29/3/09

El control de la opinión pública




> Editorial del  diario “El Día de Gualeguaychú”, Argentina (29-03-09)

Como la base real de cualquier régimen político se asienta en el apoyo de los gobernados, la madre de todas las batallas se da en el escenario de la opinión pública, cuyos favores se buscan.

En el siglo XVIII, el pensador inglés David Hume convirtió el tópico en una teoría de Estado. “El gobierno sólo se basa en la opinión”, dijo al comprender cabalmente que nada sostiene a los gobernantes excepto el poder concentrado de pareceres semejantes mantenidos por particulares.

En tanto, el creador del Contrato Social, Juan Jacobo Rousseau, afirmó algo parecido: “La opinión, reina del mundo, no está sometida al poder de los reyes; ellos mismos son sus primeros esclavos”.

Dentro del comunismo, fue el italiano Antonio Gramsci, considerado el Lenin de la revolución en Occidente, quien comprendió como ningún otro que la lucha por el poder es una lucha ideológica. Gramsci aconsejaba a los suyos no la toma violenta del aparato del Estado. En lugar de ello, proponía infiltrarse en las trincheras de la sociedad civil (escuela, medios, iglesias, etc.) en cuyo seno se forma la opinión pública.

Sobran en la historia los ejemplos, decía el italiano, donde quienes lograron adueñarse del Estado, sin por ello tener el “consenso” ideológico de la sociedad, debieron finalmente resignar su poder efímero. Una de las fuentes principales de la opinión pública son los medios de comunicación. Los cuales, en una estrategia revolucionaria en clave gramsciana, emergen como una de las trincheras a ocupar.

En este sentido, entre los comunicólogos ha sido una obsesión determinar el verdadero poder de los medios sobre los públicos. Una corriente de pensamiento sostiene que los medios son omnipotentes y todo poderosos.

La llamada “teoría hipodérmica” –así se la conoce- asegura que los medios “inyectan” sus mensajes en el público, el cual los recibe pasivamente y responde según pautas prefijadas.

Si, como dice Hume, “el gobierno sólo se basa en la opinión”, se comprende que quienes poseen la capacidad de condicionar a los públicos, como en este caso los medios, tienen a su vez un poder de presión inmenso sobre la esfera política.

Un profesor norteamericano, Herbert Schiller (1919-2000), especialista en comunicación y cultura, ha esbozado esta inquietante teoría: “Las guerras venideras las ganarán quienes controlen los medios de comunicación, y cuenten con el apoyo de las grandes empresas, las multinacionales con capacidad para derrocar y poner gobiernos”.

En la Argentina muchos sindican al grupo multimedios perteneciente al diario “Clarín” con esta capacidad. Se menciona que si en el país se impuso la “pesificación asimétrica” fue gracias su constante campaña a favor. Así, el grupo Clarín habría superado, gracias a esa medida, una crítica situación financiera, ya que estaba peligrosamente endeudado en dólares. El gobierno de los Kirchner, que hasta no hace poco contaba con el apoyo explicito de “Clarín”, hoy parece haber roto relaciones con él.

Al margen de este incidente, muchos creen que hoy sería muy problemático para un candidato a cualquier función pública importante en la Argentina lograr el triunfo si no cuenta con el apoyo de algunos de estos multimedios.

Frente a esta influencia, en la otra vereda, están los que proponen un control de los medios por parte del Estado. En el fondo se trata de suplantar un monopolio por otro.

La intentona recuerda el argumento de “1984”, la novela del británico George Orwell, escrita en 1948. En ella imagina un régimen político, mezcla de nazismo y estalinismo, que utiliza los medios de comunicación para dominar a la sociedad.

28/3/09

"Bajo la mole, fragmentos de civilización" de Antonio Gramsci




Selección y traducción de Francisco Ochoa de Michelena - © Ediciones sequitur, 2009 

Descripción: “En Turín, como saben todos, la vida pública se desenvuelve del modo más arcaico y gracioso. Cualquier matón puede pasar por un gran hombre, cualquier hedor de vertedero se convierte en un hecho político de primer orden. No existe contención, no existe la crítica. Existe el bombo, la adulación más llana y empalagosa. No en vano es famosa Turín por sus peladillas: todo rebosa azúcar, y fragancia de agua de rosas. Nosotros, los perros rabiosos, nos hallamos dentro de este corral de pavos hinchados y altaneros y, como los humanos apenas nos respetan y no nos dejamos deslumbrar por el brillo de las plumas, ahuyentamos a no poca gente y nos ganamos un montón de improperios y maldiciones. ¡Vaya! ¡Cuánto cacareo por unas personas que no importarían y que sólo hablan para los proletarios! Evidentemente, entienden que nuestras dentelladas no son casuales y que nuestra rabia tiene un propósito claro. Nos llaman “perros rabiosos”: ¡muy bien! Son los perros rabiosos los que, recorriendo las calles de la ciudad bajo el flagelo de la canícula, obligan a las señoritas de las aceras a correr, a levantar sus falditas y a mostrar sus repugnantes calzones.”

Nota del editor: Selección de los artículos, hasta ahora inéditos en español, de Antonio Gramsci publicados en la edición turinesa del periódico socialista Avanti! a lo largo de la Primera Guerra Mundial. Una sorprendente dimensión de Gramsci: fino escritor, irónico y duro crítico de las costumbres de ese momento (de civilización burguesa y proyecto obrero), de ese país (la joven Italia), de esa Europa (entre la guerra y la revolución). Materias: pensamiento político (marxismo), crónica periodística, literatura contemporánea italiana.

