31/5/09

Acerca de Manuel Sacristán


Foto: Manuel Sacristán

Salvador López Arnal & Pere de la Fuente

 

El objetivo de esta reseña no es provocar lipori en los lectores. «Lipori» es, según una afirmación de Sacristán que no hemos podido confirmar, una palabra eúskera que significa la benevolente vergüenza que uno siente por otro u otros que están haciendo el ridículo. Es necesario aclarar que la posible desvergüenza de reseñar un libro en el que figuramos como autores puede justificarse del modo siguiente: ha sido un acto desmesuradamente generoso de un amigo de Destino, Eduard Gonzalo, el que explica el hecho que nosotros figuremos en portada. Los auténticos autores del libro son, por una parte, el mismo Manuel Sacristán y, por otra, las veinte personas entrevistadas que estuvieron cerca de él y nos hablan de él, desde muy diferentes perspectivas y de diversos aspectos de su obra y desu vida. Sirva esto, pues, como justificación de lo que el lector tal vez haya adjetivado correctamente como un desmedido acto de soberbia. Si esto no basta, podríamos añadir l a amable invitación a escribir esta reseña del director de esta revista, el amigo Joaquín Miras.

La primera parte de este extenso libro consta de once de las entrevistas que Sacristán concedió. Alguna de ellas inéditas (así la titulada "Una broma de entrevista!", título que puso el mismo Sacristán); otras inéditas hasta hace muy poco (la conversación con Jordi Guiu y Antoni Munné, la cuarta entrevista de las seleccionadas); otras de muy difícil localización (así, la publicada por el diario mexicano UnomásUno o la editada en una revista de traductores de la UNAM) y las restantes, creemos, absolutamente imprescindibles para conocer su pensamiento y su vida (por ejemplo la publicada por vez primera en 1983 en la revista mexicana Dialéctica o la que publicó Cuadernos para el Diálogo, en 1969, sobre Checoslovaquia y la construcción del socialismo).

Cada una de las entrevistas seleccionadas -once de las veinticinco que conocemos que Sacristán concedió- están presentadas brevemente para intentar situarlas al lector actual y llevan un breve acompañamiento de notas que pretenden ayudara la comprensión de algunos pasajes del texto. Estas anotaciones están situadas al final de cada una de las entrevistas. El lector o lectora obrará correctamente si se las salta olímpicamente, si así lo estima conveniente. Como es obvio, lo esencial está en la entrevista, no en la presentación ni en la anotación. Probablemente una de las principales aportaciones de Sacristán haya sido su labor socrática, su diálogo abierto, crítico y tolerante con multitud de alumnos, luchadores antifranquistas, camaradas, obreros, intelectuales... El género de la entrevista permite del modo más asequible saborear el dominio del lenguaje, el rigor, la brillantez, la precisión de las explicaciones, la extraordinaria inteligencia de este pensador marxista, el más brillante de su generación y –en palabras de Jesús Mosterín- uno de los pensadores marxistas más lúcidos de todos los tiempos, la figura descollante de la oposición intelectual al régimen de Franco.

La segunda parte del libro consta de veinte entrevistas con personas que conocieron a Sacristán por diversos motivos y en diferentes momentos de su vida. En primer lugar, entrevistamos a Vera Sacristán Adinolfi y Antonio Sacristán Luzón, hija y hermano, respectivamente. Ambos nos dan informaciones desconocidas sobre algunos aspectos de su vida y reflexionan sobre su trayectoria intelectual y humana.

De la época de redactor de las revistas Qvadrante, Laye y Revista Española, hemos entrevistado a Josep Maria Castellet y a Juan Carlos García Borrón. Quisimos hablar con Esteban Pinilla de las Heras pero su muerte desgraciada y prematura nos lo impidió (a él se debe el mejor libro escrito hasta ahora sobre la revists Laye y su entorno En menos de libertad).

Sacristán, a mediados de los cincuenta, marchó a Alemania, a la Universidad de Münster, a estudiar lógica. De esa época, hemos hablado con Vicente Romano, compañero suyo por aquel entonces y amigo siempre. Quisimos conversar con el lógico italiano Ettore Casari pero no nos ha sido posible hasta ahora. No discutimos.

De estos de su estancia en la universidad alemana, Sacristán volvió convertido no sólo en un excelente profesional de la lógica sino también en un convencido y reflexivo pensador marxista y dirigente comunista. Fue en el año 1956 cuando solicitó su entrada en el PSUC-PCE. Sobre este importante aspecto de su trayectoria vital hemos entrevistado a Francesc Vicens y a Josep Serradell (Román). El primero estuvo vinculado orgánicamente con Sacristán a finales de los años cincuenta, hasta la detención, tortura y exilio de Vicens. Después de la vuelta de éste, Vicens recuerda una cena con Sacristán el año 1967 que cuenta enla entrevista. Con Román las relaciones fueron muy dilatadas en el tiempo, más allá de la permanencia de Sacristán en la dirección del PSUC (hasta 1970). Resulta entrañable la manera como Josep Serradell recuerda su relación con él.

