14/5/09

Barack Obama ante un desafío sin precedentes



Aurelio Alonso 


En los cincuenta años que corren desde el triunfo en Cuba de la Revolución de 1959, han pasado por la Casa Blanca diez presidentes; uno de ellos cayó víctima de un de magnicidio que quedó judicialmente sin solución, otro tuvo que renunciar a causa de verse involucrado en un escándalo de espionaje político interno; las armas invasoras del país sufrieron la más impresionante derrota de su historia en Vietnam; el liderazgo estadounidense de la economía y las finanzas mundiales contribuyó a incrementar dramáticamente la miseria y a concentrar la riqueza en el mundo. 

Mediante los resortes del poder los Estados Unidos implantaron, toleraron, apoyaron y utilizaron en América Latina dictaduras militares que masacraron durante décadas a todo el que diera señas de oposición o inconformidad y, para coronar el período, el último de jefe de Estado saliente ha dejado en herencia a su sucesor una nación sumida en la crisis financiera más aguda que se ha padecido desde hace ocho décadas; junto a una estela tal de deshonor que ya no parecía posible armar una campaña electoral exitosa por la presidencia que no se sostuviera sobre una propuesta del cambio. 

El régimen nacido de la Revolución en Cuba, repudiado desde los Estados Unidos sobre la base de muchos argumentos (todos impostados, ninguno el verdadero, el de haber rescatado la soberanía para la nación cubana frente al poder combinado del capital y de la Casa Blanca), ha conocido sólo dos gobernantes legítimos: Fidel Castro, que condujo el país hasta fecha reciente, y a continuación Raúl Castro, su hermano y compañero de lucha desde los comienzos de la insurrección que llevó al movimiento a derrocar la dictadura que Washington había sostenido casi hasta el final. 

Fidel ha sobrevivido al inventario más enjundioso de atentados terroristas fraguados bajo la sombrilla de los aparatos de inteligencia norteamericanos. Raúl le ha acompañado todo el tiempo, con sabiduría y lealtad, en la organización y conducción de unas fuerzas armadas poderosas, orgánicamente revolucionarias, ajenas al peligro de ambiciones militarizantes o golpistas, e imbuidas de un conocido espíritu de solidaridad internacionalista: tropas cubanas, voluntarias, se destacaron combatiendo junto a las angolanas en la consolidación de la independencia de aquel país, la liberación de Namibia, y la eliminación del régimen de apartheid en Sudáfrica. 

La dramática situación económica interna del país es tributaria de la acumulación de sucesivas medidas de exclusión que integran lo que insistimos en caracterizar como bloqueo y no simplemente como embargo, aplicado sin tregua por cinco décadas desde Washington. Sin que hayan podido impedir, no obstante, que el país cuente hoy con más de un millón de graduados universitarios, y una población escolarizada cercana al nivel secundario, su principal capital. 

Quien lea estas líneas podrá objetar que contabilizo lo negativo de un lado y lo positivo del otro, y tendrá razón. Pero es que lo positivo ha permanecido ausente en la política norteamericana hacia Cuba, mientras los errores, arbitrariedades, excesos, y si se quiere hasta desatinos que pudiéramos mencionar en esta historia no pueden dejar que ignoremos que todo lo que se ha hecho, lo que ha salido bien y lo que ha salido mal, se ha tenido que hacer en condiciones de «plaza sitiada». Ni siquiera en el momento de las moderadas flexibilidades introducidas bajo la presidencia de James Carter se puede constatar un alivio efectivo del cerco económico. 

Comienzo por estas apreciaciones porque no sería honesto avanzar sin fijar un punto de partida sobre la perspectiva de cambio que podríamos prever en las ... continuar la lectura