Il rapporto tra Stato e società civile secondo Karl Marx e Antonio Gramsci




Guido Liguori

L'interesse che si appunta oggi sul tema della società civile non è neutro, ma politicamente segnato. Il tema della società civile è tornato al centro dell'attenzione dell'opinione pubblica negli anni '80. Dapprima nell'ambito della cosiddetta "rivoluzione neoconservatrice", per sostenere la volontà di riscossa e di rivincita dell'economia e del mercato sulla politica, sullo Stato (e sullo Stato sociale soprattutto). Poi, con l'89, anche "a sinistra", una sinistra che voleva tagliare i ponti con le tradizioni comunista e socialdemocratica. Anche qui "largo alla società civile", dunque, e anche "largo al mercato", basta con la politica, con i partiti, con lo Stato. Due posizioni diverse, quella neoliberista e quella liberal, ma non senza legami, concettuali e politici. (...) Questa tendenza ebbe un precipitato politico di rilievo, l'affermazione di Forza Italia, cioè di una nuova destra che ha fatto della privatizzazione di tutto (dalle aziende statali e municipali all'istruzione e alla scuola), del ridimensionamento dei partiti e della politica, della rivincita della società civile appunto, la propria bandiera. Senza spesso trovare, a sinistra, programmi e politiche molto differenti. Di recente, un tentativo in parte diverso di rilanciare a sinistra il concetto di società civile è stato effettuato da Bruno Trentin. (...) L'autore che Trentin usa di più in questa sua operazione culturale e politica è Antonio Gramsci, affermando di accoglierne l'accento posto sul concetto di società civile. Senza accorgersi, a mio avviso che così facendo egli in realtà non accoglie tanto le tesi di Gramsci sulla società civile, quanto l'interpretazione (notissima ma discutibile) che ne ha avanzato fin dal 1967 Norberto Bobbio. Detto in estrema sintesi (per una discussione più particolareggiata devo rinviare al mio libro Gramsci conteso), il ragionamento di Bobbio è il seguente: sia per Marx che per Gramsci la società civile è il vero "teatro della storia" (la celebre espressione che Marx usa nella Ideologia tedesca). Ma per il primo essa fa parte del momento strutturale, per il secondo di quello sovrastrutturale: per Marx il "teatro della storia" era la struttura, l'economia, per Gramsci la sovrastruttura, la cultura, il mondo delle idee. Ma le cose stanno davvero così?
Il tema della società civile e del rapporto tra Stato e società civile interessa Marx fin dalle sue opere giovanili, ne costituisce anzi uno dei motivi centrali. Nella Critica della filosofia hegeliana del diritto pubblico (1843), Marx - seguendo il procedimento applicato da Feuerbach alla critica della religione, ovvero il rovesciamento del rapporto tra soggetto e predicato - afferma che in Hegel il soggetto è lo Stato e il predicato è la società civile, mentre nella realtà è l'esatto contrario: il soggetto va ricercato nella società civile. Ha dunque ragione Bobbio quando afferma che lo Stato in Marx è "momento secondario o subordinato rispetto alla società civile". Questa posizione marxiana non sarà rinnegata lungo l'intero percorso teorico dell'autore. Ho già accennato al brano dell'Ideologia tedesca che afferma che la "società civile è il vero focolare, il teatro di ogni storia". Ma le citazioni potrebbero essere molte: basti pensare ai celebri brani della Prefazione (del '59) al Per la critica dell'economia politica. (...) Tuttavia, se questo è vero, è anche vero che nell'opera di Marx si trovano elementi che inducono anche a una lettura più complessa della dicotomia Stato-società, una lettura in parte diversa, che non vuole negare il "rovesciamento" operato rispetto a Hegel, ma problematizzare e il concetto di società civile, i contenuti di cui esso si nutre, e l'intera valutazione della separazione Stato-società. Già Gerratana ha a suo tempo rilevato - proprio replicando a Bobbio - che non è del tutto vero che il concetto di società civile in Marx appartiene al solo momento della struttura. Nella Questione ebraica, ad esempio, Marx sembra credere che della società civile facciano parte, oltre che il mondo economico, pure "elementi" quali la "cultura" o la "religione". I "presupposti" dello Stato, ciò che viene prima dello Stato, sono dunque sia elementi materiali che elementi spirituali e culturali. (...) Anche da una lettura più attenta della citata Prefazione del '59 è possibile trarre una analoga convinzione, poiché se "l'anatomia della società civile" è per Marx da ricercare "nell'economia politica", è anche vero che in un corpo la struttura portante, lo scheletro, non è poi tutto. Sono dunque presenti nella società civile di Marx sia elementi strutturali che sovrastrutturali. Anche se certo sono i primi ad essere centrali. Più in generale, la dicotomia Stato-società è - per Marx - propria della società borghese; è parallela o addirittura sovrapponibile a quella fra bourgeois e citoyen, che Marx critica in nome di una sintesi e di una ricomposizione superiori. Marx cioè non si limita a rovesciare l'hegeliano rapporto Stato-società, si oppone a questa opposizione, critica la dicotomia tra sfera pubblica e privata, in qualche modo rifiuta il confinamento del politico nello Stato e del socio-economico nella società, mostra come potere e politica attraversino entrambi i momenti. In altre parole, si tratta di prendere le distanze da una lettura meccanicistica del rapporto struttura-sovrastruttura, lettura che invece Bobbio fa sua, lettura che ha nella citata Prefazione del '59 il suo modello classico, testo che però proprio Gramsci ha saputo reinterpretare in senso antideterministico. Si tratta di prendere le distanze da una concezione in cui la determinazione in ultima istanza di uno dei due termini (struttura o sovrastruttura) diverrebbe determinazione forte e immediata dell'altro livello di realtà: "teatro di ogni storia". Se veniamo ai Quaderni del carcere, il discorso si complica o, per meglio dire, si complica il tentativo di leggerne la complessità e ricchezza con gli strumenti categoriali rigidamente dicotomici messi in campo da Bobbio. Come già obiettò nel '67 Jacques Texier, il concetto fondamentale di Gramsci non è la società civile ma il "blocco storico". Il che vuol dire che la distinzione tra Stato e società civile è di natura metodica e non organica: "In realtà - scrive Gramsci - questa distinzione è puramente metodica, non organica e nella concreta vita storica società politica e società civile sono una stessa cosa". E' da qui che nasce il concetto centrale (nei Quaderni) di "Stato allargato". Struttura e sovrastruttura, economia, politica e cultura sono per Gramsci sfere unite e insieme autonome della realtà. Uno dei punti centrali del marxismo di Gramsci è questo non separare in modo ipostatizzato alcun aspetto del reale. Vi è in Gramsci anche una novità rispetto a Marx? In parte sì: è quella relativa al ruolo dello Stato e del politico. (...) Ciò fa sì che mentre Marx pensa il rapporto dialettico di società e Stato a partire dalla società, Gramsci pensa il rapporto dialettico di società e Stato a partire dallo Stato. Mi preme sottolineare però un fatto: se ciò avviene, è anche perché nel marxismo di Gramsci irrompono le novità registrate nel rapporto tra economia e politica nel Novecento, l'allargamento dell'intervento statale nella sfera della produzione, l'opera di organizzazione e razionalizzazione con cui il politico si rapporta alla società e anche la produce. Bolscevismo, fascismo, keynesismo, welfare sono tutti esempi di questo nuovo rapporto tra economia e politica, che si afferma a partire dagli anni venti e che costituisce rispetto al capitalismo di Marx una novità grande. Gramsci, in campo marxista, è uno dei primi a coglierla, teoricamente e politicamente. Tutto ciò vuol dire che Gramsci è un teorico dell'"autonomia del politico"? Non credo. Sicuramente sbagliano quelle letture che, magari sottolineando più del dovuto il suo giovanile "sorelismo", hanno cercato di farne un teorico dell'"autonomia del sociale". Ma la dialetticità del suo pensiero (oltre che tutta la sua biografia umana e politica) devono indurre a evitare anche l'errore opposto. La modernità del pensiero di Gramsci sta nel fatto che, nella sua concezione, la statualità e la politica che egli propone comprendono la società, anche nel senso che se ne nutrono, che non la negano, che non se ne separano. Gramsci ha ridefinito il concetto di Stato ma ha anche allargato il concetto di politica. Se si separa società e Stato, politica ed economia, società e politica, si è fuori del solco del suo pensiero. Ma - cosa ben più importante - la sinistra rinuncerebbe così agli unici strumenti (la politica, lo Stato) fin qui trovati per opporsi alla legge del mercato, alla legge della giungla. O, per dirla con il vecchio Hobbes, alla guerra di tutti contro tutti. Che è, appunto, la legge del capitale. Abbiamo qualcos'altro con cui sostituirli?

Gramsci vis à vis con Marx



Alberto Burgio

Negli anni del carcere, l'autore dei "Quaderni" rilesse in una prospettiva rigorosamente antimetafisica le pagine marxiane, individuandovi una fonte teorica primaria per l'elaborazione di una scienza politica all'altezza dei tempi. All'attualità dei problemi sollevati da quella lettura venne dedicato un convegno a Trieste, i cui interventi escono ora raccolti in un volume della manifestolibri

Due anni e mezzo fa, nel marzo 1999, si tenne a Trieste un convegno su un tema - Marx e Gramsci - a prima vista quant'altri mai inattuale. A smentire quella pregiudiziale impressione, figlia della soddisfatta superficialità dei nostri tempi, arriva oggi un volume della manifestolibri che raccoglie le relazioni svolte in quel convegno, a cura di Giuseppe Petronio e Marina Paladini Musitelli. Il centro intorno a cui si dipanò la discussione è subito nominato da Petronio. Si cercò di analizzare la portata e i caratteri del "ritorno a Marx" dell'autore dei Quaderni: di determinare la prospettiva, radicalmente antimetafisica, della rilettura delle pagine marxiane (a cominciare dalle Tesi su Feuerbach e dalla Prefazione del '59) in cui, negli anni del carcere, Gramsci scorge una fonte teorica primaria per l'elaborazione di una scienza politica all'altezza dei tempi. La questione è affrontata di petto nei saggi di Fabio Frosoni e Wolfgang Fritz Haug (curatore della edizione tedesca dei Quaderni), dove la serrata analisi dell'interpretazione gramsciana delle Tesi fonda una convincente lettura dell'idea di "filosofia della praxis". L'obiettivo polemico di Gramsci è l'interpretazione scientistica di Marx prossima ad affermarsi come ortodossia filosofica nell'Urss staliniana. I Quaderni inchiodano Bucharin, ma dietro a questo nome va individuato tutto uno schieramento che comprende, secondo Haug e Frosini, lo stesso Lenin della polemica antimachista.

A Gramsci la battaglia del giovane Marx contro il "vecchio materialismo" fornisce un formidabile arsenale filosofico e, in positivo, i materiali per la costruzione di una ontologia pratica che afferma l'essenza dinamica della realtà materiale (la sua soggettività e storicità) e la radicale materialità del soggetto storico, al tempo stesso interprete e artefice "critico-pratico" del mondo.

Si pone qui immediatamente una questione che, non per caso, percorre da sempre la discussione critica. La scelta delle Tesi discende dall'ispirazione idealistica della filosofia dei Quaderni? E' forse il segno di un soggettivismo nel quale non sarebbe difficile cogliere eredità neoidealistiche ed echi del giovanile sorelismo? Lo stesso Haug parrebbe non escluderlo, alla luce della scarsa attenzione per l'analisi delle forze produttive che gli sembra di cogliere nei Quaderni (dove, sottolinea, "non si parla nemmeno una volta della catena di montaggio"). Certo ha pochi dubbi al riguardo Roberto Finelli, che parla apertis verbis di "un prezzo assai elevato" imposto dall'"influenza dell'idealismo, crociano e gentiliano insieme", e che ritiene Gramsci incapace di individuare i "fattori di socializzazione" attivi nella sfera economica, che sarebbe quindi ridotta a "un complesso di azioni solo individuali". Si potrebbe obiettare facilmente: osservando, per esempio, che nel quaderno 22 (e nelle note sparse sul "movimento di fabbrica" che Gramsci non raccoglie) non si parla d'altro se non di forze produttive; e che il riconoscimento dell'attitudine socializzante della sfera economica (anzi: della fabbrica) informa di sé l'intera discussione sul fordismo (e la sua stessa nozione, come, del resto, l'idea di egemonia). Ma la ricchezza di questo libro sta proprio in ciò, che alle domande che formula provvede anche a rispondere. Gramsci idealista? Si guardi al corpo vivo della sua scienza politica.

Evocato da Donald Sassoon in un quadro di storia politica della fortuna (e dell'uso) dei Quaderni, il tema cruciale del rapporto tra Stato e società civile è focalizzato da Guido Liguori attraverso un confronto con la pagina marxiana che nulla concede alla vulgata. Liguori non si accontenta di documentare le radici rigorosamente marxiane di quella concezione dialettica del rapporto tra ambito politico-istituzionale, apparati ideologici e sfera economica che induce Gramsci a modificare la terminologia tradizionale (a cominciare proprio dalla nozione hegeliana di "società civile", espressione che nei Quaderni designa, il più delle volte, l'apparato egemonico). Mostra altresì le ricadute di tale prospettiva, in virtù della quale riesce a Gramsci di cogliere il radicamento strutturale dell'egemonia (oltre che, va da sé, dell'impiego degli apparati coercitivi) e, specularmente, il connotato politico di qualsiasi assetto economico, di ogni forma di "determinazione" dei mercati. Un'operazione che è quanto di meno idealistico si possa immaginare, come suggerisce l'altro saggio incentrato su concetti chiave della teoria politica gramsciana.

