28/6/09

Apuntes sobre política y estrategia en el marxismo de Trotsky



Juan Manuel Vera


La versión original de este texto fue publicada en dos partes en Iniciativa Socialista , 1990, con el título “Aportaciones de León Trotsky al pensamiento socialista”. La actual edición digital ha sido revisada por el autor.


Existen poderosas razones para volver a plantearse el significado del marxismo de Trotsky en el contexto delsocialismo del siglo veinte. Estamos viviendo una encrucijada histórica singular, donde el derrumbe de las estructuras del totalitarismo comunista en Europa Oriental depara interrogantes y cuestiones que han afectado a la identidad de la izquierda. En estas condiciones una reflexión sobre la historia del socialismo exige un balance sobre las diferentes corrientes de pensamiento socialista y muy en especial de aquellas que, con sus errores y aciertos, mantuvieron posiciones antiestalinistas.

En los años de juventud admiré intensamente la figura revolucionaria y el papel como teórico político de León Trotsky. Pero pasaron algunos años, acumulé experiencias y actividades, y pesaron cada vez más en mi valoración la importancia de los errores en su trayectoria política y de las limitaciones e insuficiencias de su pensamiento para una política emancipatoria. Deje de concederle sistemáticamente “el beneficio de la duda” y empecé a entender sus aportaciones en un contexto más amplio, el de las antinomias del marxismo revolucionario y el balance híbrido de las aportaciones del trotskismo al socialismo antiestalinista.

Se entenderá por todo ello que este texto no tenga nada de una exégesis de sus ideas. Sus aportaciones se examinan con espíritu crítico, lo cual conlleva, en mi caso, una conclusión negativa respecto a la validez actual de sus principales apuestas estratégicas.

La figura de Trotsky ha gozado de una notable atención historiográfica motivada por la singularidad de su trayectoria de dirigente de la revolución de Octubre y cabeza más notable de la oposición a Stalin. Pero el interés que ha suscitado Troski como personaje histórico no ha ido acompañado de un similar grado de desarrollo del análisis de su obra. En este sentido, la actitud de los trotskistas merece ser comentada. Llevados de un notorio sentido de la ortodoxia han abordado la exposición y la actualización formal de las teorías de Trotsky pero se han alejado temerosamente de todo lo que pueda suponer un cuestionamiento o un replanteamiento de las tesis consideradas "intocables". Ello es particularmente inconsistente con la actitud intelectual del propio Trotsky que siempre consideró sus posiciones y elaboraciones como trabajos provisionales, que rectificaba continuamente, susceptibles de enmienda ante los cambios históricos y expuestos al debate y a la crítica.

Los dos temas principales que he elegido para un acercamiento crítico a Trotsky son el significado del permanentismo como teoría de la transformación social y su análisis sobre las formas políticas desarrolladas en la crisis de los años treinta en Europa Occidental.

El hilo conductor de ambos temas es una reflexión sobre el contenido estratégico del pensamiento de Trotsky y sobre las limitaciones que, varias décadas después de su muerte, hacen evidente su incapacidad para dar una respuesta adecuada a las necesidades emancipatorias de nuestro tiempo. 

PERMANENTISMO Y TRANSFORMACIÓN SOCIAL

La aportación más original de Trotsky es su teoría de la revolución permanente. Pero esta teoría, por su propia complejidad y sus implicaciones directas y subterráneas, ha sido objeto de múltiples malentendidos. Una interpretación adecuada exige empezar por rechazar la visión de la misma como un cuerpo completo y autosuficiente capaz de resolver internamente todos los interrogantes que sus premisas y conclusiones suscitan.

El primer permanentismo

El primer permanentismo de Trotsky se consolida alrededor de 1905-1906, en su obra Resultados y perspectivas, enlazando con los debates en el seno de la socialdemocracia respecto a la naturaleza social de la revolución contra el zarismo. El argumento fundamental del primer permanentismo de Trotsky es que por la configuración social interna del absolutismo ruso y por el lugar del imperio zarista en el orden económico mundial la revolución rusa futura no sería una revolución burguesa, sino una revolución dirigida por la clase obrera y en la cual las tareas democrático-burguesas y las tareas socialistas de la revolución se imbricarían inseparablemente. Trotsky señalaba que "la historia ha unido -no confundido sino unido orgánicamente- el contenido fundamental de la revolución burguesa con la primera etapa de la revolución proletaria". 

El permanentismo rechazaba así la visión lineal de la historia que el marxismo de corte evolucionista y economicista de la Segunda Internacional había generalizado.

Trotsky, antes de la revolución de 1905, tanto en el Informe de la Delegación Siberiana como en Nuestras tareas políticas, había polemizado duramente con Lenin oponiéndole una visión fundamentada en la confianza en la  autonomía y espontaneidad del movimiento de masas y de la clase trabajadora y rechazando la autolimitación del movimiento revolucionario. 

La diferencia fundamental entre Lenin y Trotsky tenía lugar respecto al papel del partido en el movimiento revolucionario. Lenin tendía a concebir el partido como un instrumento activo y al proletariado como el medio en el que se desarrolla el partido. En cambio, para el joven Trotsky el partido y la clase son indisolubles y el único protagonista real de la revolución son las masas. Allí donde Trotsky ve grandes fuerzas en movimiento llevadas por una dinámica propia que las conduce a destruir el absolutismo sin por ello respetar los límites de la revolución burguesa, lo que Lenin ve es la capacidad de una vanguardia para dirigir el movimiento revolucionario en una dirección determinada, que era la dictadura democrática de obreros y campesinos antes de las Tesis de abril, y la dictadura del proletariado, después. 

Esta discusión es importante para entender las prácticas del bolchevismo a partir de 1917, que incorporarían indisociablemente aspectos sustitucionistas, asumiendo el partido el protagonismo en la conducción de la revolución, hipotéticamente apoyado en las masas, pero también netamente diferenciado de ellas.

