución del régimen parlamentario, sino que es de un alcance mucho mayor: a) “Los grupos sociales regresivos y conservadores se reducen cada vez más a su fase inicial económico-corporativa, mientras que los grupos progresistas e innovadores todavía se encuentran en la fase inicial, precisamente económico-corporativa”; y, b) “los intelectuales tradicionales, apartándose del grupo social al que hasta ahora habían dado la forma más alta y comprensiva, en realidad cumplen un acto de incalculable alcance histórico: marcan y sancionan la crisis estatal en su forma decisiva”.

Elementos de la teoría de la hegemonía

Una de las formulaciones mas completas se encuentra en una nota del Cuaderno 10, en donde Gramsci refiriéndose a la obra de Lenin, dice: “una doctrina de la hegemonía como complemento de la teoría del estado – fuerza y como forma actual de la doctrina de la revolución permanente”. Estos dos elementos no deben separarse. Lo que Gramsci tiene en mente con “doctrina de la hegemonía como complemento de la teoría del Estado–fuerza” se aclara solamente con relación a la afirmación según la cual ésta debe constituir la “forma actual de la doctrina de 1848 de la revolución permanente” […]. “Durante el período posterior a 1870, al contrario de la expansión colonial europea, todos estos elementos cambian, las relaciones organizativas internas e internacionales del Estado se hacen mas complejas y macizas, y la fórmula del 48 de revolución permanente es elaborada y superada por las ciencias políticas con la fórmula de hegemonía civil”.

Una nueva idea de la política

La teoría de la hegemonía se une con la elaboración de la filosofía de la praxis… La difusión de la filosofía de la praxis es “la gran reforma de los tiempos modernos”… puede contribuir a la “creación de una nueva cultura integral que sintetice la política y la filosofía en una dialéctica intrínseca de un grupo social europeo y mundial”.

“En la época del imperialismo, que culmina con la guerra mundial… la clase burguesa está ya saturada: no sólo no se difunde, sino que se disgrega, no sólo no asimila nuevos elementos, sino que desasimila una parte de sí misma”; en resumidas cuentas: “se regresa a la concepción del estado como pura fuerza”. De ahora en adelante, la política–hegemonía podrá ser continuada y desarrollada integralmente sólo por una clase que sea capaz de asimilar toda la sociedad y al mismo tiempo expresar tal proceso”.

Momento burgués de la política–hegemonía

“El ejercicio de la hegemonía que se había expresado clásicamente en la forma del “estado parlamentario”, según Gramsci había tenido en Hegel, con la concepción del “estado ético”, el desarrollo mas completo. Pero “la concepción de Hegel” observa “es propia de un período en el cual el desarrollo en extensión de la burguesía podía parecer ilimitado, y la eticidad o universalidad de ésta podían manifestarse: todo el género humano será burgués”. Sin embargo en la época del imperialismo, que “culmina con la guerra mundial” tal posibilidad había definitivamente desaparecido… En resumidas cuentas “se regresa a la concepción del estado como pura fuerza”.

Momento proletario de la política–hegemonía

“De ahora en adelante la política hegemonía podrá ser continuada y desarrollada integralmente sólo por “una clase que sea capaz de asimilar toda la sociedad y al mismo tiempo expresar tal proceso”. Una clase que concibe “como fin del Estado su propio final” sólo puede ser “una clase que desarrolla íntegramente sus facultades en un horizonte que trasciende las funciones tradicionalmente establecidas por los estados nacionales”.

La teoría de la hegemonía se une así con la elaboración de la filosofía de la praxis… la difusión de la filosofía de la praxis es “la gran reforma de los tiempos modernos”. “Una reforma intelectual y moral que efectúa a escala nacional lo que el liberalismo no logró hacer más que para reducidos sectores de la población… ésta es “una herejía de la religión de la libertad, ya que nació en el mismo terreno que la civilización moderna… (se trata de) contribuir a la “creación de una nueva cultura integral que sintetice la política y la filosofía en una dialéctica intrínseca de un grupo social europeo y mundial.

Política–hegemonía y extinción del Estado

Una clase que concibe como fin del Estado su propio final sólo puede ser una clase que desarrolla íntegramente sus facultades en un horizonte que trasciende las funciones tradicionalmente establecidas por los estados nacionales. Sobre esta base se retoma en los Cuadernos el tema de la “extinción del Estado”. Cuestión que no posee un valor utópico, sino más bien constituye una idea reguladora; indica un criterio programático que tiene como meta superar el Estado–nación.