Torna, nelle pagine di Jacques Texier, l'analisi della "società civile" e della sua polivalenza (occasione per una glossa critica all'interpretazione togliattiana di una importante nota del quaderno 13), ma il discorso si amplia e include i temi del "blocco storico" e del "rapporto di forza". Ne emerge come la battaglia antieconomistica non conduca Gramsci al privilegiamento del terreno sovrastrutturale né, tanto meno, al suo sganciamento dalle dinamiche materiali della riproduzione. In un efficace controcanto alle critiche di soggettivismo, Texier osserva che non sarebbe inopportuno, oggi, mettere mano a "un corposo saggio dal titolo Gramsci teorico della struttura": c'è da augurarsi che - se non lui - qualcun altro se ne assuma il delicato compito.

Altri contributi, non direttamente legati ai temi sin qui trattati, indagano da diverse angolature il rapporto Gramsci-Marx offrendo non di rado spunti significativi. Aldo Tortorella pone in evidenza l'ascendenza marxiana (oltre che l'ispirazione universalistica) della morale gramsciana, fondata sull'affermazione della funzione decisiva della volontà ai fini della costruzione del soggetto rivoluzionario. Andrea Catone affronta il problema del luogo di costituzione della soggettività operaia (fabbrica o partito), ponendo le pagine dei Quaderni a confronto, da una parte con l'analisi del "processo lavorativo" nel primo Libro del Capitale, dall'altra con gli articoli apparsi sull'"Ordine Nuovo" a cavallo del biennio rosso. Francisco Fernando Buey e Marina Paladini Musitelli studiano le ragioni dell'interesse di Gramsci per le questioni della lingua e della letteratura e ne colgono le fonti marxiane (a cominciare dalle pagine della Sacra famiglia) e il significato politico, connesso al grande tema dello "spirito di scissione".

Ma una segnalazione particolare merita il brillante saggio di Giorgio Gilibert. In poche limpide battute egli offre una ricostruzione originale del rapporto tra Gramsci e Sraffa che non soltanto revoca in dubbio la vulgata dell'ispirazione ricardiana della ricerca approdata a Produzione di merci a mezzo di merci (Gilibert argomenta che fonte delle equazioni dei prezzi sono, più verosimilmente, gli schemi di riproduzione del secondo Libro del Capitale, e ipotizza che alla base della decisione di studiarli in profondità sia un suggerimento di Gramsci, al corrente dei dibattiti sulla teoria dell'accumulazione socialista e dello sviluppo accelerato in ambito sovietico), ma fornisce, per questa via, elementi utili a considerare sotto nuova luce la posizione di Sraffa, e a coglierne appieno una mai del tutto avvertita politicità.

Indifferenti

“Odio gli indifferenti. Credo che vivere voglia dire essere partigiani. Chi vive veramente non può non essere cittadino e partigiano. L’indifferenza è abulia, è parassitismo, è vigliaccheria, non è vita. Perciò odio gli indifferenti.

L’indifferenza è il peso morto della storia. L’indifferenza opera potentemente nella storia. Opera passivamente, ma opera. È la fatalità; è ciò su cui non si può contare; è ciò che sconvolge i programmi, che rovescia i piani meglio costruiti; è la materia bruta che strozza l’intelligenza. Ciò che succede, il male che si abbatte su tutti, avviene perché la massa degli uomini abdica alla sua volontà, lascia promulgare le leggi che solo la rivolta potrà abrogare, lascia salire al potere uomini che poi solo un ammutinamento potrà rovesciare. Tra l’assenteismo e l’indifferenza poche mani, non sorvegliate da alcun controllo, tessono la tela della vita collettiva, e la massa ignora, perché non se ne preoccupa; e allora sembra sia la fatalità a travolgere tutto e tutti, sembra che la storia non sia altro che un enorme fenomeno naturale, un’eruzione, un terremoto del quale rimangono vittime tutti, chi ha voluto e chi non ha voluto, chi sapeva e chi non sapeva, chi era stato attivo e chi indifferente. Alcuni piagnucolano pietosamente, altri bestemmiano oscenamente, ma nessuno o pochi si domandano: se avessi fatto anch’io il mio dovere, se avessi cercato di far valere la mia volontà, sarebbe successo ciò che è successo?

Odio gli indifferenti anche per questo: perché mi dà fastidio il loro piagnisteo da eterni innocenti. Chiedo conto a ognuno di loro del come ha svolto il compito che la vita gli ha posto e gli pone quotidianamente, di ciò che ha fatto e specialmente di ciò che non ha fatto. E sento di poter essere inesorabile, di non dover sprecare la mia pietà, di non dover spartire con loro le mie lacrime.

Sono partigiano, vivo, sento nelle coscienze della mia parte già pulsare l’attività della città futura che la mia parte sta costruendo. E in essa la catena sociale non pesa su pochi, in essa ogni cosa che succede non è dovuta al caso, alla fatalità, ma è intelligente opera dei cittadini. Non c’è in essa nessuno che stia alla finestra a guardare mentre i pochi si sacrificano, si svenano. Vivo, sono partigiano. Perciò odio chi non parteggia, odio gli indifferenti”.

11 febbraio 1917

Diamo a Gramsci quel che è di Gramsci

Foto: Roberto Cotroneo


di Roberto Cotroneo

Ieri il propenitenziere emerito del Vaticano, Monsignor Luigi De Magistris, nel corso di una conferenza stampa a Roma, ha affrontato la vicenda di un eventuale riavvicinamento alla religione cattolica di Antonio Gramsci, pochi giorni prima di morire. De Magistris sostiene che Antonio Gramsci morì chiedendo i sacramenti, e baciò un’immagine della Madonna con il bambino, che le suore portavano ai malati nella clinica romana dove ha finito i suoi giorni. Naturalmente non abbiamo nessuna prova storica e nessun documento che confermi questa tesi. Non ci sono lettere di familiari, non ci sono i rapporti della polizia, e c’è invece la volontà - allora più che mai non cattolica - di Antonio Gramsci di farsi cremare.

E allora perché, a distanza di 71 anni, questa uscita sorprendente? Sarebbe logica e spiegabile se fossero stati trovati dei documenti, delle lettere, una testimonianza sepolta da qualche parte che avallasse questa tesi. E invece nulla, voci, debolezze, paure delle ultime ore di vita, forse. Ma nulla che riapra questa storia. Eppure queste operazioni dubbie e discutibili sono la norma. Oggi è Gramsci, ieri fu Benedetto Croce. La coscienza laica e liberale di Croce si trasformò in una conversione, nel privato come sempre, mai nelle opere. Il marxismo innovativo di Gramsci, la sua forza intellettuale, la sua grandezza etica, la sua laicità, che si ritrovano in ogni pagina dei “Quaderni del carcere” e in ogni riga che Gramsci ha scritto, si stemperano ora in una immaginetta portata da una suora, e addirittura nei sacramenti.

Ha importanza? Se anche fosse vero non sarebbe certo uno scandalo. Ma in realtà c’è qualcosa di piccolo in tutto questo, qualcosa che non piace. È un’egemonia rovesciata quella che De Magistris esercita. L’idea che un uomo non si giudica per quello che pensa e quello che ha scritto, ma si giudica da tentennamenti privati, da piccole paure affiorate nei momenti ultimi, quando si è deboli, quando il mistero della vita ti appare tremendo e totalmente insolubile. E poco importa se Gramsci era incrollabilmente marxista e comunista, laico e ateo, e Benedetto Croca un liberale, un laico, un non credente: soprattutto poco importa che entrambi abbiano costruito con i loro libri, mattone per mattone, due filosofie della storia che mai hanno lasciato spazio a una simpatia neppure vaga per il cattolicesimo, o al conforto della fede.

Se lo avessero fatto avrebbero avuto vite diverse, avrebbero scritto opere diverse e non sarebbero stati quello che ancora sono. Ovvero i due più grandi filosofi italiani del secolo scorso. Raccontare, senza prove storiche, di immaginette e conversione è qualcosa che porta ad altro, è un disinnesco, come si potrebbe chiamarlo, è l’idea che poi alla fede ci arrivano tutti alla fine dei loro giorni, che quel passaggio è obbligato. È solo propaganda di cui non si sentiva per nulla il bisogno. Una propaganda buona per i fantasmi anticomunisti degli anni Cinquanta, che oggi appare stucchevole e fuori luogo.

26 novembre 2008


Perspectiva jurídica en el pensamiento de Antonio Gramsci


Foto: José María Laso Prieto



José María Laso Prieto

Bloque histórico

En un primer planteamiento de la obra de Gramsci se suscita su concepto de Bloque histórico que, al profundizar en la relación de una estructura económico-social y la de superestructura, atañe claramente a la superestructura jurídica de dicha formación. Para Gramsci, el bloque histórico es un complejo, determinado por una situación histórica dada, constituido por la unidad orgánica dada de la estructura y la superestructura. Al evitar el privilegiar a uno (economicismo) o a otro (ideologismo) de ambos elementos, que se hallan en una relación de reciprocidad e interdependencia, Gramsci insiste sobre su unión y sobre el papel de los intelectuales, actuando a nivel superestructural y llenando la misión específica de tejer el lienzo orgánico que une los dos elementos. En la constitución de esta unidad, los intelectuales orgánicos de la clase progresiva deben atraer a los intelectuales tradicionales hasta la formación de un «bloque ideológico» que controlará la sociedad civil, y de este modo, obtendrá el consenso de las clases subalternas. La clase dominante, que sostiene las riendas de la economía a nivel estructural, consigue, pues, gracias al bloque ideológico, asegurar su primado a nivel superestructural y de ese modo asentar su hegemonía sobre el conjunto del bloque social: hay bloque histórico cuando la hegemonía de una clase sobre el conjunto de la sociedad se ve realizado. ...leer más

27/3/09

A propósito de la edición completa de los “Cuadernos de la Cárcel” en castellano



por Néstor Kohan y Miguel Bologna 

Muchos revolucionarios han sido prisioneros a lo largo de la historia. Junto con el largo cautiverio del líder negro Nelson Mandela, la prisión que el régimen fascista de Benito Mussolini impuso a Antonio Gramsci [1891-1937] constituye una de las más célebres en todo el mundo.