El permanentismo después de Octubre

La revolución de 1917 supuso un corte político trascendental en la vida y en la obra de Trotsky. Tras la "polémica literaria" de 1924 entre "el socialismo en un solo país" y la "revolución permanente", puede hablarse de la formulación por Trotsky, entre 1924 y 1927, de una segunda versión de la teoría de la revolución permanente que incorpora la aceptación de la perspectiva organizativa del leninismo. 

Al mismo tiempo se produce un cambio de énfasis en la contenido de la teoría. 

En el primer permanentismo es la dinámica del proceso revolucionario y la autoactividad de las fuerzas sociales el eje del análisis. 

En la nueva exposición predomina el énfasis en la naturaleza de clase del Estado que debe realizar el combinado de tareas de la revolución. El Estado es el protagonista, lo cual conjuga con una nueva visión de las relaciones partido-clase que concede a la vanguardia una importancia creciente.

La última versión del permanentismo

La tercera etapa en el proceso de desarrollo de la teoría de la revolución permanente puede considerarse una consecuencia  de los acontecimientos de la revolución china de 1925-1927. Hasta ese momento Trotsky nunca se había atrevido a generalizar la experiencia permanentista de la revolución rusa a otros países atrasados. Sin embargo, a partir de mayo de 1927 la dinámica de la revolución china le convence de que los rasgos históricos determinantes de la incapacidad de la burguesía rusa para dirigir su propia revolución son comunes a la mayor parte de los países atrasados.

Esta última versión del permanentismo, que Trotsky desarrolla a partir de 1928 y que se manifiesta claramente en obras como La Internacional Comunista después de Lenin marca el resto de su obra hasta su asesinato. 

En los últimos años de su vida, Trotsky intenta completar su teoría de la revolución sobre la base de una triple dimensión: dictadura del proletariado bajo la forma de revolución permanente en los países atrasados, revolución política contra la burocracia estalinista y revolución socialista en los países imperialistas.

Esa perspectiva es clara en El programa de transición y va asociada a una concepción de que el capitalismo como sistema mundial se ha vuelto incapaz de desarrollar las fuerzas productivas y su bancarrota debe abrir paso al desarrollo de la revolución mundial. La decadencia del capitalismo mundial se considera irreversible y la  perspectiva es una lucha cada vez más polarizada entre la burguesía mundial y el proletariado mundial en las tres áreas en que el mundo desarrolla sus contradicciones.

El significado y las implicaciones del permanentismo

El permanentismo no es tanto un cuadro teórico terminado, basado en un conjunto definido de  premisas y de conclusiones teórico-programáticas, como una forma de pensar la realidad histórica, que obliga a replantear desde una perspectiva diferente la concepción marxista de la evolución social. 

En mi opinión, el permanentismo no es sólo lo que textualmente plantea, es también todo aquello que subterráneamente implica o cuestiona.

Dos son los pilares sobre los que se fundamentó la teoría de Trotsky de la revolución permanente: una concepción del capitalismo como un sistema mundial y un análisis de la dialéctica propia de las revoluciones de nuestra época destinado a mostrar cómo los procesos sociales de masas tienden a desbordar los límites impuestos.

El esquema central de la revolución permanente aspira a ser un planteamiento de las contradicciones y relaciones sociales y políticas a nivel mundial: un punto de vista de la totalidad del sistema. Para Trotsky, los procesos económicos, sociales y políticos están determinados, dentro de la teoría de la revolución permanente, por el desarrollo desigual y combinado, que no constituye una "ley" sino una tendencia peculiar de las relaciones entre las partes de un sistema que es global. El desarrollo del mercado mundial capitalista ha unificado las diferentes naciones, sectores y áreas del planeta y no es posible una inteligibilidad aislada de una formación social o de un espacio autónomo sin considerarlo como parte de una compleja evolución del sistema-mundo.

Por otra parte, la teoría política de Trotsky es un discurso sobre la revolución como posibilidad de las clases subalternas de instituirse en poder frente al Estado instituido. 

En la concepción de Trotsky acerca de la revolución se produce un giro significativo respecto a otras teorías de la revolución. Mientras para los marxistas clásicos la naturaleza de la revolución viene determinada esencialmente por un contenido social objetivo, para Trotsky la transformación social (y la revolución) tiene una dependencia fundamental del sujeto efectivo capaz de llevar a cabo dicha transformación. Dicho en otras palabras, para Trotsky sujeto efectivo del cambio social y contenido social de la transformación están íntimamente unidos. Ello le lleva a una atención directa hacia los sujetos de la transformación social frente a la tendencia de otros marxistas a considerar la conducta humana como producto pasivo de leyes objetivas. Por ello, el primerpermanentismo tiene en su seno un principio subversivo fundamental basado en que la autoactividad de la sociedad y en particular de la clase obrera es el factor determinante de la transformación social. Ese aspecto va siendo relegado y desapareciendo en las posteriores versiones, más cercanas a un socialismo estatalista. 

En el joven Trotsky, como en la obra de Rosa Luxemburgo, se apunta una nueva visión de lo social. En las posteriores versiones de la teoría de la revolución permanente aunque estén implícitas parcialmente las mismas posiciones se encuentran matizadas, sobredeterminadas sería más correcto, por su adhesión a la concepción leninista de la organización y a las experiencias estatalistas de la revolución rusa. El leninismo de Trotsky limitará radicalmente la dimensión que, en la teoría formulada hasta 1917, tenía la deconstrucción latente de algunos de los paradigmas del socialismo marxista clásico. 

Las anteriores consideraciones me llevan a afirmar que la teoría de Trotsky es una contribución importante al reposicionamiento de la problemática socialista. Efectivamente, al cuestionar el curso evolutivo del desarrollo de la revolución, Trotsky impuso un vacío, un hueco en la teoría marxista de trascendental importancia. El marxismo clásico había alimentado una concepción del cambio social basada en un orden  sucesivo de las clases en el poder determinado económicamente. Al intentar descubrir el enigma de la revolución rusa, Trotsky llegó a la conclusión permanentista de que la revolución no surgía como el corolario inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas en contradicción con las relaciones de producción. 

El problema de fondo que la teoría de la revolución permanente plantea al marxismo es la validez de las concepciones deterministas del materialismo histórico para dar cuenta de la evolución de los procesos políticos y de la constitución de sujetos sociales.