De sus discípulos, de sus innumerables discípulos, hemos seleccionado a diez deellos. A Maria Rosa Borràs, a Miguel Candel, a Juan Ramón Capella, a Antoni Domènech, a Francisco Fernández Buey, a Pilar Fibla, a Rafael Grasa, a Andreu Mas, a Félix Ovejero y a Joaquim Sempere. Voces plurales que dan imágenes diversas, no siempre opuestas ni contradictorias, del personaje y de su pensamiento. Como casi toda selección esta también es injusta. Se nos han quedado en el tintero muchos o tros nombres. No ha sido posible incorporarlos: el libro hubiera superado todo límite permisible y pensable.

Algunas otras personas en las que el lector o lectora pueda pensar declinaron por motivos diversos su participación, pero animándonos a seguir con nuestro proyecto. A ellas también nuestro sincero agradecimiento.

La segunda parte del libro acaba con las entrevistas con cuatro filósofos eminentes y catedráticos de Filosofía que tuvieron relaciones profesionales y personales con Sacristán: Emilio Lleó, Javier Muguerza, Jesús Mosterín y José María Valverde.

El volumen se completa con una breve antología de textos de Sacristán que incorpora fragmentos de textos publicados e inéditos divididos en ocho apartados:1. Maestros; 2. Qvadrante, Laye, Revista Española; 3. Martin Heidegger; 4.Lógica y filosofía de la lógica; 5. Sobre la filosofía; 6. Marx, marxismo; 7. Antonio Gramsci; y 8. Dialéctica.

La presentación con la que se inicia el volumen intenta dar cuenta de un aspecto esencial del marxismo de Sacristán: su sensatez y su calidad epistemológica. No hay en él, nunca hubo en él, un menosprecio del pensamiento científico-racional, tachado como burgués, o una descalificación de la lógica formal, que fuera vista como antidialéctica o esquemática. No, su marxismo fue un pensamiento bien equipado frente a barbaridades sin fin. La dialéctica nunca fue vista por él como un método infalible, o como alternativa a la lógica formal, o como sistema de las grandes leyes del Universo o del Todo. La dialéctica marxista fue presentada como un programa de investigación que aspiraba al conocimiento de lo singular y concreto, ausente del conocimiento científico positivo, pero que tomaba como base esos mismos conocimientos científicos, intentando construir una síntesis que diera cuenta de la singularidad estudiada.

Tampoco su marxismo es un marxismo filosófico, en su forma clásica, o un marxismo de compás y teorema, sino una teoría que se sabe no científica, pero no es como toda otra teoría que intente conocer y cambiar el mundo y no dominarlo especulativamente. De hecho, como él mismo indica en la editorial de la revista mientras tanto dedicada al centenario de Marx, se trata de la misma tarea que hizo Marx con los socialistas utópicos: revisar los planteamientos que no cuadraban ni con el conocimiento positivo de la época ni con la consistencia lógica exigible a toda teoría.

Como toda antología de entrevistas el libro puede leerse en cualquier orden. Pero si se nos pidiera algún consejo, no dudaríamos en aconsejar al lector impaciente iniciar el libro por la lectura de las entrevistas 1.4 y 1.8. Esta última es absolutamente imprescindible para conocer lo que fue su vida de militante y filósofo, y para comprender algunos puntos centrales de su pensamiento. La primera, que no fue publicada en vida y que permanecía inédita hasta fechas muy recientes, da una imagen muy singular de sus preocupaciones y de su misma evolución teórica. Especialmente destacables son sus reflexiones sobre la muerte y su analogía entre el marxismo militante y las concepciones religiosas del mundo seriamente vividas.

De las entrevistas sobre Sacristán, toda recomendación resultaría sesgada. No lo es, en cambio, indicar que la entrevista con su hija es absolutamente imprescindible y descubre facetas ignoradas del autor. Su hermano, Antonio, da cuenta, con cautela, de aspectos de su infancia y juventud muy poco conocidos. García Borrón da nueva información sobre el período juvenil de Sacristán y su papel en las revistas Qvadrante y Laye. Castellet se centra especialmente en sus relaciones juveniles y en su trabajo en Laye. Explica con detalle la difícil ruptura con la Falange que confirmará en su entrevista Francesc Vicens. Difícil por el riesgo. Cuenta Vicens que él mismo oyó, en el bar de la Facultad de Filosofía, una conversación entre dos jerarcas del SEU en la que uno, señalando su pistola sobaquera le decía al otro: «Ésta es para Manolo Sacristán».