Pese a estar protegido por la inmunidad parlamentaria que poseía por ser diputado comunista de Venecia, Gramsci fue detenido el 8 de noviembre de 1926 (tenía 35 años). Durante el juicio que se realizó en Roma en 1928, el fiscal fascista Michelle Isgrò fue terminante: "Durante veinte años debemos impedir funcionar a este cerebro". Gramsci fue condenado a 20 años, 4 meses y 5 días de reclusión. 

Ni bien cayó preso solicitó que lo dejen escribir, pero el permiso le fue denegado. Lo trasladaron de prisión en prisión a lo largo de Italia. Cada vez que podía incursionaba en las bibliotecas carcelarias. En 1927, por ejemplo, pidió a sus amigos las obras de Maquiavelo. 

Recién en enero de 1929, después de dos años y cuatro meses, obtuvo permiso para escribir. El primer cuaderno lo comienza el 8 de febrero de 1929. A esa fecha corresponde su primer plan de redacción. Vuelve sobre este plan en una carta de ese año a su cuñada Tatiana Schucht (quien lo cuidaría durante todo su cautiverio). 

Desde 1910 hasta 1926 la producción teórica de Gramsci (mayormente periodística), aunque de largo aliento, respondió mayormente a necesidades políticas coyunturales. Pero cuatro meses después de su detención, el 19 de marzo de 1927, le describió a Tatiana, con una expresión que pertenece a Goethe, su idea de escribir "para la eternidad". Esa carta marca la génesis de una escritura que en los Cuadernos de la cárcel retoma los análisis y las experiencias previas a la prisión pero desarrolla una reflexión política estratégica y de largo plazo sobre la revolución en Occidente, parcialmente independiente y relativamente autónoma de la coyuntura inmediata de la Italia fascista. 

A pesar de todas las adversidades, Gramsci contó con una pequeña ventaja. Antes de ser capturado estaba escribiendo acerca de "La cuestión meridional". El problema del sur de Italia, subdesarrollado y periférico, lo obsesionaba. Allí adelantaba gran parte de los temas de los Cuadernos: los intelectuales, la cultura y la ideología, la crítica del marxismo economicista y la ortodoxia determinista, la historia de Italia, el papel de Benedetto Croce (como teórico de la revolución pasiva destinada a neutralizar la influencia del marxismo) y el eje de todos los Cuadernos: la hegemonía. En la prisión comenzó retomando esa reflexión. 

Gramsci no escribía cómodo en un gabinete ni disfrutaba de la tranquilidad de una biblioteca. Estaba gravemente enfermo: ¡en 1928 ya había perdido 12 dientes!. En 1931 sufrió su primera crisis aguda y la segunda en 1933. Se iba muriendo lentamente. Vivió cada página avanzada en sus cuadernos como una pequeña victoria arrancada a la violencia que ejercían sobre él sus carceleros. 

Sus Cuadernos de la cárcel tienen un carácter esencialmente fragmentario y disperso. Eso explica las razones de la complejidad de su lectura. 

Aunque después que fallece su autor los Cuadernos se editaron inicialmente como seis libros unitarios, originariamente estaban inconclusos. Gramsci nunca llegó en vida a terminarlos. Su publicación póstuma estuvo siempre teñida por el interés político de sus editores. 

A la muerte de Gramsci, en 1937, Tatiana consigna los manuscritos de la cárcel para Moscú (donde vivía su esposa Julia Schucht, sus dos hijos y donde estaba exiliado Palmiro Togliatti, por entonces jefe del PCI), pero la expedición se pospone un año. Recién llegaron en julio de 1938. Allí un equipo dirigido por Togliatti se ocupó de "revisar" tanto las Cartas desde la cárcel como los Cuadernos (seleccionando ciertos temas, recortando, pegando y armando libros unitarios que Gramsci no alcanzó a escribir). Eran los tiempos de la "ortodoxia" de Stalin... La herejía y la heterodoxia de Gramsci se tornaban sospechosas. 

Tras la derrota del fascismo, en 1947, apareció la primera edición italiana de las Cartas. En 1948 comenzaron a editarse en Italia los Cuadernos preparados temáticamente por Togliatti, quien intentó así encauzar la originalidad de Gramsci dentro de los moldes trillados de la ortodoxia estalinista. Aun así, esos cuadernos vieron la luz recién después de diez años, a pesar de que Togliatti los tenía en su poder desde 1938. 

Sólo tras la muerte de Stalin (1953) y del XX Congreso del PC soviético (que a partir de 1956 intentó legitimar un estalinismo sin Stalin) surgió en Italia la idea de editar los Cuadernos en el mismo orden cronológico (y no temático) en que Gramsci los concibió. Esa nueva edición crítica se decidió originariamente en 1961 y se publicó en italiano en 1975 en cuatro tomos, gracias al estudioso Valentino Gerratana, recientemente fallecido. [Antonio Gramsci: Quaderni del Carcere. Edizione crítica dell'Istituto Gramsci a cura di Valentino Gerratana. Einaudi Editore]. 

Recién ahora, un cuarto de siglo después, los lectores de lengua española podrán consultar en forma completa la totalidad de los escritos originales de Gramsci tal cual él los escribió en prisión. 

Téngase en cuenta que tanto Héctor Pablo Agosti (introductor de Gramsci en Argentina) como José Pancho Aricó (uno de los principales teóricos en los '60 de la nueva izquierda cultural), dos de los principales gramscianos argentinos, bebieron en las fuentes de Togliatti. Lo mismo vale para varias generaciones de universitarios argentinos que incursionaron clandestinamente en sus textos, mientras en nuestras academias se le daba vergonzosamente la espalda. Algo similar ocurrió en México y en Brasil, aunque allí la cerrazón académica fue menor. 

El emprendimiento de traducción de la edición crítica había comenzado en México en 1982 (en ese entonces se tradujeron y se publicaron en español solamente cuatro tomos, de una edición planificada en seis) pero nunca se terminó porque la crisis de la izquierda mexicana dejó sin aliento aquel primer intento. Recientemente, gracias a un equipo dirigido e impulsado por la especialista griego-mexicana Dora Kanoussi, la editorial ERA (sello madre desde los '60 de gran parte de la literatura de la nueva izquierda mexicana, incluyendo a los zapatistas), junto con la Universidad Autónoma de Puebla, acaban de publicar la edición crítica completa en seis volúmenes. La traducción pertenece a Ana María Palos y fue revisada por José Luis González. 

Esta edición crítica de los Cuadernos reúne en total más de 3.000 páginas. Aunque ese gigantesco material es muy fragmentario, la reflexión de Gramsci jamás es caótica. Esta nueva edición contiene un valiosísimo e imprescindible apéndice final con diversos índices que permiten recorrer y rastrear rápidamente los seis tomos. Para el lector inicial también incluye una breve cronología biográfica. 

Cada generación leyó e interrogó a este clásico desde su propio horizonte cultural y a partir de sus propios problemas políticos. Las interpretaciones comunistas ortodoxas de los '50, de la nueva izquierda en los '60, "nacionales y populares" en los '70 y socialdemócratas en los '80 ya quedaron en la historia. 

¿Cómo lo leerán e interpretarán las y los jóvenes revolucionarios del siglo XXI? 

Referencia: Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci. EDICIÓN CRÍTICA COMPLETA a cargo de Valentino Gerratana. México, Ediciones ERA-Universidad Autónoma de Puebla, 2001. Traducción de Ana María Palos y revisión de José Luis González. Tomo 1: 452 pp; Tomo 2: 514 pp; Tomo 3: 504 pp; Tomo 4: 480 pp.; Tomo 5: 556 pp.; Tomo 6: 610 pp.

Publicación: 19 de Diciembre del 2003

Chávez: "Le agradezco a la contrarrevolución que siga disparando sus cañones"



"El capitalismo es incontrolable, termina siendo un caos, no sólo económico, sino político, social, moral"

El presidente Hugo Chávez realizó una alocución en cadena nacional de radio y televisión, desde el teatro de la Academia Militar, donde se desarrolló este miércoles la I Cumbre de Jefes de gobierno y diputados revolucionarios.

"Estamos en plena guerra mediática. Los cañones de la artillería contrarrevolucionaria disparando permanentemente por todos los medios de comunicación nacionales e internacionales. Es la batalla de las ideas, imprescindible para que la revolución vaya decantándose, vaya fortaleciéndose en lo cultural, para que vaya naciendo la nueva visión, los nuevos valores. No hay que lamentar esa batalla. No nos da descanso, nos obliga a ser muy creativos, pero eso es lo que se quiere. Así que yo le agradezco a la contrarrevolución que siga disparando sus cañones, que para eso estamos nosotros aquí: para afinar y disparar los cañones ideológicos de la revolución, de manera permanente, todos los días, sin descanso".

El presidente Chávez calificó como imprescindible lectura el libro de István Mészáros "Más allá del Capital", cuyo primer capítulo se titula "La sombra de la incontrolabilidad".