En el esquema mecanicista del marxismo etapista de la Segunda Internacional las revoluciones burguesas y las revoluciones socialistas son netamente separables. Sus sujetos sociales, sus tareas históricas y la dinámica propia de las revoluciones son completamente diferentes.

Un comentario sobre la naturaleza de las "tareas" de la revolución burguesa es necesario. La revolución burguesa, para los marxistas, cumple un combinado de tareas económicas y políticas. Sin embargo toda la reflexión respecto a las "tareas de la revolución burguesa" marca un predominio de su contenido económico frente a su contenido político, concediendo a la conquista de las libertades, derechos e instituciones democráticas sólo un papel subordinado frente a la unificación del mercado nacional o al cambio de las relaciones agrarias.

Además de esa concepción subordinada de las tareas políticas de la revolución burguesa frente a sus tareas económicas, surge un problema que, en mi opinión, es de mucha mayor trascendencia y es el convencimiento de que la dimensión democrática de la revolución tiene un carácter de clase. Por ejemplo, la lucha por la democracia contra el absolutismo zarista sería una tarea burguesa de la revolución. 

Este es un terreno adecuado para investigar las causas del escaso entusiasmo democrático del socialismo marxista revolucionario, el cual ha negado la especificidad de lo político, que ha intentando derivar de una separación de lo económico (determinante) frente a lo político (determinado) y que le ha conducido a un menosprecio de las garantías y libertades democráticas y al énfasis en el control estatal de la sociedad. 

Todo ello se relaciona con la imposibilidad de mantener una concepción del socialismo como conjunto de tareas económicas de expropiación de la burguesía sin tomar en consideración su dimensión política. 

Las consideraciones anteriores nos sitúan ante un cambio de perspectiva fundamental respecto al paradigma marxista revolucionario. Nos plantean la necesidad de una reformulación del proyecto socialista como radicalización y expansión del proceso democrático, negando que la democracia política formal tenga un intrínseco carácter de clase y abren la posibilidad de integrar la lucha anticapitalista dentro de una perspectiva de democracia radical.

El permanentismo y los problemas estratégicos

Reflexionar hoy sobre el permanentismo obliga a preguntarse por la aceptabilidad actual de las previsiones estratégicas de la teoría de Trotsky. Comencemos por una referencia a los países atrasados, aunque la reflexión sobre su sentido estratégico debe hacerse necesariamente desde una perspectiva más general.

Respecto a las implicaciones estratégicas sobre los países atrasados deben señalarse dos interpretaciones distintas que pueden derivarse del permanentismo. Una primera interpretación de la teoría supone que sin una revolución socialista no es posible que los países atrasados resuelvan las tareas de la revolución burguesa. De adoptarse esta interpretación la posición de la teoría es muy débil, pues aun cuando las tareas adjudicadas a la revolución burguesa no se han realizado plenamente en el Tercer Mundo, no es menos cierto que en las últimas décadas se ha asistido al desarrollo de una transformación fundamental al acceder el mundo colonial a la independencia política sin que se haya producido la revolución. Identificar independencia con ruptura total con el imperialismo es una tautología, pues equivale a decir que la independencia nacional es la revolución socialista y a convertir la teoría en una banalidad.

Una segunda interpretación del permanentismo sería plantear que en los países atrasados los procesos revolucionarios y las luchas por el cambio social y contra el capitalismo global adoptan dinámicas que tienden a combinar los aspectos democráticos y nacionales (lo que tradicionalmente se llamaban tareas burguesas) con una perspectiva anticapitalista. La dinámica permanentista, así entendida, ha estado presente a lo largo de todas las luchas del mundo colonial y de los países atrasados en el período abierto tras la Segunda Guerra Mundial con la descolonización formal. Lo que Trotsky no pudo prever es la dimensión histórica que iban a alcanzar los fenómenos de "bloqueo del permanentismo" que se manifiestan en la aparición de obstáculos insalvables (por causas internas y externas) para desarrollar en toda su dimensión la dinámica latente en los procesos sociales.     

Pero esas observaciones son notoriamente incompletas sin acompañarlas de una reflexión general sobre el contenido estratégico del permanentismo.

El Programa de transición fue el último producto de la resistencia marxista revolucionaria contra el estalinismo y el fascismo durante los años treinta. En este sentido es un documento que plasma el combate de Trotsky y los partidarios de la Cuarta Internacional por preservar frente al estalinismo las ideas y programas del marxismo revolucionario. Sin embargo, no hay que perder de vista que el Programa de transición era también expresión de una etapa de derrotas históricas para el socialismo: el triunfo del totalitarismo burocrático en la URSS, la extensión del fascismo en Europa, las derrotas de las luchas antiimperialistas en China y en otros países atrasados y la antesala de una nueva guerra mundial.

El fracaso del trotskismo después de 1945 está vinculado, en mi opinión, a su incapacidad para distanciarse del contenido estratégico del programa originario de su movimiento. Y la realidad es que después de la Segunda Guerra Mundial la perspectiva estratégica de la lucha por el socialismo había cambiado radicalmente. Las insuficiencias de la metodología y la estrategia del Programa de transición derivan de determinadas limitaciones intrínsecas del pensamiento de Trotsky y, en particular, de su dificultad para aprehender la especificidad del proceso occidental. El socialismo revolucionario de Trotsky carecía de una perspectiva desarrollada respecto a la revolución en Occidente y afirmaba la validez general de la experiencia bolchevique en su sentido organizativo, político y estratégico. 

Por otra parte, el Programa de transición estaba impregnado de fatalismo revolucionario: era un programa para la "agonía del capitalismo".

