Hablar de la Transición y de conceptos derivados de dicho término, como lo ‘transicional’, expone a quien los utiliza para hablar del presente al escepticismo y la suspicacia, sobre todo en pleno año 2017. Eso, por supuesto, en la medida en que comprendamos el concepto mismo de transición de una manera muy específica; esto es, en la medida en que lo entendamos a la manera del concepto aristotélico de cambio, el cual entiende esta noción como el tránsito de un sujeto de un estado a otro estado, y en virtud del cual una o varias cualidades que inhieren a una substancia desaparecen para dar lugar a cualidades distintas, incluso opuestas, que pasan ahora a caracterizar a la substancia en cuestión. Aristóteles entiende al cambio como sinónimo de movimiento, en el sentido en que, al igual que el desplazamiento físico, mediante el cual un cuerpo sólido recorre un trayecto espacial que va desde un punto de origen o a quo a un punto de término o ad quem, el cambio lleva a la sustancia que lo experimenta a recorrer una secuencia temporal dentro de la cual ciertas cualidades desaparecen paulatinamente para dar lugar a otras cualidades. La naturaleza temporal del cambio permite que sea analíticamente posible determinar un momento a quo en el cual comenzó el proceso de cambio y un momento ad quem en el cual terminó el proceso de cambio.