El capitalismo es incontrolable, termina siendo un caos, no sólo económico, sino político, social, moral. El caos moral es lo que está viviendo el mundo de hoy, y nosotros afortunadamente hemos tomado medidas, en los últimos 10 años, porque desde el primer momento, incluso antes de asumir gobierno. Yo recuerdo […] aquellas reuniones en La Viñeta, en diciembre del 98. Desde entonces comenzamos a tomar medidas, a desarrollar las fórmulas tácticas […] Mucha gente nuestra aquí trabajó esa tesis. Uno que recuerdo fue Juan Pablo Pérez Alfonso. La tesis de recortar la producción, frenarla y no soltarla alegremente, para cuidar los precios, la sustentabilidad y el desarrollo de la industria petrolera".

Desde entonces comenzamos nosotros a actuar. La Asamblea Constituyente fue uno de los grandes eventos políticos, producto de nuestra iniciativa como gobierno y como actores políticos, para comenzar a liberarnos de las cadenas del neoliberalismo. Las leyes, la nueva institucionalidad que vino naciendo, y que todavía no ha terminado de nacer, y recuerdo en eso a Antonio Gramsci, que habla de la verdadera crisis orgánica, que ocurre cuando hay algo que está muriendo, pero no termina de morir, y al mismo tiempo, algo está naciendo y no termina de nacer. Nosotros no hemos salido de esa crisis histórica, que ahora es una crisis mundial, pero nosotros pudiéramos decir que ya nosotros nos sabemos, y de memoria, esa crisis. La hemos pasado. Hemos estado pasando etapas, de una crisis en otra. Y mucho más que crisis, una catástrofe histórica ocurrió en Venezuela, y nosotros estamos transitando su salida. Este camino es la salida a la crisis histórica y terminal del modelo del capitalismo periférico venezolano. Es el camino de la revolución socialista".

20/3/09

Gramsci, Lenin y la cuestión de la hegemonía



Augusto C. Buonicore [*]

Se ha creado una mala costumbre: separar a un autor respecto de las bases teóricas que les servían como soporte; separarle de sus presupuestos teóricos e históricos inmediatos. Esta separación ha hecho que algunos otorguen los méritos del pensamiento original, en el sentido de exclusividad, a autores cuyo gran mérito fue precisamente desarrollar tesis elaboradas por otros, aunque enriqueciéndolas. En los trabajos académicos sobre Gramsci, parece ser bastante común este procedimiento. Se estudia, se escribe sobre el pensamiento de Gramsci desvinculándolo de sus presupuestos teóricos y políticos inmediatos, que fueron el pensamiento y la acción política de Lenin. Y Gramsci fue, en mi opinión, por encima de todo, un leninista.

Mucho de lo que se le atribuyó como contribución exclusiva no es más —y esto es mucho— que la aplicación original de las tesis defendidas por Lenin. No queremos aquí reducir al mínimo la importancia de quien fue, como está reconocido, uno de los principales teóricos marxistas del siglo XX. Lo que pretendemos es recolocar su producción teórica de pie, ya que, en cierto sentido, está al revés.

Tal vez nuestra primera zambullida en el concepto de hegemonía puede mostrarnos la íntima relación existente entre el pensamiento de Lenin y la obra de Gramsci respetando, es evidente, los limites históricos de estos autores que, aunque contemporáneos, tuvieron vivencias y experiencias políticas bastantes diferenciadas, transitando por situaciones históricas muy particulares.

Lenin y la hegemonía

Fue el propio Gramsci quien, en diversos pasajes de su obra, reconoció la paternidad leninista del concepto de hegemonía. Afirmó: "El principio teórico-político de la hegemonía (...) es la mayor contribución teórica de V. Ilich a la filosofía de la praxis". En otro texto, reafirmó esta idea: "Es posible afirmar —dijo Gramsci— que la característica esencial de la filosofía de la praxis más moderna (refiriéndose a Lenin) consiste en el concepto histórico-político de hegemonía".

Estas afirmaciones, extraídas de sus ’Cuadernos de la Cárcel’, son pruebas más que suficientes de que Gramsci no pretendió crear algo esencialmente nuevo y sí desarrollar algo ya existente (al menos, en lo que se refiere al concepto de hegemonía), algo que sería para Gramsci el "punto esencial" del marxismo, "la mayor contribución teórica" de Lenin.

El concepto de hegemonía fue, ciertamente, como afirmó Gramsci, una de las mayores aportaciones de Lenin a la ciencia política marxista, aunque, contradictoriamente, como recordó Luciano Gruppi, pocas veces esta terminología haya aparecido en su obra, y las pocas veces que se utilizó ese término fue durante el breve espacio de tiempo que precedió a la revolución de 1905.

Veamos entonces cómo surgió este concepto en la obra de Lenin durante este corto período de tiempo. Afirmó Gramsci: "Según el punto de vista del proletariado, la hegemonía pertenece a quien lucha con mayor energía (...), al jefe ideológico de la democracia". Por tanto, hegemonía tuvo para Lenin el evidente sentido de dirección política, y sólo podría elaborarse cuando una clase abandonase su visión exclusivista de corporación; en el caso del proletariado, cuando abandonase la visión economicista —y corporativa— de la lucha exclusivamente sindical, y se aferrase al hilo conductor de las grandes transformaciones que es la lucha política revolucionaria. Si el proletariado, en cuanto clase, quisiera construir su hegemonía política sobre el conjunto de la sociedad, debería abandonar el "estricto limite de la lucha económica contra el patrón y el Gobierno", y situarse en la línea del frente de las luchas "contra cualquier manifestación de arbitrariedad y de opresión, donde quiera que se produzca, cualquiera que sea la clase o grupo social afectados." Tener hegemonía significaba para el proletariado, ante todo, ganar para su lado a la mayoría de las clases subalternas, mas para esto seria preciso que el proletariado fuese la dirección más consecuente de su lucha, portavoz auténtico de las aspiraciones del conjunto del pueblo. Podemos decir que, en Lenin, el concepto de hegemonía se articulaba con otro concepto central, el de vanguardia, entendido como dirección de un arco, más o menos amplio, de alianzas.

No obstante, ser vanguardia no se podría afrontar sólo como un acto de "autoafirmación revolucionaria". Para que una fuerza política se constituya como vanguardia sería necesario que se inserte en la acción política de las masas populares. Para ello, no bastaba llamarse vanguardia sino que sería preciso "proceder de forma que todos los demás grupos se diesen cuenta y se viesen obligados a reconocer" que los socialistas marchaban al frente. Y terminó diciendo: "Los representantes de los demás grupos (no) serían imbéciles hasta el punto de reconocer que somos vanguardia sólo porque lo decimos".

En los primeros años del siglo pasado, los socialdemócratas rusos se vieron divididos en relación con la respuesta que dar a una serie de cuestiones, entre ellas: ¿El proletariado debería o no participar en el proceso de revolución burguesa? ¿Debería o no procurar dar a esa cuestión una solución de continuidad que le favorezca? ¿Debería o no ejercer el papel dirigente?

En particular, cuanto se plantearon estas cuestiones, se levantaron quienes afirmaban que el proletariado no debería participar como fuerza dirigente del proceso revolucionario. La revolución burguesa debería ser obra exclusiva de la propia burguesía. El proletariado sólo debería dar su consentimiento, apoyándola "críticamente", sin el trabajo de sus manos. Debería esperar, con paciencia, su vez. Para quienes la cuestión del poder para la clase obrera no estaba situada en el orden del día, la hegemonía tampoco era un problema que resolver.

Mas, para Lenin, al contrario, el problema del poder político estaba planteado desde el primer día, y la conquista de la hegemonía se constituía en un problema clave que debería comenzar a resolverse teórica e políticamente. Ganar al conjunto de las clases subalternas para su dirección política es la tarea primera del proletariado revolucionario y de su partido político. Es la tarea a la que Lenin se lanzó con todas sus fuerzas, durante toda su vida de militante.

¿Cómo afrontaba Lenin la cuestión de la conquista de la hegemonía en 1905?

Al contrario de los mencheviques, que afirmaban que el proletariado debería abandonar la dirección de la lucha política, durante la primera fase de la revolución, en manos de la propia burguesía, Lenin defendió la tesis de que el proletariado debería procurar mantenerse en la dirección del movimiento. "No sólo podemos —afirmó Lenin— sino que debemos dirigir de cualquier forma esa actividad de los diversos grupos de oposición si queremos ser vanguardia".

Lenin continuó: "Pero si queremos ser demócratas avanzados (vanguardia de la lucha contra la autocracia) debemos tener la preocupación de incitar a pensar exactamente quienes sólo están descontentos con el régimen universitario, o sólo con el régimen de los ’zemstvos’ (...), a pensar que todo el régimen político carece de valor. Nosotros debemos asumir la organización de una amplia lucha política bajo la dirección de nuestro partido."

La conquista de la hegemonía para el proletariado significaba también, y principalmente, la conquista de las masas de campesinos, y esto sólo seria posible con la elaboración de un programa mínimo que incluyese la reivindicación de la propiedad de la tierra, reivindicación de cuño burgués que, contradictoriamente, va más allá de los límites que la burguesía liberal deseaba con su proyecto de revolución.

Por tanto, la conquista de la hegemonía exigía ciertas concesiones del proletariado a las demás clases subalternas, a veces hasta ciertas fracciones de las clases explotadoras. La hegemonía, en cuanto resultado del proceso de conquista de la dirección política, exigía la atención de algunos intereses específicos de estas clases y fracciones de clases, sin lo que cualquier propuesta seria frase vacía. Lenin afirmó: "Sólo estableciendo una relación de amplia alianza con los campesinos el proletariado puede convertirse en fuerza dirigente de la revolución y puede romper con el nexo entre la revolución democrática y la hegemonía burguesa".