El problema se vio agravado porque esa concepción iba acompañada de la generalización de la experiencia del Octubre soviético como modelo universal de revolución. Si ello era muy discutible para los países atrasados, respondía nulamente a los problemas de la lucha por el socialismo en los países más avanzados, donde el Estado sólo es una parte de las defensas del sistema social, donde la legitimación del poder adopta múltiples formas y la sociedad civil no es algo desarticulado sino consistente. Si esto era ya un fenómeno real en los años treinta, y ahí está la obra de Gramsci para recordárnoslo, durante las últimas décadas ha tenido un desarrollo mucho más amplio al generalizarse  sistemas democrático-burgueses en los países avanzados de Occidente y en algunos del Tercer Mundo. Esa perspectiva, que es comprensible en el Trotsky que estaba contemplando el hundimiento de los regímenes democráticos continentales de Europa, no tiene disculpa para quienes han vivido una etapa contraria: la de la extensión de formas democrático-burguesas, la experiencia del nuevo peso de las luchas democráticas en todo el mundo y, más recientemente, las transformaciones antiburocráticas del Este de Europa.
Permanentismo y Estados burocráticos

La revolución rusa de 1917 quedó aislada desde el principio. Y el Estado nacido de ese triunfo iba a ser, en un plazo corto, la expresión de un régimen político totalitario, socialmente burocratizado. Ese estado burocrático expresaba una degeneración  profunda de los ideales socialistas convertidos en pretexto para una nueva forma de dominación política y social.

La teoría trotskista de la burocracia soviética se construye alrededor de tres explicaciones diferentes de las causas del estalinismo. 

La primera de dichas explicaciones busca las raíces del estalinismo en la dinámica histórica, señalando que el aislamiento de la revolución a causa de los fracasos de la revolución europea, así como de la revolución china, en los años veinte, supusieron un factor fundamental para la consolidación de una burocracia conservadora como sustento del régimen instaurado por Stalin. Esta presentación del problema aparece, por ejemplo, en La Internacional Comunista después de Lenin.

Esta explicación histórica se complementa con la tesis causalista que Trotsky desarrolló en La revolución traicionada según la cual debemos entender el proceso de degeneración del Estado soviético a la luz de la categoría de la escasez, que crea las condiciones para que una capa burocrática aproveche su función administradora para desarrollar su monopolio político y obtener una parte sustancial del excedente social.

La doble explicación histórico-causal del dominio burocrático se combina en la obra de Trotsky con una crítica al monopolio político del partido estalinista que acaba por conducir a Trotsky hacia una defensa del pluripartidismo, a la caracterización del poder estalinista como contrarrevolucionario y a defender una revolución política en la URSS.

Desde el punto de vista de la taxonomía política, Trotsky calificó al Estado soviético como un Estado obrero degenerado, concepto que gira alrededor de la noción de que sobre una base social progresiva nacida de la revolución y representada por la estatalización de los medios de producción se había desarrollado una superestructura contrarrevolucionaria.

Es evidente que después de la Segunda Guerra Mundial el fenómeno burocrático alcanzo una dimensión y extensión imprevistas por Trotsky y cuyas consecuencias, efectos y significado histórico excedían del marco conceptual en el que planteo su análisis del estalinismo.

Una reflexión sobre las concepciones de Trotsky sobre el estalinismo y el modelo burocrático plantea numerosas cuestiones.

1º- Un análisis de las relaciones de producción de la URSS y en los restantes Estados burocráticos demuestra que sobre la propiedad estatal de los medios de producción se construyó un modelo centralista de funcionamiento económico y de organización social que es una condición suficiente para la aparición de una burocracia poderosa y una restricción insalvable para la existencia de un régimen democrático. Ello conduce a plantear que son las propias relaciones de producción y los mecanismos de regulación económica la causa profunda de la burocratización de los estados poscapitalistas. El centralismo económico, la ausencia de mercado, el partido único y el control totalitario  de la sociedad aparecen como elementos perfectamente compatibles de estado burocrático.
En las tesis de Trotsky subyace la consideración de que la burocracia soviética era un régimen progresivo respecto al capitalismo, a pesar de su degeneración política y social.¿Es suficiente la existencia de una estatalización de los medios de producción para calificar a un sistema social como progresivo?

Evidentemente lo que la tesis de Trotsky quiere afirmar es el rechazo a la propiedad privada de los medios de producción. ¿No hay en la posición de Trotsky una incomprensión de que las relaciones de producción son algo más amplio que las relaciones de propiedad? 

Trotsky olvidó que la tarea de los socialistas revolucionarios era defender formas sociales en que el predominio de la propiedad social vaya unida a una genuina apropiación social y política de la sociedad sobre sus medios económicos y políticos de existencia. Por eso al hablar de un modelo económico lo que nos preocupa no es la parte de decisiones económicas que corresponden al mercado o al plan, sino las condiciones que hacen posible el crecimiento de la autogestión social y la expansión de las formas democráticas. 

2º- Frente a la inseparabilidad ortodoxa entre la teoría de la revolución permanente y las concepciones organizativas propias del leninismo codificado, sería preciso poner en primer plano las lecciones en negativo de la experiencia bolchevique (sobre todo durante el estalinismo, pero también a causa de ciertas formas adoptadas en los primeros años del poder soviético y de ciertas concepciones propias del bolchevismo). El recelo bolchevique sobre la democracia, y sus ideas centrales relativas al centralismo democrático y, después, la defensa del partido único, pueden ser considerados como elementos que facilitaron determinantemente la degeneración del régimen soviético y el triunfo del estalinismo.

Al no haber sido capaces de realizar esa reflexión, el trotskismo no cuestiona la concepción del partido de vanguardia ni es capaz de plantear de una forma renovada las relaciones de las organizaciones y los partidos con  los sujetos de las transformaciones sociales. Todo ello le condena a un triste papel de conciencia crítica del estalinismo, con el parece compartir valores esenciales.

3º- Sobre todas estas consideraciones flota un problema de fondo que está en relación con el significado histórico del proyecto socialista y su legitimación. El estalinismo identificó el socialismo con la propiedad estatal de los medios de producción, convirtiendo la lucha por el socialismo en la lucha por edificar un estatalismo unificante e industrializador.
Para una calificación adecuada de la experiencia burocrática  se hace imprescindible hacerlo desde la perspectiva de lo que fue históricamente el proyecto socialista. 