También Vicente Romano aporta nuevas informaciones sobre su estancia en Münster. A destacar su réplica al funcionario de la RFA enviado para presentar un documental de la RDA sobre el peligro armamentístico. En Münster, Sacristán conoció a Ulrike Meinhof, periodista y militante de izquierdas, muerta en muy extrañas circunstancias en la cárcel alemana donde estaba recluida. De ella,Sacristán trazaría una equilibrada y justa semblanza algunos años más tarde, poco después de su terrible muerte.

Serradell y Vicens dan imágenes diversas, pero no opuestas, del Sacristán político. Vicens le conoció en los cincuenta, cuando militar en el bando antifranquista y comunista era jugarse la piel y más cosas. La narración de su detención y de su tortura, y la del obrero Joan Keyer es espeluznante. Ellos entonces y durante mucho tiempo obraban así. Vuelto del exilio, Vicens coincidió con Sacristán. Cenaron. Lo explicado por Vicens sobre esta cena tiene un seguro interés para el lector, tanto por el contenido como por la forma. Tal vez quepa indicar que Vicens toma como distante un detalle de Sacristán que no lo esforzosamente. La dedicatoria que Sacristán le hizo de su libro Lecturas 1. Goethe, Heine: "EJEMPLAR DE FRANCESC VICENS". Algunos de sus discípulos han comentado que en casi todos los libros que les regaló figuraba una dedicatoria similar: "EJEMPLAR DE..." No había en ella especial distanciamiento ni frialdad. Sí, posiblemente, una muestra de su natural contención emotiva.

Serradell da cuenta de su admiración por Sacristán. Le trató durante años, muchos años. Algunos de militancia común; otros, después de la ruptura del PSUC, cuando Sacristán ya había abandonado discretamente el partido. El lector no saldrá defraudado si reflexiona sobre las «predicciones» de Sacristán sobre temas como la URSS y los países del Este. Éste es un aspecto que tiene interés para combatir ese lugar común, ese falso tópico, de que: «Sacristán era un irrealista político, un visionario, un teórico, absolutamente incapaz para la lucha política».

La primera de las discípulas entrevistadas es Maria Rosa Borrás. Sacristán fue su profesor de Filosofía en Preuniversitario en el Instituto Nacional de Enseñanza Media Maragall el curso 1953-54. Cuenta aquí que sus clases consistían en una exposición magistral, de la que el alumnado tenía que tomar apuntes queentregaba periódicamente. Sacristán los devolvía corregidos, con anotaciones y consejos al margen. Ella misma coordinó la edición de una antología de textos de Marx, el año del centenario de su fallecimiento, en el que se incluyó íntegro un trabajo de Sacristán del año 1973 que lleva por título "Karl Marx" (una maravillosa introducción al pensamiento y a la vida del revolucionario alemán).

El segundo discípulo entrevistado es Miguel Candel. Actual profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, conoció a Sacristán al ingresar en la célula de profesores universitarios del PSUC en la primavera de 1973. Con sus propias palabras: No fui discípulo suyo en el aula, pero sí de esa otra manera, mucho más directa, que es la militancia común en una tarea teórico-práctica como la lucha política (pág. 400). A la cuestión del irrealismo político de Sacristán, Candel contesta que el problema de Manolo, en este terreno, es que siempre tenía razón antes de tiempo (lo que, obviamente, no es defecto sino virtud), y luego (como les ocurre a casi todos los buenos intelectuales metidos en política) le faltaba paciencia para esperar a que le dieran la razón (lo cual sí es un defecto). Manolo era un Aquiles corriendo con una tortuga; pero no detrás de ella, sino delante(pág. 407).

Juan Ramón Capella es el tercer entrevistado. Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Barcelona, le conoció asistiendo como oyente a algunas de sus clases a finales de los años cincuenta (Sacristán inició su etapa de profesor universitario en el año 1956 y en el año 1965 fue expulsado vía no renovación del contrato). A Capella le fascinó, ante todo, el rigor de sus clases: Sus clases se trababan sobre una única idea-fuerza, tejiendo un nudo de problemas en torno a ella cuyas implicaciones sólo se descubrían al final (pág. 422). Resalta la importancia de la "Comunicación a las jornadas de Ecología y Política", Murcia,1979. Este texto, según Capella, contiene un importante conjunto de tesis en ruptura con la cultura y la estrategia político-social de la izquierda de entonces (pág. 427). Entre ellas: la necesidad del abandono de toda escatología, la visión del comunismo como paraíso terrenal, la problematicidad de los procesos objetivos y la necesidad de poner énfasis en cuestiones de subjetividad, de cultura y una reflexión poco elaborada de la autoconsideración del movimiento obrero.