Para Lenin, el problema de la construcción de la hegemonía del proletariado fue clave, no sólo en los períodos que anteceden a la revolución, como instrumento necesario para la conquista del poder político, sino también en los momentos posteriores de construcción de una nueva sociedad.

Lenin tuvo el mérito de rescatar el marxismo del cenagal del economicismo donde, en grande medida, había caído después de la muerte de Engels. Rescató el papel activo de los hombres organizados en partidos políticos como agentes vivos del proceso de transformación social. Una transformación que se da fundamentalmente en la esfera de la lucha política de masas. En esta elección, abierta por Lenin, seguiría Gramsci.

Gramsci y la hegemonía

"Los comunistas turineses habían planteado concretamente la cuestión de la hegemonía del proletariado, es decir, la base social de la dictadura del proletariado y del Estado proletario". Así, Gramsci abordó el problema de la hegemonía en su obra clásica ’La cuestión meridional’, donde podemos ver que, para él, al menos en esta obra anterior a su estancia en la cárcel, hegemonía y dictadura eran aspectos indisociables del poder obrero y popular.

Pero existía una condición para que se lograse la hegemonía del proletariado. "El proletariado —afirmó— puede convertirse en la clase dirigente dominante en la medida en que logre crear un sistema de alianzas de clases que permita movilizar contra el capitalismo y el Estado burgués a la mayoría de la población trabajadora." Era preciso ampliar la base social de la revolución y del nuevo poder que surgiría; por tanto, era necesaria la construcción de un amplio frente bajo la dirección política y cultural de la clase obrera y de su partido político: el Partido Comunista.

Luciano Gruppi nos recordó que, al contrario de Gramsci, Lenin, en sus textos, parecía reducir el concepto de hegemonía a un "determinado tipo de alianza", sin utilizar jamás el término para designar el propio ejercicio de la dictadura del proletariado. El motivo, según Gruppi, seria que Lenin estaba "empeñado en una polémica directa, en una áspera lucha contra los reformistas, contra los social demócratas que negaban el concepto marxista de dictadura del proletariado".

En mi opinión, Gruppi, aquí estaba acertado sólo en parte. El refuerzo, o mejor dicho, el rescate del término ’dictadura del proletariado’, no se dio, exclusivamente, por causa del fuerte debate ocurrido en el seno de las corrientes socialdemócratas, sino fundamentalmente debido a la precisión del término. Para Lenin, el ejercicio de la dictadura del proletariado presuponía la hegemonía política de esta clase, y era un componente necesario para la construcción y la estabilidad del nuevo Régimen.

No obstante, los dos conceptos —dictadura y hegemonía— no se confundirían (aunque esta confusión pueda existir en algunas partes de la obra de Gramsci), pues la primera se refería a la esencia particular del nuevo poder que surge —el Estado obrero— conviene acordarnos de la fórmula concisa de Engels: Estado es igual a dictadura de clase; el segundo señalaba la dirección político-ideológica que forjaría la base social necesaria para la conquista del poder político y la construcción del Estado socialista.

En este sentido podemos afirmar que el concepto de hegemonía, aunque no explicitado, estuvo presente en toda la obra política de Lenin, ganando mayor importancia durante los períodos revolucionarios (1905 y 1917) y también en los primeros años de construcción del poder socialista, traduciéndose en el difícil problema de la alianza entre obreros y campesinos, entre los obreros y la intelectualidad formada en el seno de la sociedad capitalista, etc.

Gramsci afirmó: "El proletariado, mediante su partido político, consigue (...) crear un sistema de alianzas en el sur, o entonces las masas campesinas buscarán dirigentes políticos en esta misma zona, o sea, se entregarán completamente en manos de la pequeña burguesía, convirtiéndose en reserva de la contrarrevolución". Continuó: "El problema campesino siendo el problema central de cualquier revolución en nuestro país y de cualquier revolución que quiera dar frutos: y por esto, debe ser planteado con coraje y decisión". Una vez más, vemos aquí el pensamiento de Lenin con toda su fuerza.

En Italia, tales tesis cumplieron un papel importante, dado que el movimiento obrero y socialista, desde la derecha socialdemócrata —que tendía a formar una alianza prioritaria con la burguesía liberal norteña y someterse a ella— hasta los izquierdistas de Bordiga —contrarios a cualquier solución de compromiso en relación al Programa máximo de los comunistas— se mostraba contrario a una alianza estratégica entre los obreros del norte y los campesinos del sur. Por tanto, plantear el problema de la construcción de la alianza obrera y campesina en Italia era, también, plantear concretamente el problema de la construcción de la hegemonía por el proletariado en el proceso revolucionario italiano. Sin temor a exagerar, podemos afirmar que Gramsci fue el principal dirigente revolucionario leninista en la Italia de finales del decenio de 1910 y comienzos de los años 1920.

Coerción y hegemonía

Surge entonces una pregunta: ¿podría existir un Estado que se mantuviese sin la coerción o sin la hegemonía? La respuesta del marxismo debería ser no. No obstante, varios autores afirmaron que aquí habría una diferencia fundamental entre los conceptos de Lenin y de Gramsci sobre el Estado. Reconozco que las diferencias entre ambos pensadores no son tan significativas. Lo que existió fue el refuerzo de uno u otro aspecto de la dictadura de clase, entendida siempre como articulación compleja entre dirección político-ideológica y coerción. Ningún Estado podría sostenerse permanentemente sólo mediante la coerción y, por el contrario, ningún Estado, por más democrático que sea, puede dejar de utilizar ampliamente los mecanismos represivos disponibles para mantener el orden establecido; es decir, para impedir que las relaciones de las clases que le sostienen sean eliminadas por la lucha de clases.

Esta diferencia en la tónica fue fruto de los diferentes momentos históricos donde se insertaron dichas producciones teóricas. Lenin escribió sus principales trabajos sobre el Estado, y por tanto sobre la dictadura de clase, en un período bastante próximo del asalto al poder en Rusia, en plena efervescencia revolucionaria en Europa; por tanto, en un período de agravamiento de la lucha de clases y en medio de un acalorado debate entre las alas izquierda y derecha de la social democracia. Esta última negaba categóricamente el papel central de la violencia revolucionaria en los procesos transiciones socialistas y la necesidad de implantación de una dictadura del Proletariado.

Todo esto llevó a Lenin a concentrar su atención en el problema del Estado en cuanto instrumento de coerción en manos de una clase social, en detrimento de los roles de educador y de dirigente, esbozados en algunas obras anteriores y posteriores. Incluso en ’Estado y revolución’ y en ’El renegado Kautsky’, ambas de 1917, este aspecto estaba presente, aunque de manera no central.

Fue el propio Lenin quien nos habló del rol del Estado socialista, que sería "dirigir, organizar (...), ser el educador, el dirigente de todos los explotados, en la tarea de organización de la vida social, sin la burguesía y contra ella." Estas características convivirán, lado a lado, con el ejercicio de la coerción sobre los restos de las clases explotadoras separadas del Poder.

Me gustaría citar, corriendo el riesgo de resultar fastidioso, otros pasajes (ambas extraídas de la obra ’El Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo’) en las cuales Lenin reforzó o papel de educador e de dirección del Estado proletario. "La dictadura del Proletariado, afirmó, es una lucha tenaz, cruel y terrible, violenta y pacífica, militar, económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas tradicionalistas de la vieja sociedad", y continuó diciendo: "Bajo la Dictadura del Proletariado, será preciso reeducar a millones de campesinos y pequeños propietarios, intelectuales burgueses, subordinando a todos a la dirección del proletariado".

Gramsci, por su vez, escribió no momento de retroceso de la revolución europea e de avance del nazi-fascismo. Por fin, o propio entendimiento de que o Estado seria uno instrumento de coerción de una clase sobre a otra ya estaba por demás consolidado no interior del movimiento comunista internacional a ponto de se tornar o único aspecto a ser considerado. Este fue, sin duda, o reflejo de una lectura dogmática y ahistórica de los textos del propio Lenin.

Gramsci se esforzó, justamente, en rescatar las aportaciones de Lenin y profundizarlas; para Gramsci, el problema del Estado era más complejo. Sin olvidar que el Estado era fundamentalmente un instrumento de coerción, amplió su estudio a uno otro aspecto: el Estado en cuanto dirigente y educador, esforzándose en comprender el rol que las ideologías desempeñaban en este proceso.

Gramsci comprendió que la producción y la reproducción de las relaciones sociales —y políticas— no podían darse, exclusivamente, a través de la coerción; se daban de múltiples (y complejas) formas, donde las ideologías tenían un papel decisivo. Para Gramsci, el Estado seria "hegemonía acorazada de coerción". Era preciso superar las tesis simplistas imperantes en el seno de la III Internacional y él, con la ayuda de Lenin, en cierto sentido, las superó.