El socialismo no puede ser concebido como la legitimación clasista de un Estado benefactor que mide en crecimiento material extensivo su contribución a la historia. El socialismo sólo puede ser expansión del proceso democrático y  de la autonomía de la sociedad frente a los poderes instituidos. El socialismo no puede ser una coartada al servicio de nuevas formas de explotación, sino la expresión de un aliento liberador que rechaza en nombre de la igualdad social y de una democracia radical los límites que el sistema mundial opone al desarrollo humano.
Vista en perspectiva histórica la crítica trotskista del estalinismo resulta demasiado estrecha, completamente encerrada en los paradigmas cosificados del leninismo, y llena de antinomias tan evidentes como llegar a considerar que el régimen de Stalin, a pesar de todo, era más progresivo que una democracia capitalista.

ANÁLISIS POLÍTICO EN EL TROTSKY DE LOS AÑOS TREINTA

Trotsky, además de un dirigente revolucionario, de un opositor al estalinismo y de un notable escritor, pasará a la Historia como un sorprendente y singular analista político. Tan importante en la originalidad de algunos análisis como debilitado intrínsecamente por las limitaciones de sus concepciones estratégicas.

Enfrentado a las coyunturas que se presentan en Europa durante el período de entreguerras y, en particular, a la crisis continental de los años treinta, fue capaz de iniciar el análisis de fenómenos totalmente nuevos tales como la crisis de la democracia parlamentaria, la aparición de los fascismos o la experiencia de los gobiernos frentepopulistas.
Tras la derrota de la Oposición de Izquierdas en la URSS, el exilio y su papel como animador de una corriente internacional antiestalinista, le situaron en un lugar crucial para realizar una labor que nadie más de la vieja generación marxista estaba en condiciones de desarrollar: preservar frente al estalinismo las tradiciones internacionalistas del socialismo y, al mismo tiempo, abordar los acontecimientos que conducían a una nueva guerra mundial.

Los escritos políticos de Trotsky a lo largo de los años treinta, y en particular los relativos a Alemania, Francia y España, constituyen junto a los célebres análisis de Marx sobre el Segundo Imperio, uno de los frutos más notables de la tradición política marxista. Estos escritos impresionan no sólo por la aguda inteligencia que de los mismos aflora en muchos momentos, sino, sobre todo, por la urgencia moral e histórica que emana de ellos. Luchar contra las corrientes destructivas de la "medianoche en el siglo", ejemplificadas en el fascismo y el estalinismo, colocaba a Trotsky, solo y aislado como estaba, en el papel de la conciencia crítica de la izquierda.

Mientras tanto, las fuerzas dominantes en el movimiento obrero se negaban a ver esa realidad..Aunque sólo fuera por su posición antiestalinista y antifascista, al mismo tiempo, cuando eran corrientes en ascenso, Trotsky habría de tener un lugar de honor entre los luchadores socialistas del siglo XX.

Poder estatal y formas institucionales

La tradición marxista ha subrayado en todo momento el carácter de clase del Estado capitalista, sin perjuicio, en ocasiones, de matizar que la relación entre el Estado y la clase dominante no es mecánica, ni estable. En todo caso, la llamada teoría marxista del Estado plantea la necesidad de una diferenciación teórica entre poder de clase y poder estatal. Tal distinción sólo puede ser fructífera si va acompañada de una investigación detallada de las mediaciones, institucionales o no, existentes entre  el poder de clase y el poder estatal, lo cual implica un análisis de las formas de representación y legitimación, de la formación de partidos políticos y otros grupos de interés, de los nexos sociales y personales entre las instituciones y las clases, etc. Y, por tanto, tal análisis sólo tiene sentido en su vinculación al imaginario de una época histórica determinada.

 No existe una tipología de los regímenes políticos en cuanto formas puras. Su configuración es el resultado de la utilización de fórmulas analógicas para trazar un sistema de comparación relativa entre formas políticas propias de diferentes formaciones sociales. Marx y Engels ya tuvieron en cuenta formas tan diversas como la república burguesa, el absolutismo tardío, el bonapartismo o el bismarckismo, construidas de dicha manera.

Por tanto, el estudio de las formaciones sociales tal y como se presentan históricamente es, en gran medida, un análisis de las formas concretas de manifestación de la especificidad o autonomía (relativa, añadiría un marxista) del Estado; pero, también, de la sociedad que lo sustenta y de la política en un tiempo determinado. 

Durante el ciclo de la posguerra abierto en 1945 hemos asistido a la consolidación en los países industrializados de Occidente de formas parlamentarias democrático-burguesas con sufragio universal, con algunas excepciones en países semiperiféricos europeos. En cambio, las casi tres décadas transcurridas entre 1917 y 1947 estuvieron caracterizadas por la quiebra en numerosos países europeos de las formas parlamentarias preexistentes con la aparición de regímenes sumamente inestables que derivaron posteriormente hacia soluciones autoritarias o totalitarias.
La obra de Trotsky es un punto de referencia insustituible para una reflexión sobre los nuevos modos de dominación política que aparecieron en el período de entreguerras y sobre sus consecuencias, históricamente condicionadas. para la lucha política de los socialistas.

Esa etapa supuso un dislocamiento del conjunto de relaciones políticas del sistema y al estancamiento económico prolongado se unió una larga cadena de crisis revolucionarias, prerrevolucionarias o contrarrevolucionarias en casi todos los países industrializados y parlamentarios de Occidente, con las excepciones de Inglaterra y Norteamérica. 
Los efectos sobre la teoría política socialista son muy importantes. Como señalaba Trotsky, en períodos de agudos conflictos sociales: "...Las concepciones y generalizaciones políticas se desgastan rápidamente y exigen bien sea una sustitución total (que es más fácil) bien su concreción, su precisión y su rectificación parcial (que es más difícil). Es precisamente en tales períodos que surgen como algo necesario toda clase de situaciones intermedias, transitorias, que transforman las pautas usuales y exigen doblemente una atención teórica sostenida. En una palabra, si en el período pacífico y 'orgánico' (antes de la guerra) se podía vivir de la renta de unas cuantas abstracciones ya hechas, en nuestra época cada nuevo acontecimiento prueba forzosamente la más importante ley de la dialéctica: la verdad siempre es concreta" (1934, "Bonapartismo y fascismo").