El Estado reduz gradualmente sus intervenciones autoritarias y coercitivas: justo en el proceso realizable de la “sociedad regulada”. De su consolidación puede surgir un nuevo tipo de libertad – (“se trata de una organización política que debe tutelar el desarrollo de los elementos de sociedad regulada en continuo incremento, para desembocar en una forma de “libertad orgánica”) – mucho más amplia y completa de la hasta ahora experimentada. De este proceso definitivamente depende la superación de la “doctrina del estado–fuerza”.

El terreno decisivo para la afirmación de la política–hegemonía es la relación entre lo nacional y lo internacional. La única respuesta progresista es aquella que elabore una nueva concepción de la política que la libere de la compenetración con el Estado.

La idea de que “la doctrina de la hegemonía” debe constituir un “complemento de la teoría del estado–fuerza” y “la forma actual de la doctrina del 48 de la revolución permanente” postula una subordinación permanente de la política–potencia a la política–hegemonía.

Al inicio, el movimiento comunista se había propuesto el objetivo – (redefinir los fundamentos y las formas de soberanía) – a su modo; pero: i) las relaciones internacionales proseguían según las viejas orientaciones; y, b) con la territorialización del socialismo desaparecía el otro posible protagonista de la política–hegemonía.

La reelaboración del marxismo como filosofía de la praxis y “doctrina de la hegemonía” forma un bloque que ocupa todo el horizonte programático de los Cuadernos.

El trabajador colectivo y la subjetividad integral

La búsqueda se dirigía a explorar las condiciones necesarias para suscitar una voluntad colectiva que pusiera sólidamente la tarea, hasta ahora ausente, en manos de “nuevos grupos sociales progresistas”.

Signo característico de la contemporaneidad es la posibilidad de que una nueva “voluntad colectiva” se forme “de la base hacia lo alto”, apoyándose en “la posición ocupada por lo colectivo en el mundo de la producción”. O sea, sobre la base del industrialismo que domina ya el desarrollo mundial. El industrialismo crea al “trabajador colectivo”, o sea, las condiciones por las que el trabajo se pueda reconocer y constituir como un todo, elaborando, por primera vez en la historia, una subjetividad integral. En otras palabras, existen las condiciones históricas reales que hacen posible la separación de capitalismo e industrialismo, abriendo camino hacia un nuevo orden mundial.

La derrota del movimiento comunista

El movimiento comunista frente a este proceso novedoso (“la formación del hombre colectivo actual”) permanece ciego, no responde de acuerdo al nuevo momento, dice Gramsci: “los viejos dirigentes intelectuales y morales de la sociedad sienten que se les mueve el piso, los representantes del nuevo orden en gestación, por odio racionalista a lo viejo, difunden utopías y puros planes cerebrales”.

Por lo tanto, los que suscitarían una nueva voluntad colectiva están ausentes. El socialismo está derrotado; por lo menos por ahora, por no haber desarrollado su propia autonomía hasta el fondo, por no haber desarrollado su propia concepción integral del mundo y de la historia, elaborando, sobre la base de la obra de Marx, una filosofía autónoma.

Sujetos políticos: estrutura y superestructura

Hay una filosofía de la praxis especial de Gramsci que no se puede reducir a ninguna otra “filosofía del devenir”. Su especificidad es aclarada por el contexto de la hegemonía como “desarrollo teórico–práctico de la filosofía de la praxis”. Esto equivale a decir que de la sola labor del “filósofo individual” la filosofía de la praxis no puede desarrollarse, pues su desarrollo parte de la acción de grandes sujetos colectivos. Indispensable para armar los impulsores de una voluntad colectiva, la filosofía de la praxis sólo puede desarrollarse a través de la creación de una cultura y una civilización nuevas.

La dependencia de la “doctrina de la hegemonía” de la filosofía de la praxis deriva del hecho de que, sin la elaboración de nueva teoría de la subjetividad, la primera no podrá desarrollarse.

No una teoría del sujeto en general, sino una teoría de la constitución de los sujetos políticos. Son por eso necesarios una gnoseología y un análisis que permitan distinguir los sujetos empíricos de la subjetividad histórica y fijar los criterios para el paso de los primeros a los segundos.

Es necesario una filosofía que permita responder la siguiente pregunta: ¿Cómo nace el movimiento histórico sobre la base de la estructura?