* Historiador, doctorando en Ciencias sociales por la Unicamp, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Brasil y de la Comisión editorial de las Revistas ’Debate Sindical’ y ’Principios’

Antonio Gramsci y Ernesto Guevara: Dos momentos de la filosofía de la praxis



El Che en Playa Girón

Jaime Massardo

“Para el Che, el marxismo era ante todo la filosofia de la praxis” escribe Michael Löwy en La pensée de Che Guevara.[2] Esta afirmación --que confirma por lo demás toda la obra del Che--,[3] inscribe el imaginario político de Ernesto Guevara en las tradiciones del pensamiento crítico que conciben la actividad humana sensible, la praxis, como el demiurgo que hace posible la transformación de la vida social, o, --para decirlo en un lenguage que no por no estar a la moda es menos riguroso--, que la sitúan en el centro de la posibilidad de la revolución. Inspiradas por textos de juventud de Marx y, en particular, por las Tesis sobre Feuerbach,[4] dirigidas a la vez contra el materialismo del siglo XVIII y contra el subjetivismo idealista,[5] esas tradiciones encuentran un hito constitutivo esencial en la reflexión que Antonio Gramsci vierte en los Quaderni del Carcere.[6] Guevara no conoció los Quaderni..., --o, al menos, no existen en sus escritos vestigios de su lectura--, los que, por lo demás, aparecen en su primera traducción castellana en Buenos Aires, cuando el Che está en la Sierra Maestra, a la cabeza de la segunda columna del Ejército Rebelde.[7] Sin embargo, la reflexión de Guevara en torno a la filosofía de la praxis se anuda a la de Gramsci a través de una serie de elementos que ponen en evidencia el hecho que ambos comparten aspectos esenciales de la misma cultura política. En las líneas que siguen nos proponemos examinar algunos de estos aspectos, intentando al mismo tiempo mostrar las circunstancias políticas que los rodean.

La reflexión de Gramsci a propósito de la filosofía de la praxis se inscribe en la riqueza de la larga tradición del debate italiano, debate al que los trabajos de Giambattista Vico,[8] --ese «primer verdadero filósofo de la historia de la época moderna»[9] que había «sostenido con energía contra Descartes el valor del método propio del conocimiento histórico »[10] y del cual Marx hace el elogio en un conocido pie de página de Das Kapital--,[11] habían abonado el terreno. Sin querer reconstruir aquí pasos que escapan al propósito de estas lineas, recordaremos brevemente que, en marzo de 1890, voluntaria o involuntariamente, Friedrich Engels va a suministrar una pieza fundamental a la discusión italiana a propósito de la «actividad humana sensible» enviando a Antonio Labriola un ejemplar de la tercera edición de su Ludwig Feuerbach und der Ausgang der klassischen deutschen Philosophie,[12] comportando en su apéndice les Tesis sobre Feuerbach,[13] notas «de un valor inapreciable»[14] que, además --según el propio Engels--, contienían «el germen genial de la nueva concepción del mundo».[15] Labriola, que había estudiado a Feuerbach entre 1866 y 1869,[16] lee apasionadamente el texto de Engels y las Tesis...,[17] y se puede anotar aquí que su acercamiento a la concepción materialista de la historia data de esos meses.[18] La gravitación de Labriola en la formación del socialismo italiano, su participación en el debate Democrazia e socialsimo, organizado por la revista Critica sociale, así como sus intercambios con Filippo Turati --el que, en el Congreso de Génova hará suyas las posiciones programáticas de Labriola-- se desarrollan, por otra parte, en relación íntima con una concepción de la revolución que porta las marcas de esos textos.[19] En abril de 1895, bajo la influencia todavía del mismo impulso intelectual y político, Labriola escribe a Benedetto Croce --en la época discípulo y amigo-- invitándolo a suscribirse a la revista Devenir Social, cuyo primer número iría a aparecer pronto en París y donde contaba publicar una serie de artículos. Esos mismos artículos formarán parte, poco tiempo después, de sus conocidos Saggi sulla concezione materialistica della storia.[20] El impacto que éstos alcanzan parece tal que Croce ubicará en esas fechas «el nacimiento del marxismo teórico en Italia ».[21] Sus dos primeros tirages en lengua italiana, editados por el propio Croce --junio y octubre de 1895--,[22] serán seguidos por un segundo Saggi...,[23] que contribuirá a reforzar su influencia. [24] Será en ese clima intelectual que, en mayo de 1897, Labriola, escribiendo a Georges Sorel --cartas que constituiran un tercer Saggi...--, hablará de la filosofía de la praxis como «el meollo[il midollo]del materialismo histórico ».[25] En el mismo momento, Giovanni Gentile, polemizando con Labriola y con Croce, va a publicar Una critica del materialismo storico[26] que será seguido dos años más tarde por La filosofia della prassi, verdadera traducción crítica de la Tesis sobre Feurbach que entrarán desde entonces de cuerpo entero en el debate italiano.[27] Los dos trabajos de Gentile serán editados, en 1899, en un solo volumen bajo el título de La filosofia di Marx. Studi critici, [28] obra que, como lo recuerda Robert Paris,[29] Croce recomendaba a sus lectores en el prefacio a la primera edición de Materialismo storico ed economia marxistica.[30] Intentando al mismo tiempo limpiar los instrumentos del pensamiento crítico de las aristas positivistas y cientistas inscrustadas --a veces fuertemente-- por el socialismo de la II y la III Internacional,[31] Gramsci va a reconstruir, tanto con los actores de este debate como con otros interlocutores,[32] una suerte de diálogo, el cual, enriquecido por su intensa actividad política militante, ira a alimentar su propia elaboración de la filosofía de la praxis. Margini,[33] La rivoluzione contro il «Capitale»,[34] Il nostro Marx,[35]Utopia,[36] muestran ya, como precoces intuiciones, los hitos de esta elaboración, que, a partir de 1929 será vertida en los Quaderni. (Continuar la lectura)

La formación socialista revolucionaria italiana de Mariátegui y la ortodoxia socialista rusa

Foto: Anna Chiappe, esposa de Mariátegui
Gustavo Pérez Hinojosa


“Residí más de dos años en Italia, donde desposé una mujer y algunas ideas" Carta a Samuel Glusberg, 10 de Enero de 1927.
MARIÁTEGUI, GRAMSCI Y "L´ORDINE NUOVO"
Contra lo usualmente pensado por la mayoría de nosotros, el propio Mariátegui reconoció haber realizado su mejor aprendizaje y haberse asimilado al marxismo, en Europa, principalmente en Italia (La mayoría de nosotros, salvo muy honrosas excepciones, fuimos formados en la imagen de un Mariátegui tributario de la "ortodoxia" oficial socialista o comunista, que no era otra que la visión del socialismo soviético o ruso, visión hegemónica mundial, a partir del papel directriz en la Internacional Comunista, del Partido Comunista de la URSS).
A esa Italia, considerada como el país en que la lucha de clases había alcanzado el punto mas alto, tanto en el nivel de la praxis como en el de la elaboración teórica, es donde llega Mariátegui, en su periplo europeo, y donde se forma como revolucionario, socialista marxista, pero no del marxismo en general sino de uno determinado, específico, vinculado a al experiencia italiana. Es a partir de esa Italia que Mariátegui leerá a Marx con el filtro del historicismo italiano, informándose del desarrollo de la Revolución Socialista de Octubre, a través de fuentes e interpretaciones italianas.
Fueron esos años, de 1919 a 1923, vividos principalmente en Italia, y principalmente bajo la influencia de "L´Ordine Nuovo" (Semanario Socialista turinés, ligado a los Consejos de Fábricas y a la influencia de la Internacional Comunista, que impulsaría el nacimiento del Partido Comunista de Italia), junto a Gramsci, a Terracini y a Gobetti, los determinantes para el desarrollo político y cultural de Mariátegui, pues lo transformaron en un revolucionario maduro y un pensador marxista (recordemos sus "Cartas de Italia").