El análisis de las formas transitorias e intermedias nacidas de la crisis de los regímenes parlamentarios del período de entreguerras fue posible por la capacidad de Trotsky para integrar dentro de un mismo enfoque teórico y político los diferentes fenómenos que la crisis de los regímenes parlamentarios europeos producía tanto hacia el fascismo como hacia la revolución.

Trotsky carecía de una teoría propia del Estado capitalista y, sin embargo, sus escritos manifiestan una visión peculiar muy distanciada de las concepciones predominantes entre la socialdemocracia y entre los comunistas. Trotsky muestra al Estado como un organismo vivo, el organismo político de la sociedad burguesa, lo cual implica una distinción latente muy clara entre poder de clase y poder político estatal. Curiosamente, es en Trotsky, un marxista muy ortodoxo en relación a la cuestión del Estado, donde aparece una notable sensibilidad respecto a la autonomía del Estado respecto a la sociedad. Ello es evidente en su análisis del bonapartismo preventivo y del fascismo, pero es igualmente muy significativo en sus escritos sobre el kerenkismo.

También sorprenden los resultados obtenidos por Trotsky desde otro punto de vista. Trotsky nunca fue un analista riguroso del Estado capitalista occidental ni de la especificidad de sus formas parlamentarias como manifestación de un determinado tipo de relación entre el estado y la sociedad civil. Evidentemente, era consciente de la diferencia sustancial entre el Estado absolutista ruso y los Estados de Occidente, pero nunca había desarrollado ese análisis de una forma completa. 

Y sin embargo, sin avanzar sustancialmente en una teoría del Estado capitalista en Occidente, va a conseguir una descripción extraordinariamente rigurosa de las formas patológicas que adoptan esos mismos Estados. 

Ello contrasta notablemente con la labor de Gramsci, capaz de abrir una nueva perspectiva para el desarrollo del marxismo precisamente a partir de un análisis de la especificidad de Occidente frente a Oriente. Sin embargo, tal vez por ello mismo, Gramsci estaba peor preparado que Trotsky para el análisis de las formas transitorias, inestables y patológicas que la crisis del capitalismo durante los anos veinte y treinta produjo continuamente.
Giros hacia la derecha: Bonapartismo y fascismo

Durante los años treinta la curva de desarrollo capitalista pasó de una época de ascenso a un período de declinación y de crisis. Ese cambio de signo de los tiempos produjo enormes convulsiones en las relaciones entre las clases y entre los Estados.

Tras la advertencia italiana, el fascismo conquistó el corazón político de Europa y su nación más industrializada, Alemania. 

Trotsky siguió el hilo de los acontecimientos que condujeron al triunfo del fascismo, analizando el fenómeno y la nueva situación que se desarrolló. Así, desde 1928 hasta 1934 dedicó un ímprobo esfuerzo a avisar al movimiento obrero de lo que significaba el fascismo y de la necesidad de un frente único de la clase obrera contra el fascismo en Alemania.

En 1930 Trotsky advertía, después de las elecciones de septiembre, que la rápida polarización de la sociedad convertía al fascismo en un peligro real para Alemania, donde la crisis económica y las heridas nacionales de la guerra dejaban cada vez menos espacio para la conciliación social. Definió la correlación entre las clases y fuerzas sociales como un equilibrio inestable entre las fuerzas del fascismo y de la clase obrera, entre dos sectores del movimiento de masas.

Ese equilibrio transitorio conducía a la aparición de gobiernos burocráticos. No en vano la pequeña burguesía había dejado de ser el sostén del régimen parlamentario de la República de Weimar.Se abría así la época de los gobiernos que Trotsky denominó bonapartistas preventivos (los de Brunning, Von Papen y el del general Schleicher) cubriendo el mismo papel y función que el gobierno Giolittí en la Italia prefascista. Con Brunning se inauguró una etapa de gobiernos sin mayoría parlamentaria, que ejercieron el poder mediante los decretos de emergencia. Trotsky abordó la naturaleza del gobierno Brunning en dos de sus análisis más interesantes sobre la crisis alemana, en “¿Y ahora?” (enero de 1932) y en “El único camino” (septiembre de 1932).

Trotsky diferenció claramente el fascismo de los gobiernos bonapartistas preventivos. Esa distinción es crucial, pues tenía una estrecha relación con la táctica a seguir contra el fascismo y respecto al papel que la socialdemocracia jugaba en el proceso de fascistización. 

La política estalinista del "Tercer Período" se fundamentaba en la identificación entre la socialdemocracia y el fascismo (el "social-fascismo") y consideraba fascistas a los gobiernos de Brunning y sucesivos (lo que hacía dejar en un segundo plano la lucha contra el nacionalsocialisrno). La irresponsabilidad estalinista ayudó sobremanera al triunfo de Hiüer al desarmar políticamente a los sectores más combativos de la clase obrera alemana e impedir la formación de un bloque antifascista. 

No había para Trotsky un fatalismo que condujera inexorablemente del bonapartismo preventivo hasta el fascismo. Por eso todos sus escritos anteriores al triunfo de Hitler son un llamamiento a la acción de masas contra el fascismo. Su perspectiva era opuesta a la de la socialdemocracia que confiaba en las instituciones como en un escudo frente a la reacción. El SPD, el mayor partido de la izquierda occidental, fue incapaz de comprender que toda una etapa de reformas sociales se venía abajo.

Del análisis de Trotsky conviene retener varios elementos. En primer lugar su conclusión de que la crisis de la democracia parlamentaria era un fenómeno central del período de entreguerras y que ello conducía a la aparición de regímenes inestables y transitorios, fruto del desplazamiento de la correlación de fuerzas hacia la derecha. Así surgían fórmulas de bonapartisrno preventivo (esto es, prefascista) que constituyen una modalidad de gobierno burocrático. Estos gobiernos presidencialistas no produjeron un auténtico bloque de poder y fueron incapaces de establecer una base social duradera. 