Tarea fundamental de la política–hegemonía es definir exactamente y resolver el problema de la relación entre estructura y superestructura, para llegar a un justo análisis de las fuerzas que toman parte en la historia de un cierto período y determinar su relación.

La elaboración de la hegemonía parte de la capacidad de determinar una propia combinación de la relación entre estructura y superestructura (una determinada fusión de éstas, en un bloque histórico). La fusión de estructura y superestructura sucede con la constitución del Estado.

Para analizar el recorrido de los sujetos empíricos a la subjetividad histórica es necesario un conjunto mas amplio del Estado–nación. Se presenta el problema más vasto de si es posible pensar la historia sólo como historia nacional en cualquier momento del desarrollo histórico.

La constitución de sujetos políticos, que en la época actual encuentra en la nación el terreno decisivo, está condicionada en última instancia por el desarrollo del mercado mundial. Este es el terreno de las varias combinaciones entre el elemento nacional e internacional de las relaciones de fuerza.

*VACCA, GIUSEPPE: 1995. “La actualidad de Gramsci”. En: Revista Dialéctica, n. 25, pp. 10–21. México.

Desde que perspectiva se escriben los Cuadernos

Los Cuadernos de la Cárcel fueron concebidos no por un hombre político que se replegaba sobre un proyecto intelectual desinteresado, sino por un jefe que continuaba sintiéndose como tal e intentaba proseguir su lucha. En polémica con el movimiento comunista, al cual todavía pertenecía, después de la transformación estalinista de 1928–1930, a la que consideraba una vía sin salida, Gramsci se proponía la búsqueda de nuevas bases teóricas y refundar el programa del movimiento obrero internacional.

La elaboración de una filosofía marxista original, que parte de una crítica corrosiva a todas las corrientes del marxismo de los cuarenta años precedentes, constituye el núcleo fundamental del programa de investigación de los Cuadernos (por lo menos a partir de 1931–1932). Si se establece que la investigación de Gramsci surgió, no de la crítica–diálogo con Croce, sino de la confrontación con Bujarin, es decir, de la crítica al marxismo–leninismo y de la denuncia de su dependencia de la tradición positivista del marxismo precedente a la revolución rusa, en particular, de Plejanov, el desarrollo de los análisis y de los conceptos elaborados en los Cuadernos, podría ser considerado bajo una nueva luz.

Siglo XX y revolución pasiva

En el centro de la investigación de Gramsci estaba la escena mundial entre las dos guerras y el intento de captar los movimientos más profundos. Veía con lucidez cómo el centro de la economía mundial se había desplazado de Europa a los Estados Unidos; identificaba en el americanismo y en el fordismo las formas más avanzadas y progresistas de organización de la economía y de la sociedad, y, al mismo tiempo, las fuerzas destinadas a penetrar, transformándolas, todas las economías desarrolladas.

Gramsci señalaba el origen de las catástrofes de los años veinte y treinta en la resistencia a estas tendencias, en la incapacidad de adaptar a éstas las economías nacionales y a la propagación de los mecanismos reguladores de la economía internacional: la gran depresión, el surgimiento del fascismo y del nazismo.

Gramsci atribuía a la transformación del movimiento comunista y a la elección del socialismo en un solo país el ensimismamiento de la ex URSS, su camino hacia el despotismo, el fin de la difusión de los procesos que a escala mundial había despertado la revolución rusa.

Pero al mismo tiempo, la nueva subjetividad de los pueblos, la irrupción en escena de la historia de las exterminadas masas campesinas, la crisis de las formas políticas de la modernidad (el principio de soberanía absoluta, el papel central de los estados nacionales, la unión entre soberanía y territorio) le parecieron cambios de la época, procesos irreversibles, movimientos de una nueva historia.

El siglo XX asumía de esta manera la figura de una gran revolución pasiva, dentro de la cual la URSS estaliniana, incapaz de presentar otra vía de desarrollo mundial, fue siempre colocada en un lugar subalterno. Más aún, este escenario explicaba, al menos en parte, las vías invocadas por aquella después de la muerte de Lenin.

La construcción de la política cambiaba; el mundo del siglo XX estaba azorado ante conflictos inauditos, destrucciones y barbaries, pero cada vez uno e interdependiente… Gramsci preveía la posibilidad de superar la crisis inmanente de la modernidad, uniendo ética y política, y de desarrollar la democracia, la única concepción racional, para él, de la política, más allá de los límites y confines de los ordenamientos de los estados.