En resumen, como ya lo habían insinuado en su momento Estuardo Núñez, Robert Paris y Antonio Melis, su formación ideológica es, principalmente socialista revolucionaria italiana, pues allí vivió una revolución en marcha y el deslinde entre "maximalistas" y reformistas en el movimiento socialista. Allí percibió, de manera más directa y analítica, junto a los socialistas italianos, el aliento renovador de Lenin y de la Revolución de Octubre, a través de una lectura del marxismo, que rescató su esencia y espíritu revolucionario, en oposición a la visión fosilizada y positivista de los teóricos y dirigentes oportunistas de la II Internacional.
Mas recientemente, Fernanda Beigel recogiendo el itinerario italiano de Mariátegui concluirá que no sólo su formación marxista es principalmente italiana, sino que estuvo signada por la experiencia política del"ordinovismo ", precisando que "Este particular modo de ver y protagonizar el advenimiento del "nuevo orden" tuvo una gran influencia en la formación ideológica de Mariátegui. Su convicción "maximalista" se formó en el ambiente italiano de estos años y su conocimiento del comunismo estuvo estrechamente ligado a las posiciones de la fracción ordinovista" (Fernanda Beigel. "Una mirada sobre otra: el Gramsci que conoció Mariátegui", Pág.45).
EL DESLINDE CON EL MARXISMO DE LA II INTERNACIONAL
Antonio Gramsci señala que "El filisteo no ve la salvación fuera de los esquemas preestablecidos, no concibe la historia sino como un organismo natural que atraviesa momentos de desarrollo fijos y previsibles. Si siembras una bellota, puedes estar seguro que no nacerá más que un brote de encina, el cual crece lentamente y no da frutos hasta pasados muchos años. Pero ni la historia es una tierna encina ni bellotas los hombres" y añade " La historia no es un cálculo matemático: no existe en ella un sistema métrico decimal, una numeración progresiva de cantidades iguales que permita las cuatro operaciones, las ecuaciones y la extracción de raíces. La cantidad (estructura económica) se convierte en cualidad porque se hace instrumento de acción en manos de los hombres, " (Antonio Gramsci "Utopía").
Por su parte Mariátegui describía: "La filosofía evolucionista, historicista, racionalista, unía en los tiempos pre-bélicos, por encima de las fronteras políticas y sociales, a las dos clases antagónicas. El bienestar material, la potencia física de las urbes habían engendrado un respeto supersticioso por la idea del progreso. La humanidad parecía haber hallado una vía definitiva. Conservadores y revolucionarios aceptaban prácticamente las consecuencias de las tesis evolucionistas" ("Dos concepciones de la vida", "El alma matinal", Pág.17), y añadía "Los reformistas resistieron a la Revolución, durante la agitación revolucionaria post-bélica, con razones del mas rudimentario determinismo económico. Razones que, en el fondo, se identificaban con las de la burguesía conservadora, y que denunciaban el carácter absolutamente burgués, y no socialista, de ese determinismo" ("El determinismo marxista", "Defensa del marxismo", Pág.67).
Gramsci señalará sobre la Revolución de Octubre que "Los hechos han provocado la explosión de los esquemas críticos en cuyo marco la Historia de Rusia habría tenido que desarrollarse según los cánones del materialismo histórico", que los bolcheviques "no han levantado sobre las obras del maestro" (NOTA MIA : se refiere a Marx)"una exterior doctrina de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista,"…" Y ese pensamiento no sitúa nunca como factor máximo de la historia los hechos económicos en bruto, sino siempre el hombre, la sociedad de los hombres, de los hombres que se reúnen, se comprenden, desarrollan a través de esos contactos (cultura) una voluntad social, colectiva, y entienden los hechos económicos, los juzgan y los adaptan a su voluntad hasta que ésta se convierte en motor de la economía, en plasmadora de la realidad objetiva, la cual vive entonces, se mueve y toma el carácter de materia telúrica en ebullición, canalizable por donde la voluntad lo desee, y como la voluntad lo desee" Antonio Gramsci. "La Revolución contra "El Capital").
Gramsci, concluirá señalando que "Marx no ha escrito un credillo, no es un Mesías que hubiera dejado una ristra de parábolas cargadas de imperativos categóricos, de normas indiscutibles, absolutas, fuera de las categorías del tiempo y del espacio".(Antonio Gramsci. "Nuestro Marx").
Coincidentemente, nuestro Mariátegui señalará que "El marxismo,"…"es un método fundamentalmente dialéctico. Esto es, un método que se apoya íntegramente en la realidad, en los hechos. No es, como algunos erróneamente suponen, un cuerpo de principios de consecuencias rígidas, iguales para todos los climas históricos y todas las latitudes sociales". (J.C. Mariátegui. "Mensaje al Congreso Obrero", Enero de 1927).
Muerto Mariátegui, en 1930, Antonio Gramsci, continuará, desde sus "Cuadernos de la Cárcel" el deslinde con lo que, tanto Mariátegui como él, apreciaban como el retorno del trastocamiento teórico oficializado por la II Internacional, superado por Lenin y por la propia materialización de la Revolución de Octubre, siguiendo el hilo conductor ofrecido por "Los problemas fundamentales del marxismo" de Plejánov, de 1908, que constituyó la tentativa más completa de "manualización" filosófica del marxismo, y que volvía a perfilarse tras "el Manual" de Bujarin (denominado "Teoría del Materialismo histórico"), permitiéndole "determinar una serie de divergencias respecto a una interpretación del marxismo teórico muy difundida en el grupo bolchevique, y destinada a asumir más tarde rasgos cada vez mas notorios con el perfilamiento del "marxismo-leninismo" (Leonardo Paggi "La teoría general del marxismo en Gramsci". Introducción a "Escritos Políticos", Editorial Siglo XXI, Pág.1), que en su desarrolló implicó el retorno del positivismo como "socialismo científico", que instituyó las nociones de "materialismo histórico" y "materialismo dialéctico", ajenas a Marx, rompiendo la unidad de su concepción de la historia, disociándola entre, un método permanente, eterno o universal, y por lo tanto fuera de la historia, que aparece operando como una suerte de fórmula abstracta que garantizaría un conocimiento "científico", y una teoría histórico-filosófica de carácter general, que a su vez implicará:
- El estímulo de la creencia de que la historia de la humanidad, después de pasar por modos de producción determinados, para cualquier sociedad, y dados los efectos de la crisis del capitalismo, conducirá necesariamente a la implantación del Socialismo; y
- Una concepción mecánica de las relaciones entre "estructura" y "superestructura" como compartimentos separados formalmente en la sociedad analizada, acentuando la importancia del factor económico (estructura), deduciendo de ella la superestructura (y no como dos momentos que de ninguna manera pueden separarse de la totalidad, donde permanecen unidas a través de determinaciones recíprocas que deben ser examinadas de una manera histórico-concreta).
¿MARXISTA O MARXISTA-LENINISTA?

Es entonces posible, que la razón de que tanto Gramsci como Mariátegui, dos socialistas revolucionarios, marxistas, formados (aunque con diferente ritmo) en el mismo escenario y la misma época, no se autodenominasen " marxistas-leninistas", fuese la enorme desconfianza que les inspiraba (como a parte importante del movimiento socialista europeo), este reconocimiento de "las mejores tradiciones de la II Internacional", y el " marxismo-leninismo", entendido, precisamente como la recuperación de éstas, lo cual parecía implicar, necesariamente, la recuperación de Kautsky y Plejánov, los principales representantes de una lectura marxista predominante en la II Internacional, fuertemente positivista, economicista, evolucionista y teleológica, dominante durante la segunda parte del Siglo XIX y hasta la I Guerra Mundial, que daba forma a una noción de socialismo pensado como resultado de una evolución natural, como si el desarrollo de las fuerzas productivas, las contradicciones internas del modo de producción capitalista y sus crisis periódicas, provocaran inevitablemente su derrumbe y la instauración del socialismo.
A este respecto, Joaquín Santana señala que impresiona la coincidencia de ambos en rechazar toda reducción positivista o sociologista del marxismo. "Efectivamente, tanto el uno como el otro, reaccionan en contra de la lectura cientificista del marxismo, pues ésta introduce un determinismo objetivismo que no deja lugar a la actividad transformadora y consciente del sujeto revolucionario. A su vez, rechazan la identificación del materialismo histórico como una mera teoría sociológica. Para ellos, la concepción materialista de la historia posee un carácter filosófico con un contenido más general y totalizador" (Joaquín Santana "Gramsci y Mariátegui", Pág.4).

Oswaldo Fernández-Díaz añade "Detrás del impacto de la revolución rusa ambos pensaron en Marx en términos de ruptura, por lo que la dinámica dominante de sus reflexiones es la de superación de una ortodoxia y la duda permanente acerca de la necesidad de reemplazarla. Por la misma razón, toman distancia de lo que era oficial en la esfera marxista antes de la Primera Guerra Mundial, colocándose fuera de la órbita de la Segunda Internacional."(Oswaldo Fernández–Diaz "Gramsci y Mariátegui : frente a la ortodoxia", Pág.135).
Particularmente, para el caso de Mariátegui, los mismos autores señalan que el voluntarismo mariateguiano tiene un carácter anti-reformista, contrario al marxismo evolucionista y positivista de la Segunda Internacional, y que los elementos religiosos en su pensamiento están relacionados con la necesidad de un fuerte impulso ético, que supere el chato racionalismo del reformismo socialdemócrata, buscando aislar el marxismo del fatalismo socialdemócrata y recuperar su sentido heroico y creador y la centralidad del elemento volitivo. Es por ello que Melis, considera que "ante la aguda mirada de Mariátegui el triunfo de Lenin y los bolcheviques se presenta como una comprobación de la iniciativa subjetiva en la ruptura revolucionaria, vale decir, como un acontecimiento histórico que representa un franco y efectivo cuestionamiento del marxismo positivista de la Segunda Internacional y su visión fatalista de los procesos sociales (Carlos Arroyo Reyes, "La parábola mariateguiana de Antonio Melis", Pág.9).
GRAMSCI Y MARIÁTEGUI SOBRE MARX Y LENIN
Los "liquidadores" pretenderán que con esto estoy señalando que tanto Gramsci como Mariátegui fueron contrarios a V. I. Lenin. Nada más falso. Lo cierto es que, a su vez, Gramsci y Mariátegui coincidirán en la valoración de V. I. Lenin y su pensamiento, pero desde Marx.
Así Gramsci dirá que "Marx inicia intelectualmente una edad histórica que durará probablemente siglos, esto es, hasta la desaparición de la sociedad política y el advenimiento de la sociedad regulada. Solo entonces su concepción del mundo será superada (concepción de la necesidad superada por la concepción de la libertad)" (Antonio Gramsci. "El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce". Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, Pág.82).
Mariátegui acotará que "Mientras el capitalismo no haya trasmontado definitivamente, el canon de Marx sigue siendo válido. El socialismo, o sea la lucha por transformar el orden social de capitalista a colectivistas mantiene viva esa crítica, la continúa, la confirma, la corrige" (J.C. Mariátegui "La filosofía moderna y el marxismo", Defensa del marxismo, Págs.40 y 41).
Y ambos ubicarán la relación Marx-Lenin de manera distinta a Bujarin, no dejando que tras esta relación "se cuele" encubierto y "actualizado" el marxismo de la II Internacional:
"Trazar un paralelo entre Marx e Ilich para determinar la jerarquía respectiva es torpe y ocioso: ambos expresan dos fases : ciencia-acción, que son homogéneas y heterogéneas al mismo tiempo" (Antonio Gramsci. "El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce").
"Lenin no es un ideólogo sino un realizador. El ideólogo, el creador de una doctrina carece, generalmente, de sagacidad, de perspicacia y de elasticidad para realizarla. Toda doctrina tiene, por eso sus teóricos y sus políticos. Lenin es un político: no es un teórico" (J.C. Mariátegui "Lenin", Variedades, 22/09/1923, publicado en "Mariátegui y la Revolución de Octubre. Escritos 1917-1930", Pág. 73).