Eso les diferencia nítidamente de las dictaduras bonapartistas clásicas del Primer y del Segundo Imperio en Francia o del bismarckismo. Son algo transitorio, un eventual prólogo del fascismo.

El segundo elemento, mucho más conocido, del análisis de Trotsky es su teoría del fascismo como régimen burgués de excepción acompañado de un innovador análisis sobre la naturaleza del fascismo como movimiento de masas de la pequeña burguesía, aspirante a establecer un monopolio político sobre el Estado basado en la derrota histórica y en el aplastamiento de las organizaciones obreras. El fascismo es el producto de una lucha social abierta, no de una crisis interna de las instituciones. 

El régimen nacido del triunfo del nazismo se basa en el establecimiento de un monopolio político totalitario que, en la terminología de Trotsky, acaba produciendo, tras el aplastamiento de las S.A., la regeneración del fascismo, una vez triunfante, en un bonapartismo burocrático estable.

Giros a la izquierda: Frente Popular y kerenkismo

Pero los nuevos fenómenos de los años treinta no suceden únicamente como consecuencia de desplazamientos contrarrevolucionarios de los regímenes parlamentarios hacia el bonapartismo y el fascismo.
Durante los años treinta el ascenso del movimiento obrero y de masas, en un contexto de crisis global del sistema, dio lugar a situaciones prerrevolucionarias y revolucionarias que tuvieron su reflejo en la aparición de gobiernos y regímenes híbridos, mixtos, transitorios, que expresan esa crisis social. Son el producto de la ruptura del status preexistente como consecuencia de un giro a la izquierda en las fuerzas sociales.

Durante la crisis de los años treinta Trotsky va a realizar una amplia utilización de la categoría del kerenkismo. El régimen de febrero de 1917 y los fenómenos de los gobiernos de coalición directa o encubierta que lo sostuvieron, a través de las presidencias del príncipe Lvov y de Alexander Kerenski, iba a ejercer un importante papel como punto de referencia para su análisis de las formas del poder estatal en situaciones revolucionarias y prerrevolucionarias.

La utilización por Trotsky de la referencia al kerenkismo tiene una doble significación. Por un lado, el kerenkismo es una forma política extremadamente inestable, caracterizada por la crisis crónica y el doble poder, lo que le convierte en una de las formas más autónomas de régimen pues se basa en un equilibrio político transitorio. Pero la referencia al kerenkismo apela a otro elemento de esa misma realidad, en concreto a su aspecto formal de gobiernos de coalición directa o encubierta entre partidos burgueses y partidos obreros.
Su análisis del frentepopulismo se va a fundamentar en una crítica del papel de los gobiernos de colaboración de clases con participación de la izquierda en situaciones prerrevolucionarias. Es una crítica de la impotencia de la estrategia frentepopulista como estrategia de lucha contra el fascismo. Así, Trotsky considera que el apoyo por parte de la izquierda a las instituciones en crisis política del régimen parlamentario no puede alejar la posibilidad del fascismo, pues precisamente su apoyo a las instituciones y a la vieja burocracia imposibilita a los partidos socialistas ponerse a la cabeza de la masas y de la nación, estableciendo las bases de una hegemonía que pueda contrarrestar al fascismo. Además, la colaboración de clases tiene desde el punto de vista de la estrategia socialista un contenido absolutamente negativo, pues imposibilita el progreso de la conciencia de clase y es un obstáculo para desarrollar un bloque histórico y anticapitalista de poder. Algo que para Trotsky era la única alternativa en Europa Occidental en los años treinta para derrotar al fascismo.

La situación revolucionaria, señala Trotsky, es la oportunidad para la aparición de un régimen kerenkista clásico. Ese régimen pretende reconstituir un poder burgués estable pero está enfrentado a un movimiento social que pretende establecer un orden social diferente. Así, lo característico del kerenkismo no es su aspecto formal de colaboración gubernamental de clases (que es común al frentepopulismo) sino su carácter de poder institucional inmerso en una situación de doble poder, en una crisis revolucionaria. Ese aspecto común al régimen de febrero de 1917 y a los gobiernos de Ebert en Alemania y de Largo Caballero y Negrín en España, constituye una poco conocida aportación de Trotsky al análisis de las formas políticas durante la crisis de período de entreguerras.
Crisis de los años treinta y estrategia socialista

La diferencia entre el proceso histórico de Rusia y las previsiones estratégicas para un proceso revolucionario en Occidente había sido indicada reiteradamente por Trotsky. Así, en Las lecciones de Octubre señalaba que "...la revolución proletaria en Occidente tendrá que habérselas con un Estado burgués enteramente formado. No quiero decir, empero, que tenga que habérselas con un aparato estable, porque la misma posibilidad de la insurrección proletaria presupone una disgregación bastante avanzada del estado capitalista. Si entre nosotros fue la revolución de Octubre la lucha contra un aparato estatal que aún no había tenido tiempo de formarse desde febrero, en otros países la insurrección tendrá contra ella un aparato estatal en trance de dislocación progresiva".
De la concepción de Trotsky se desprende que la diferencia entre los problemas de la revolución rusa y los de la revolución en Occidente era una diferencia de grado, es decir no cualitativa, sino sencillamente medible en grado de desarrollo del aparato estatal. Como si el Estado sólo fuese un aparato y no la expresión concentrada de una formación social. 

La importancia concedida al aparato estatal contrasta con la falta de presencia de la sociedad civil como un factor significativo de diferenciación entre Rusia y Occidente. Ello es fruto de una lógica implícita en el razonamiento de Trotsky que convierte a la estrategia socialista revolucionaria necesariamente en una estrategia insurreccional en la cual el momento revolucionario aparece como legitimador de todo el proceso de construcción del partido de vanguardia.
La revolución de Octubre alimentó la tentación jacobina de la izquierda y su tendencia a querer sustituir los procesos sociales por las iniciativas de los agentes políticos y la dinámica de los procesos de transformación social por la idealización del hecho revolucionario. Así es como no aparece en la orientación estratégica de Trotsky para Occidente la referencia a un proceso de lucha por la hegemonía, en el cual quedaría en un segundo plano la tradicional disyuntiva reforma-revolución. La omnipresencia del objetivo insurreccional oscurece la necesidad de un proceso de acumulación de fuerzas sociales para emprender transformaciones efectivas y toda la política socialista aparece subordinada a un azar histórico no predecible, la apertura de una crisis revolucionaria. 
La revolución, entendida como ruptura insurreccional de un orden existente, no es provocada por un agente que lo desee, es el fruto de movimientos telúricos de las masas sociales y de los equilibrios preexistentes. La lucha por la transformación socialista de la realidad debe ser algo más amplio que una orientación hacia una futura crisis revolucionaria que, en cualquier caso, no depende de la voluntad de los socialistas.