El siguiente discípulo entrevistado es Antoni Domènech. Lo conoció en 1971, un poco antes de que la presión del movimiento estudiantil lograra que las autoridades académicas del momento le reincorporasen a la docencia en la Universidad de Barcelona durante el curso 1971-72. Por poco tiempo. Después de nuevo fue separado de la docencia universitaria hasta la muerte de Franco. Cabe destacar aquí sus consideraciones sobre el modo de entender la dialéctica por parte de Sacristán. Est e solía presentar esta noción en contraposición no a la noción kantiana de que no se podía conocer el noúmeno, la cosa en sí (tal como se considera en la corriente hegeliana), sino en oposición a la idea aristotélica de que no hay conocimiento científico sino de lo universal, es decir, que todo conocimiento que se precie queda reducido al teórico abstracto. Sacristán imputaba a esa idea gnoseológica aristotélica un sesgo patricio arraigado en la división social clasista del trabajo (pág. 449). Ese sesgo del pensamiento de Aristóteles se observa bien en el hecho de que excluya las actividades técnicas, o de representación global y de concreción que proporcionan un tipo de conocimiento que está vedado a la, por lo demás imprescindible, theoria (pág. 449).

Paco Fernández Buey, el siguiente entrevistado, catedrático de Historia de la Ciencia en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra, conoció a Sacristán a comienzos del curso 1962-63, en la Facultad de Económicas, asistiendo a sus clases de Fundamentos de Filosofía. Cuenta Fernández Buey que el mismo día que le conoció le acompañó desde la Facultad a su casa y duda sobre que es lo que más le atrajo de Sacristán: «si el rigor y el método con el que explicaba en las clases o la veracidad y claridad con que hablaba de los problemas políticos y sociales» (pág. 461). Respecto al tema del irrealismo político de Sacristán, de su buen hacer en el campo teórico pero de su incapacidad para los asuntos práctico-políticos, Fernández Buey propone un sencillo experimentum crucis, el siguiente: léanse comparativamente los materiales de la dirección del PSUC de 1969 en torno a la putrefacción del régimen franquista y la carta de dimisión del camarada Ricardo (id est, de Sacristán). Puede seguirse este experimento mental crucial con los siguientes acontecimientos: a mediados de los setenta Sacristán pudo prever, frente a Nicolás Sartorius, que no iba a poder mantenerse la unidad del movimiento de los trabajadores antifranquistas de la enseñanza y que lo más sensato era propiciar su afiliación a los sindicatos de clase (CC.OO). Hoy como se sabe, este sindicato es mayoritario en el sector y uno de sus documentos fundamentales sigue siendo el que elaboró Sacristán a mediados de los setenta. Más tarde propuso atender a la cuestión ecologista como cuestión prioritaria del movimiento. Se quedó solo. Carrillo se opuso a la idea; la mayor parte de la izquierda marxista también. En cambio, hoy, toda la izquierda se define como ecosocialista. En 1985 Sacristán escribió un artículo titulado «OTAN hacia dentro», en el pronosticaba que lo peor de la campaña del PSOE no era que consiguiera que permaneciéramos en la OTAN sino «el efecto moral a largo plazo de la corrosión manipulatoria de las conciencias de la ciudadanía» (pág. 477).

Pilar Fibla, actualmente catedrática de filosofía en la enseñanza secundaria, conoció a Sacristán en fechas cercanas a 1957, cuando éste había vuelto de la Universidad de Münster y daba sus clases en la Universidad de Barcelona. El encuentro se produjo en la primera asamblea de estudiantes en el paraninfo de la Universidad. Asistió a sus cursos en la Facultad de Económicas y llegó a ser ayudante de clases prácticas de filosofía en la asignatura que aquel impartía en la Facultad de Económicas (Fundamentos de Filosofía), desde octubre de 1962 hasta el 30 de noviembre de 1965. Según Fibla, el marxismo de Sacristán era nítidamente atípico, no se identificó con ninguna de las corrientes existentes. Buscó una interpretación de Marx que no se inspirara en una concepción de la ciencia idealista. Frente a esta posición, recalcó la radical crítica a la filosofía, especialmente a la hegeliana, realizada por Marx. Esta posición le alejó de los intentos de reelaboración sistemática de la filosofía al modo de Lukács, por ejemplo, o de Ernest Bloch. Tampoco aceptó un reduccionismo del pensamiento marxista a un humanismo de contenido esencialmente ético. Una concepción así «suponía despreciar lo que había de conocimiento racional de la realidad social en la obra de Marx, suprimir el problema de esclarecer la significación epistemológica de la concepción histórica y dialéctica de la sociedad, y, sobre todo, olvidar la firme crítica al idealismo realizada por Marx, que comportaba la afirmación de un materialismo que aspiraba a la liberación de misticismos utópicos» (pág. 494).