En Trotsky aparece frecuentemente la tentación de presentar la revolución de febrero como una envoltura de la revolución de octubre, subestimando la específica importancia de la revolución de febrero como quiebra del régimen absolutista.

Esa abstracción del significado histórico de la revolución de febrero oscurece la comprensión de que la revolución rusa no fue una revolución contra un Estado capitalista sino contra el Estado absolutista tardío de una formación social integrada en el mercado mundial. 

Todo ello no obsta para que sea necesario subrayar que en la crisis de los años treinta Trotsky se acercó a lo que podía haber sido una estrategia socialista y antifascista alternativa a la que el estalinismo convirtió en una política de conciliación burocrática al servicio de los intereses totalitarios del Estado soviético. No es este el lugar para entrar en un análisis de los motivos de la frustración de esa posibilidad estratégica. La consolidación del estalinismo y el mantenimiento de los aparatos de la Segunda Internacional constituían obstáculos probablemente insalvables. 
Junto a ello, los errores tácticos y organizativos de Trotsky en los años treinta, aislándose de las corrientes más próximas y progresivas de la izquierda dificultó la confluencia entre quienes podían encaminarse en esa dirección.
Se ha señalado en los apartados anteriores de este artículo que Trotsky fue el marxista que mejor comprendió la crisis de los regímenes parlamentarios en los países europeos. Pero esa afirmación debe ser entendida con todos sus antecedentes y todas sus implicaciones. Trotsky consideraba la crisis de los regímenes parlamentarios como manifestación de una crisis general de la democracia política y de la tendencia a la quiebra definitiva de esa forma de ejercicio del poder de clase de la burguesía.

En Trotsky, como en Lenin, predomina una teoría reduccionista de la democracia política a mero mecanismo burgués, mero sistema de conciliación de clases. De ahí que la crisis de la democracia y del sistema de conciliación se consideren fenómenos intrínsecamente unidos, y de ahí que cualquier concepción marxista revolucionaria de raíz leninista implique una radical minusvaloración del significado del régimen democrático. 
Por otra parte las ambigüedades programáticas respecto a la relación entre democracia política y poder socialista deben tenerse en cuenta pues son consecuencias son necesariamente siniestras. La identificación entre democracia política y régimen de clase es algo demasiado inscrito en la concepción constitutiva de la Tercera Internacional y ello favorece la tendencia a ver el combate por las libertades y los derechos democráticos como algo táctico, secundario a la estrategia socialista. Incluso en Trotsky que, en 1905, había formulado que la democracia era para la burguesía un mal menor en ciertas condiciones, mientras para la clase obrera era una necesidad en todo momento.

No puede olvidarse en este debate el balance histórico que se desarrolló a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, en donde las aspiraciones democráticas del movimiento de masas en Europa Occidental se convirtieron en un elemento central del proceso abierto después de 1945. No se trata de "ilusiones democráticas" (por utilizar una desgraciada expresión) sino de realidades, de movilizaciones efectivas en esa dirección que condicionaron la forma de reconstitución de los nuevos Estados.

La tragedia del socialismo revolucionario fue su incapacidad en dicha coyuntura para vincular la lucha por la igualdad social y contra la apropiación privada de los medios de producción con el movimiento radical democrático de las masas europeas a la caída de los fascismos. 

El estalinismo completó su obra destructiva de la conciencia socialista con su apoyo en Europa Occidental, siguiendo los dictados del reparto de Yalta y Postdam, a la reconstitución del estatalismo burgués y a la progresiva reducción de los espacios de autonomía social de las masas antifascistas. 

Así, la estabilización de regímenes democrático-parlamentarios en Europa Occidental cerró la crisis de los años treinta, sin que un bloque histórico por un socialismo democrático y revolucionario se hubiese desarrollado.
CONCLUSIÓN
La cuestión central planteada a lo largo de este artículo hace referencia a cómo valorar actualmente determinadas aportaciones del marxismo de Trotsky. Para ello nos hemos centrado en la concepción permanentista de la transformación social y en la importancia de las aportaciones de Trotsky al análisis político de la crisis de los años treinta 
La crítica más general a las orientaciones estratégicas de Trotsky se han centrado en su incomprensión de la especificidad de la lucha socialista en Europa Occidental y en el papel secundario atribuido a la democracia política.
Un socialismo anticapitalista del siglo XXI necesitará seguir analizando críticamente a Trotsky (como también a Rosa Luxemburgo y a Gramsci) pero no para regresar a alguna forma de ortodoxia. De hecho, la aceleración del proceso histórico que vivimos en estos años cuestionará muy seriamente la subsistencia de las viejas corrientes organizadas que no hayan sabido insertarse como un elemento activo en la conformación de un ala socialista y democrática de la izquierda internacional. ¿Estará la raíz de esa incapacidad en el rechazo a aceptar que el leninismo (tal y como fue codificado por el trotskismo) no es ya una referencia para reconstruir una izquierda anticapitalista? 

La revolución de Octubre ha marcado a varias generaciones de la izquierda. Las próximas carecerán de un paradigma de esa naturaleza. No habrá ya más modelos universales ni de partidos, ni de estrategias, ni de Estado. 

El futuro pertenece a socialistas sin modelos, cuya tarea para el próximo período histórico debe ser impulsar una nueva síntesis de la izquierda capaz de abordar la construcción de una alternativa práctica y factible al capitalismo como sistema mundial desde el desarrollo de la autonomía social.

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